domingo, 18 de noviembre de 2007

LOS MARTILLAZOS DEL CAMARLENGO/ Esteban Ortiz Mena



Por Esteban Ortiz Mena

Todavía el Vaticano tiene un mecanismo milenario para comprobar la muerte del papa de turno: el cardenal camarlengo para certificar la defunción reza delante del supuesto cadáver y golpea en la frente con un martillo de plata al tiempo que le pregunta ¿estás muerto? A la tercera vez (y suponiendo que no haya habido respuesta, o que esta haya sido afirmativa) de repetir su nombre y preguntarle si efectivamente ha muerto (¿no sería mejor preguntarle si está vivo?), el camarlengo certifica que el pontífice ha fallecido. Una vez comprobado el deceso, rompe el anillo y encinta la habitación donde se encuentra el ex papa. Así la cosa.

En un mundo lleno de tradiciones, de mecanismos que no han sucumbido a la modernidad, supongo que esta forma de corroborar la muerte del prelado se lo hace a falta de aparatos que puedan medir las pulsaciones cardíacas. Sin bien este aparato es un invento relativamente moderno; había que determinar el fallecimiento de alguien tan importante utilizando algún mecanismo infalible. Me imagino que muchos papas luego del segundo martillazo en el cráneo se habrán despertado, salvándose de la presunción de mortalidad de la que gozaban.

Así los ritos, en los toros existen delitos como el afeitado y despuntado. Si bien en los últimos años no se ha reportado casos de que esto haya sucedido en Quito, podría pasar.

El procedimiento para analizar las astas sospechosas es bastante sencillo: los pitones que generan dudas, por orden del Presidente de Plaza, son cortados, encintados (¡cómo la habitación del pontífice!), puestos en cajones de madera y enviados a una facultad de veterinaria para los estudios correspondientes. Los cajones que contienen los pitones se abren en audiencia pública con el fin de comprobar por las personas presentes que efectivamente son los mismos y se pasan a análisis microscópico para determinar si las sospechas de “afeitado” son ciertas o falsas.

Así como es tan importante ratificar con martillazos en la cabeza si el vicediós está muerto, este año, de las astas que se envíen a la Facultad de Veterinaria de la Universidad Central del Ecuador, se escogerá de manera aleatoria un determinado porcentaje con el fin de remitir a una Facultad de Veterinaria de alguna universidad española para verificar efectivamente un resultado: positivo o negativo.

Esto, como es lógico, es una revisión por partida doble: la certeza de que existen resultados negativos (que esperamos sean en todos los casos); como para determinar que existió manipulación. Esto dará tranquilidad a los ganaderos al saber que existe un mecanismo que demostrará que efectivamente no se afeitan los pitones de sus toros y así dar respuesta a todos los rumores que se hacen en contra de este gremio. A su vez, los aficionados comprobaremos científicamente la realidad sobre este tipo de prácticas, que presumimos nunca ocurren en una plaza de toros. Pero es mejor comprobarlo.

¡Qué decisión tan importante! La Autoridad taurina local ha acertado, así como la puntería del camarlengo para dar en plena frente. Este procedimiento ayudará a que el análisis sea mucho más aproximado y sus resultados corroborados con el fin de no dar paso a la duda. Esta decisión también cuenta con el aval de la Autoridad Taurina Municipal del D.M. de Quito; así como con el presupuesto aprobado para costear la comprobación que se efectúe.

Si con la muerte de un sujeto se debe ser determinante; con un fraude, cuando existe, se debe ser implacable… y si en el Vaticano se utiliza un mecanismo de comprobación cruzada (sobre todo por el dogma y la infalibilidad del papa –hasta con la muerte-), no se diga en el mundo del toro, donde no somos infalibles y hasta dudamos de nuestra propia sombra.

viernes, 16 de noviembre de 2007

LOS TROFEOS/ Antonio Caballero



Por Antonio Caballero
Revista 6toros6 No. 681

La fiesta de los toros es en primer lugar un sacrificio, como todos sabemos. Pero se nos olvida. Olvidamos que el toro es la víctima propiciatoria que va a ser inmolada, y sólo le prestamos atención a la bravura o mansedumbre de su comportamiento; a su juego. En el torero no vemos al sacrificador, sino al artista; y lo juzgamos por su valor o por su técnica en vez de mirarlo a la luz de su primigenia función sacerdotal. Ya sea por el deslumbramiento siempre renovado del espectáculo o, al revés por el encallamiento de la costumbre, ignoramos el sentido fundamental de lo que estamos presenciando, que es el sacrificial. Nos distraen los detalles. La forma nos oculta el fondo. Y así pasamos inadvertidamente a otro plano: empezamos a ver fondo en la forma. Refinamiento que, probablemente, es lo propio de la civilización.

