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viernes, 15 de julio de 2011

¿Qué es torear?


Esteban Ortiz Mena

Voy a empezar con una frase de Fernando Claramunt López que recoge con mucha claridad las aguas por donde vamos a navegar durante esta conferencia: “Me he puesto, con variada fortuna, delante de las becerras en todos los tentaderos que he podido, desde la niñez hasta una edad más avanzada de lo razonable. He intentado siempre respetar las normas clásicas, al menos desde Paquiro en adelante, a sabiendas de que, sin ser profesional, es inevitable realizar toreo cómico sin querer. No me arrepiento. He vivido con intensidad momentos irrepetibles e inolvidables; me han ayudado a comprender que, por la práctica repetida de una conducta irracional y apasionada, descubre uno mejor la distancia entre los sueños y la realidad”.

Los toros ayudan a vivir. En palabras de Víctor Gómez Pin, “la escuela más sobria de vida”. Eso es torear. Bueno, eso es en realidad lo que representa, pero no hemos definido con claridad ¿qué es torear? Ahora bien, ¿Qué es torear a un toro? Depende… Las definiciones cubren un amplio abanico, aunque en un arte tan subjetivo como este, tampoco sirven mucho los conceptos: todo es subjetivo. El torear puede ser tan amplio como las veces que vemos a un torero en una plaza y gritamos “¡Eso es torear!”. Cuantas veces decimos lo mismo cuando gritamos ¡Ole! en una plaza. Por eso, torear a un toro… depende.

Pero antes de eso, es importante desmenuzar varias ideas que giran alrededor de la pregunta:

Volviendo sobre las palabras iniciales de Claramunt, el toreo tiene mucho de conducta irracional y apasionada que nos llevan a ese lugar donde se encuentra la realidad, muchas veces dura y difícil. Hay dos valores que creo deben marcar la vida de un torero: liberta y pasión. Sobre la libertad no vamos a hablar ya que no corresponde, pero sí sobre la pasión. Cuando existe esta pasión, el torero se arrima, disfruta y se entrega, condiciones básicas para poder torear. Es ahí donde se generar las sensaciones íntimas que sentimos al momento de torear.

Por eso, tienen que entender que torear, sin lugar a duda, es lo más grande. Pero también es lo más duro. La irracionalidad viene acompañada de la realidad, que ya de por sí es compleja, que se mezcla con la crudeza de la actividad que el torero realiza. Esta crudeza (que no es violencia, ya que el toreo no es violento por naturaleza) se une al hecho de entender que la profesión a la que se dedican se relaciona con un sentido trágico en último término. Por supuesto que el torero jamás sale a la plaza pensando en que va a morir. O sino no iría nunca. Pero si piensa en la cornada, en el riesgo, la incertidumbre… y todo eso genera miedo. Pero es maravilloso. Sí, torear es un sentimiento y como todo sentimiento, es completamente subjetivo.

Pero al referirse a la grandeza en la vida, estamos hablando de palabras mayores que hay que empezar a entender y para eso uno ejemplo:

Enrique Ponce tuvo un percance muy fuerte en León, donde una costilla le perforó el pulmón (o algo así) además de una seria cornada que por suerte no tuvo consecuencias. Cuentan los que estaban con él que apenas pudo levantarse de la cama del hospital, algo adolorido, cogió una toalla y empezó a lancear. Conciente de lo que hacía, habiendo estando al borde de la muerte, dijo “el toreo es grandeza”. Se pueden imaginar ustedes, una persona que estuvo a punto de morir por torear, luego de tantos dolores y molestias causadas por esta actividad, que se levante de una cama donde estaba postrado y vuelva a hacer lo que le llevó a ese estado. Es de locos. En eso radica la grandeza.

En superar adversidades, en ser mejores, en persistir… y lo que es peor, jugar (sin ser juego) con una profesión que en cualquier momento puede tener consecuencias gravísimas, pero que sin duda el toreo hace que se sobrepongan a adversidades tan extremas como la muerte para volver a ella, a seguir desafiando.

Esta grandeza solo lo puede comprender quien torea y sobre todo, y lo más importante, cuando lleva una vida de entrega, sin excesos, y se dedica por entero a su profesión. Tenemos que entender que esta es una profesión como cualquier otra. Sacrificada, competitiva, dura… que comulga con un elemento distinto a cualquier otra actividad: el rito y la espiritualidad. Y eso, insisto, es lo que le hace grande.

José Miguel Arroyo “Joselito” estaba consciente de que el éxito sólo se alcanza con una entrega sin límites. Así, en su etapa de novillero le dice a su apoderado Enrique Martín Arranz que quería tomar la alternativa a lo que este asintió. Entonces le preguntó: “¿Qué debo hacer para ser figura del toreo?” Y le respondió una frase, que cuenta, asumió desde que se hizo matador: “Para ser máxima figura del toreo tendrás que cumplir con lo que Winston Churchill ofreció a su pueblo en su histórica frase: “sangre, sudor y lágrimas”.

Hablar del torero es hablar de la persona. Eso es fundamental, y una vez que tenemos identificada a la persona, podemos hablar sobre ¿qué es torear? Antes imposible.

“Yo ya dije un día que lo de la técnica me sonaba al funcionamiento de las lavadoras. Mire usted: el toreo hay que llevarlo en la sangre y en la cal de los huesos, y eso se lleva o no se lleva. Lo de la técnica es un cuento que se han inventado algunos periodistas, pero eso no existe. Existe conocimiento, experiencia y práctica, pero lo demás es cuento. En cambio, lo de arrimarse sí es un término muy torero. Arrimarse, pero con cabeza, con inteligencia. Aquí de mandanga no se puede ir…” (Rafael de Paula)

Por eso, yo ya lo he dicho en varias oportunidades, que a un torero se le puede perdonar todo… menos falta de ambición.

¿Qué es torear? Es ser uno mismo, es ser personas. Es el ser a su máxima expresión: torería como valor supremo.

Maneras de torear


Esteban Ortiz

Me parece que es muy limitado decir que torear es burlar con arte y estética las embestidas del toro porque es un concepto que va mucho más allá. Porque como decía antes, el arte es sentimiento. ¿Quién puede describir un sentimiento? Nadie, sólo hay que cerrar los ojos y sentirlo. Esa es la mejor definición.

Belmonte decía: “Se torea como se es” y quizás en estas pocas palabras se encuentra el sentido de torear para el torero. Es categórico: no se puede torear de ninguna otra forma sino como uno es. Por eso cada cual torea distinto, cada cual hace e interpreta a su manera el toreo y lo expresa de la misma forma: su forma. Por eso hay cuantas maneras de torear y de entender tantas como toreros existen.

Sin duda que estas expresiones se unen con la forma como cada quien lleva su profesión y lleva su vida personal. Por eso es tan importante la torería, para poder torear de verdad.

Como dice Antonio Caballero, cuando hablo de maneras de torear no me refiero a estilos ni a escuelas, ni a técnicas; sino más bien a caracteres: a personalidades. Porque lo que de verdad diferencia a los artistas los unos a los otros es la personalidad, más que el talento o el estilo. Y de todas las artes, aquella en la que más cuenta la personalidad y más huella deja la expresión individual de cada artista es en el toreo.

Por eso, cada cual asume a su manera, pero lo debe hacer de verdad y usualmente tiende a una manera de torear. Tomando y citando la clasificación que hace Antonio Caballero, creo que es importante tomar sus siete pilares del toreo para poder explicar aquí, no que existen siete formas de torear (ya lo mencioné, se torea como se es) pero si características en los que en más o en menos, los toreros siempre tienden a encasillarse:

EL TOREO HONDO: El artista, el toreo clásico en palabras de Paula, si mayor exponente actual. Hoy por hoy, en activo, Morante de la Puebla. Es el toreo fugaz por naturaleza, improvisado, sólo puede expresarse cuando se está ahí, delante del toro: el artista no puede esperar a que la inspiración venga a la cita, como sí puede esperar días y noches su llegada caprichosa un poeta. Eso tiene la consecuencia de que en los toros son muy raras las tardes de arte, y aun dentro de las tardes los chispazos de arte. Porque para que surjan se requiere una casi imposible conjunción de elementos: el torero, el toro y el momento. Es un arte instantáneo, y del instante único y exacto.

