lunes, 14 de marzo de 2011

Te di Puerta


Te di puerta.
No sé si sonaron los tres avisos,
Quizás fue un indulto,
Talvez fue por que solo fui un joven novillero,
O le di muchos pases de pecho al asunto;
Solo te di puerta.

Se acabó este eterno tercio,
Los trastos para este ejemplar ya los guardó el mozo.
La gente ya no esta impaciente por ver esta parte del espectáculo,
La arena se levanta y hace aun más difícil poder ver el ruedo,
Mejor te doy puerta.

No se si dejé que vayas mucho a la vara,
O si los rehiletes no fueron los óptimos.
Quizás no debí haberte consentido por estatuarios,
O peor aun castigarte por doblones.
Lo siento, intente hacer la faena perfecta;
Pero no existe.
Te di puerta.

No conseguí ligar los pases necesarios,
Ni pisar los terrenos apropiados.
Intente llevarte a los medios,
Pero siempre obligaste a tu querencia natural,
Siempre en esas oscuras tablas;
Te di puerta.

Quizás habrá reproches y silencio,
Hoy no se oirán palmas, ni triunfos.
Intentare que sea una faena para el olvido
Aunque siempre habrá ese sinsabor en la arena;
Esa duda de cómo debí estructurar los pases para cuajar el momento.
Aun así te doy puerta.

La tarde continúa y me toca esperar al quinto de la tarde;
Que no hay malo dicen.
Esta vez me la juego, me voy a la puerta de rodillas a esperar un nuevo desafío;
Porque al anterior…
Le di puerta.
Juan Bernardo Cevallos

La vida por estatuarios


Levantarse de la cama, salir del burladero
Pisar los medios de la vida, conmover al albero.
Plantar los pies firmes ya sean zapatos o zapatillas de torear
En la arena están los sueños que se buscan añorar.
A los medios de repente
Sin nada que ocultar y con la vista siempre al frente.
Despabilarse en la vida, así como en los ruedos,
La impotencia esta al acecho en conjunto con los miedos.
Venga chaval, a echar la bamba pa lante,
Que el burel de la vida esta al frente y solo habrán valientes que se le planten.
Mira que el tiempo corre y la muchedumbre se impacienta,
Pero que eso no te quite el garbo ni la despaciosidad que la música suena mejor si ésta es melódica y lenta.
Emplea los pases necesarios, recuerda no hacer más de la cuenta con aquel retazo
Pues no queremos incurrir con alborotes; que al fin y al cabo el vino sabe mejor cuando es añejo y escaso.
¿Qué has sufrido una voltereta?
Tu tranquilo, que es una de tantas que da la vida, levántate y con mucha gentileza aprieta el puno y presenta la muleta.
¿Qué se ha acabado la faena?
Es una de muchas que trae la temporada, Pronto empieza otro paseillo que la música ya suena.
Porque la vida es aquello, tiempo, soltura, brío y elegancia
Que la rutina no te engañe y jamás cambies lo serenidad por arrogancia.
A la vida hay que estimarla. Vamos ya! A los medios, a por todas, a por estatuarios.

Juan Bernardo Cevallos

Levantarse de la cama, salir del burladero

Levantarse de la cama, salir del burladero
Pisar los medios de la vida, conmover al albero.
Plantar los pies firmes ya sean zapatos o zapatillas de torear
En la arena están los sueños que se buscan añorar.
A los medios de repente
Sin nada que ocultar y con la vista siempre al frente.
Despabilarse en la vida, así como en los ruedos,
La impotencia esta al acecho en conjunto con los miedos.
Venga chaval, a echar la bamba pa lante,
Que el burel de la vida esta al frente y solo habrán valientes que se le planten.
Mira que el tiempo corre y la muchedumbre se impacienta,
Pero que eso no te quite el garbo ni la despaciosidad que la música suena mejor si ésta es melódica y lenta.
Emplea los pases necesarios, recuerda no hacer más de la cuenta con aquel retazo
Pues no queremos incurrir con alborotes; que al fin y al cabo el vino sabe mejor cuando es añejo y escaso.
¿Qué has sufrido una voltereta?
Tu tranquilo, que es una de tantas que da la vida, levántate y con mucha gentileza aprieta el puno y presenta la muleta.
¿Qué se ha acabado la faena?
Es una de muchas que trae la temporada, Pronto empieza otro paseillo que la música ya suena.
Porque la vida es aquello, tiempo, soltura, brío y elegancia
Que la rutina no te engañe y jamás cambies lo serenidad por arrogancia.
A la vida hay que estimarla. Vamos ya! A los medios, a por todas, a por estatuarios.

