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domingo, 16 de agosto de 2009

¿Cuántos seres en este mundo son capaces de dejarse matar por lo que creen?/ Nochetriste


Por Nochetriste

¿Cuantos seres en este mundo son capaces de dejarse matar por lo que creen, sueñan, o sienten? Muchos van por la vida dispuestos a matar, eso es sencillo, ya ni hay que desarrollar habilidades de fuerza o talento, sino tener la capacidad de mover un dedo, para disparar o activar aparatos que podrían estar a miles de kilómetros. Pocos ponen el pecho a las balas, las piernas a los pitones, el celibato a las ansias sexuales, ¿o no?

El toreo al natural es tan profundo como la revolución. El torero, ser fuera de este mundo que es capaz de crear arte aún exponiendo su vida, es un animal en permanente extinción que deja en el paladar de los espectadores, entre sangre y seda, el sabor a pólvora disparada por propios ideales. Si no se convencen, regresen a Tomás en la ventisca del Isidro del 2008, no a sus formas, a sus manos, a su cintura sino a su rostro, a sus gestos, a la impavidez que espanta. A la quietud que desvive en correr la mano con el corazón dispuesto a la muerte. Como los samuráis que pelean tranquilos y felices porque pelean contra ellos y conscientes siempre de que la actitud es pelear conscientes de que la muerte sería un honor.

¿Qué sería del mundo de los toros sin los naturales espásmicos de Tomás en Madrid el 5 de junio, como de la historia sin la foto del Ché muerto-mesías entre enemigos cobardes?

¿Qué del toreo gitano de Paula sin Bergamín –intelectual de una izquierda que no abandonó la lucha aún en años de fascismo-cantando su música callada del toreo o del arte sin Picasso y su Guernica dejando toros en las pupilas del último ser humano de esta tierra?

Algunos ingenuos relacionan al toreo con la derecha al ligarlo con los aficionados de trajes de seda que pueblan los tendidos para ser vistos y no para ver nada. Esos son espectadores tan perdidos como los chinos que van a Madrid en verano, ni taurinos, ni aficionados, maniquíes deformes que visten colores. Los taurinos somos los que soñamos con morir entre los pitones de un toro, aún si no podemos hacerlo. Los que vamos a general si no nos alcanza pero sentimos antes de ver un toro la sensación antes de la muerte, el éxtasis o la dicha; los que le bajamos la mano a la vida porque la queremos cambiar, porque queremos que meta la cara y se vaya lejos y mire a los de abajo intentando que suban.

Cuando me decía el viejo torero lo del cura, el guerrillero y el torero, se veía cura, se miraba torero y soñaba ser guerrillero. Los tres de los que hablaba son los zurdos que dieron significancia y significado al idealismo; los que construyeron el camino para que la revolución sea un camino y los que sumaron feligreses, rebeldes y locos aficionados a mundos distintos que construyen desde la izquierda una realidad más igualitaria, solidaria y feliz.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Las novilladas de toros/ Nochetriste

Reseña de la octava de la Feria “Jesús del Gran Poder”

Por Nochetriste

Las corridas de toros se llevan a cabo con animales que han cumplido los cuatro años. Se cree, desde ya hace más de ciento veinte años, que es esa la edad de madurez de un toro y en la que ya los animales de estas características han alcanzado físicamente su mayor expresión, tanto corpórea como cornea.

Quienes matan estos animales deben pasar por una ceremonia que se llama “la Alternativa”, en la cual dos alternantes, que ya pasaron por este trámite, les confieren dicho título, el de matador de toros. Uno en calidad de padrino y otro en la de testigo. A partir de entonces, quienes han pasado por “la Alternativa” matarán animales de cuatro o cinco años y en la jerga taurina se dice que ya nunca perderán el honor de ser matadores de toros.

Antes de esta ceremonia, quienes quieren llegar a ser matadores de toros, deben pasar por dos instancias previas. Novilleros sin picadores y novilleros con picadores. En el Ecuador por los pocos festejos que se dan en el país, la primera instancia es muy corta, solo hay tres novilladas sin picadores institucionalizadas en todo el año, son en Quito y hacen de prolegómeno la Feria que ahora vivimos.