EL TOREO NATURAL: como el de Manzanares. La clase, que no es lo mismo que el arte. Da lo mismo si es en una plaza de responsabilidad severa, como Madrid, o Bilbao, o Sevilla; o si es en l aalegría sin consecuencias de un festival benéfico; o si es simplemente en un tentadero en su propia casa, sin testigos. En todas partes, en donde sea, José Mari Manzanares torea como quien respira. ¿Respiran ustedes, de manera distinta en un lugar o en otro, digamos en la Maestranza de Sevilla un Domingo de Resurrección o frente al televisor en la sala de su casa? Si; probablemente, sí. Pero usted no es José Mari Manzanares.

Todo arte es artificio, desde luego, y el del toreo no es una excepción. Pero hay modos del arte en los cuales el artificio es natural. No imita a la naturaleza, sino que es ella misma en su vasto respirar cósmico. Es un don recibido del cielo que distingue ciertos músicos, ciertos poetas: Mozart, a Verlaine. En ellos, el arte sale solo, como desprovisto de intervención humana. Quiero decir, de intervención de la voluntad humana. Así es el arte del toreo de José Mari Manzanares. Un arte natural.

EL TOERO HERÓICO: El héroe, el mito, el gladiador como César Rincón. El toreo es, por supuesto, un oficio de héroes: de hombres muy valerosos que se juegan la vida. Es el único oficio heroico que queda en un mundo obsesionado por la seguridad, con la posible excpeción del de bombero. Pero los bomberos no se juegan la vida por el arte, sino por la necesidad: alguien tiene que apagar los incendios; y en cambio no es necesario que nadie se enfrente a los toros bravos. Antoñete decía que el toreo heroico es el toreo de siempre. Distancia al toro; técnica porque sin ella es imposible el cite de largo; enganchar al toro en la panza de la muleta y llevárselo atrás; y hacerlo templado, rítmico. Eso es dominio, y cuando todo ocurre así, se manifiesta la belleza y se produce arte. Y eso tiene un enorme mérito porque supone contar con un valor a toda prueba. Parece fácil, pero hay que hacerlo.

EL TOREO ROMÁNTICO: Como el de José Miguel Arroyo, Joselito. El romántico, el de otros tiempo. Ese toreo rancio, sabor antiguo muy personal, muy individual. Callado. Toreo asentado, y a la vez relajado. Sin prisas. Todo se hace despacio en el toreo, para que quede bien hecho. Se entra a la suerte sin prisas, se sale sin prisas de la suerte. Clásico: “yo me fijo mucho en las cosas antiguas e intento ser lo más clásico posible” ha dicho Joselito. Como todos los románticos. Porque los románticos tiene la nostalgia del equilibrio clásico.

EL TOREO PERFECTO: el de Enrique Ponce. El toreo a prueba de equivocaciones, el toreo inteligente y completo como torero.

EL TOREO ALEGRE: siendo valuarte de esta categoría El Cordobés. En la alegría de la fiesta está el origen del toreo, y también está su permanencia. Dejen esto solo en manos de los artistas serios, y a ver qué pasa.

EL TOREO ESPIRITUAL: Belmonte decía que el toreo es una actividad del espíritu. El toreo espiritual es el de José Tomás: dictado desde adentro, desde las potencias del alma; o desde arriba, desde Dios; o desde un principio oscuro de inmanencia, como está el árbol presente en la semilla; o, teológicamente, desde un inexorable deber ser.

jueves, 18 de febrero de 2010

Hablar de toros con pasión/ Esteban Ortiz


Por Esteban Ortiz Mena

Es curioso como en un espectáculo tan apasionante logran formar parte del juego tres actores indispensables: toro, torero y público.

El protagonismo lo tiene el toro, eje central y fundamental de la fiesta. El torero es el artista, el creador en esencia que con su técnica e inteligencia cautiva al toro y logra, gracias a la conjunción de ambos, una creación estética que genera emoción y belleza. Y el publico... el público taurino es especial:
Como dice Andrés Amoros, “¿Escribiría algo Robinson Crusoe si estuviera seguro de permanecer siempre, solo, en la isla desierta? Quizá no. Escribimos para alguien. Y también para nosotros mismos, claro está. Las dos cosas no se oponen, en realidad. Cualquiera que haya hecho alguna labor de creación artística lo sabe de sobra. Lo mismo sucede con la tauromaquia. Recordemos la frase impresionante de Rafael el Gallo: Torear es tener un misterio que decir y decirlo”. Y lo que se dice, se lo debe decir con arte.

El público es el receptor directo, quien escucha atento esa música callada del toreo, que con sus compases acompaña el ritmo silencioso del buen torear para disfrutar con cada detalle. Pero hay más.

El público taurino es aquel que se involucra y forma parte de un rito. En ningún otro espectáculo su labor es tan importante como en los toros: se convierte en parte del acto. Así, el público no asiste pasivamente a las corridas de toros y su presencia, activa, condiciona todo el espectáculo: aprecia, exige, valora, impide fraudes, estimula, censura, aplaude, premia.

Hay dos tipos de asistentes: el aficionado y el espectador.

El espectador irá en busca de diversión. El aficionado también, pero es el apasionado conocedor de la fiesta que se involucra: genera opinión, estudia, se interesa. Es un activista taurino. Usualmente se reúne a discutir de toros, busca corridas, intenta crear afición, se preocupa por que la fiesta guarde un rumbo.

De aquí surgen las “peñas taurinas”, aficionados que se agrupan con el fin de fomentar su afición y sobre todo seguir disfrutando de ella, Han existido en el país un sinnúmero de agrupaciones: Corinto y Oro, Ciudad de Quito, La Giralda, entre otras. Entre las peñas jóvenes destaca “El Albero Peña Taurina”, siendo desde hace algunos años la que más actividades realiza.

Ortega y Gasset dice: “La misión de todo aficionado no es hablar de toros seriamente, sino apasionadamente. De no hacerlo así faltaría a su cometido y quedaría amputado todo un hemisferio de la fiesta taurina consistente en la resonancia inacabable de lo que acontece dentro de las plazas, en las tenaces e incesantes discusiones alrededor de las mesas en tabernas y cafés”.
El público se debe dejar sentir, escuchar. Es deber de todo espectador hacer algo más por la actividad que le apasiona, involucrándose: esa es labor para el buen aficionado.

domingo, 31 de enero de 2010

Novillero tricolor torea en Colombia/ Esteban Ortiz


Esteban Ortiz Mena
Diario Hoy, 31 de enero de 2009

El novillero ecuatoriano Carlos Lárraga se abre paso en tierras colombianas, luego de sus triunfos en plazas locales, lo que le valió el trofeo Capote de Brega que entrega El Albero Peña Taurina al mejor novillero ecuatoriano sin picadores de la temporada 2009, fue contratado para actuar en algunas plazas.

El pasado 10 de enero, toreó en la ciudad colombiana de Popayán en la novillada nocturna que celebró la capital del Departamento del Cauca por sus festividades, alternó con los novilleros locales Andrés Valencia y Guillermo Valencia. Según las crónicas, Lárraga demostró sus buenas maneras, aunque falló con la espada, que le privó de un reconocimiento mayor.

También, en la Plaza de Toros de Manta (Colombia), el 12 de enero toreó con Cristian Castiblanco y Noel Pardo, cortando una oreja luego de una meritoria actuación. Durante la lidia del festejo, resultó volteado, produciéndole lesiones en el rostro, sin mayores consecuencias.

Por sus buenas actuaciones, Lárraga toreará el próximo 21 de marzo en la localidad de Choachi, con lo que cerrará sus actuaciones en tierras colombianas.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Cuando con los ojos cerrados se ve mejor/ Esteban Ortiz Mena


Por Esteban Ortiz Mena

¿Cuántas veces cierra uno los ojos para no ver y cuántas para ver mejor? Me lo pregunto porque creo pensar que la diferencia entre una cosa y otra puede ayudarnos a elegir mejor. Qué fácil es cerrar los ojos y llenarlos con nuestras más privadas y liberadoras fantasías y que pocas veces lo hacemos.

