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domingo, 4 de noviembre de 2007

El niño que guiaba la novillada/ Nochetriste

Quito, 28 de octubre del 2007

Reseña de la tercera novillada de preferia en la Plaza de toros de “Iñaquito”

Por Nochetriste

La subjetividad es la norma en la fiesta de los toros. En una misma corrida puede haber perfectamente dos asistentes que vieron un evento completamente distinto. En esta, la primera reseña de lo que sucederá en la Feria Jesús del Gran Poder 2007, queremos hacer el ejercicio de hablar desde voces disímiles, para que los lectores escojan a cual de los dos festejos habrían preferido ir y acaso regresar:

El primero es un aficionado asiduo a los toros. Él vio a tres novilleros ecuatorianos que se enfrentaban a dos ganaderías de muy distinta procedencia- la primera de encaste Santa Coloma, vía Hernandez Pla y Sotillo Gutiérrez, llamada Albaserrada y la segunda de encaste Domecq, vía el Torreón llamada Mirafuente-. De bueno el aficionado pudo ver poco: una gran media verónica del primer novillero de la tarde llamado “El Borrego”, acompañada por su buen hacer con el capote; la serenidad, buen temple y valor que demostró Hernán Tapia; la entrega que en el segundo de su lote dejó claro Martín Enríquez; o los muy buenos pares de banderillas que puso, primero la revelación de un gran banderillero llamado Torres de San Miguel de Bolívar y luego otro par de acrobática ejecución del “Patata”.

El segundo no es un aficionado sino un asistente primerizo que llamado la atención por una novillada llamada “de la oportunidad” pudo ver todo menos eso; tanto es así que sorprendido vio como el escaso juego de los novillos llevó al público a pedir a Hernán Tapia, que dejara irse vivo al último toro de la tarde, por las rapaces complicaciones que el animal desarrolló. Para este asistente neófito lo más destacable fue, al contrario del anterior, la banda de música. Compuesta por menos de ocho integrantes- camisa blanca y pantalón negro bien planchados- dos de ellos dejaron de que hablar. El primero, debe haber tenido alrededor de cincuenta años y no lucía por su buen hacer en la trompeta, sino por el abnegado apoyo de quien parecía su esposa, hermana o amiga, que sosteniendo un paraguas colorido, evitaba que el mismo sol que a todos nos acosaba, haga mella en su seguramente fiel compañero. El otro, un niño de entre cuatro y siete años aproximadamente, que marcaba el ritmo de toda la banda, de acuerdo al pasodoble o pasacalle que- autorizados por la Autoridad de Plaza- entonaban sus mayores, con los Platillos, el Guiro o el Sapo respectivamente.

Ojalá la banda haya logrado que el novel asistente vuelva a los toros alguna vez porque el aficionado seguro encontrará alguna justificación para regresar una y mil tardes. A pesar de que la plata no alcance o el aburrimiento marque una tarde de domingo, esto de ser aficionado a los toros es como ser guerrillero, monja o político- de los buenos y zurdos, los tres-: No necesitas mayores incentivos para seguir haciendo algo que te llena por dentro como nada más logra en este material mundo.