Lo mismo ha sucedido, por supuesto, con otros sacrificios, reales o representados.

Hace algunos años un diario de Madrid publicaba una página dominical dedicada a dar cuenta de las misas oficiadas en las distintas parroquias de la ciudad que parecía calcada de su sección taurina: sin referirse nunca al significado del asunto tratado -el sacrificio de la Eucaristía- hacía la crónica detallada de todo lo que lo rodeaba: la agilidad de los monaguillos, la elocuencia del cura en el sermón, la presentación de los instrumentos y de los ornamentos: las vinajeras, las casullas, los candelabros del altar. Los aspectos formales del ritual sustituían su sustancia. Sin duda a los antiguos aztecas les pasaba lo mismo con respecto a los sacrificios humanos que tanto espantaron a los rudos soldados de Cortés y les recordaron, por su hedor, los mataderos de Castilla. Para ellos lo notable, lo digno de mención, no era el arrancamiento de los corazones palpitantes, sino el tañido de los instrumentos musicales, el color de las plumas, la imponencia de las escalinatas de las pirámides sagradas. Lo superfluo.

Sin embargo, en las plazas de toros hay un momento en el que se nos recuerda que nos encontramos en presencia de un sacrificio. El de la entrega y la exhibición de los trofeos.

En otras fiestas, en otras artes, en otras disciplinas, también se dan premios. Los triunfadores reciben -por lo general de manos de una bella señorita, aunque puede ser igualmente de las de algún funcionario deportivo o un ujier académico-, qué sé yo: una flor natural, una corona de laurel, una copa de plata o una medalla de oro, o un certificado caligrafiado en letra de estilo. En los toros no. En los toros el matador es galardonado con un pedazo de su víctima. Una oreja (o dos, a lo mejor el rabo). La pasea ante el público y, mediada la vuelta al redondel, la arroja hacia el tendido con gesto alegre de atleta en el estadio. Un niño salta de dicha para atraparla en el aire.

Cuando llega a su casa, después de la corrida, su madre le encuentra en el bolsillo el despojo ensangrentado, da un respingo de repugnancia, y le obliga a tirarlo a la basura.

El niño es un aficionado. La madre, una antitaurina.

Por eso no podremos convencer nunca a los antitaurinos explicándoles el arte o la fiesta de los toros, porque lo que rechazan de ellos es lo fundamental: el sacrificio.
Encuentran repulsivo el hecho mismo del sacrificio, sin ver más allá, sin querer ver lo que el sacrificio representa. No ven lo simbólico, sino lo inmediato y crudamente real.

El aficionado -el niño de que hablo- ve en la oreja un trofeo: para citar el diccionario, "un objeto usado por el enemigo en la guerra, del que se apodera el vencedor". El antitaurino -la madre del niño- encuentra una piltrafa de casquería, peluda y pegajosa, sucia de sangre coagulada y de arena negruzca en sus anfractuosidades cartilaginosas y blanquecinas. En una palabra: ve en el trofeo una oreja.

Y, claro, le da asco.

martes, 13 de noviembre de 2007

LA EXCEPCIÓN CULTURAL/ Andrés Sánchez Magro


Por Andrés Sánchez Magro
(Magistrado)
6toros6/No. 571/7 de junio de 2005

Épocas blandas las que vivimos. Donde todo se tipifica en el Código Penal, desde el “mobbing” al “bullying”. Tiempo en el que la denominada sociedad civil se alarma cuando unos pandilleros agraden a un chico en una plaza pública, y el entretenimiento se programa en salas de estar bostezantes y con el único picante de la indiscreción pactada del feriante del corazón de turno. Tal vez por influjo anglosajón, el culto al individuo es sólo de tipo aislacionista y, paradójicamente colectivista; todos vestimos igual, comemos los mismos helados, y pautamos las relaciones personales, legando al extremo de cobijar la diferencia en fórmulas legales y uniformes. Libres para que nadie nos roce, sumisos para hundir la singularidad en la masa. Quizá por ello, los toros son hoy la genuina excepción cultural. Un roto intenso en el tapiz de la incierta vida de un siglo por descifrar.