Julio Cortázar decía “cuántas veces habré empezado o terminado una frase con los ojos cerrados”. Cerramos los ojos cuando pasamos por una panadería y percibimos el olor que las bendice. Cuando sentimos aquella música que repleta nuestros sentidos o al llegar a una plaza con la ilusión de que algo puede pasar y suspiramos sólo con pensar en aquello. Con los ojos cerrados sin duda se ve mejor.

He visto toreros que, en su intimidad, cierran los ojos antes de que salga el toro en el burladero de matadores ensimismados en sus pensamientos. Me resisto a creer que se trate de miedo (aunque una buena dosis de aquello exista) si no que creo que se acerca más a lo de Cortázar. Ahí empieza a fluir la inspiración.

Ayer Castella toreó con los ojos cerrados. Dos faenones dos, de toreo grande. Es un torero que está a un nivel altísimo y en cualquier fase de la lidia se le ve a gusto. No hizo más que torear y darse el lujo de indultar un toro que fue de menos a más. Pudo haber cortado dos orejas más, pero ya daba igual porque el toreo había trascendido. Esos trofeos hubieran servido únicamente para aquellos que gustan de los números y las estadísticas.

Luis Bolívar fue más artesano que artista. Cortó dos orejas trabajadas, una en cada toro, con faenas de distinta intensidad. Pero si Bolívar salió en hombros fue por la ejecución de la suerte suprema. ¡Cómo mató a sus dos toros!

Huagrahuasi se reivindicó con una corrida noble en su mayoría. El indulto, excesivo o no, es un premio para la labor del ganadero y un triunfo de la fiesta. Pues ni más ni menos, más bien más, en una tarde cortazariana, para cerrar los ojos (al inicio y al final) y recordar.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Un festival de lágrimas y emociones/ Esteban Ortiz Mena

Por Esteban Ortiz Mena

Diario Hoy, 3 de diciembre de 2009



Extraño esa capacidad de llanto y alarido. Correr con lágrimas en los ojos sin que importe nada más que el lamento (y los motivos que lo producen) es algo que asombrosamente olvidamos con el tiempo.

Pero el toreo nos devuelve, aunque sea a ratos, la posibilidad de que la emoción se transforme en lágrima. El toreo es tan grande que desborda lo que sentimos, nos llena tanto el alma que logra humedecer nuestros ojos con mucha facilidad. En los toros, las lágrimas brotan sin explicación, por generación espontánea, cuando lo que se ve (y se siente) llega a los sentidos. Si no, pregúntenle a los 14 mil espectadores que fueron ayer a disfrutar del festival benéfico.

Quizás Castella fue más estético o El Juli más profundo, que cortaron una oreja, Adame más alegre que cortó dos… pero Martín Campuzano puso lo emotivo. Así como puso de cabeza una plaza que le devolvió su cariño.

Así lloró en silencio Martín Campuzano. Lloró Rafaela, su hermana, que no dejaba de temblar, contagiada por la intensidad de lo que su hermano creaba y el público entregado veía. Los toros están hechos de momentos y a más intensidad, más profundos se vuelven; más calan en nuestros sentidos. En eso radica el arte: en revolver los sentimientos. “Los sentimientos son pensamientos en conmoción” decía Unamuno… pues en eso también, porque el pensar es un sentir y “la emoción del toreo, para el que lo hace como para el que lo ve, nace de ese pensamiento conmovido”, sentenciaba Bergamín. Eso sucede cuando a una profesión sacrificada se le devuelve entrega y pundonor.

Le correspondió en suerte un extraordinario novillo de Vistahermosa, otro de los culpables de que hayamos vivido momentos de intensidad que fue premiado con la vuelta al ruedo y las dos orejas para el ecuatoriano.

La gente vino por el Juli y Castella (estaba repleta la plaza, tanto que hasta las astas de las banderas estaban llenas), que no defraudaron, pero terminó entregándose con Martín Campuzano, porque esta vez, él se entregó con Quito. Y nos hizo emocionar.

martes, 1 de diciembre de 2009

“Cuando el dedo señala la luna, el imbécil mira al dedo”


Por Esteban Ortiz Mena

Diario Hoy, 2 de diciembre de 2009

Asesinos, retrógrados, violentos, masoquistas, perversos, putrefactos, arcaicos. Así es como califican los antitaurinos, entre los epítetos más decentes, a todo aquel que guste de la fiesta brava.

Rafael Lugo escribe que “a la postre, para la mayoría la idea obligada es amar a Dios sobre todas las cosas y odiar a quien piense diferente, porque se nota que el hombre ha entendido que prójimo solo es aquel que piensa igual, y el que no cree lo mismo es infiel, impío, hereje, perro sarnoso, humanoide descartable, cualquier cosa, pero prójimo jamás”.

Y eso es lo que tenemos que evitar. No entiendo de odios (seguramente los antitaurinos sí) y me opongo radicalmente a que se realicen manifestaciones violentas sólo por pensar distinto. La riqueza de la humanidad está en su diversidad, en la capacidad de contradicción que tenemos, en saber crecer; y no en oponerse ni en intentar cambiar de hábitos a quien piensa distinto.

No hay proporción comparable entre una convocatoria que reúne a más de 14 mil aficionados en una plaza de toros por día de corrida, frente a los 40 que gritan afuera.

Tampoco queremos convencer a nadie de que le gusten los toros, pero a desaparecerlos hay un abismo. El problema de la oposición a una práctica tradicional es que esta puede trasladarse a otras que forman parte de la identidad y afirmación cultural de un pueblo. En realidad no existe diferencia conceptual entre oponerse a la ópera que a una corrida de toros. Por eso es tan absurda una oposición al tema, sobre todo cuando es producto del desconocimiento y más aún cuando aporta tanto a una ciudad. Para muestra el festival benéfico que se realizará hoy, cuyos fondos serán destinados para realizar causas sociales en beneficio de la colectividad quiteña. ¡Ven la diferencia!

De la corrida de ayer poco. No fue una tarde afortunada, aunque siempre hay algo que rescatar, como por ejemplo la integridad de los pitones con la que se presentó. En fin, habrá mejores… por eso volvemos siempre a una plaza con la ilusión de mirar a la luna.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Samper y las ganas de ser torero/ Esteban Ortiz Mena


Por Esteban Ortiz Mena

Diario Hoy, 30 de noviembre de 2009

Entre los valores de cualquier torero destacamos siempre algunos principios fundamentales: el valor, la capacidad técnica, el temple, la pureza y la entrega. Si bien es un elemento recurrente en los toreros, este último en los novilleros adquiere una jerarquía superior.

Ningún torero está nunca del todo hecho (salvo los mediocres). En particular el novillero que tiene las falencias propias del que empieza y carece de la experiencia de una profesión exigente que va formando a los toreros con cada capotazo. Pero Álvaro Samper de eso va sobrado: ayer vimos un novillero cuajado, solvente y entregado. Es decir, en novillero.

Si bien en el mundo del toro nada es suficiente, pudimos ver a un torero con la claridad como para crear dos faenas sólidas ante dos novillos completamente distintos: al bueno (aunque al de Mirafuente le faltó fuerza y transmisión) al que le cortó una oreja; y ante el manso y peligroso (si mataba bien seguramente cortaba otra). Y en ambos estuvo muy bien. Su sola comparecencia justificó el valor de la entrada. Aunque si a eso sumamos las dos orejas del rejoneador Montes y la poderosa faena del español Javier Cortés a su segundo novillo, podemos decir que el espectáculo tuvo momentos muy interesantes, aunque nunca llegó a romper por la mansedumbre de los novillos.

Volviendo a Samper, sus progresos hacen que estemos delante de un torero que puede trascender, si se lo propone. Y confiamos en que así va a ser. El día de hoy toma la alternativa y sin duda podemos decir que está plenamente capacitado para triunfar. Pero triunfar sin justificaciones, con el corazón por delante y con esa necesidad de querer ser un torero caro. Siempre en novillero. A la actitud me refiero.