Juan Bernardo Cevallos

miércoles, 26 de enero de 2011

La fiesta de los toros y la libertad




Domingo, 23 de enero de 2011

www.hoy.com.ec

Esteban Ortiz Mena


Está en marcha una consulta popular inconstitucional y sin sentido. Tan insensata, que es el resultado simplemente de pensar distinto. Rafael Lugo escribe que “a la postre, para la mayoría la idea obligada es amar a Dios sobre todas las cosas y odiar a quien piense diferente, porque se nota que el hombre ha entendido que prójimo solo es aquel que piensa igual, y el que no cree lo mismo es infiel, impío, hereje, perro sarnoso, humanoide descartable, cualquier cosa, pero prójimo jamás”. No entiendo de odios, pero sí de libertades y no se puede prohibir los toros sólo por pensar distinto. La riqueza de la humanidad está en su diversidad, en la capacidad de contradicción que tenemos; y no en intentar cambiar de hábitos por decreto. Menos cuando se trata de una manifestación cultural ecuatoriana que lleva arraigada en el país más de 470 años.



No hay proporción comparable entre una convocatoria que reúne a más de 14 mil aficionados por día de corrida en Quito, alrededor de un millón en todo el país, produce fuentes de trabajo para cerca de cien mil personas, paga impuestos para el Estado, genera turismo, preserva el ambiente con miles de hectáreas protegidas, etc. frente a un concepto mal entendido, que implica inclusive una restricción a mi libertad de decidir si, por último, quiero ir a un espectáculo cultural.



Tampoco quiero convencer a nadie de que le gusten los toros, pero a desaparecerlos hay un abismo. El problema de la oposición a una práctica tradicional es que ésta puede trasladarse a otras que forman parte de la identidad y afirmación cultural de un pueblo. En realidad no existe diferencia conceptual entre oponerse a la opera que a una corrida de toros. Por eso es tan absurda una oposición al tema, sobre todo cuando es producto del desconocimiento y más aún cuando aporta tanto a un país. Por eso, más allá de gustos, es necesario reflexionar sobre el tema.

Los Toros: abogados de la democracia



www.ecuadorenvivo.com
viernes, 21 de enero de 2011 15:00
Por Enrique Pallares H.

La democracia en el Ecuador ha llegado a una fragilidad solamente comparable con la magnánima prosperidad de sus carreteras. Podríamos hablar de los gravísimos problemas del sistema judicial, pero por ahora, el ínfimo dilema de los toros nos sirve como una clarísima metáfora para los problemas más fundamentales de nuestra querida sociedad. Los toros, curiosamente, han llegado a ser abogados de nuestra salud política y social, de nuestra febril democracia, pero -como sucede con todo lo bueno- lo malo le acecha y desgraciadamente en ciertas películas solo ganan los malos.

Podríamos exhibir, como se ha hecho una y otra vez, todas las razones por las cuales los toros deberían permanecer latentes en las entrañas de la cultura de nuestro país. Pero esto no se trata de toros. Se puede hablar de la inconsistencia de los protectores de animalitos, de la alevosa ignorancia de quien levanta el dedo como ametralladora para acribillar a la fiesta taurina con veredictos, sentencias y ligerezas, mientras por la comisura de su boca le chorrea la mayonesa de un sánduche de jamón, jamón de un chancho torturado a lo largo de toda su fugaz vida. Pero no cabe hablar de estas contradicciones. Podríamos también mencionar el común ejemplo de las langostas y los cangrejos, que mueren lentamente abrazados por bullentes brazos de agua para satisfacer los fetiches culinarios del hombre. Pero el problema de los toros va más allá de los toros.