Las novilladas con picadores, son en las que ya están aquellos que tienen algo que permite ver que pueden llegar a matadores de toros. En sí, significan el camino a recorrer para decidir si este es un camino de vida para los respectivos jóvenes. Normalmente, en estos espectáculos lo que más se ve son las formas en bruto de los aprendices de torero, además de la necesarísima voluntad y valor que necesitarán para llegar a matadores de toros.

Los novillos, es decir, los animales de tres años, normalmente son más fáciles que los toros, pues son más pequeños de tamaño y eso cuenta mucho sicológicamente y porque vienen y van con más alegría, reparan menos en los defectos de los toreros y en general son más alegres en su embestida.

Los toros con cuatro o cinco años ya son otra cosa, ellos, con las barbas en su sitio, piensan más, tienen otra mirada y demuestran en el ruedo que quien está delante debe estar preparado para su lidia.

Ayer, en la Plaza de Toros de Iñaquito se llevó a cabo la octava tarde de feria. Fue una novillada en la que toreaban dos españoles y un ecuatoriano. Este último es una de las promesas del Ecuador y en Quito se le esperaba con enorme expectación. Los novillos eran de Trinidad y uno de Mirafuente, todos de encaste Domecq. No ayudaron a los toreros y con pocas excepciones la tarde resultó aburrida y tediosa.

Los novilleros dejaron otra impronta de la esperada. El ecuatoriano fue lesionado por su segundo novillo en los ligamentos de la rodilla, por lo que la expectación se quedó en la enfermería. Y los dos españoles esbozaros posibilidades, sin dejar esas estampas de jóvenes que quieren llegar a pesar de todos los impedimentos que les pone la realidad; que echan rodilla en tierra si el animal no colabora; que entre quites vistosos, naturales o derechazos destellan futuro; que matan a los animales con total entrega, arriesgando, casi inconscientemente, todo lo que les queda de vida.

Ayer vimos una lesión y dos españoles de escuelas taurinas, que no salen del molde. Que imitan y no crean, que siguen y no guían, que tranquilizan y no ilusionan.

Ayer vimos una novillada flojita para dos españoles flojitos y un ecuatoriano que tras un año de esfuerzos, suyos y ajenos en España, se encontró con la mala suerte y nos dejó el sinsabor de la expectativa tardía.

martes, 4 de diciembre de 2007

La tarde definitiva/ Nochetriste


Reseña de la sexta tarde de la feria "Jesús del Gran Poder" 2007

Por Nochetriste

Los toros de la ganadería de Baltasar Iván son famosos por su bravura y sus bellas formas. En una pared de dicha ganadería se lee: "Los toros de Baltasar son chiquitos y bonitos pero bravos a rabiar". En la sexta tarde de la feria de Quito parece que los ancestros no iluminaros a sus crías, pues la novillada de la ganadería de Santa Rosa- proveniente de Baltasar Iván- no llenó las expectativas que los aficionados que fueron a la plaza tenían de ella.

En la fiesta taurina cuando los toros, los máximos actores de plaza no ayudan a los toreros, cuando no entran dentro de los miles de matices que hacen que digamos que han ayudado para un triunfo- bravura, codicia, nobleza, clase, toreabilidad, transmisión son algunas de las condiciones que debe tener un toro en su embestida para poder decir que ha ayudado- por mucho que hagan los toreros de turno, nada pasará.

En la tarde del 3 de diciembre toreaba un novillero ecuatoriano del que queremos hablar. Viene de familia taurina, dicen que tenía un tío que sabía de toros lo que pocos en este país, que llenaba las tertulias con su gracia y vivía entre toros y noches. Ese tío podría haber sido profesional, dicen también, pero la vida lo puso en otros senderos y ahora dos de sus sobrinos quieren hacer del mundo de los toros su forma de vida. Martín Campuzano se llama uno de ellos y su ejemplo le sirve a este escrito como demostración de lo duro que es el mundo de los toros en el Ecuador.

Para llegar a torear en la plaza de toros Quito quienes quieren llegar a ser toreros, deben hacer todo lo imposible por torear. En Ecuador se dan toros en todo el país, en contra de lo que cree la mayoría de la gente. Desde Lago Agrio hasta Valencia Quevedo; desde Loja hasta Esmeraldas; desde Puyo a San Miguel de Bolívar.