Curiosamente, son los franceses los que han acuñado el término excepción cultural para proteger el cine europeo frente a los imperios de las distribuidoras americanas. Los herederos de la cultura cosmopolita, elitista, de salón, quienes entendieron las manifestaciones culturales con un signo de distinción, de modo distinto al sólido y también agonístico espíritu de la llamada formación cultural de los germanos, ajenos a la diversión y a lo cortés. Los toros son todo eso y algo más. Encierran la expresión de un profundo código que rompe con lo amable y lo banal. Que choca con la planificada expresión de un divertimento. Son rito y metáfora de una relación distinta frente a la naturaleza y entre las personas. Así, están llamados a su ostracismo en la unidimensionalidad Cataluña que han gestado los políticos del Parlament. ¿Cómo vivir de modo clandestino la Tauromaquia sin ambiente, ni bares, ni el lenguaje de la Fiesta metido en el pecho de la gente? ¿Cómo quitar las capas del rito si se acerca uno con mirada calculadora y leve? Los toros son pasión y muchas veces error. Del entendimiento, siempre gozoso. De los sentidos, exaltados, ilusionados y siempre expectantes. Por lo general, tras un literario fracaso. El de la vida intensa.

Uno de los popes de la antropología simbólica, Clifford Geertz, al analizar una pelea de gallos en Bali, afirmaba que los ritos deben ser examinados, yo añado vividos, como un texto literario. En el sentido de desnudar sus interpretaciones, de desmontar su andamiaje para vivir en su plenitud de hecho. Cuántas interpretaciones no pueden darse de un intrascendente episodio como es una corrida de toros, por cutre que parezca. Cómo volver la espalda a un momento lleno de simbología humana y por ello cultural. Cómo no defender ante tanta mediocridad moral y estética un trasunto de relaciones personales que propicien el hecho taurino. Los toros merecen una lectura cultural, una protección como acontecimiento singular, y hermoso. Como acicate de otra sociedad más pausada, más apasionada, más inconfundible y regeneradora. La expresión de un ritual que desfonda, que libera, que en sí lleva propuesta la catarsis, del modo que Morante en Aranjuez hacía rugir voces rotas y solitarias cuando buscaba, mano baja, los infiernos de su personalidad y la de todos nosotros.

Por todo ello, la línea divisoria de lo normal y lo distinto, de lo políticamente correcto o lo patológico, se traza por los guardianes de la catalanidad, de la judicialización de la vida, de los apóstoles de lo que es la adecuación al orden, real o ficticio. Foucault mejor que nadie atisbó que por este sendero se acaba en represión, en programación social, y en la supresión de la individualidad. En pleno centenario quijotesco, reivindicamos la locura, la bendita locura de los raros, de los otros, de los toreros, de los que buscamos un sueño que nadie nos puede acabar de contar. Los que nos apegamos a la excepción cultural, que es, y nunca podrá dejar de ser, el toreo. Aunque haya plazas portátiles, ponedores de grumosos, aunque salga de tarde en tarde un torero de cartel, o deshojemos la margarita sobre el penúltimo Mesías de este tinglado. Si hay que ser excepcionales, seámoslo.

A su vez, y tal vez por influjo de escribidores de toros siempre a la contra, de la nadería interesada de la mayoría de los medios de comunicación, se ha afincado la especie de que los aficionados somos una mezcla de juncales y monipodios. De castizos vagabundos y soñadores de la nada. De rumbosos y culteranos, citados con la suerte y el misterio. Pues bien: a lo mejor por todo ello, en este contexto de estar y pasar, yo me declaro taurino.

domingo, 11 de noviembre de 2007

La belleza de Manzanares/ Nochetriste

Por Nochetriste

Hace un par de años, cuando nos deleitó con un faetón en una inolvidable noche en la Plaza Belmonte vi entrar a José María Manzanares hijo en la Plaza de Toros Quito, con sombrero de paja en forma de cowboy y gafas a lo Tom Cruise en Top Gun.