Podríamos hacer un breve ejercicio antropomórfico y -con el permiso de Islero- pretender ver el mundo desde el punto de vista de un animal. ¿Sería acaso preferible vivir 12 o 18 meses bajo los techos de zinc de un galpón o dentro de los confines de un feedlot y morir como un número más para servir a la voracidad de un humano acostumbrado a comer carne tres veces al día? ¿O sería mejor vivir en las faldas de un cortijo forrado con pasto verde, robles y cipreses para morir al cabo de cuatro o cinco años en una pelea de quince minutos con opción de ganarla, con todo el honor que merece una muerte, aceptando nuestra condición de mortales, que es la única certeza que tenemos? La realidad de la condición, no solo humana sino de todo ser viviente, es que el sufrimiento es absolutamente inevitable, no importa cuánto avance la ciencia y la civilización. Los toros son un ancla a esta verdad ancestral, pero para qué balbucear verdades irrelevantes en tiempos de mentiras y falsos profetas...

Sin duda muchos preferirían, y de hecho eligen en sus propias vidas, el ser la vaca del feedlot al toro bravo. Esto no es sorprendente en un mundo moderno infestado de habitantes fantasmagóricos y pusilánimes. Yo elijo, con los humildes cojones que debo a mi padre y a mi madre, decir “no.” Podríamos también mencionar las razones culturales y artísticas por las que la fiesta taurina es esencial, no solo para el Ecuador, sino para todo el mundo, pero estas razones rayan más en la subjetividad y se basan en la errónea asunción de que todos los seres humanos aprecian el arte y la cultura.

Los toros no son sencillamente un deporte, eso es clarísimo. Se escucha decir por los zaguanes y pasillos del mundo que los toros son un arte, y lo son. Sin embargo, los toros tampoco son sencillamente un arte. Los toros tienen una verdad filosófica mucho más profunda y general que la apreciación artística. La corrida de toros pone al alcance del mundo un espectáculo que nos permite ver de frente y a los ojos a la verdad más cruda de la vida: la muerte. Podríamos ponernos a explicar esto mucho más, y explayarnos sobre la importancia de conocer esta verdad. Sobre todo en un mundo que le tiene tanto miedo a la muerte que la atrinchera detrás de las impenetrables paredes de acilos de ancianos, mataderos y hospitales. Le tenemos más miedo que nunca. Eso, perdonen la franqueza, está mal. Seguramente será porque soy demasiado joven, pero sí reconozco que viendo vis a vis la inminencia de la muerte, deben dar unas ganas terribles de salir corriendo despavorido. Sin embargo, esto no quiere decir que debamos rechazarla y pretender que no existe. No debemos dejar que el miedo a la muerte dicte nuestras acciones en la vida. Al fin y al cabo es inevitable.

Podríamos también hablar de las razones darwinistas por las que abolir la fiesta taurina es un error titánico, pues el magnífico toro de lidia (supuestamente tan querido por los protectores de animalitos), se extinguiría sin la fiesta de los toros. Aquí podríamos hacer otro pequeño ejercicio antropomórfico y preguntarle al Toro si su extinción sería deseable. El toro seguramente preferiría existir. Pensar lo contrario sería la acción más nihilista e ingenua del mundo. ¿Acaso no somos nosotros, de alguna manera, toros de un ganadero más formidable? No por esto sería preferible que el ser humano deje de existir. Y si ustedes creen que sí, entonces levantemos las mesas, cerremos las cortinas, metamos una bomba en el corazón de este pobre planeta carente de sentido y vámonos.