En todos esos sitios habrá estado Campuzano este año y en muchos más. Por las condiciones de esos festejos, habrá cobrado poco menos que los gastos que le costó trasladarse y pernoctar en dichos lugares. Además de viajar, las condiciones de esas novilladas o festivales son profundamente distintas a las de torear en Quito, Ambato, Riobamba o Guayaquil –las plazas más importantes y tradicionales del país-, porque no hay enfermerías en las plazas portátiles que se montan, porque los toros que van allá no brindan garantías la mayoría de las veces y porque los kilómetros desgastan y los triunfos duran menos de media hora del viaje de regreso, pues ninguna de estas tardes significa nada para crecer taurinamente de cara a las grandes empresas del país.

Además, nuestros toreros deben pagar por matar toros en las plazas de tienta de ganaderos que decidan venderles animales de poca confianza, enfermos o con defectos que les impidan lidiarse en público.

Así llega Campuzano, con todas las cartas puestas en Quito. Y cuando en el coso de Iñaquito no puede ser, cuando los toros no ayudan o los toreros están en una tarde desafortunada las perspectivas se complican a futuro. Si en la feria
"Jesús del Gran Poder" la cosas no se dan como se esperaban, habrá que esperar un año al menos para esbozar alguna esperanza.

Pepe Moral que compartía cartel, es español, en similares circunstancias que Campuzano, pero nacido en las iberias. Este año toreó y triunfó en Madrid después de haber toreado, en el mes de mayo ya, veinte novilladas. Cerró la temporada con más de cincuenta tardes y se fue de Quito con el mismo resultado que Martín. La gran diferencia es que él regresa a un país que acoge más de tres mil festejos al año y seguramente Moral entrará entre los que se acomodan y reconocen a estos- un festejo en Quito por ejemplo- como pequeños fracasos.

Campuzano, nuestro compatriota, hoy habrá dormido hasta tarde, escondiendo en las sábanas la frustración de irse sin gloria. Su vocación- porque para dedicarse a esto hay que ser casi un súper hombre- es la que dirá si se despierta y ya tiene en la cabeza otras posibilidades taurinas o si, como tantos otros compatriotas que pudieron llegar alto, repara en que ser torero en el Ecuador, con tan pocas oportunidades, es una utopía que no tiene sendero conocido.

viernes, 30 de noviembre de 2007

El padre del torero/ Nochetriste

Reseña de la segunda tarde de la “Feria Jesús del Gran Poder” 2007

Por Nochetriste

El mundo de los toros vive de las pasiones. Lo que vemos quienes acudimos a los graderíos es solo a uno de los seres humanos que se están dejando los nervios en el ambiente, para lograr conjugar arte y sangre; valentía y sensibilidad.

Ayer, en el Festival Taurino que hacía las funciones de la segunda tarde de la feria “Jesús del Gran Poder”, me encontré sentado muy cerca del padre de uno de los actuantes. Por su rostro pasaron todas las emociones que le caben a un cuerpo humano: euforia, pánico, tranquilidad, lejanía, histeria, nerviosismo y tranquilidad; cariño, amor y odio.

Al verlo desconsolado y eufórico en un solo segundo y todo mezclado y todo a la vez, creí que al haber vivido un festejo taurino por decir lo menos aburrido; habría que hacer algún día una reseña de esas personas que sufren pero no enfrentan, que viven el mismo miedo que quien se pone delante de los pitones de los toros, pero no pueden sacárselo del cuerpo enfrentando a nadie, excepto a sus más feroces monstruos que en forma de elucubraciones paranoicas, ven el triunfo o el fracaso del ser querido horas antes de que el suceso se lleve acabo.

Este elegante hombre, de acento lejano, y voz cálida, estuvo como cualquier otro durante los cinco primeros animales de lidia ordinaria. Hacías comentarios, reía, se callaba, se molestaba con el recalcitrante sol y hasta salía al baño como la mayoría de espectadores que siguiendo los cánones de comportamiento social en circunstancias de este tipo, aprehenden del comportamiento ajeno y homogenizan las formas.

En el sexto de la tarde la erupción salió a tierra. El novel torero salió a lancear al viento antes que el animal salga al ruedo y su padre ya le coreaba los olés con los ojos acompañados de exquisitas formas de abrir y cerrar los labios; remedando la voz que- esperaba el padre- no tardaría en completar el cuadro pocos segundos después.

