viernes, 4 de abril de 2008

Cuando el valor vale más que el precio/ Esteban Ortiz Mena

Por Esteban Ortiz Mena

Cogí un libro. Era de mañana y recién me había despertado. Me volví a acostar porque tenía frío y sobre todo porque quería alargar la sensación que produce una cobija. Son esos días en los que nos despertamos con una sobre carga de sueños, como si existiera un mundo paralelo del cual no quisiéramos salir.

Al repasara las primeras hojas encontré un dialogo del personaje del libro (un estudiante en París que pasa las penurias de vivir lejos y en condiciones precarias, pero dignas) con el cual me identifiqué: “El abono trimestral de la piscina había sido una importante inversión de mi parte, pues costaba 120 francos, pero una ducha caliente cada día era lo único que podía devolverme a la vida”.

El valor de una ducha caliente, dice Santiago Gamboa en El síndrome de Ulises, va más allá del precio o del chorro de agua que cae y se convierte en la sensación placentera que da sentido a la vida.

Aunque nos cueste una fortuna, o no, el personaje del libro justifica el pago que hacía, a cambio del valor de las sensaciones que le producía una simple ducha.

Pues los toros son eso.

Los días de toros, una corrida, un día de campo, son esa ducha caliente que es, también, ese algo que nos devuelve a la vida. Es el aliciente que tiene el aficionado para poder disfrutar de lo que más le gusta.

El agua caliente (léase, los toros) limpian y hacen olvidar cualquier problema que podamos tener y nos transporta a ese lugar íntimo, cercano a los sentidos y apegado a los sentimientos que sólo nosotros lo podemos apreciar.

Aunque nos cueste.

Por eso, ir a una plaza de toros es darnos una tregua a nosotros mismos. Pero no cualquiera: es como la que le da Mario Benedetti al personaje principal de la novela del mismo nombre: “Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más”, dice. Los toros son esa felicidad momentánea, pasajera, que dura lo que dura la corrida… bueno, quizás un poco más, pero los recuerdos son nuestros y únicos y sólo nosotros le damos el valor y el tiempo que estos quieran tener. Por eso, durarán el tiempo que logremos hacer que permanezcan en nuestras sensaciones.

El valor de los toros no tiene precio. Es tener algo por qué vivir, el delirio de tener algo por qué despertarse y buscar, con ilusión, aquellas gotas calientes que dan sentido a la vida.

Una tregua, que nos llena de felicidad…

martes, 11 de marzo de 2008

TOREO Y RODEO/ Antonio Caballero


Antonio Caballero
Revista 6toros6, No. 683 de 31 de julio de 2007

No hace mucho vi por televisión una corrida de toros en compañía de un neófito. Le pareció un espectáculo tosco y brutal, y sobre todo aburrido. Me dijo que prefería el rodeo.

¿El rodeo? Yo recuerdo haber visto una vez, hace tiempo (y también por televisión), un rodeo celebrado en algún pueblo de Wyoming o de Tejas. Y ese espectáculo sí que me pareció tosco y brutal, y sobre todo terriblemente aburrido. No era un rodeo de potros broncos, sino esa variante del rodeo norteamericano que se llamaba bullriding o jineteo de toros: un empeño de pura fuerza bruta, carente de arte o gracia, y hasta técnica. Se trata simplemente de no dejarse tumbar por un toro que da saltos. Pero a juzgar por el entusiasmo loco del público en las tribunas (no me atrevo a llamarlas tendidos) y por el todavía más delirante, aunque con algo de impostación profesional, del comentarista de televisión, aquel rodeo era el mejor que se había dado en mucho tiempo en todo el Lejano Oeste. Todos los aficionados hemos asistido a docenas de corridas aburridas, y hemos sido capaces de aguantarlas: pero su aburrimiento no engaña ni al público ni a los críticos. Aquellos, en cambio, parecía ser una de las más entretenidas exhibiciones de bullriding que se hubieran vivido en Tejas (o en Wyoming, donde fuera). Yo, por mi parte, no aguanté ni un cuarto de hora.