Podríamos hablar de que el prohibir los toros en el Ecuador es más un ataque francotirador por parte del gobierno dirigido a un hombre de negocios bastante conocido. Pero esto también se subordina al presente hecho. Podríamos sin duda mencionar una infinidad de razones por las que los toros deberían prevalecer, pero en el caso particular del Ecuador debo recurrir a un fantástico punto que mencionó Mario Vargas Llosa en su artículo “Torear y otras maldades” publicado en el diario El País el 18 de abril del 2010.

“Pero todas estas razones valen poco, o no valen nada, ante quienes, de entrada, proclaman su rechazo y condena de una fiesta donde corre la sangre y está presente la muerte. Es su derecho, por supuesto. Y lo es, también, el de hacer todas las campañas habidas y por haber para convencer a la gente de que desista de asistir a las corridas de modo que éstas, por ausentismo, vayan languideciendo hasta desaparecer. Podría ocurrir. Yo creo que sería una gran pérdida para el arte, la tradición y la cultura en la que nací, pero, si ocurre de esta manera -la manera más democrática, la de la libre elección de los ciudadanos que votan en contra de la fiesta dejando de ir a las corridas- habría que aceptarlo.” (Mi énfasis)
Vargas Llosa continúa hablando de lo intolerable de la prohibición:

“La restricción de la libertad que ello implica, la imposición autoritaria en el dominio del gusto y la afición, es algo que socava un fundamento esencial de la vida democrática: el de la libre elección.”

Aquí debo hacer un necesario paréntesis porque sin duda mucha gente creerá que la presente encuesta popular es el método más democrático de resolver el problema. Sin embargo, es todo lo contrario. La democracia no se basa en imposiciones ni prohibiciones. La democracia debe estar sostenida por un espíritu democrático saludable, no por subjetividades políticas. Un espíritu democrático saludable consiste no solo en tener convicciones fuertes, sino en respetar las convicciones de otros ciudadanos con la misma vehemencia que defendemos las nuestras. Defender esta capacidad de libre elección es más importante que la convicción misma. Este concepto es esencial para una democracia saludable, pero lamentablemente se está desmoronando frente a nuestros ojos. Claramente Vargas Llosa dice que aceptaría la desaparición de los toros (y yo en esto estoy tristemente estoy de acuerdo con él) si se diera por ausentismo, porque los ciudadanos “votan en contra de la fiesta dejando de ir a las corridas.” Mas no porque la mayoría del pueblo impone una prohibición en el resto. Y, si es que vamos a vivir en una sociedad basada en imposiciones, que no nos sorprenda llegar a un utilitarismo desbocado y a una distopia sin vuelta atrás.

Podríamos mencionar todas las razones que se han discutido en los interminables debates entre taurinos y anti-taurinos, pero el intento de prohibir los toros en el Ecuador -al igual que toda esta encuesta popular- es simplemente un ataque personal al defensor de la paz mundial y al verdadero enemigo de cualquier hombre ambicioso: la democracia. Muy poca gente lee hoy en día a los antiguos griegos o a Tocqueville, por lo que no pretendo hacer un ditirambo para alabar a la democracia. Pero, si es que se la considera que la un concepto que vale la pena, hay que ser consistentes. Hay que mantener la democracia y la libertad desde el punto más fundamental y filosófico hasta el ámbito jurídico y constitucional, desde la cómoda silla presidencial del Palacio de Carondelet hasta la sangre, el sol y la arena.

domingo, 16 de enero de 2011

Los espectáculos taurinos se celebran en todo el Ecuador




Publicado el 16/Enero/2011 | 00:18 El Hoy

Más de un millón de ecuatorianos asisten cada año a 500 de estos espectáculos formales y populares

En el Ecuador los espectáculos taurinos generan 60 mil empleos directos y 100 mil empleos indirectos.

Los toreros, la agricultura, la ganadería, el turismo, la hotelería, los restaurantes, los proveedores de bienes y servicios, el fisco, los municipios, los microempresarios, los veterinarios, los comerciantes, la pequeña industria, los trabajadores del campo, los medios de comunicación, los transportistas, los músicos, los vigilantes, los artesanos, entre otros, forman parte de la actividad económica relacionada a los toros.