Juan José Padilla sintetiza esa necesidad de triunfar cuando cortó 3 orejas a los de Miura en San Fermín: “Recuerdo que me perfilé para matar al quinto y pensé: si me coge, ¿qué más da, si mañana no tengo nada importante que hacer?”.

Álvaro, pues eso.

sábado, 28 de noviembre de 2009

La alegría de la fiesta/ Esteban Ortiz Mena


(Apuntes de lo ocurrido en la primera corrida de Feria)

Por Esteban Ortiz Mena



Diario Hoy, 29 de noviembre de 2009

En los toros ve uno siempre cosas que no espera. Y por eso el toreo sigue, y sigue, y sigue… por eso vamos con alegría a la Plaza, a disfrutar de lo inesperado. Por ejemplo, no respondió a las expectativas la complicada corrida que se lidió el día de ayer con el hierro de Trinidad; sin embargo, la gente disfrutó con dos espectaculares tercios de banderillas que tuvo como único protagonista a El Fandi; y, se entregó con Rubén Pinar, un torero honesto que demostró por qué estaba contratado para Quito.

Sin duda, El Fandi es un fenómeno pocas veces visto. Su poderío físico hace temblar a la altura de Quito… y a cualquier toro que corre tras él luego de sus pares de banderillas. Deslumbra no sólo por la espectacularidad en la ejecución al banderillear, sino también por la forma como literalmente detiene a los toros que, desarrollando una característica como la acometividad que los distingue de otros bovinos, acuden tras él luego de ejecutar de diversas maneras esta suerte que domina.

Quito “Enfandilado”, alegre y dispuesto a disfrutar con esas cosas que no espera, pero que como buen devoto, reacciona con asombro cuando ocurren. Seguramente la historia taurina de esta Plaza le llevará a los lugares más altos de los toreros banderilleros elegidos por Quito para que se vuelvan sus referentes taurinos. Ya ocurrió con el portugués Víctor Méndes, ídolo en esta plaza, que deslumbró en los años ochentas ejecutando esta suerte.

Rubén Pinar demostró inteligencia, pundonor y honestidad al momento de plantear las dos faenas más intensas de la tarde de ayer. Se entregó a una Plaza que no le conocía y encontró que el público de Quito responde muy bien cuando descubre que los toreros que se presentan se entregan en el ruedo. Vuelta al ruedo fue poco premio para lo que demostró.

Por eso, en la alegría de la fiesta, como menciona Antonio Caballero, está el origen del toreo, y también su permanencia. Por eso sigue, y sigue, y sigue…

jueves, 26 de noviembre de 2009

La importancia cultural y económica de los toros en Quito/ Esteban Ortiz Mena




Esteban Ortiz Mena



(tomado de un estudio hecho por Somos Ecuador)

Diario Hoy, 27 de noviembre de 2009



Cuando se acercan las fiestas de Quito, residentes y no residentes en la ciudad tienen en mente unos cuantos eventos, los cuales se han convertido en sinónimo de las celebraciones. Se habla de las corridas de toros, del desfile de la Confraternidad y la presentación de la Reina de Quito a su pueblo, los bailes populares y el Mundial de Cuarenta. El resto de actividades son complementarias y su función es acelerar y perfeccionar la dinámica festiva que todos los años confluye con motivo de las fiestas. De ahí que los cuatros pilares de la celebración urbana se han convertido en un eje del cual no se puede prescindir, no tanto por su estructura, sino por la profundidad con la que se han arraigado en la tradición como en el imaginario quiteño.

Si uno se fija, cada uno de estos eventos puede tener algún cuestionamiento, sobre todo proveniente de sectores sociales que se pueden sentir afectados ideológicamente por su realización. Es así que los grupos feministas pueden objetar la elección de la reina y los antitaurinos las corridas de toros. Esto es algo común en la construcción ciudadana: las contradicciones y oposiciones también tiene su lugar dentro del proceso de edificación de la ciudad como entidad viva.

Sin embargo, la organización de estos eventos, con el paso del tiempo pasó de ser una actividad a ser una tradición y de ahí a un modo de vida que incluye a miles de personas y decenas de profesionales.

Ahora que empiezan las corridas de toros, es importante tomar en cuenta los siguientes datos tomados de un estudio publicado por “Somos Ecuador” sobre esta tradición quiteña:

· Los espectáculos taurinos son la forma de vida de miles de familias que participan de ellos de manera directa e indirecta. El turismo, la hotelería, los restaurantes, los transportistas, los artistas, los vigilantes, los artesanos, entre otros, forman parte de la actividad económica relacionada con los toros.

· La actividad taurina en la Capital genera un movimiento económico de alrededor de $50 millones de dólares.


· En total 27,286 personas trabajan en más de 3,000 establecimientos relacionados a la industria turística de la provincia de Pichincha.

· El SRI y el Municipio de Quito son beneficiados directamente por la realización de las Fiestas de Quito. Además de la recaudación de IVA e ICE del SRI, el Cabildo recibe solamente a través del impuesto a los espectáculos públicos alrededor de US$500,000 que le sirven para financiar el resto de actividades que se realizan en esta época. Es decir que los roqueros con sus conciertos, las serenatas que se tocan, los pregones populares, los festivales y un sinfín de actividades se benefician indirectamente de la actividad taurina.

· Entre el 1 y 6 de diciembre de 2008 llegaron a Quito 19,624 turistas, se sostuvieron 58,878 empleos directos y 98,120 indirectos.

· Solo la actividad turística mueve aproximadamente entre 12 y 14 millones de dólares durante las fiestas de Quito

· En el DM de Quito existen aproximadamente 210,000 microempresarios. Este gremio reporta un crecimiento de sus actividades y ventas de entre el 30% y el 60% de acuerdo al sector durante las fiestas de Quito.

· Tres de cada 10 ciudadanos residentes en Quito participa activamente en uno o varios de los actos de las fiestas de Quito. Cada uno de ellos gasta un promedio de $20 dólares durante las festividades.

domingo, 9 de agosto de 2009

“Esto entra en el sueldo…” /Esteban Ortiz Mena


Por Esteban Ortiz Mena

Aunque muy pocas personas se acuerden, a mi me sigue conmoviendo la forma en que un torero espera y recibe la muerte. Todas las sangres son rojas, todas salpican… pero no todas son iguales. Hay cosas que son incomprensibles y demuestran la grandeza del toreo. Luis Francisco Esplá nos devuelve a la realidad cuando, luego de una cornada en Céret que casi le cuesta la vida, dice: “esto entra en el sueldo”.

Por eso conmueve y asombra la espera del ser humano que se juega la vida por voluntad propia: las cornadas, los golpes, las lesiones provocadas por los toros son parte del ser torero. Son los gajes del oficio: la posibilidad de derramar sangre viene con la profesión. El torero lo sabe… lo tiene que tener asumido. Punto. Es la única forma de serlo.

Lo admirable es que lo haga de manera conciente. El torero, si no lo entiende así, debería cambiarse de profesión: podría ser abogado o dedicarse a escribir artículos para revistas de toros. Aunque igual se pasa miedo, es menor la probabilidad de que un toro pegue cornadas.

“¡Qué no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena”

Se lamentaba García Lorca. Pero estoy seguro de que Ignacio lo tenía asumido: ser torero es ser herido. Pensar en la posibilidad real de morir, sin quererlo. Por que torear es justamente, como decía Bergamín, “el arte del birlibirloque” con la conciencia del desenlace fatal.

Es lógico, ningún torero sale al ruedo pensando en la ruptura. Sin embargo el desafío es mayor: vencer al instinto. Por eso es asombroso e inentendible.

La realidad de la profesión es así de dura y exigente. Jugar con el riesgo cada tarde para crear arte venciendo el miedo y el instinto, aunque no guste la forma particular de interpretar el toreo –pero qué importa ¿acaso el gusto no es algo subjetivo?-, tiene mucho mérito. El hecho de estar ahí delante, debe por sí solo causar admiración “porque se trata de un arte en el límite de lo humano y en el límite de la vida: a la sombra de la muerte” dice Antonio Caballero. Por eso el torero es un héroe que dignifica su vida con la posibilidad de su propia muerte… y eso es desconcertante.