Hay que advertir que en un cuarto de hora de bullriding caben tantos toros como en una corrida entera de Las Ventas, con todo y sus devoluciones de inválidos. Porque en el rodeo las cosas suceden a la velocidad del rayo. El comentarista se deshacía en elogios cuando mediante un esfuerzo sobrehumano el jinete de turno conseguía completar seis segundos o siete a los lomos del animal corcovante, enloquecido de furor. ¿Les daban algo? Eran unos inmensos toros de carne que pesaban sus buenos ochocientos kilos, y sin embargo saltaban como pelotas de goma y giraban como peones sobre sí mismos, como si a la salida de corrales el torilero les hubiera metido todo un chile picante como un hierro candente por el culo. El jinete aguantaba tres o cuatro tumbos y salía despedido como un pelele manteado por sobre las orejas, y rodaba por tierra en medio de la polvareda mientras lo pisoteaban las anchas pezuñas de la bestia. Pues se trataba de bestias bastas y mal hechas, de pesadas patas rodillonas, de gorda culata y cuello corto y badanudo, con los astigordos pitones desmochados a serrucho casi por la mazorca, que coceaban como mulas y daban brincos como gatos monteses antes de escapar a la carrera, ya sin jinete, fuera de la pantalla de televisión como actores de teatro que hacen mutis por el foro. Salían otros en su lugar, igualmente feos, igualmente enfurecidos, igualmente incabalgables. El problema, pienso ahora que escribo esta palabra, reside precisamente ahí: en que los toros no están hechos para ser cabalgados, sino para ser toreados. Y en consecuencia el espectáculo del bullriding es repelentemente antinatural, como lo serái, si existiere, el horsefighting, o toreo de caballos. Porque así como un caballo no se puede torear, un toro no se puede cabalgar. No lo permite la naturaleza. De esta aberración de origen, de esa contradicción, nace todo el absurdo del bullriding como lo exigiría el hecho de que lo hagan con toros, sino vaqueros, como si fuera con vacas: cowboys, como en las películas. Y es por eso que (al menos en el espectáculo que yo vi) no usan sombreros de cowboy sino máscaras protectoras, mezcla de casco de motociclista y yelmo de gladiador, como los profesionales del football norteamericano: un deporte que, aunque su nombre se traduce literalmente por el de balompié, no se practica con los pies sino con las manos.

No decía el comentarista de televisión que los toros del rodeo hubieran dado buen juego, sino que habían hecho un buen trabajo: a good job. Porque, en efecto, se trata de un trabajo. Lo contrario de lo que es el toreo.

jueves, 6 de marzo de 2008

Muleta Planchada/ De purísima y oro

Disfruto un video de Antoñete, la muleta planchada. De lila y oro. Una frontera perfecta para cruzar derechito al empaque, cruzar los valles de la rectitud. No hay picos, todo es recto, no hay engaños, ni flirteos con el otro pitón. Geográficamente perpendicular al toro a su línea de embestida. Y esa trincherilla de la torería del mechón en estado puro, todo forma, todo majestuoso. Todo limpio.

Escrito por De Purísima y Oro






domingo, 2 de marzo de 2008

El abrazo de las dos orillas/ Zabala de la Serna



Vicente Zabala de la Serna.
26/febrero/2008. Diario ABC.
El adiós de César Rincón se encuentra ya en los anales de la Historia del toreo como un acontecimiento mundial, único de pasión, apoteósico homenaje a un torero de leyenda. La emoción incontenida, desbordada, no debe nublar una visión más profunda de lo sucedido en la Santamaría de Bogotá: sobre los hombros del César cayeron banderas de Colombia, España, México, Francia y una corona de laurel. Pero es que Enrique Ponce despertó idénticos sentimientos de fervor, admiración y entrega.

