martes, 13 de noviembre de 2007

LA EXCEPCIÓN CULTURAL/ Andrés Sánchez Magro


Por Andrés Sánchez Magro
(Magistrado)
6toros6/No. 571/7 de junio de 2005

Épocas blandas las que vivimos. Donde todo se tipifica en el Código Penal, desde el “mobbing” al “bullying”. Tiempo en el que la denominada sociedad civil se alarma cuando unos pandilleros agraden a un chico en una plaza pública, y el entretenimiento se programa en salas de estar bostezantes y con el único picante de la indiscreción pactada del feriante del corazón de turno. Tal vez por influjo anglosajón, el culto al individuo es sólo de tipo aislacionista y, paradójicamente colectivista; todos vestimos igual, comemos los mismos helados, y pautamos las relaciones personales, legando al extremo de cobijar la diferencia en fórmulas legales y uniformes. Libres para que nadie nos roce, sumisos para hundir la singularidad en la masa. Quizá por ello, los toros son hoy la genuina excepción cultural. Un roto intenso en el tapiz de la incierta vida de un siglo por descifrar.

Curiosamente, son los franceses los que han acuñado el término excepción cultural para proteger el cine europeo frente a los imperios de las distribuidoras americanas. Los herederos de la cultura cosmopolita, elitista, de salón, quienes entendieron las manifestaciones culturales con un signo de distinción, de modo distinto al sólido y también agonístico espíritu de la llamada formación cultural de los germanos, ajenos a la diversión y a lo cortés. Los toros son todo eso y algo más. Encierran la expresión de un profundo código que rompe con lo amable y lo banal. Que choca con la planificada expresión de un divertimento. Son rito y metáfora de una relación distinta frente a la naturaleza y entre las personas. Así, están llamados a su ostracismo en la unidimensionalidad Cataluña que han gestado los políticos del Parlament. ¿Cómo vivir de modo clandestino la Tauromaquia sin ambiente, ni bares, ni el lenguaje de la Fiesta metido en el pecho de la gente? ¿Cómo quitar las capas del rito si se acerca uno con mirada calculadora y leve? Los toros son pasión y muchas veces error. Del entendimiento, siempre gozoso. De los sentidos, exaltados, ilusionados y siempre expectantes. Por lo general, tras un literario fracaso. El de la vida intensa.

Uno de los popes de la antropología simbólica, Clifford Geertz, al analizar una pelea de gallos en Bali, afirmaba que los ritos deben ser examinados, yo añado vividos, como un texto literario. En el sentido de desnudar sus interpretaciones, de desmontar su andamiaje para vivir en su plenitud de hecho. Cuántas interpretaciones no pueden darse de un intrascendente episodio como es una corrida de toros, por cutre que parezca. Cómo volver la espalda a un momento lleno de simbología humana y por ello cultural. Cómo no defender ante tanta mediocridad moral y estética un trasunto de relaciones personales que propicien el hecho taurino. Los toros merecen una lectura cultural, una protección como acontecimiento singular, y hermoso. Como acicate de otra sociedad más pausada, más apasionada, más inconfundible y regeneradora. La expresión de un ritual que desfonda, que libera, que en sí lleva propuesta la catarsis, del modo que Morante en Aranjuez hacía rugir voces rotas y solitarias cuando buscaba, mano baja, los infiernos de su personalidad y la de todos nosotros.

Por todo ello, la línea divisoria de lo normal y lo distinto, de lo políticamente correcto o lo patológico, se traza por los guardianes de la catalanidad, de la judicialización de la vida, de los apóstoles de lo que es la adecuación al orden, real o ficticio. Foucault mejor que nadie atisbó que por este sendero se acaba en represión, en programación social, y en la supresión de la individualidad. En pleno centenario quijotesco, reivindicamos la locura, la bendita locura de los raros, de los otros, de los toreros, de los que buscamos un sueño que nadie nos puede acabar de contar. Los que nos apegamos a la excepción cultural, que es, y nunca podrá dejar de ser, el toreo. Aunque haya plazas portátiles, ponedores de grumosos, aunque salga de tarde en tarde un torero de cartel, o deshojemos la margarita sobre el penúltimo Mesías de este tinglado. Si hay que ser excepcionales, seámoslo.

A su vez, y tal vez por influjo de escribidores de toros siempre a la contra, de la nadería interesada de la mayoría de los medios de comunicación, se ha afincado la especie de que los aficionados somos una mezcla de juncales y monipodios. De castizos vagabundos y soñadores de la nada. De rumbosos y culteranos, citados con la suerte y el misterio. Pues bien: a lo mejor por todo ello, en este contexto de estar y pasar, yo me declaro taurino.