Por Antonio Caballero
Decía aquí hace ocho días que el castellano es la lengua natural del toreo.¿ La lengua de Dios, como sostenía Carlos V, gran alanceador de toros en elcampo ? No lo sé. Pero sí, sin duda, la lengua del toreo; o, lo que es lomismo, la lengua de la filosofía.Esta afirmación puede sorprender, dado que en castellano no ha habido ningúnfilósofo digno de ese nombre. Pero la razón es obvia: es que no senecesitan. La propia lengua tiene resueltos ya, por sí misma, todos losproblemas filosóficos que quepa plantear . Y los tiene resueltos por elsencillo procedimiento de distinguir (caso único entre todas las lenguas) elverbo ser del verbo estar. Así allí donde Descartes, por ejemplo, seenredaba inextricablemente con su “cogito, ergo sum” (que significa “pienso,luego soy”, o, quizás, “pienso, luego estoy), cualquier crítico taurinodefine sin vacilar:- Joselito es, desde luego; pero esta temporada desde luego que no está.Y la cosa queda perfectamente clara hasta para un niño.O pongamos el caso de Heidegger. Al cabo de largos años de rigurosameditación solitaria en una cabaña de la Selva Negra llegó a una conclusión que ha sido tenida por revolucionaria en el campo del pensamientoespeculativo: “Seind und Zeit”, dijo. (O sea: “Ser y tiempo”). Se hubieraahorrado muchas neuronas simplemente echándole un vistazo a una revista detoros que anunciara: “Curro Romero toreará cuatro corridas en su trigésimacuarta Feria de Sevilla”.Porque hubiera entendido así, de un solo golpe, que estar es ser en eltiempo, feria tras feria, indefinidamente; y que el ser es la suma o lacondensación de los infinitos modos del estar: “estar bien”, “estar mal”,“estar en Curro”, etc.Y en vez de seguir filosofando en su cabaña, aburridísimo, se hubiera ido alos toros a ver a Curro. Si le hubiera tocado una mala tarde hubieracomentado con los amigos, ante un whisky, en el bar:- Curro estuvo, sí, pero sin llegar a estar como debe ser. A ver si eldomingo que viene está mejor.Y de esa decepción dubitativa hubiera tocado todo el existencialismosartriano de “L’Étre et le Néant” (El Ser y la Nada”); con La Náuseaincluida, en caso de que Curro hubiera matado de un horroroso bajonazo. Perosi en cambio le hubiera tocado una tarde buena (la del domingo siguiente,sin ir más lejos), hubiera salido de la plaza exclamando exultante:- ¡ Cómo estuvo ese tío con el capote ! ¡ Pero cómo estuvo ! ¡ Es unfenómeno !Y de ahí, como simple y obligado corolario, se hubiera desarrollado con lanaturalidad de una larga serpentina en zigzag la totalidad del pensamientofenomenológico de Husserl. Aunque Romero, que no es un hombre jactancioso,le hubiera quitado hierro al entusiasmo del pensador alemán citando consencillez ese aforismo de concisión digna de Heráclito en el que JuanBelmonte comprendió a Aristóteles y a Nietzsche: - Hombre, es que se torea como se es.¿Qué más ejemplos quieren? ¿Es escueto “suerte, y al toro”, con el que losaficionados cabales resumen toda la filosofía patrística de Occidente, desdela “gracia” de San Agustín hasta la “justificación” de Kierkegaard, pasandopor Santo Tomás y por Calvino? Si prefieren algo en Castellano les puedocitar el caso de José Ortega y Gasset, considerado entre los filósofos de sutiempo como “el primero de España y el quinto de Alemania”. Ortega se crió alos pechos de la lengua filosófica o taurina por excelencia, el castellano;pero a pesar de eso su inclinación germanófila le impidió entender nuncanada del toreo ni de filosofía: tenía que traducir al alemán para entenderlo que pensaba. De ahí que elaborara el complicado circunloquio “yo soy y micircunstancia” para decir lo que un aficionado normal suelta con claridadática:- Si hay toro, no hay torero. Si hay torero, no hay toro.O bien, si se prefiere el orteguiano pronombre de primera persona, lo quedice cualquier novillero sin caballos:- Si el toro me embiste, yo armo el lío.Fue de Ortega y Gasset, precisamente, de quien le dijeron a Rafael “ElGallo” que era un “filósofo”. Y el torero, tras darle dos chupadasreflexivas al puro, comentó con magnanimidad:- Hay gente pa tó. (Tomado de la revista 6 Toros 6, 14 de julio de 1998)
martes, 22 de mayo de 2007
martes, 8 de mayo de 2007
INSTRUCCIONES PARA LLORAR
Esteban Ortiz Mena
Estaba jugando al toro con mi sobrino de cinco años y en un arranque de entusiasmo, el toro (que era yo) se coló por el pitón izquierdo provocando una seria voltereta al pequeño torero. En vez de ir a la enfermería como hubiera correspondido, Ignacio José (así se llama el torero) se puso de pie y con un gruñido salió corriendo donde su mamá: se puso a llorar. Además del susto que me llevé (y el odio por ser un toro “tonto” y “malo, ya no quiero jugar contigo”) me acordé de que en el mundo también existe la posibilidad de llorar.