Lo profundo, en este caso, no tiene explicación, la belleza es subjetiva… lo único real es el miedo, el golpe, la cornada que entra en el sueldo y quien lo expresa lo comprende y asume (como un deber ser) de manera admirable. Los toros no son un espectáculo racional. Jamás lo ha sido y eso lo demuestra la forma como Esplá asume su profesión y las cornadas que recibe. Por eso mi admiración y respeto: ser torero es un grado que muy pocos alcanzan.

viernes, 4 de abril de 2008

Cuando el valor vale más que el precio/ Esteban Ortiz Mena

Por Esteban Ortiz Mena

Cogí un libro. Era de mañana y recién me había despertado. Me volví a acostar porque tenía frío y sobre todo porque quería alargar la sensación que produce una cobija. Son esos días en los que nos despertamos con una sobre carga de sueños, como si existiera un mundo paralelo del cual no quisiéramos salir.

Al repasara las primeras hojas encontré un dialogo del personaje del libro (un estudiante en París que pasa las penurias de vivir lejos y en condiciones precarias, pero dignas) con el cual me identifiqué: “El abono trimestral de la piscina había sido una importante inversión de mi parte, pues costaba 120 francos, pero una ducha caliente cada día era lo único que podía devolverme a la vida”.

El valor de una ducha caliente, dice Santiago Gamboa en El síndrome de Ulises, va más allá del precio o del chorro de agua que cae y se convierte en la sensación placentera que da sentido a la vida.

Aunque nos cueste una fortuna, o no, el personaje del libro justifica el pago que hacía, a cambio del valor de las sensaciones que le producía una simple ducha.

Pues los toros son eso.

Los días de toros, una corrida, un día de campo, son esa ducha caliente que es, también, ese algo que nos devuelve a la vida. Es el aliciente que tiene el aficionado para poder disfrutar de lo que más le gusta.

El agua caliente (léase, los toros) limpian y hacen olvidar cualquier problema que podamos tener y nos transporta a ese lugar íntimo, cercano a los sentidos y apegado a los sentimientos que sólo nosotros lo podemos apreciar.

Aunque nos cueste.

Por eso, ir a una plaza de toros es darnos una tregua a nosotros mismos. Pero no cualquiera: es como la que le da Mario Benedetti al personaje principal de la novela del mismo nombre: “Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más”, dice. Los toros son esa felicidad momentánea, pasajera, que dura lo que dura la corrida… bueno, quizás un poco más, pero los recuerdos son nuestros y únicos y sólo nosotros le damos el valor y el tiempo que estos quieran tener. Por eso, durarán el tiempo que logremos hacer que permanezcan en nuestras sensaciones.

El valor de los toros no tiene precio. Es tener algo por qué vivir, el delirio de tener algo por qué despertarse y buscar, con ilusión, aquellas gotas calientes que dan sentido a la vida.

Una tregua, que nos llena de felicidad…

lunes, 25 de febrero de 2008

Apuntes sobre la esencia/ Esteban Ortiz Mena


José Carlos Arévalo explica que “el aficionado sabe que la lidia no es un combate entre iguales. Por supuesto, no le interesa que el toro venza. El interés de la corrida es esencialmente humano: comprobar cómo un hombre –le llamamos torero- asume el peligro; si lo hace con arrojo, con gracia, con destreza, con inspiración, con arte; o todo lo contrario, si lo hace con miedo, impericia, sin imaginación, feamente”.
Escencialmente humano, dice. Nadie acude a una plaza de toros a ver sangre (ni la del toro y menos la del torero) y eso lo vuelve más humano todavía. El ser humano, en lo más hondo de su ser, busca maneras de identificarse. Por eso, se ve representado en el torero, inconcientemente, como un ser humano heroe que hace frente a sus limitaciones y se impone a la fuerza del toro. Es decir, la muerte acompañada con una dósis de estética.
Por eso la corrida es una fiesta. Y el ser humano va a disfrutar... hasta que la muerte llegue, bailar alrededor de ella en un juego repleto de emociones.
“La corrida de toros, como todas las fiestas, es una explosión de vida con un deje de melancolía. El hombre sabe que, a la postre, la muerte siempre gana la partida. Pero en la plaza, no. La corrida de toros es una ilusión, como todas las fiestas. Es una antitragedia, a la que asistimos para ver cómo el hombre lucha por su destino, cómo gana, cómo lo mata, cómo lo disfruta, cómo nos hace disfrutar.
¿Disfrutar? Es difícil definir la entraña del toreo, compuesto de vida y muerte, de miedo y valor, de placer y dolor. Ningún arte se le parece. Real pero imaginario, es una realidad representada, algo vivo y la vez simbólico. Cada lidia cuenta un argumento, una ficción, y sin embargo, la muerte del toro es real, el peligro de muerte en que se sumerge el torero es real, la cornada es una muerte pequeña y, a veces, la muerte definitiva: el precio de esa inaudita trasgresión taurina que consiste en afirmar la vida y negar la muerte”. (Revista 6toros6 No. 672)
Negar la muerte con estética y una dosis de profundidad...

viernes, 15 de febrero de 2008

LA EVOLUCIÓN DE LA NORMATIVA TAURINA Y SU FUNCIONAMIENTO DENTRO DE UNA CORRIDA DE TOROS/ Esteban Ortiz Mena



Por Esteban Ortiz Mena

Se ha discutido muchas veces si las normas deben ser anteriores a la realidad o es la realidad la que desborda el aparato normativo y lo circunscribe. Creo que hay algo de las dos. Sin duda, la realidad va delineando lo que se debe mandar, prohibir y permitir a través de normas; pero también la norma se debe adelantar a su tiempo (cuando existe un buen ejercicio legislativo) y prever situaciones que van más allá de la realidad.

Las normas, por su naturaleza, son estáticas. De todos modos, son un reflejo de la realidad en la que vivimos. Tanto es así que si existiría una debacle planetaria y, por cosas del destino, el único texto que sobrevive es el Código Civil (bueno, también digamos la ordenanza que regula los espectáculos taurinos), la persona (o el alienígena, marciano o lo que fuere) que encuentra el texto se podría dar buena cuenta de lo que actualmente somos.

Además, nuestra vida, según lo señala Norberto Bobbio, se desenvuelve dentro de un mundo de normas. “Creemos ser libres, pero en realidad estamos encerrados en una tupidísima red de reglas de conducta, que desde el nacimiento y hasta la muerte dirigen nuestras acciones en esta o en aquella dirección. La mayor parte de estas normas se han vuelto tan comunes y ordinarias que no nos damos cuenta de su presencia. Pero si observamos un poco desde fuera el desarrollo de la vida de un hombre a través de la actividad educadora que ejercen sobre él sus padres, maestros, etc., nos damos cuenta que ese hombre se desarrolla bajo la guía de reglas de conducta[1]

La norma condiciona nuestro convivir diario, y sin darnos cuenta, hasta nuestra vida. La responsabilidad que eso significa y el respeto hacia la norma y hacia lo ajeno debe ser parte integral del hombre.

En el prólogo del editor a la primera edición de la tauromaquia completa de Francisco Montes “Paquiro” de 1836 dice:

“Así como los individuos, tienen los pueblos su carácter original propio y exclusivo de ellos, que sirve para distinguir los unos de los otros, y que es el origen de sus hábitos y costumbres. Para llegar a conocer con exactitud el verdadero carácter de un pueblo, es a veces más a propósito que su misma historia tomada en su totalidad, la lectura de aquellos escritos en que se hallan consignados sus entretenimientos privados, esto es, peculiares y exclusivos de él; y volviendo a comparar los pueblos con los individuos, diremos que tanto los unos como los otros son más difíciles de conocer, y dejan menos traslucir su verdadera índole cuando ejecutan acciones de cierta notoriedad y consecuencias, porque en este caso el temor de la censura pública influye poderosamente en las determinaciones...”. (El subrayado es mío)

En este intento por codificar y normar la celebración de espectáculos taurinos, “el célebre profesor Josef Delgado (vulgo) Hillo” (tal y como reza en su libro Tauromaquia o arte de torear a caballo y a pie) fue el primero en intentar recopilar y unificar las normas que hasta ese entonces regían a manera de costumbre para las corridas de toros a pie como a caballo.