En mi enorme respeto por los homosexuales, muchas veces he repetido que no tengo la suerte de que me gusten los hombres, pues acaso si así fuera las posibilidades serían dobles y no limitadas como es mi caso y el de muchas personas en el mundo. Pero ese día, al verlo pasar, en cualquier facha menos en la tradicional de un torero, regresé la vista y pensé que si era capaz de torear tan bellamente como lucía físicamente ese día, sería uno de mis toreros dentro de la plaza.

Hoy, cuando vi en un portal taurino que es una de las imágenes de Vogue Internacional, recordé el día de la Plaza Quito, pero sobretodo recordé este abril cuando tuve la suerte de verlo salir a hombros en la Maestranza de Sevilla tras una faena de la que no podré olvidarme. Sin duda la belleza atrae más belleza y el toreo es uno de los espacios que desafía la tradicional y curuchupa visión del hombre y su masculinidad, pues enfundado en un traje de luces y haciendo alardes de hermosura femenina se pasea por la plaza alardeando entre aplausos una estética que el mundo en el que vivimos censura.

Acaso la próxima vez, cuando lo vean lanceando tan profundamente como su padre o toreando por naturales como lo hacía Ordóñez -que es a quien se me parece cuando torea con la muleta-, los hombres que atiendan a una de sus momentos de memorable calidad puedan tomarse la licencia de admirar hermosura en otro de su mismo género y sea el toreo una puerta para que este mundo sea más tolerable con una minoría que sigue siendo discriminada por el solo hecho de tener gustos distintos.










jueves, 8 de noviembre de 2007

SE TRATA DE SUMAR/ Paco Aguado

Por Paco Aguado
Revista 6toros6 No. 681

De sumar, que no de restar. De eso se trata. La Fiesta necesita que todos arrimemos el hombro para defenderla y difundirla, para contrarrestar las crecientes corrientes de opinión en su contra, para que la gente la conozca mínimamente y pueda contrastar la realidad con los tópicos, absurdos y generalmente falsos argumentos que esgrimen los antitaurinos y que tanto se están extendiendo entre una juventud que no para que nada cambie, para seguir viviendo de las la entiende porque nadie se la ha explicado bien.

En ese empeño los distintos estamentos de la Fiesta, incluidos aficionados y periodistas, deberíamos estar unidos, formar un bloque coherente y rocoso, sin fisuras. Sólo así la defensa de este espectáculo genial puede tener éxito y lograr el objetivo de asegurar su permanencia en este tercer milenio, en contraste con la falsa modernidad del neocapitalismo y lo políticamente correcto.

Pero, como casi siempre, el verdadero enemigo está dentro, representado por el interés personal y particular de unos pocos. Esa caspa interior que más desde décadas venimos arrastrando, esa defensa del negocio privado, que no de la Fiesta de todos, en que se empeñan algunos reaccionarios es la que evidencias se abren paso. Por eso se acabaron las más puede lastrar e impedir los avances que desde entradas de Ávila el mismo día de ponerse a la hace tiempo necesitamos en ese camino.

Muy sintomático es el caso de la famosa y, para algunos polémica, corrida de Ávila, a la que se bombardea desde distintos frentes, con francotiradores que, teléfono en mano, han intentado encizañando a los protagonistas, desprestigiando a los organizadores y emponzoñando el ambiente del que es, pese a todo, uno de los grandes acontecimientos de la temporada. Y, claro, siempre cultural que mata, sin dar la cara. Porque alguno de ellos no la ha dado ni para hacerse el carné de identidad.

Fíjense en la mezquina paradoja que significa el hecho de que se intente reventar una corrida para la que en su día, se pusieron de acuerdo en torear las tres máximas figuras del toreo actual, de manera desinteresada -de otra forma, o sea, cobrando, no habría empresario que se atreviera a juntarlos en un cartel- en pro de la Defensa de la Fiesta.

Es decir, que tres torerazos se dan la mano para sumar a favor de todos, mientras que unos pocos se ponen de acuerdo, por razones bastardas y por inquinas personales, para restar en beneficio de unos pocos. Es triste, pero es la cruda realidad, la mezquina trastienda de un espectáculo cargado de valores, de hombría y de verdad, pero también envenenado por la mentira, la cobardía y la avaricia de quienes no lo aman sino que lo consideran sólo un instrumento para medrar o robar.