Es probable que lo que más extrañe de mi infancia sea esa capacidad de llanto y alarido. Ir corriendo libremente donde mi madre, con lágrimas en los ojos gritando sin que me importe nada más que mi lamento (y los motivos que lo producen) es algo que asombrosamente olvidamos con el pasar de los años.
Las lágrimas vienen cuando existen sentimientos y sensaciones, es lo que siempre lo produce, generando sensibilidad. Aunque quizás no se genera algo, se lo expresa. Por que no es malo llorar, sino que muchas veces lo evitamos para esconder nuestros sentimientos por que creemos que eso nos vuelve vulnerables. Pero la vulnerabilidad no viene acompañada de lágrimas, sino de comportamientos, por eso se vuelve necesario llorar.
El llanto completo, luego de los motivos que lo generan, tiene la característica de venir acompañado de una contracción del rostro, lágrimas en los ojos y mocos. Pero los mocos vienen al final, pues el llanto se acaba el momento en que uno se suena enérgicamente. En el caso de los niños, esto viene acompañado con manga de saco directo a la nariz y usualmente en el rincón del cuarto.
Cuando Ignacio José lloraba me acordé que hace poco me pasó lo mismo. Quizás me sentí identificado. Ya no tengo cuarto y menos rincón con esquina; pero si tengo plaza de toros. Claro que no siempre lloro en una plaza, otras veces me enojo y de vez en cuando me aburro (cosa que no debería pasar nunca, pero pasa). Pero cuando se apagan las luces en una plaza, como por ejemplo la coqueta Belmonte para dar paso a la torería y a Morante; cuando sale un toro y se le hace una faena sólida, por ejemplo en la Plaza Quito; cuando salta al ruedo un bravo toro y le dan la vuelta al ruedo como ocurrió en esta Feria 2006; o sino simplemente cuando sale un toro con trapío; o cuando sale un toro al que se le perdona la vida (¡imagínense lo que ocurre cuando son dos!), y si todo esto pasa casi al mismo tiempo… ahí lloro. El toreo es tan grande que desborda lo que sentimos, nos llena tanto el alma que logra humedecer nuestros ojos con mucha facilidad.
Y cuando todo esto está ligado a un mismo actor, tiene más mérito aún: José Luis Cobo.
El Albero Peña Taurina ha instituido desde hace algunos años su trofeo “a la torería” en la Feria de Quito y lo venimos entregando anualmente. Luego de lo que vivimos, hasta podríamos renombrarlo. Porque apelamos a lo que nos hace sentir; y en definitiva, a vivir la vida como un sueño. Tomando prestadas unas palabras de Fernando Claramunt, los toros “me han ayudado a comprender que, por la práctica repetida de una conducta irracional y apasionada, descubre uno mejor la distancia entre los sueños y la realidad”, haciendo que podamos vivir con “intensidad momentos irrepetibles e inolvidables”. (Claramunt, Fernando; Aroma de Torería, ed Tutor, Madrid 2001, p9.)
Cómo no acordarse de aquella noche en la Belmonte, con sus luces apagadas. Con la garganta desgarrada de tanto corear ¡olés! a Morante; el alma exaltada y los ojos lagunosos. Por supuesto: primer llanto, lágrimas y torrentes de agua en una noche mágica. Faltó poco para el emperro, porque no queríamos que se acabe.
El toreo es un ejercicio espiritual y por lo tanto, carece de sonidos cuando brotan los sentimientos.
Lo disfrutábamos, en nuestra soledad (a pesar de que la plaza estaba llena) aquellos momentos con intensidad. Es que los toros están hechos de momentos y a más intensidad, más profundos se vuelven; más calan en nuestros sentidos. Ahí aprendí que en eso radica el arte: en revolver los sentimientos y llorar. “Los sentimientos son pensamientos en conmoción” decía Unamuno… pues en eso también, porque el pensar es un sentir y “la emoción del toreo, para el que lo hace como para el que lo ve, nace de ese pensamiento conmovido” (Bergamín José, La música callada del toreo, ed. Tuner, Madrid 1994, p8.)
Luego fue Huagrahuasi: vueltas al ruedo y el primer indulto. ¡Qué vergüenza ni que comentario de vecino! ¡Y qué importa llorar de emoción!