Es recién en 1804 cuando se realiza este primer intento, acertado por cierto, de codificación de lo que es una corrida de toros. Con la dinastía de los Romero y la escuela de Ronda, haciendo un poco de historia, se empieza a profesionalizar el juego con toros y considerarse como una actividad lucrativa. Como todo espectáculo (en este caso español) que el vulgo empezó a disfrutar con más fuerza, hubo la necesidad de regular y clarificar ciertos conceptos que hacía falta precisar.

Pero la función de las normas fue recoger todas las inquietudes que se estaban dando para que los nuevos actores de la lidia tengan parámetros básicos de referencia y se pueda ordenar un espectáculo que cada vez irrumpía con más fuerza (sino la tenía ya).

Francisco Montes Paquiro incluso señala en la parte final de su Tauromaquia Completa unas recomendaciones de reforma del espectáculo, como que “las plazas de toros deben estar en el campo a corta distancia de la población, combinando que se hallen al abrigo de los vientos que con más fuerza reinen en el pueblo; deberá haber también una calzada de buen piso para las gentes que vayan a pie a la función, y un camino que no cruce con el anterior, por el que irán los carruajes y caballerías. De este modo se evitará mucha confusión y desorden, y hasta las desgracias que alguna vez suceden. Estas disposiciones, que parecen influyen poco en el prestigio de la diversión, tienen, por el contrario, una gran parte en su engrandecimiento, pues no hay duda que a muchas personas, y con particularidad al bello sexo, retraen estos y otros inconvenientes para ir a las fiestas de toros”.

Pero son las corridas de toros las que han dado forma a una norma. La norma se ha adaptado a estos comportamientos y a las necesidades culturales. Si vemos en el tratado de Pepe Hillo, la lámina XII recrea la “tercera suerte con los toros de sentido” y es el matador lanzando el capote a la cara del toro y salir corriendo. Esto era considerado una suerte en 1804 que ahora ni siquiera se plantea como una alternativa dentro del toreo moderno.

Pero una vez que la norma adapta estas costumbres, también la regula. Empieza entonces a generalizarse el uso de un reglamento y de disposiciones que se deben respetar: reglas para “sortear a los toros con capa”; “suerte de la verónica con los toros francos, boyantes o sencillos”; “suerte de recorte”; banderillas, muleta, etc.

Si bien se dice que en el mundo del toro (creo que actualmente en el único ambiente), la palabra tiene un gran valor. El mejor contrato es el firmado en una servilleta de un bar y eso vale más que mil contratos. Pero la norma fue haciendo el espectáculo que tenemos hoy en día. Luego de los primeros intentos por definir lo que debía ser una corrida de toros, se realizaron esfuerzos para determinar el peso de los toros, la incorporación del peto a los caballos, la dimensión de las puyas y banderillas, etc.

También se determinó qué era una plaza de primera y hasta se logró establecer que los matadores ecuatorianos deberían actuar en el 80% de tardes en la Feria de Quito. Por eso la norma, si bien no hay que ser experto en su manejo, nos da luces para poder entender un espectáculo.

Todo, absolutamente todo lo que ocurre en el ruedo, aunque no lo parezca, está normado. Todo tiene su tiempo, su espacio y su regulación. Por eso es fundamental para todo buen aficionado, saber qué simbolizan los colores de los pañuelos (que está establecido en una ordenanza); saber que la vuelta al ruedo no es un premio que concede el presidente de plaza (está en el reglamento taurino) y tantos otros parámetros que, aunque parecería no tienen relevancia normativa, pero que están detallados en un texto legal que influyen en lo que puede ocurrir en un espectáculo.

Los ritos y las tradiciones parecería que fluyen sin una norma a lado. Sin embargo, lo normativo influye en nuestras vidas y nos rodea, en particular dentro de la temática taurina. Es probable que la realidad se plasme en una norma aunque no lo sintamos.

Por eso, como decía al comienzo, lo normativo nos rodea, nos condiciona y nos guía. El aficionado debe conocer lo que el reglamento dice, así puede criticar y sobre todo, tener un conocimiento más cabal del espectáculo que le apasiona.


[1] Bobbio, Norberto; Teoría General del Derecho, Editorial Temis S.A., 1994, pag 3.

sábado, 29 de diciembre de 2007

El toreo, patrimonio ecológico (II)/ Santi Ortiz


Por Santi Ortiz

6toros6, No. 586

La existencia del toro de lidia y su evolución se deben a que existe el toreo. Pero, además, es conveniente sumar a este argumento los siguientes aspectos: los cuidados que el toro exige, su manejo, su alimentación e higiene, suponen una especialización y unos gastos de todo punto imposibles de soportar sin las corridas de toros a las que se destina. Ni su rendimiento cárnico ni cualquier otra producción a que hipotéticamente se le pudiese dedicar haría viable su cría y existencia.

Sin corridas no hay toros. Métanselo en la cabeza aquellos que en su idílico paraíso de cartón piedra, tipo Walt Disney, juntarían en el mismo redil a la hermana oveja y al hermano lobo, o al león y a la cebra, para que, juntos, viviesen felices e ignorantes del papel que en la cadena trófica les tocó jugar.

300,000 hectáreas de dehesa

Gracias a la fiesta brava la especie “toro de lidia” no sólo no ha desaparecido sino que goza de una abundancia que para sí quisiera la inmensa mayoría de las que, salvajes o en domesticidad, pueblan nuestra península. Actualmente, entre las cuatro asociaciones que acogen a los criadores de reses bravas, se computan 678 ganaderías, que cada año hierran 60,000 cabezas, entre machos y hembras. Pero, además, el toro bravo vive a sus anchas la mayor parte de su vida. En libertad juega, crece, lucha y se desarrolla disponiendo de extensiones de terreno que lo diferencian radicalmente de esos otros que se hacinan en granjas o establos, privados nada más nacer de espacio, luz, hierba o de sus instintos más elementales.

A excepción del tremendo momento de su lidia y muerte, el toro bravo, en cambio, vive en la libertad de la dehesa haciendo posible, de paso, uno de los hábitats más ecológicos que pudiera soñarse. Sólo la Unión de Criadores de Toros de Lidia –una de las cuatro agrupaciones de criadores de bravo- destina a la cría de reses más de 300,000 hectáreas de terreno de nuestro país; superficie que la cría del toro protege de la alteración y destrucción a que se ha visto sometida la mayor parte de nuestra geografía rural.

¿Qué es lo que pretende entonces la facción del ecologismo que aboga por la supresión de las corridas de toros? ¿Qué el toro desaparezca? ¿Qué la cabaña brava actual quede reducida a algún superviviente pudriéndose en la cerca de un zoológico o a unas cuantas cabezas mantenidas en la reserva de un terreno improductivo? ¿Qué se pierdan, con él, el habitat y los ecosistemas naturales que subsisten gracias a su crianza?... Qué futuro piden para el toro, ¿el mismo que ha extinguido al oso de los Pirineos o la cabra hispánica, el que convierte al lince ibérico en el felino más amenazado de extinción del mundo?, ¿el que llena de orgullo a los ecologistas porque ya han conseguido de este último siete crías en cautividad?...

Yo, que me he enfrentado al toro en la plaza, que me he atrevido a matarlos con una espada y un trozo de tela, que los he amado y los he temido, que por su causa he sufrido y gozado y me he visto colocado por ellos cien veces al borde del abismo o de la gloria, jamás desearé al toro un final semejante.



Resumamos: la fiesta de los toros es la que mantiene vivo al bovino bravo, la que, lejos de abocarlo a la extinción, lo convierte en la especie de un mamífero más abundante, protegida y cuidada que existe en nuestro entorno; la que preserva como ninguna otra actividad agropecuaria los ecosistemas naturales relacionados con su cría. Es, por tanto, y como sosteníamos al principio, el bastión más importante de nuestro patrimonio ecológico.

Siendo así, el ecologismo no tiene motivos para abominar de la fiesta de los toros. Las razones de los que, pretendiendo erigirse en ideología, exigen su abolición hay que buscarlas, pues, en otro ámbito, concretamente en el menos científico y más resbaladizo de la moral, paredaño en tantas ocasiones con la simple y llana beatería.