En el Ecuador se realizan alrededor de 200 espectáculos taurinos formales al año, con la actuación de toreros profesionales en 150 parroquias, cabeceras cantonales y capitales de provincia.

En el Ecuador se realizan alrededor de 300 espectáculos taurinos populares (toros de pueblo).

En el Ecuador existen 30 plazas de toros estables (cemento), siete plazas portátiles y 150 plazas de toros artesanales armadas provisionalmente para la realización de espectáculos taurinos.

En el Ecuador existen 400 ganaderías de toros bravos, de ellas 300 pertenecen a comunidades indígenas asentadas en páramos andinos.

En el Ecuador asisten a los espectáculos taurinos más de un millón de personas al año. Las grandes ferias (Quito, Ambato y Riobamba) representan apenas el 3% del total de espectáculos que se realizan en todo el país.

En el Ecuador los espectáculos taurinos no reciben subvenciones estatales.

En el Ecuador los municipios reciben importantes ingresos al recaudar los impuestos a los espectáculos públicos.

En el Ecuador el estado se beneficia de los impuestos al valor agregado, consumos especiales y a la renta que generan los espectáculos taurinos, que forman parte de la riqueza cultural y de las tradiciones de los ecuatorianos.

Zapatero dice sí a los toros en Cataluña

Según información tomada del periódico La Voz Libre, el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, aseguró que "habría votado no a la prohibición de la fiesta de los toros en Cataluña".

Las declaraciones, realizadas a Carlos Herrera en Herrera en la onda (Onda Cero), llegan seis meses después de que el Parlamento de Cataluña prohibiera las corridas de toros.

"No me gusta la postura que tomaron los políticos catalanes", sentenció el presidente del Gobierno español.

"Una cosa es que se tenga más afición o menos", precisó Zapatero, que entiende que "las personas que quieran" deberían poder acudir a "una fiesta que tiene tradición".

"No se debería de haber prohibido. Yo no estaba de acuerdo", recalcó.

Los colectivos taurinos han valorado de forma "positiva" sus declaraciones. Eduardo Martín-Peñato, director gerente y portavoz de la Mesa del Toro, ha calificado las palabras de Rodríguez Zapatero como "muy positivas, aun sabiendo que, en principio, el presidente del Gobierno no es muy taurino".

Este puede ser el primer paso para retomar una tradición cultural de raigambre popular profunda en España.

El caso de Cataluña se dio gracias a la decisión del Parlamento Catalán de prohibir las corridas de toros a partir del 2012, tomando partido por las posturas de los nacionalistas catalanes de los que creen que "Cataluña no es España".

http://www.hoy.com.ec/noticias-ecuador/los-espectaculos-taurinos-se-celebran-en-todo-el-ecuador-453265.html

miércoles, 5 de enero de 2011

LOS TOROS Y LA LIBERTAD



Francisco Febres Cordero


No fue el mío un alejamiento drástico, como el que exige, por ejemplo, el cigarrillo. En determinado momento y por las más diversas circunstancias, uno toma la decisión y deja de fumar. No va más. Lo que sigue es sudor, tormento, desquiciamiento ante una decisión que resultó impostergable.

Con los toros no me ocurrió así. Mi distanciamiento fue despacioso y por etapas. Un día (que tenía que ser un día de diciembre, necesariamente) decidí no ir a la corrida. ¿Y la entrada? Las entradas nunca se pierden siempre hay alguien a mano que nos salva del trance y, encima, queda muy agradecido. No fui esa vez, pero si fui otra. Tal vez esa misma temporada o tal vez la del año siguiente. Llegué a la plaza unas veces y otras no llegué.

Pero lo cierto es que, cuando llegaba, me sentía cada vez más extraño, más incómodo, más fuera de sitio, para decirlo en términos taurinos. Me molestaban el ambiente, la gente, ese esnobismo que reina en las gradas, el humo de los puros que fuman los puristas, el jerez, el coño (no el coño de nadie en particular, sino el que pronuncian los que después de pronunciar cualquier palabra, pronuncian también ¡coño!).