Ese debe haber sido el momento de más miedo del torero, quince mil almas pidiendo fiesta, y una sola enfrentando el temible desafío.

Salió el negro novillo. El torero lo recibió de rodillas. Tres grandes y estruendosos olés del padre, y un poco menos fervientes de los demás asistentes. El saludo fue bueno, el padre olía a triunfo. La madre, comentaba un momento antes, no venía porque su miedo era mayor a su posibilidad de guardar la cordura- me recordó que la madre de César Rincón murió quemada por las velas que encendió al rezar mientras toreaba su hijo-.

En la muleta el novillo fue menos, la plaza olió la querencia en la fiesta que le esperaba fuera y los esfuerzos, inteligentes y valerosos del torero, valieron menos que el cansancio del nítido y arrasador sol que nos había acompañado la tarde entera. La muerte se tomó su tiempo y con él, las posibilidades de triunfo. El torero esbozó una vuelta al ruedo, con la misma voluntad que hizo la faena y el padre, al verlo pasar se abstuvo de aplaudir, como llevándose la ovación dentro, aplaudiéndose a sí mismo, viendo a los ojos del hijo que llena su ilusión de futuro.

Me imagino que habrá llegado al hotel y no tomó un baño como el torero. Tampoco recibió las alabanzas de los que reconocían al novillero, ni habrá pensado en la siguiente tarde que enfrentará su torero en esta misma feria. Al menos por esa noche.

Al recostarse, debe haber agradecido al dios de turno. Ojalá, al menos debajo de las sábanas, haya animado su mano izquierda un natural, al que que sus labios corearon Olé. Y digo ojala, porque ese reconocimiento, habría sido el más merecido de todo el 29 de noviembre en la ciudad de Quito.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Ponce y el valor de la lentitud/ Nochetriste


Reseña de la primera tarde de la Feria “Jesús del Gran Poder” 2007



Por Nochetriste

Si fuera toro pediría que quien me toree sea Enrique Ponce; si fuera torero lidiar toros de Domecq; si fuera público poder vivir la mayor cantidad de corridas de toros en cualquier plaza del mundo y si fuera aficionado ver a Morante bordar el toreo, una y otra vez, a un toro bravo de Santa Coloma en la plaza de toros de” las Ventas “de Madrid.

Ahora bien, como ni soy toro, ni pude ser torero; ni puedo entregarme la representación en mi sola persona de todo un público, ni creo poder llamarme aún- tras una vida de ver y sentir el torero- aficionado, mejor cuento al lector los detalles que nos dejó este soleado miércoles de noviembre la primera tarde de la feria taurina quiteña del 2007.

Ponce lanceo de capote a su primer toro - el mejor de la tarde por su clase, pero como el conjunto con toques de sosería y falta de bravura y transmisión- y toreo de muleta a su segundo, tan exquisitamente como esperaban todos quienes pagaron sus entradas la tarde de hoy. Estuvo perfecto.

Juli estuvo enrazado con un primero malo y poderoso con el segundo que se apagó pronto.

Albán, inteligente y claro con un mansito clasudo que hizo de tercero, suscitó las mayores emociones de la mayoría y estuvo muy pundonoroso en el sexto al que mató fenomenalmente. Esto le valió una oreja.

Como dije en el párrafo inicial, Ponce fue el matador de toros que todo animal quisiera tener al frente. Los entiende a todos, a todos les da la faena que necesitan. Parecería que con solo mirar al toro entabla una conversación que se alarga hasta que lo despide de este mundo.

Alguien decía hoy en la plaza de Iñaquito que parecería que este hombre tiene energías, extrañas a los ojos racionalistas que escriben esta reseña, que compatibilizan enseguida con los animales, que ni se despeina y que parecería que en todas las vidas que vivió ha ido perfeccionando el toreo.

De la tarde de hoy me quedo con él y el concepto que lo hace figura del torero. Este se divide en dos grandes áreas- estoy consciente de sonar repetitivo, pero si el torero estuvo así de reiterativo toda la tarde, nuestro homenaje es caer en su juego-:

La primera es su inteligencia. Todos los toros le caben en la cabeza y a todos les hace la faena que piden. Por eso parecería que todos en sus manos embisten.