Cuando los dos colosos se fundieron en un abrazo, sobre los hombros del gentío que se los llevaba en fervorosa procesión, se fundían las dos orillas: Hispanoamérica y España estrechaban de nuevo sus lazos y renovaban ese contrato no escrito de mutua lealtad. Y, ahora, yo me pregunto qué movimiento cultural (de la verdadera Cultura) puede despertar sentimientos de hermandad y unión más fuertes que el toreo; qué embajador colombiano -con permiso de García Márquez y Botero- ha portado la bandera de Colombia en Europa con más categoría que Rincón; o qué diplomático español ha izado la insignia de España por toda América latina con mayor fuerza y orgullo que Ponce.

El lenguaje de los toros es la corriente atlántica que seguirá uniendo nuestros pueblos, aunque decisiones como las de TVE de no retransmitir ni una sola corrida dañe las relaciones. Nunca fueron conscientes los políticos y responsables del Ente público, la televisión de todos, de lo huérfana que han dejado a la afición americana, que se enganchaba al canal internacional por San Isidro o Abril, Fallas o San Fermín, para seguir el hilo del toreo.

Esperemos que pronto Colombia vuelva a contar con un embajador de la talla de César Rincón, aquel chico de la calle que un 21 de mayo de 1991 se convirtió en héroe y ejemplo para toda una nación. Y en su más importante conquistador.

miércoles, 27 de febrero de 2008

LA EXPRESIÓN ARTÍSTICA EN EL TOREO DE ENRIQUE PONCE/ Juan Lamarca López

Dn. Juan Lamarca López


Este texto fue leído en el seno de la Cátedra de Tauromaquia de la Universidad de los Andes, Mérida-Venezuela en el acto de nombramiento de Enrique Ponce como Consejero de Honor de la misma.


El concepto y el buen hacer del maestro Enrique Ponce constituyen la máxima expresión artística en el toreo, la cual se manifiesta desde su alta sensibilidad en la aplicación de una técnica y conocimiento que traslucen la pureza y el clasicismo en los que históricamente se basa.
Las modas también surgen en la Fiesta Brava y, aun añadiendo páginas importantes, siempre son perecederas, por lo que el devenir y el ser del toreo acaba volviendo a su propia esencia que es la aplicación de las normas clásicas del arte del toreo. Hay quien afirma que no existe mejor moda que lo clásico.
El triunfo, por otro lado legítimo, de los que van por otros derroteros alejándose del clasicismo de la regla, se cimenta sumándole amplias dotes de personalidad, pero he aquí que en el maestro de Chiva se conjugan ambas cualidades de clasicismo e idiosincrasia, basadas en el valor y en la inspiración en cada caso para expresar el arte del toreo, cuyo ejercicio se nos presenta como una cosa muy compleja, llegando a pensar que ha alcanzado formas y pautas definitivas, no obstante de estimarse como un arte aún joven en relación con las demás artes que alcanzaron su definición hace miles de años.
Pero quizás sea el maestro Enrique Ponce el que nos lleve al firme convencimiento de que el toreo con él alcanza su máxima expresión artística y en él se culmina su evolución.
Enrique Ponce nos ofrece su concepto de la tauromaquia y nos muestra cómo las suertes de la lidia que realiza no comportan solamente el aspecto visual, sino que nos revela que tiene
delante a un animal fiero al que hay que entender, reducir y dominar. Por lo tanto no tiene únicamente que ir a un proceder de estética personal como artista que es, sino a la eficacia de su poderío sobre el animal, configurando la estampa de un "ballet dramático" como así lo definía Vicente Zabala en su obra "La Fábula de Domingo Ortega".
Pues sí, señores, ahí tenemos la incontestable realidad del toreo de Enrique Ponce y su natural expresión artística, su concepto, como el del maestro de Borox: "Parar, Templar, Cargar y Mandar". ¡Ahí es nada! Pero no se pueden lograr esas fases sin una inicial y primordial como es la de CITAR, desde el punto geométrico que exige la regla y demandan las condiciones del toro.
Es por ello que el sentido de la colocación en el joven y ya legendario maestro sea decisivo para la correcta ejecución de las suertes que cincela, por lo que se deduce que "no es igual dar pases que torear".
Se estima como la parte más bella y enjundiosa de su toreo la de delante, aquella en que el torero se enfrenta con el toro echándole la capa o la muleta adelante, para que a medida que la res va entrando en su jurisdicción, la va templando inclinándose sobre la pierna contraria, al tiempo que ésta avanza hacia el frente y alarga al toro en la profundidad del pase para transmitir su sentimiento a la emoción del aficionado.
En palabras del propio torero todo ello supone torear a favor de toro y lo distinto sería “destorear”, ya que la consecuencia del auténtico toreo "no es llevar al toro por dónde no quiere ir, sino por donde el lidiador quiere que vaya", y añade: "Por supuesto, con su permiso." El del toro, naturalmente.