El toreo, patrimonio ecológico (I) / Santi Ortiz


Por Santi Ortiz

6toros6, No. 585/ 13 de septiembre de 2005

La fiesta de los toros encarna un bastión capital del patrocinio ecológico de España, pese a la condena que la sección beata del ecologismo militante ejerce contra ella. Quiero precisar que es tan sólo una parte del “movimiento verde” y no todo él quien, desde el analfabetismo de su brújula rota, la emprende contra nuestra fiesta sin reparar siquiera que con ello no hace sino tirar piedras contra los principios que dice defender.

Me parece oportuno insistir en que es una parte y no un todo el conjunto del ecologismo quien enarbola la enseña antitaurina porque, de lo contrario, parecería que nuestra crítica condena a un movimiento que estimamos absolutamente necesario para salvaguardar el planeta de los abusos y depredaciones que sobre él viene practicando el hombre en nombre de la civilización y del progreso. Su encomiable trabajo ha hecho posible que la ecología pase a formar parte del sentido común de la gente y que su referencia sea obligada tanto en los programas políticos electorales como en el discurso público de los empresarios.

De aquella romántica aventura que llevó a docenas de idealistas a bordo de un viejo barco atunero hacial el paraíso del archipiélago de las Aleutianas con el disparatado propósito de frenar las pruebas atómicas estadounidenses, hasta el compacto entramado de tendencias diversas y asociaciones de toda índole que configuran el espectro del ecologismo actual, han pasado más de treinta años. Gracias a su encomiable esfuerzo, el ecologismo se ha convertido en el eficaz guardián y controlador de la complicada problemática del medio ambiente, jugando un papel importantísimo de la desaceleración de las centrales nucleares, el crecimiento de las energías alternativas, la educación ambiental, la defensa del litoral, el control de vertido y de la polución atmosférica, la denuncia de los alimentos transgénicos, el reciclaje de residuos, la conservación de la naturaleza y la defensa de la biodiversidad. Nadie que piense en estos problemas con un poco de perspectiva de futuro puede dejar de agradecerles por su pelea por evitar que leguemos a las generaciones venideras un planeta agonizante y esquilmado.

El ecologismo utópico

Sin embargo, por los pasillos de este ecologismo científico y real transita otro de tremebunda idiocia; un ecologismo utópico negado a contemplar la realidad del mundo en que vivimos; un ecologismo elitista, mesiánico e “iluminado” tremendamente refractario a las críticas internas o externas, en cuya concepción de un mundo mejor parece que estorbamos los humanos: es la sección beata del hermanó hurón y la hermana pantera, el que convierte la ecología en un fanatismo casi religioso que antepone el supuesto “derecho” de un pago, una cobra o un orangután al de la propia especie humana. Esta versión franciscana de la Arcadia ecológica me parece de una execrable hipocresía además de una solemne estupidez, ya que, aferrándose con obstinada irracionalidad a opciones inviables, atenta contra la credibilidad del ecologismo real, lo desprestigia y hasta entra, a menudo, en contradicción con los fines que en teoría pretende conseguir. Por ejemplo: propugnan ser contrarios a la desaparición de las especies, pero no encuentra una manera más efectiva de hacer desaparecer la del toro de lidia –a la que dicen proteger- que tratar de abolir las corridas de toros. La razón no es sólo porque sin ellas la inutilidad del ganado bravo y el elevado costo de sus cuidados y manejo conducirían a su desaparición, sino porque gracias a la existencia del toreo el toro de lidia no ha desaparecido de la Tierra.



La raza bovina provista de bravura es una variedad zoológica arcaica que, como el resto de especies vacunas mansuelas o domésticas proceden del Bos primigenius, animal de fiera agresividad al que los alemanes llamaban auerochs y nosotros conocemos por uro a partir de que Julio César latinizara el vocablo. Este toro salvaje, que encampanaba su amenazante testa a lo largo y ancho de Europa, no logra superar como especie viva el final de la baja Edad Media, aunque haya documentos que prueban la existencia en el siglo XVII de un reducido número de cabezas en un bosque situado a medio centenar de kilómetros de Varsovia. Allí muere, en 1627, la última vaca de la especie, como hace unos meses, en los Pirineos, la última osa autóctona que nos quedaba.

El toro, superviviente ibérico

Es un enigma aún no resuelto por qué los descendientes bravos del uro desaparecieron de Europa y del resto del mundo y no de España. He aquí un problema para los ecólogos y los zoólogos –sean favorables o contrarios al espectáculo taurino- están obligados a tratar de esclarecer. Alguna que otra teoría de poco peso existe al respecto, como la defendida por el escritor Pepe Alameda en un ensayo surcado por importantes inexactitudes históricas, según la cual el toro bravo no desapareció de España en la Edad Media porque tanto moros como cristianos procedieron a criarlo para su respectivo entrenamiento bélico.

Sin embargo, pese a las tinieblas de su origen, dos hechos son innegables: uno, que en los últimos cuatro siglos la conservación del toro de lidia español se debe, primero a las fiestas de toros de la nobleza, y, luego, a las corridas de a pie; y do, que el actual toro bravo es un producto seleccionado por el hombre a través de los siglos para la lidia en la plaza; un animal, pues, que no es fruto de la selección natural que lucha por la vida propicia en la mayoría de las especies, sino de los criterios de selección que los ganaderos han venido practicando con él a lo largo del tiempo en su búsqueda del toro idóneo para la lidia.

sábado, 8 de diciembre de 2007

El fin de la ducha caliente/ Esteban Ortiz Mena


PEQUEÑOS COMENTARIOS SOBRE EL ÚLTIMO FESTEJO DE LA FERIA DE QUITO “JESÚS DEL GRAN PODER 2007"

Por Esteban Ortiz Mena

Yo creo que los libros lo escogen a uno y no al revés, como se cree…

La mañana del 6 de diciembre de 2007 traía una mezcla de sensaciones. Era el último día de Feria. También estaba cansado: el trajín de nueve días intensos es agotador. Por eso, esa mañana, algo aletargado escogí un libro al azar (que terminó escogiéndome a mí). Me lo llevé a la cama porque tenía frío y sobre todo porque me quería volver a acostar. Son esos días en los que alargamos el momento de levantarnos, como si existiera un mundo paralelo del cual no quisiéramos salir: el de los sueños.

Al repasara las primeras hojas encontré un dialogo del personaje de la novela (un estudiante en París que pasa las penurias de vivir lejos y en condiciones precarias, pero dignas) con el cual me identifiqué: “El abono trimestral de la piscina había sido una importante inversión de mi parte, pues costaba 120 francos, pero una ducha caliente cada día era lo único que podía devolverme a la vida”.

El valor de una ducha caliente, dice Santiago Gamboa en El síndrome de Ulises, va más allá del precio o del chorro de agua que cae y se convierte en la sensación placentera que da sentido a la vida.

Los días de toros son esa ducha caliente que es, también, lo único que nos podía devolver a la vida. Que no es eterna (ni la vida, ni la ducha). Es como La tregua que Mario Benedetti da en su novela a su personaje principal: “Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más”.

Esa tregua de felicidad: los toros.

Así vivimos los taurinos, de tregua en tregua, en búsqueda de nuestra felicidad. Esa ducha caliente de nueve días… que ya se acabó.

Por cierto, esa tarde, en el primer toro… la enormidad de César Rincón. Quizás ayudó a que la tregua sea un poco más larga y el sabor a fin de fiesta, mucho más placentero.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El difícil arte de insultar/ Esteban Ortiz Mena


PEQUEÑOS COMENTARIOS SOBRE EL SÉPTIMO FESTEJO DE LA FERIA DE QUITO “JESÚS DEL GRAN PODER 2007"

Por Esteban Ortiz Mena

Insultar con altura, siempre es difícil…

En un país en el que es cada vez más fácil ser víctima de insultos, también es cada vez más difícil sentirse ofendido. Las circunstancias son tantas como insultos puede haber.