Hasta que ya de plano, el agua empezó a caer por todos lados: todos lloraban, incluido el cielo. La famosa “corrida de la lluvia” no hubiera sido histórica si un toro de Triana no hubiera bebido agua del centro del ruedo… Llorar, como la torería, es un complemento del pensamiento conmovido que cuando brota en una plaza, nadie que así lo sienta, lo puede contener.
¡Qué poco se necesita para volver a ser niño!
Creo que esta vez sobran los motivos y las explicaciones: El Albero a la torería 2007 a José Luis Cobo. Gracias por ser el cómplice de hacernos llorar. ¡Enhorabuena!
Estaba jugando al toro con mi sobrino de cinco años y en un arranque de entusiasmo, el toro (que era yo) se coló por el pitón izquierdo provocando una seria voltereta al pequeño torero. En vez de ir a la enfermería como hubiera correspondido, Ignacio José (así se llama el torero) se puso de pie y con un gruñido salió corriendo donde su mamá: se puso a llorar. Además del susto que me llevé (y el odio por ser un toro “tonto” y “malo, ya no quiero jugar contigo”) me acordé de que en el mundo también existe la posibilidad de llorar.
Es probable que lo que más extrañe de mi infancia sea esa capacidad de llanto y alarido. Ir corriendo libremente donde mi madre, con lágrimas en los ojos gritando sin que me importe nada más que mi lamento (y los motivos que lo producen) es algo que asombrosamente olvidamos con el pasar de los años.
Las lágrimas vienen cuando existen sentimientos y sensaciones, es lo que siempre lo produce, generando sensibilidad. Aunque quizás no se genera algo, se lo expresa. Por que no es malo llorar, sino que muchas veces lo evitamos para esconder nuestros sentimientos por que creemos que eso nos vuelve vulnerables. Pero la vulnerabilidad no viene acompañada de lágrimas, sino de comportamientos, por eso se vuelve necesario llorar.
El llanto completo, luego de los motivos que lo generan, tiene la característica de venir acompañado de una contracción del rostro, lágrimas en los ojos y mocos. Pero los mocos vienen al final, pues el llanto se acaba el momento en que uno se suena enérgicamente. En el caso de los niños, esto viene acompañado con manga de saco directo a la nariz y usualmente en el rincón del cuarto.
Cuando Ignacio José lloraba me acordé que hace poco me pasó lo mismo. Quizás me sentí identificado. Ya no tengo cuarto y menos rincón con esquina; pero si tengo plaza de toros. Claro que no siempre lloro en una plaza, otras veces me enojo y de vez en cuando me aburro (cosa que no debería pasar nunca, pero pasa). Pero cuando se apagan las luces en una plaza, como por ejemplo la coqueta Belmonte para dar paso a la torería y a Morante; cuando sale un toro y se le hace una faena sólida, por ejemplo en la Plaza Quito; cuando salta al ruedo un bravo toro y le dan la vuelta al ruedo como ocurrió en esta Feria 2006; o sino simplemente cuando sale un toro con trapío; o cuando sale un toro al que se le perdona la vida (¡imagínense lo que ocurre cuando son dos!), y si todo esto pasa casi al mismo tiempo… ahí lloro. El toreo es tan grande que desborda lo que sentimos, nos llena tanto el alma que logra humedecer nuestros ojos con mucha facilidad.
Y cuando todo esto está ligado a un mismo actor, tiene más mérito aún: José Luis Cobo.
El Albero Peña Taurina ha instituido desde hace algunos años su trofeo “a la torería” en la Feria de Quito y lo venimos entregando anualmente. Luego de lo que vivimos, hasta podríamos renombrarlo. Porque apelamos a lo que nos hace sentir; y en definitiva, a vivir la vida como un sueño. Tomando prestadas unas palabras de Fernando Claramunt, los toros “me han ayudado a comprender que, por la práctica repetida de una conducta irracional y apasionada, descubre uno mejor la distancia entre los sueños y la realidad”, haciendo que podamos vivir con “intensidad momentos irrepetibles e inolvidables”. (Claramunt, Fernando; Aroma de Torería, ed Tutor, Madrid 2001, p9.)
Cómo no acordarse de aquella noche en la Belmonte, con sus luces apagadas. Con la garganta desgarrada de tanto corear ¡olés! a Morante; el alma exaltada y los ojos lagunosos. Por supuesto: primer llanto, lágrimas y torrentes de agua en una noche mágica. Faltó poco para el emperro, porque no queríamos que se acabe.
El toreo es un ejercicio espiritual y por lo tanto, carece de sonidos cuando brotan los sentimientos.