¿Acaso no es su clasicismo conceptual el que han practicado lo más grandes del toreo?. Entre ellos no sólo se encuadra nuestro homenajeado, sino que incluso es considerado como "torero de toreros", es decir, mostrándose como un espejo donde mirarse el resto de la profesión, lo reconozcan o no lo reconozcan algunos.

La excelsa expresión artística del toreo de Enrique Ponce llega a todos y por todos es reconocida, con las consabidas negaciones y discrepancias, como no podría ser menos, que toda figura importante genera. Su apasionada afición y su responsable profesionalidad supera el más mínimo atisbo de sentido acomodaticio o actitud de relajo en su buen hacer que pudiera brotar de la continua admiración y reconocimiento que recibe de aficionados y públicos del orbe taurino que lo elevan al Olimpo de la Tauromaquia.

El diestro valenciano, hijo adoptivo de la provincia de Jaén como vecino de Las Navas de San Juan, no ha sido acogido en exclusiva ni por aficionados selectivos ni por las mayorías populares, se erige como torero de todos y para todos, con las masas entregadas durante lustros de ejercicio, sin que ello suponga el efecto del consabido aserto de que en los toros cuando la masa interviene el arte degenera, por lo menos en el caso de Enrique Ponce, que lo exhibe con la excelencia que le caracteriza.

La técnica, la estética y la expresión artística de Ponce en su asombrosa regularidad raya en tal perfección que algunos, maliciosa y resentidamente, "la ven con hastío y la sufren por insultante". No sería esta la posición de Eugenio D'Ors quien afirmaba:
"No hay que cansarse de aspirar a la perfección ni de hacer apología de ella, porque de lo demás, en fin de cuentas siempre quedará bastante".

Por el contrario hoy en día nos quieren convencer de que el toreo perfecto, "el no va más", "lo nunca visto" consiste por ejemplo en que cuando un toro se para por falta de acometividad o por estar entregado por exceso de brega, el torero avance hacia él en su verticalidad y de costado hasta rozarle la pala del pitón para provocar su arrancada y darle rígido un pase natural ¡pues vaya naturalidad!
Lo clásico, como así lo entendiera y ejecutara Domingo Ortega, sería despegarse perdiéndole un paso y ofrecerle el diestro el pecho, que es lo más noble que tiene el hombre, citar con la muleta adelantando la pierna, en movimiento lento acompañado ligeramente para que surja la belleza del muletazo.
Por otro lado no se aproxima a la perfección el hecho de citar al toro de perfil en actitud estática, lo que se conoce como "hacer el poste" y citar al toro con la muleta retrasada a la altura de la cadera para que se estrelle la res o conseguir a lo máximo un medio pase.
A veces la cadera mejor serviría para "apoyar las manos y pasear por la calle de Alcalá…..con la falda almidoná", como cantara Celia Gámez.
El arrojo y el valor no radica en el ¡uy! o en el ¡ay!, los derrotes a la muleta por falta de temple pisando terrenos de cercanías mal calculadas, o en las cogidas frecuentes por defecto de técnica en la lidia del burel, puesto que la finalidad o el éxito del espada debe basarse en su dominio y la cogida por el toro indica su fracaso, sí, la supuesta épica del tremendismo, aunque sea con arte cuando el que lo interpreta está dotado de fino estilo.
Es por eso que reitero el concepto taurómaco del maestro Enrique Ponce, el cual en cada faena exhibe el esquema de movimientos en los que el arte del toreo consiste, de forma que llevando a la práctica las reglas clásicas hace brotar la excelencia de su toreo y todo lo que tiene de ritmo resaltará en la armonía de ese grupo escultórico en movimiento que es la belleza del arte de torear.
Para finalizar, y a mayor abundamiento, les refiero que fue el Conde de la Estrella el que consiguiera de Fernando VII, el Rey felón, la orden de crear la Escuela de Tauromaquia de Sevilla bajo la dirección del legendario Pedro Romero.
El noble albergaba el convencimiento de que en el toreo, en relación con las demás artes, la aplicación de las normas clásicas conducía al más puro y profundo romanticismo, estimando al maestro rondeño como depositario y fiel intérprete de estos valores, lo que así hacía saber al Rey en la numerosas cartas que le escribiera y en un fragmento de una de ellas así se refería:
"Sepa Vuestra Merced, señor mío, que el timón de esta nave es la muleta, en que es Romero inimitable, ya llevándola horizontal al compás del ímpetu del toro, ya llevándola rastrera, como barriéndole el piso dónde ha de caer, o que ha de usar mal de su grado; aquella muleta que siempre huye y nunca se aleja de los ojos de la fiera, que a veces le obedece como caballo sin freno".