Algún día habrá que hablar más claro y empezar a desenmascarar a todos estos personajes y personajillos que buscan la desunión y el río revuelto para que nada cambie, para seguir viviendo de las migajas de los grandes "popes" del negocio, aun a riesgo de que el espectáculo se vaya al garete y acabe sucumbiendo a los ataques externos. Sin saberlo, estúpidamente, son los "quintacolumnistas" del antitaurinismo, como aquellos que hicieron la labor de zapa en las calles del Madrid sitiado por las tropas de Franco.

Control de poder

Pero, por suerte, en el colectivo de la Fiesta hay más cal que arena, más y mejores intenciones que malas tripas e ideas negras. Y, pese a la maledicencia interesada, pese a las estrategias torticeras, las evidencias se abren paso. Por eso se acabaron las entradas de Ávila el mismo día de ponerse a la venta. Por eso la ciudad de la Santa, como Barcelona el 17 de jumo, será una fiesta ese fin de semana. Y por eso se van a lograr los objetivos marcados por quienes se han implicado sincera y sanamente en el empeño. Va siendo hora de que los toreros se comprometan con su profesión, de que, como harán José Tomás y El JuIi -que aporta también el esfuerzo de su Fundación-, le devuelvan a la Fiesta parte de lo que ésta les ha dado, eso sí, a cambio de sus miedos y de su sangre.

Es hora de sumar, de que todos los que vivimos ¡no sólo de ese espectáculo sino también para él revirtamos en la Fiesta nuestra cuota personal para asegurar su futuro, para mantener sano el legado cultural que heredarán las próximas generaciones y del que han de sentirse orgullosos. No se trata de echar a los mercaderes del templo, sino de impedir que sigan abortando cualquier movimiento de progreso con ese control permanente que sólo busca la defensa de sus intereses económicos y para el que cuentan con fieles "sicarios" en la sombra o en algunas tribunas de prensa. Alguno de ellos servil y cínico ha hecho el ridículo intentando cargarse el acontecimiento de de Ávila. Y lo malo es que, siguiendo su consejo, también lo han hecho algunos más que le han escuchado. ¡Qué papelón el suyo!

miércoles, 7 de noviembre de 2007

LEY SECA EN LOS TOROS/ José María Pemán

POR JOSÉ MARÍA PEMÁN

ABC. Madrid, 20 de Septiembre de 1968

Como soy lector muy distraído, escaso de tiempo, de la Prensa diaria, sé que le han dado un botellazo a alguien, pero no sé bien si fue a un torero o a un futbolista. Aunque no se agotan ahí las posibilidades. Que bien puede ser que la botella agrediese a un fotógrafo, disparada por manos femeninas o internacionales de actriz, o incluso a un cura que predicase su sermón con doctrina o palabras no gratas al devoto agresor. Pero la expeditiva reacción gubernativa ha operado sobre la parte material y física del proceso; ha actuado como la política hace en sus omisiones de desarme; ha prohibido la venta de botellas; ha proclamado en los toros "la ley seca”. En vez de operar sobre la parte moral, educando al espectador artillero.

Probablemente el Estado ha hecho bien en no basar la corrección de la lamentable posibilidad contando con la enmienda y templanza del ciudadano taurófilo. Lo demuestra el contenido de las críticas hechas a la disposición gubernativa. Alguien ha habido que, con la mayor impavidez, apoya su propuesta en los dos fines similares de las botellas en los tendidos: refrescar y protestar. Así propone que el líquido se vierta en vasos de papel o de plástico que puedan luego ser arrojados a la cabeza del torero o el jugador sin detrimento de su integridad física. De este modo la botella no sale nunca de las manos pacíficas y neutrales del vendedor, pues todo se basa en la estremecedora seguridad de que si el cliente tiene en su mano la botella, el cliente acaba por tirarla.

A partir del "despotismo ilustrado", que metió en perfil y reglamento, en el siglo XVIII, una cierta barbarie ancestral, el tema de los toros se ha desarrollado siempre en una línea coactiva y autoritaria.