La segunda, su despaciosidad. Todo lo que hace, lo hace despacio. Como torea, este hombre, debe lavarse los dientes, acostarse a dormir, molestarse con su esposa. Para poder torear y estar en la plaza de toros como está, su vida debe ser lo que en la de los comunes mortales es la cámara lenta.

Lo sublime del toreo se hace despacio, acaso igual que en la vida. No nos olvidemos del refrán que dice que las prisas son para los malos toreros, para los ladrones -.y lo que es más grave y difícilmente se cura- para los malos amantes.

Mañana sigue la feria. Hasta entonces.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Camarón y Manzanares: los encuentros de la grandeza/ Nochetriste



Por Nochetriste
http://nochetristenochetriste.blogspot.com

Encontré en un archivo cibernético una foto en la que sentados, esperaban por mi emoción, José María Manzanares y José Monge “El Camarón de la Isla”.
El primero debe ser uno de los tres toreros que más emoción me han provocado con el arte que derramaba en la plaza de toros y el segundo quien, a mi modesto y casi iletrado criterio, llevó el flamenco a sus mayores alcances.
Pero la foto no merece ser comentada por el cante, o el toreo que derrama. De la imagen me sorprende que en un mundo desarrapado como el que vivimos, la grandeza, el arte, la sensibilidad y el sublime pensamiento terminen por juntarse.

No existen imágenes que cuenten los encuentros de Tomás Moro y Erasmo de Rótterdam, íntimos amigos, y feroces oponentes en los canales de pensamiento que construyeron en su época. De “Utopía” de Moro a “Elogio a la Locura” de Rótterdam, hay un mundo de distancia, a pesar, tanto de la importancia de ambas obras para el devenir histórico de nuestra historia occidental, como de que en el segundo libro citado la dedicatoria verse a favor del autor del primero.
Tampoco conozco fotografías del amor entre Martín Heidegger y Hanna Arendt, ¿Será acaso porque el primero permitió que su importancia filosófica solape el vergonzoso episodio nazista que persiguió a Arendt, una de las más grandes teóricas de la democracia que hoy conocemos?

De lo que sí nos queda registro, al menos escrito, es del viaje de Julio Cortazar y Carlos Fuentes a casa de Milan Kundera a propósito de “la primavera de Praga”. En una de las obras más deliciosas del autor mexicano, llamada “los 68”, uno de los tres episodios relatados por el autor recrea ese viaje permitiéndonos a los lectores adentrarnos en acaso tres de las mentes literarias, y porqué no políticas, más lúcidas de la segunda mitad de siglo XX.

A José María Manzanares y José Monge “ El Camarón de la Isla” no los conoce el mundo, como seguramente sí a Tomás Moro, Hanna Arendt, Julio Cortazar o Milan Kundera. Yo, que pertenezco a ese mismo mundo, en el que pocas veces me reconozco, tengo la suerte de no conocer su personalidad, ni los excesos mundanos que dice la gente unía fraternalmente al torero y al cantaor. Lo que yo siento al ver sus rostros en la imagen es el gemido del cante hondo de Manzanares en cada una de las medias que ha dibujado en el tiempo, y la profundidad, clase y compás de Camarón en el paso evolutivo que marcó en el Cante Flamenco- acaso lo heredó de su voluntad de ser torero en la infancia-.
Lo que pido para mi siguiente vida, es ser uno de esos fantasmas, que dicen vivir entre nosotros sin que los podamos ver, para así buscarme un lugar en uno de los tentaderos de becerras que dicen juntaban a un Camarón toreando y un Manzanares cantando, o al menos el fotógrafo que debe haber compartido con ellos momentos que envidio y no sanamente

domingo, 11 de noviembre de 2007

La belleza de Manzanares/ Nochetriste

Por Nochetriste

Hace un par de años, cuando nos deleitó con un faetón en una inolvidable noche en la Plaza Belmonte vi entrar a José María Manzanares hijo en la Plaza de Toros Quito, con sombrero de paja en forma de cowboy y gafas a lo Tom Cruise en Top Gun.

En mi enorme respeto por los homosexuales, muchas veces he repetido que no tengo la suerte de que me gusten los hombres, pues acaso si así fuera las posibilidades serían dobles y no limitadas como es mi caso y el de muchas personas en el mundo. Pero ese día, al verlo pasar, en cualquier facha menos en la tradicional de un torero, regresé la vista y pensé que si era capaz de torear tan bellamente como lucía físicamente ese día, sería uno de mis toreros dentro de la plaza.