Pues bien, señoras y señores, queridos amigos: les ruego practiquen un fácil ejercicio de imaginación y sustituyan del párrafo anterior el nombre de Romero por el de Ponce, el torero de época, de la época del Excmo. Sr. D. Enrique Ponce Martínez, naturalmente.

lunes, 25 de febrero de 2008

Apuntes sobre la esencia/ Esteban Ortiz Mena


José Carlos Arévalo explica que “el aficionado sabe que la lidia no es un combate entre iguales. Por supuesto, no le interesa que el toro venza. El interés de la corrida es esencialmente humano: comprobar cómo un hombre –le llamamos torero- asume el peligro; si lo hace con arrojo, con gracia, con destreza, con inspiración, con arte; o todo lo contrario, si lo hace con miedo, impericia, sin imaginación, feamente”.
Escencialmente humano, dice. Nadie acude a una plaza de toros a ver sangre (ni la del toro y menos la del torero) y eso lo vuelve más humano todavía. El ser humano, en lo más hondo de su ser, busca maneras de identificarse. Por eso, se ve representado en el torero, inconcientemente, como un ser humano heroe que hace frente a sus limitaciones y se impone a la fuerza del toro. Es decir, la muerte acompañada con una dósis de estética.
Por eso la corrida es una fiesta. Y el ser humano va a disfrutar... hasta que la muerte llegue, bailar alrededor de ella en un juego repleto de emociones.
“La corrida de toros, como todas las fiestas, es una explosión de vida con un deje de melancolía. El hombre sabe que, a la postre, la muerte siempre gana la partida. Pero en la plaza, no. La corrida de toros es una ilusión, como todas las fiestas. Es una antitragedia, a la que asistimos para ver cómo el hombre lucha por su destino, cómo gana, cómo lo mata, cómo lo disfruta, cómo nos hace disfrutar.
¿Disfrutar? Es difícil definir la entraña del toreo, compuesto de vida y muerte, de miedo y valor, de placer y dolor. Ningún arte se le parece. Real pero imaginario, es una realidad representada, algo vivo y la vez simbólico. Cada lidia cuenta un argumento, una ficción, y sin embargo, la muerte del toro es real, el peligro de muerte en que se sumerge el torero es real, la cornada es una muerte pequeña y, a veces, la muerte definitiva: el precio de esa inaudita trasgresión taurina que consiste en afirmar la vida y negar la muerte”. (Revista 6toros6 No. 672)
Negar la muerte con estética y una dosis de profundidad...