Fui, pues, desentendiéndome de los toros. Me fui liberando y, como en todo proceso de liberación, hubo una sensación de libertad casi exultante. Pero también un sentimiento de dolor y de nostalgia. Hubo un choque de estados anímicos. A veces, encendía la tele y ¡tac! Pescaba, cerca de la medianoche Tendido Cero, y me quedaba viendo el programa, entendiendo quizá menos de lo que podía haber entendido antes de haberme cortado la coleta de aficionado. Ahora, ya no sabía quién era tal o cual torero pero, al ver cómo toreaba, me emocionaba o me cabreaba. O si no, de pronto, abría un libro y. Bueno, así le otra biografía de Manolete y regresé a la infancia e hice el paseíllo junto a mi hermano Rafael en el patio de nuestra casa de la Floresta y dejé que él, mi hermano, fuera Manolete y yo Islero, a mucha deshonra.

La última vez que me invitaron a ver una corrida, dije que no. Que gracias, pero no. Y después, cuando me invitaron a este mismo restaurante para almorzar, luego de la corrida a la que dije que no, dije que peor; en la Casa de Damián –imaginé- se almorzará con las zetas y ya no estoy en edad de soportar aquello, ¡joder, masho!.

Así pues, he llegado a esta provecta edad en que la salud (mental y física) me ha obligado a romper con dos pasiones que en determinado momento me marcaron: el cigarrillo y los toros. Del cigarrillo, confieso que en alguna noche de trasnoche, he dado algunas pitadas. He pecado, para al día siguiente mostrar mi contrición y, sobre todo, mi propósito de enmienda. Y de los toros, reconozco que a veces, cuando nadie me ve, en oscuras y en solitario, ensayo una verónica. O entro al Internet y pongo en el Google Manolete. A veces, Manolete. Otras, Dominguín. Otras, Paco Camino.

Pero sé, soy consciente que los toros, como los cigarrillos, están ahí. Y yo puedo volver a fumar cuando me dé la gana, así como creo tener el derecho de poder volver a los toros cuando me dé la gana. Lo que no soporto, lo que no puedo imaginar sin estar al borde de la alferecía es que alguien, cualquiera que sea, me prive de la posibilidad de regresar a la plaza algún día, si es que, ¡qué carajo!, me despierto con las ganas de hacerlo y siento que la sangre se me espesa de tensión, de nervios.

No voy porque no quiero. Igual que no fumo, porque no me da la gana. Pero si alguien proscribiera la venta de tabaco, yo me fabricaría a escondidas los míos y, aunque hubiera dicho que no iba a volver a fumar jamás, fumaría con las pitadas más hondas, más profundas, un cigarrillo tras otro, aunque solo fuera por hacer un ejercicio de libertad. Si alguien proscribiera los toros, viajaría de madrugada a algún páramo y citaría a la muerte en una pelea que la sé perdida de antemano, por el solo prurito de ejercer mi libertad a sentir miedo y sentir arte y sentir bravura y sentir –también sentir- el regusto de la gloria.

¡Que no se atrevan! ¡Que no se atrevan esos Torquemadas que nos tratan de meter a todos en la cárcel de lo políticamente correcto, a decir que se cierran las plazas que existen en casi todos los pueblos y ciudades del país y que los toros quedan prohibidos! ¡Que no se atrevan porque ese mismo instante me levantaré de mi sepulcro y volveré a los toros! Y si ya no existen, me los inventaré. Y haré que José María Plaza vuelva a vestirse de corto y con él marcharé a buscar a los Chalupas perdidos para ver cómo él sigue dando esas verónicas de belleza y cadencia insólitas, que yo jalearé desde el tendido como el más necio, viejo, obsesivo aficionado que juro volver a ser si alguien osa quitarme la posibilidad de, alguna vez regresar a ser espectador de una corrida.