Primero, todo el poder residía en el público, agresivo y sonoro: era la democracia inorgánica. Luego, en el presidente: dictadura, presidencialismo. Ahora ha pasado a quien realmente sabe más y está más cerca del toro: o sea, al torero. Éste se quita un segundo la montera y el presidente le complace y cambia el tercio. Es la tecnocracia. Ello hace ver lo atrasado que está constitucionalmente el estadio con respecto a la plaza. Todavía el capitán de un equipo no puede hacer una seña al árbitro y lograr así que éste pite un "saque de esquina".

Pero la disposición "seca" no ha continuado esta línea de mimo y atención al matador. Siguiendo esa línea se le debería conceder el derecho de que, quitándose la montera, pidiera al presidente la expulsión del espectador en predisposición de botellazo. O incluso cabría que se le concediera al torero licencia para devolver el disparo. Un amable gesto de destocación basta al torero para librar al toro de un par de puyazos o de banderillas. Debía bastar para que el torero se librara a sí mismo de un botellazo. Pero en esto todo ha marchado en contra de la línea de apertura y libertad. No es ese el estilo del Supremo Hacedor, que corta siempre el mal, en sus mandamientos y leyes, por la zona del desenlace, no de las premisas... Prohíbe liarse con una señora, pero no prohíbe que haya señoras que salgan a la calle, que se las salude, que tengan teléfono; es decir, todo ese dispositivo que facilita los líos de las señoras y caballeros. El pecado ha de ser reprimido por la conciencia, no imposibilitado por la ley. El botellazo ha sido más reprimido que el adulterio. Se quita físicamente la botella. Figúrese el lector lo castos y decentes que serían todos los hombres si les quitaran todas las mujeres.

Pero este botellazo sonoro y publicitario, disparado sobre un torero, ha tenido el valor de aviso y revelación que tiene la invasión soviética en Checoslovaquia. El que tiene una botella acaba tirándola, como el que hace maniobra con sus tanques junto a la frontera del vecino acaba metiéndose en ella. El botellazo ha tenido ese valor de descaro y "quita disimulos". Ha sido, en el fondo, una justificación del régimen de "guerra fría" en que viven las plazas de toros, como vive medio punto. Esto se olvida con la dulce anestesia de lo cotidiano. Pero de pronto Checoslovaquia o el botellazo gritan: no os hagáis ilusiones, Rusia es así y así es el hombre. No hay que hacer resistencia a ese deslucido concepto pesimista que tenemos del ser humano. Ya he anotado varias veces el significado peyorativo que solemos dar a los vocablos. "Dantesco" resulta sinónimo de "infernal", aunque Dante escribió también el "Paraíso". "Apocalíptico" quiere decir "catastrófico", aunque en la Apocalipsis, además de bestias y dragones, salen ángeles, doncellas con túnicas blancas y la Virgen coronada de estrellas y pisando la luna. Sino que el hombre desdeña la estampita de Murillo y se va tras los dibujos de Gustavo Doré: tan "apocalípticos" en el fondo, los unos como los otros.

Así los Códigos parecen un dispositivo pensado para malhechores. El menor, el tutor, los testadores, los contratantes, los prestatarios, son una teórica partida de sinvergüenzas que exige un permanente tejido superpuesto de instituciones recelosas. Como pasa también administrativamente: nadie ha nacido si no lo dice un papel; nadie observa buena conducta si no lo asegura un certificado; ninguna maestra de escuela va a tener un niño si no lo asegura el director general. En todo sector administrativo hay inspectores que lo vigilan y que a su vez son vigilados por otros inspectores. Y así hasta llegar al ángel de la guarda del jefe supremo. La guerra fría y la plaza de toros viven inmersas en la misma hipótesis negativa. "Si vis pacem para bellum": "si quieres paz prepara la guerra": Si quieres que el torero se arrime, prepara la botella. Al cabo es la aplicación a otros órdenes vitales del montaje civilizado del crédito. Toda la economía se ha sostenido sobre la suposición teórica de un oro que, guardado en los sótanos bancarios, respalda el papel. Es el "patrón oro". Igualmente la paz se apoya en el "patrón bomba". Y la fiesta de toros en el "patrón botella".