viernes, 22 de febrero de 2008

EL FOMENTO DE LA FIESTA BRAVA/ José María Morán


Por José María Morán

Cuando se habla de fomentar la fiesta brava, personalmente me asaltan varias dudas, la primera de ellas, y quizá una de las más trascendentales, es de si realmente existe hoy por hoy, la necesidad de promover y difundir la tauromaquia. La respuesta a esta pregunta, al contrario de ser una obviedad, entraña una serie de condicionantes y distintos factores, sobre los cuales me voy a permitir dilucidar a continuación:

Se dice, por ahí, y no se si equivocadamente, que es necesario difundir la tauromaquia, por que la fiesta actualmente está en crisis. Esta afirmación no obstante, se contradice drásticamente con la realidad, si analizamos los datos y cifras que se manejan tanto internacionalmente como a nivel nacional. En España, se están realizando desde hace varios años, más de mil festejos anuales, entre corridas, novilladas y rejones; y, cerca de mil festejos adicionales, correspondientes a fiestas populares, en las que interviene el toro como eje fundamental.

No podría hablarse de una crisis tampoco, si consideramos el número de espectadores que han asistido a los festejos taurinos durante los últimos años, constituyéndose los toros, prácticamente en el segundo espectáculo de masas en España, Francia, Portugal, México, Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador, solamente ubicado por detrás del fútbol. Se habla de que en España asisten a presenciar una corrida de toros, más de treinta millones de espectadores por temporada; y, si analizamos el caso de Ecuador, podemos constatar como durante la Feria de Quito, entre siete o nueve días, asisten cerca de cien mil personas.

Tampoco creo que podemos hablar de crisis respecto a la camada de toreros que se encuentran actualmente en el escalafón, donde existe una serie de figuras consagradas (Ponce, El Juli, Castella, El Cid, El Fundi, etc.), que conjuntamente con los jóvenes valores surgidos en los últimos años (Manzanares hijo, Perera, Talavante, etc.), garantizan una espectacular competencia en beneficio de los aficionados, y que decir, del retorno de José Tomás, que ha significado un revulsivo para la afición, llenando todas las Plazas donde se presenta, basta revisar el caso de la ciudad de Barcelona, (mal llamada antitaurina), donde varios meses antes de la presentación del torero en referencia, se vendieron a precios exorbitantes todas las localidades del aforo.

Menos aún podríamos hablar de una crisis ganadera, ya que por el contrario, estos últimos años han servido para superar a ese toro excesivamente gordo, bobalicón, y mansote que se caía constantemente en detrimento del espectáculo, común en los años ochenta y comienzos de los noventa, por un toro que ahora es mucho más atlético, con mejores hechuras, con mayor agresividad, movilidad, raza, bravura y transmisión, que garantiza en la mayoría de los casos la emoción del espectáculo. Respecto al toro, inclusive la Fiesta ha podido ir recuperando paulatinamente, esos encastes diferentes al Domecq, así vemos que ahora vuelven a aparecer en las Ferias de postín, Saltillos, Santa Colomas, Urcolas, Nuñez, Palhas, etc.

Mucho se habla también, de que existe una crisis respecto a la difusión del espectáculo en los medios de Comunicación. Sobre este punto, debemos ser conscientes, que en la actualidad, el hombre dispone de muchas más posibilidades de ocio que hace cincuenta años donde los toros eran un eje mediático, sin embargo, es interesante conocer, que programas como Tendido Cero, tienen altos niveles de audiencia, e incluso las ferias importantes en España, generan tal nivel de expectación en la audiencia, que la televisión privada y el cable, han comenzado a retransmitirlas por sistemas de prepago, así por ejemplo, Digital Plus, trasmitió el año pasado para sus abonados, toda la feria de San Isidro, la Feria de Sevilla, la de Zaragoza y otros festejos puntuales de interés. Además, el hecho de que la última temporada haya sido especialmente sangrienta en cuanto al número de heridos, así como el regreso de José Tomás a los ruedos, ha repercutido en que los medios de comunicación vuelvan a escribir y hablar de toros permanentemente.

Por estas consideraciones, podemos concluir que la necesidad de fomentar la tauromaquia, no se debe realmente al hecho de que los toros puedan estar en un momento de crisis.