¿Quién no ha sido insultado? Ahora el irrespeto es tal que ya no se considera ni edad ni condición ni género. La falta de moral y caballerosidad genera que el intento por humillar no tenga límites. Cuántas veces mujeres se ven vejadas por diversas causas sin que exista un mínimo de respeto. Por eso, nadie merece ser insultado.

A más de la dificultad por ofender, también existe una falta de originalidad. Hablando estrictamente, casi nada ofende ya de veras y los taxistas, buseros, algún ignorante que va a los toros a insultar al Presidente de Plaza y otros insultadores profesionales se ven en apuros ante el desafío de encontrar las palabras justas.

Puede ser por costumbre o por la falta de originalidad que ya no nos inmutamos con dichos y expresiones que también van evolucionando. Los términos cambian intentando sorprender y llegar con la verdadera fuerza de una humillación. Ahora a nadie se le ocurre expresarse con un anacrónico ¡mequetrefe!; un débil ¡cuadrúpedo! o un infantil ¡cuatrojos!.

El insulto DEBE ofender. De la variedad clásica de insultos graves, ¡hijo de puta! ha perdido mucha eficacia, quizá por la cada vez más alarmante falta de respeto a la madre, por lo que no nos inmutamos con el sentido de la expresión. En cuanto a ¡imbécil!, ya no hay nadie que se lo tome en serio; es más, no es raro su uso como apelativo afectuoso; ¡cretino! que tuvo tanta fuerza en el pasado, ha caído en desuso, y otro tanto hay que decir del popular y antaño ofensivísimo ¡desgraciado!. Sobre el término “idiota”, “estúpido” y similares hace tiempo que se consideran romos y en exceso subjetivos y otros como “pillo”, “canalla”, “miserable”, “cerdo” y “bobo” sólo pueden salir de alguien tremendamente ingenuo o arcaico.

¿Qué sucede? ¿Es que ya nadie se sorprende por nada? O, por el contrario, ¿se ofende la gente tanto como siempre, pero la ofensa no llega ya a través del insulto directo, demasiado primitivo para nuestro tiempo?

En fin… ayer en la Plaza de Toros Quito ocurrió algo de esto.

Una corrida de toros es un espectáculo popular, cultural y de altura. Por eso, lo ocurrido no tiene nombre. Aunque discrepemos con la Autoridad, aunque creamos que haya fallado en sus decisiones, esto no nos da derecho a faltar al respeto a quien ostenta un cargo público. Si nos opusiéramos a otras decisiones, viviríamos en un estado de anarquía al cual, bajo ninguna circunstancia, quisiéramos llegar. Una vergüenza el episodio protagonizado por el máximo representante de la Cámara de Comercio de Quito.

No se preocupe señor Presidente de Plaza, el festejo fue muy malo y usted no tiene la culpa. Suponemos que este sujeto debe de tener educación básica y debe de carecer de los más elementales principios de torería como para no entender que así son las decisiones en una Plaza, aunque no estemos de acuerdo. La instigación y la calumnia son delitos, así que siga usted haciendo lo que tiene que hacer, y no se junte con delincuentes. Estoy convencido de que tiene todo el respaldo de la afición que va con altura a una plaza de toros a disfrutar de lo que ocurre en el ruedo y que también se siente ofendido por la actitud prepotente de un sujeto que quiso tener protagonismo en un espectáculo donde los únicos protagonistas son toro y torero.

Estoy seguro de que los epítetos calumniosos no fueron los suficientemente originales como para sentirse insultado.

La vulgaridad destruye cualquier tipo de arte. Y del resto nada, absolutamente nada…

lunes, 3 de diciembre de 2007

Lágrimas en una tarde de Domingo/ Esteban Ortiz Mena


PEQUEÑOS COMENTARIOS SOBRE EL QUINTO FESTEJO DE LA FERIA DE QUITO “JESÚS DEL GRAN PODER 2007"

Por Esteban Ortiz Mena

Extraño esa capacidad de llanto y alarido. Correr con lágrimas en los ojos sin que importe nada más que el lamento (y los motivos que lo producen) es algo que asombrosamente olvidamos con el tiempo… por eso se vuelve necesario llorar.

El toreo es tan grande que desborda lo que sentimos, nos llena tanto el alma que logra humedecer nuestros ojos con mucha facilidad. En los toros, las lágrimas brotan sin explicación, por generación espontánea, cuando lo que se ve (y se siente) llega a los sentidos.

Por eso, el toreo es un ejercicio espiritual que carece de sonidos cuando brotan los sentimientos. Así lloro en silencio Diego Rivas. Ejercicios de intimidad única, porque sólo el torero siente la inmensidad de lo que genera; y solo el espectador vive la intensidad de lo que esta viendo. Fueron cuatro orejas y todo le salió bien. Hasta las lágrimas.

Es que los toros están hechos de momentos y a mas intensidad, mas profundos se vuelven; más calan en nuestros sentidos. Ahí aprendí que en eso radica el arte: en revolver los sentimientos y llorar. “Los sentimientos son pensamientos en conmoción” decía Unamuno… pues en eso también, porque el pensar es un sentir y “la emoción del toreo, para el que lo hace como para el que lo ve, nace de ese pensamiento conmovido” (Bergamín José, La música callada del toreo, ed. Tuner, Madrid 1994, p8.)

La entrega y el pundonor bien descrito: esos es Domingo López Chaves. Por sus lágrimas y sus cojones… por las nuestras también. La verdad genera emoción cuando se describe de manera honrada. Tanto, que lágrimas brotaban cuando emocionados veíamos torear y también cuando fue golpeado por un toro. Las gotas de sangre y de lágrima son las mismas pero de diferente color. Muchas veces también lloramos sangre, aunque no lo notemos.

Porque fue la tarde de Domingo… y con un solo toro, aprendimos grandes lecciones de vida. Intensas e irrepetibles.

Fernando Claramunt dice que los toros “me han ayudado a comprender que, por la práctica repetida de una conducta irracional y apasionada, descubre uno mejor la distancia entre los sueños y la realidad”, haciendo que podamos vivir con “intensidad momentos irrepetibles e inolvidables”.

Llorar, como la torería, es un complemento del pensamiento conmovido que cuando brota en una plaza, nadie que así lo sienta, lo puede contener.

Fue un festejo de lágrimas y emociones. Sí, eso fue lo que pasó una tarde de domingo…

domingo, 2 de diciembre de 2007

El gusto por el humo de la chimenea/ Esteban Ortiz Mena


PEQUEÑOS COMENTARIOS SOBRE EL CUARTO FESTEJO DE LA FERIA DE QUITO “JESÚS DEL GRAN PODER 2007"

Por Esteban Ortiz Mena

Lo mejor de la tarde de hoy: una chimenea. Conversación agradable frente a unos leños encendidos con toreros que se quitan el traje que les cubre de héroes y se vuelven aficionados. Las luces del traje se transforman en destellos brillantes de luz de chimenea ardiendo sabiduría y anécdotas a través de una conversación agradable.

Las palabras iban y venían: se cruzó por el camino Oscar Wilde, volvíamos al toro bravo, pasando por la comparación de la utopía con el horizonte que hace Eduardo Galeano (me enteré que la utopía es como el horizonte: cuando damos esos primeros diez pasos, nos damos cuenta de que queda diez pasos más lejos. Por eso es importante, porque nos motiva, al menos, a seguir caminando), lidiando faenas intensas, hasta la belleza del lugar donde nos encontrábamos.

La chimenea tiene ese poder misterioso de aglutinar. El calor abriga, así como las palabras bien dichas: fueron varias faenas las vividas, escuchando sobre encastes, descubriendo como se puede torear sin toro conversando.

La casa de unos ganaderos generosos, a pesar de la preocupación por la preciosa corrida santacolomeña que lidian el día de mañana, que nos recibieron con las puertas abiertas. Estaban los toreros españoles que los torean, sin ambages ni tapujos. Las mejores tertulias son espontáneas, a la salida de una plaza…

Por cierto, los toros de la tarde de hoy... Luego de tanto, hasta me había olvidado que hubo corrida.

De lo de hoy, “na´ de na´”… me quedo sin duda, con las enseñanzas que se impregnan a la piel como el humo de la chimenea.

Ya veremos mañana…