Hoy, cuando vi en un portal taurino que es una de las imágenes de Vogue Internacional, recordé el día de la Plaza Quito, pero sobretodo recordé este abril cuando tuve la suerte de verlo salir a hombros en la Maestranza de Sevilla tras una faena de la que no podré olvidarme. Sin duda la belleza atrae más belleza y el toreo es uno de los espacios que desafía la tradicional y curuchupa visión del hombre y su masculinidad, pues enfundado en un traje de luces y haciendo alardes de hermosura femenina se pasea por la plaza alardeando entre aplausos una estética que el mundo en el que vivimos censura.

Acaso la próxima vez, cuando lo vean lanceando tan profundamente como su padre o toreando por naturales como lo hacía Ordóñez -que es a quien se me parece cuando torea con la muleta-, los hombres que atiendan a una de sus momentos de memorable calidad puedan tomarse la licencia de admirar hermosura en otro de su mismo género y sea el toreo una puerta para que este mundo sea más tolerable con una minoría que sigue siendo discriminada por el solo hecho de tener gustos distintos.










domingo, 4 de noviembre de 2007

El niño que guiaba la novillada/ Nochetriste

Quito, 28 de octubre del 2007

Reseña de la tercera novillada de preferia en la Plaza de toros de “Iñaquito”

Por Nochetriste

La subjetividad es la norma en la fiesta de los toros. En una misma corrida puede haber perfectamente dos asistentes que vieron un evento completamente distinto. En esta, la primera reseña de lo que sucederá en la Feria Jesús del Gran Poder 2007, queremos hacer el ejercicio de hablar desde voces disímiles, para que los lectores escojan a cual de los dos festejos habrían preferido ir y acaso regresar:

El primero es un aficionado asiduo a los toros. Él vio a tres novilleros ecuatorianos que se enfrentaban a dos ganaderías de muy distinta procedencia- la primera de encaste Santa Coloma, vía Hernandez Pla y Sotillo Gutiérrez, llamada Albaserrada y la segunda de encaste Domecq, vía el Torreón llamada Mirafuente-. De bueno el aficionado pudo ver poco: una gran media verónica del primer novillero de la tarde llamado “El Borrego”, acompañada por su buen hacer con el capote; la serenidad, buen temple y valor que demostró Hernán Tapia; la entrega que en el segundo de su lote dejó claro Martín Enríquez; o los muy buenos pares de banderillas que puso, primero la revelación de un gran banderillero llamado Torres de San Miguel de Bolívar y luego otro par de acrobática ejecución del “Patata”.

El segundo no es un aficionado sino un asistente primerizo que llamado la atención por una novillada llamada “de la oportunidad” pudo ver todo menos eso; tanto es así que sorprendido vio como el escaso juego de los novillos llevó al público a pedir a Hernán Tapia, que dejara irse vivo al último toro de la tarde, por las rapaces complicaciones que el animal desarrolló. Para este asistente neófito lo más destacable fue, al contrario del anterior, la banda de música. Compuesta por menos de ocho integrantes- camisa blanca y pantalón negro bien planchados- dos de ellos dejaron de que hablar. El primero, debe haber tenido alrededor de cincuenta años y no lucía por su buen hacer en la trompeta, sino por el abnegado apoyo de quien parecía su esposa, hermana o amiga, que sosteniendo un paraguas colorido, evitaba que el mismo sol que a todos nos acosaba, haga mella en su seguramente fiel compañero. El otro, un niño de entre cuatro y siete años aproximadamente, que marcaba el ritmo de toda la banda, de acuerdo al pasodoble o pasacalle que- autorizados por la Autoridad de Plaza- entonaban sus mayores, con los Platillos, el Guiro o el Sapo respectivamente.

Ojalá la banda haya logrado que el novel asistente vuelva a los toros alguna vez porque el aficionado seguro encontrará alguna justificación para regresar una y mil tardes. A pesar de que la plata no alcance o el aburrimiento marque una tarde de domingo, esto de ser aficionado a los toros es como ser guerrillero, monja o político- de los buenos y zurdos, los tres-: No necesitas mayores incentivos para seguir haciendo algo que te llena por dentro como nada más logra en este material mundo.