Otros sectores manifiestan que es necesario promover la Tauromaquia como un mecanismo de defensa ante el protagonismo que han cobrado últimamente los grupos animalistas o antitaurinos. Es evidente, que el mundo y las nuevas generaciones, toman cada vez mayor conciencia, sobre la necesidad de contar con un entorno de respeto y cuidado a los animales como base de nuestro desarrollo sustentable. Y es también evidente, que los niveles de tolerancia del ser humano, respecto a las manifestaciones culturales en las que se involucran elementos de dolor, sufrimiento o sacrificio, aunque sea animal, se han reducido considerablemente. Incluso la propia fiesta brava ha tenido que ir evolucionando en el tiempo por este motivo, con ejemplos tan evidentes como la abolición de la media luna, o la imposición del peto, para evitar por ejemplo, el desagradable espectáculo que significaba observar “en directo”, el destripamiento de los caballos por parte del toro.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer, que antitaurinos y detractores de la fiesta han existido desde siempre, y pese a ello los toros no solo siguen existiendo, sino que cada vez es mayor el número de espectáculos taurinos que se realizan anualmente. Recordemos que ni si quiera una prohibición real, pudo impedir la propagación de esta manifestación cultural. Por eso, muchas personas, consideran que la fiesta y los toros se defienden por si solos, y quien sabe, quizá tengan razón. No obstante, no podemos tampoco desconocer el avance y protagonismo que han adquirido los movimientos antitaurinos a nivel Internacional y local. Ahí están las declaraciones de ciudades antitaurinas, como la de Barcelona en España, prohibiciones de que los menores de edad asistan a las corridas de toros, intentos a nivel del Parlamento Europeo para conseguir una prohibición total de las corridas, que finalmente fracasó. Y que decir del Ecuador, donde vimos lo que pasó con Cuenca, prohibiéndose la muerte del animal, y obligando a que de celebrarse corridas, éstas sean a la usanza portuguesa, desvirtuando la naturaleza elemental de éste espectáculo. Vimos también lo que pasó en Guayaquil hace un par de años, donde hubo hasta agresiones físicas de importancia, llegando una “bestia” seudoecologista, incluso a interponerse en el camino de la ambulancia que llevaba de emergencia a un torero que había sufrido una grave cornada en el cuello. Vimos lo que pasó en Baños, donde el Municipio, de lo que entiendo, ha prohibido el espectáculo y ha declarado a la ciudad como antitaurina. Y lo que es más grave aún, con gente de la Fundación Prodetauro a la que pertenezco, hemos comprobado como incluso en los decálogos de las agendas estudiantiles que se entregan a los niños de prestigiosos colegios del país, se condena expresamente a la tauromaquia, y se induce a los menores a repudiar la fiesta brava.

En consecuencia, si bien es cierto, que hay que preocuparse y precautelar nuestros derechos frente a lo que los movimientos antitaurinos puedan realizar, no es menos cierto, que el fomento de la Fiesta, no es una solución definitiva contra su accionar, dado que por más que lo intentemos, a un antitaurino, jamás vamos a lograr convencerle de que se convierta en taurino, ni creo que deba ser ese nuestro objetivo.

Sobre este punto, quizá en lo que si hemos fallado los taurinos, es en tratar de defender nuestra fiesta de los ataques recibidos, bajo el mismo argumento de siempre, es decir, defender el que los toros es la más hermosa de toda las artes. Ciertamente lo es, para nosotros, por lo que nos rasgamos las vestiduras hablando de Picasso, de Miró, de Alberti, de Botero, de García Lorca, de Roberto Domingo, etc, etc, sin darnos cuenta, de que existen cientos de argumentos de peso mucho más importantes para defender a la tauromauia, sin aludir si quiera, al ejercicio de nuestros derechos y libertades constitucionales más elementales.

No hablamos por ejemplo, de la importancia ambiental que tiene la crianza del toro bravo, las miles de hectáreas que se conservan y protegen gracias a la no utilización comercial del terreno en el que se cría el toro (Se habla que solo en España se protegen más de 540.000).