Claro está que nada vence anulando, sino sustituyendo. Habría que dar cauces más jurídicos para canalizar la protesta del espectador taurino. Se podría poner un buzón de reclamaciones; se podría dotar a la plaza de un tribunal "contencioso-taurino", pero cualquier procedimiento judicial es más lento que la faena. Además todo eso sería desviar el disparo de la botella, pues si los espectadores habrían de polemizar entre el sí y el no, serían ellos los que acabarían a botellazos. Otros han hablado de poner, a la salida de la plaza, el transparente símbolo de la democracia: una urna en la que los espectadores depositaran sus papeletas opinantes. Pero una urna no es más que una delegación simbólica de todos los cristales polémicos: la ventana del domicilio del político o la botella arrojadiza. Tarde o temprano la urna se rompe también por el sistema de la percusión iracunda y libertaria.

En resumen: no habrá más solución que pasar de la época del cristal a la época del plástico. Con él se puede beber y protestar. El plástico ha sido un generoso don que la Providencia ha concedido a la inteligencia humana para sus proyectos de desarme universal.

"Lo más concluyente -me objetó todavía el Séneca- sería que los espectadores de la corrida, como los ciudadanos, sean, ellos mismos, de plástico."

domingo, 4 de noviembre de 2007

El niño que guiaba la novillada/ Nochetriste

Quito, 28 de octubre del 2007

Reseña de la tercera novillada de preferia en la Plaza de toros de “Iñaquito”

Por Nochetriste

La subjetividad es la norma en la fiesta de los toros. En una misma corrida puede haber perfectamente dos asistentes que vieron un evento completamente distinto. En esta, la primera reseña de lo que sucederá en la Feria Jesús del Gran Poder 2007, queremos hacer el ejercicio de hablar desde voces disímiles, para que los lectores escojan a cual de los dos festejos habrían preferido ir y acaso regresar:

El primero es un aficionado asiduo a los toros. Él vio a tres novilleros ecuatorianos que se enfrentaban a dos ganaderías de muy distinta procedencia- la primera de encaste Santa Coloma, vía Hernandez Pla y Sotillo Gutiérrez, llamada Albaserrada y la segunda de encaste Domecq, vía el Torreón llamada Mirafuente-. De bueno el aficionado pudo ver poco: una gran media verónica del primer novillero de la tarde llamado “El Borrego”, acompañada por su buen hacer con el capote; la serenidad, buen temple y valor que demostró Hernán Tapia; la entrega que en el segundo de su lote dejó claro Martín Enríquez; o los muy buenos pares de banderillas que puso, primero la revelación de un gran banderillero llamado Torres de San Miguel de Bolívar y luego otro par de acrobática ejecución del “Patata”.

El segundo no es un aficionado sino un asistente primerizo que llamado la atención por una novillada llamada “de la oportunidad” pudo ver todo menos eso; tanto es así que sorprendido vio como el escaso juego de los novillos llevó al público a pedir a Hernán Tapia, que dejara irse vivo al último toro de la tarde, por las rapaces complicaciones que el animal desarrolló. Para este asistente neófito lo más destacable fue, al contrario del anterior, la banda de música. Compuesta por menos de ocho integrantes- camisa blanca y pantalón negro bien planchados- dos de ellos dejaron de que hablar. El primero, debe haber tenido alrededor de cincuenta años y no lucía por su buen hacer en la trompeta, sino por el abnegado apoyo de quien parecía su esposa, hermana o amiga, que sosteniendo un paraguas colorido, evitaba que el mismo sol que a todos nos acosaba, haga mella en su seguramente fiel compañero. El otro, un niño de entre cuatro y siete años aproximadamente, que marcaba el ritmo de toda la banda, de acuerdo al pasodoble o pasacalle que- autorizados por la Autoridad de Plaza- entonaban sus mayores, con los Platillos, el Guiro o el Sapo respectivamente.

Ojalá la banda haya logrado que el novel asistente vuelva a los toros alguna vez porque el aficionado seguro encontrará alguna justificación para regresar una y mil tardes. A pesar de que la plata no alcance o el aburrimiento marque una tarde de domingo, esto de ser aficionado a los toros es como ser guerrillero, monja o político- de los buenos y zurdos, los tres-: No necesitas mayores incentivos para seguir haciendo algo que te llena por dentro como nada más logra en este material mundo.