Por que no hablamos de la importancia económica que tiene la Fiesta: cuantos cientos de millones se mueven en torno a las corridas de toros. Habría que preguntarle por ejemplo al Municipio de Quito que significa para la ciudad la realización de la Feria de Quito en cuanto a impuestos, alimentación, turismo, alojamientos, transporte, etc. etc.

Por que no hablamos de los puestos de trabajo y familias que viven del toro. En un manifiesto profesional que se presentó al Parlamento Europeo, se menciona que gracias a los toros, se generan más de 3.5 millones de jornadas de trabajo anuales solo en Europa.

Ahora bien, a esta altura de mi ponencia, ustedes se deben estar preguntando, por que este “loco”, que venía supuestamente a conversarnos sobre la necesidad de fomentar la Fiesta brava y que se dice pertenecer a una Fundación que difunde y defiende la tauromaquia, solo nos ha proporcionado argumentos que señalan que el fomento de la fiesta quizá no sea tan relevante o necesario.

Pues muy al contrario de lo que pueda parecer, personalmente estoy convencido de que tenemos la necesidad de promover y defender la tauromaquia, especialmente por dos consideraciones fundamentales:

A) La primera es una razón de subsistencia: ¿por qué de subsistencia? Porque solamente promoviendo la tauromaquia, difundiéndola, enseñando y compartiendo su riqueza con terceros, podremos garantizar el surgimiento de nuevas generaciones de aficionados. Si señores, si no nos preocupamos por crear nuevos aficionados, no podremos llenar las plazas de toros dentro de 20 años, en cuyo caso, nuestros hijos o nietos se habrán perdido la oportunidad de gozar de éste espectáculo tan singular y hermoso. Si no promocionamos la Fiesta, no nos derrotarán los antitaurinos, no señor, lo haremos nosotros mismo. Por eso, siempre he sido partidario de preocuparnos menos de las opiniones en contra, y más de generar opiniones a favor. Los toros son una manifestación cultural, que vive gracias a tener un gran nivel de aceptación popular. Los aficionados en el caso de Quito por ejemplo, debemos estar sumamente agradecidos, de esos 10.000 espectadores que no son expertos, ni conocen a cabalidad la Fiesta, pero que sin embargo llenan la plaza durante nuestra feria, por que disfrutan simplemente de la corrida, permitiendo con su presencia, sustentar los costos de un espectáculo realmente caro. Les pregunto a ustedes por ejemplo, si la empresa podría traer a el Juli o a Ponce, si a los toros solo asistieran esos 2000 aficionados de hueso colorado que existen en nuestra ciudad? Seguramente no, de ahí la necesidad de seguir promoviendo la Fiesta de los Toros, compartiéndola con la población no entendida y especialmente con la juventud, que se constituye hoy por hoy, en la esperanza de que las corridas de toros sigan siendo un espectáculo sustentable en los próximos años.

B) La segunda razón fundamental por la cual considero necesario trabajar por la promoción de la fiesta, es por una cuestión de generosidad. Si, ustedes y yo sabemos que la Fiesta Brava tiene inmersa en su naturaleza, una riqueza y un acervo cultural incomparable. Creo que es un deber y una obligación de todos los aficionados, compartir estos valores con quienes nos rodean. Por que no trabajamos por compartir el goce que se genera en nuestro espíritu por ejemplo, al contemplar como un becerro recién nacido se arranca en el campo a un vaquero, o el éxtasis que algunos de nosotros podemos sentir al contemplar simplemente una verónica de Curro Romero.

Les invito en consecuencia, a sepultar ese egoísmo natural que tenemos los taurinos, y que muchas veces nos impulsa a mirar con malos ojos cualquier comentario sobre la fiesta emitido por una persona no entendida. Compartamos nuestros conocimientos, promovamos con terceros la magia y riqueza de la tauromaquia, estoy seguro que los futuros aficionados nos lo agradecerán eternamente.