Lo disfrutábamos, en nuestra soledad (a pesar de que la plaza estaba llena) aquellos momentos con intensidad. Es que los toros están hechos de momentos y a más intensidad, más profundos se vuelven; más calan en nuestros sentidos. Ahí aprendí que en eso radica el arte: en revolver los sentimientos y llorar. “Los sentimientos son pensamientos en conmoción” decía Unamuno… pues en eso también, porque el pensar es un sentir y “la emoción del toreo, para el que lo hace como para el que lo ve, nace de ese pensamiento conmovido” (Bergamín José, La música callada del toreo, ed. Tuner, Madrid 1994, p8.)
Luego fue Huagrahuasi: vueltas al ruedo y el primer indulto. ¡Qué vergüenza ni que comentario de vecino! ¡Y qué importa llorar de emoción!
Hasta que ya de plano, el agua empezó a caer por todos lados: todos lloraban, incluido el cielo. La famosa “corrida de la lluvia” no hubiera sido histórica si un toro de Triana no hubiera bebido agua del centro del ruedo… Llorar, como la torería, es un complemento del pensamiento conmovido que cuando brota en una plaza, nadie que así lo sienta, lo puede contener.
¡Qué poco se necesita para volver a ser niño!
Creo que esta vez sobran los motivos y las explicaciones: El Albero a la torería 2007 a José Luis Cobo. Gracias por ser el cómplice de hacernos llorar. ¡Enhorabuena!
domingo, 22 de abril de 2007
TROFEO EL ALBERO EN LA FERIA DE RIOBAMBA
El toro bravo cumple con su función: embestir con furia sin importarle dónde esté ni quién esté delante. Creemos que este elemento es fundamental para sostener un espectáculo, para poder brindar emociones.
Salvador Dalí decía con mucha sensatez que “lo mínimo que se le puede pedir a una escultura es que se esté quieta”. El Albero Peña Taurina, adaptando esta frase a la lidia, diría: “lo mínimo que se le puede pedir a un toro de lidia es que sea bravo” ha decidido otorgar el trofeo El Albero en la Feria de Riobamba 2007 a la ganadería de La Ensenada por el rotundo éxito, el aroma a toro bravo y la torería de la casta gracias al ejemplar lidiado por el matador Guillermo Albán que mereció el indulto.
También, como mención especial, El Albero Peña Taurina quiere expresar su reconocimiento a la afición y de manera puntual a la afición de la ciudad de Riobamba que con decisión y entrega acude a la plaza de toros en busca de emociones donde se demuestra su adecuado comportamiento y entusiasmo por la Fiesta de los Toros.
viernes, 20 de abril de 2007
¿Qué es torear?
Esteban Ortiz Mena
Voy a empezar con una frase de Fernando Claramunt López que recoge con mucha claridad las aguas por donde vamos a navegar durante esta conferencia: “Me he puesto, con variada fortuna, delante de las becerras en todos los tentaderos que he podido, desde la niñez hasta una edad más avanzada de lo razonable. He intentado siempre respetar las normas clásicas, al menos desde Paquiro en adelante, a sabiendas de que, sin ser profesional, es inevitable realizar toreo cómico sin querer. No me arrepiento. He vivido con intensidad momentos irrepetibles e inolvidables; me han ayudado a comprender que, por la práctica repetida de una conducta irracional y apasionada, descubre uno mejor la distancia entre los sueños y la realidad”.
Los toros ayudan a vivir. En palabras de Víctor Gómez Pin, “la escuela más sobria de vida”. Eso es torear. Bueno, eso es en realidad lo que representa, pero no hemos definido con claridad ¿qué es torear? Ahora bien, ¿Qué es torear a un toro? Depende… Las definiciones cubren un amplio abanico, aunque en un arte tan subjetivo como este, tampoco sirven mucho los conceptos: todo es subjetivo. El torear puede ser tan amplio como las veces que vemos a un torero en una plaza y gritamos “¡Eso es torear!”. Cuantas veces decimos lo mismo cuando gritamos ¡Ole! en una plaza. Por eso, torear a un toro… depende.
Pero antes de eso, es importante desmenuzar varias ideas que giran alrededor de la pregunta:
Volviendo sobre las palabras iniciales de Claramunt, el toreo tiene mucho de conducta irracional y apasionada que nos llevan a ese lugar donde se encuentra la realidad, muchas veces dura y difícil. Hay dos valores que creo deben marcar la vida de un torero: liberta y pasión. Sobre la libertad no vamos a hablar ya que no corresponde, pero sí sobre la pasión. Cuando existe esta pasión, el torero se arrima, disfruta y se entrega, condiciones básicas para poder torear. Es ahí donde se generar las sensaciones íntimas que sentimos al momento de torear.
Por eso, tienen que entender que torear, sin lugar a duda, es lo más grande. Pero también es lo más duro. La irracionalidad viene acompañada de la realidad, que ya de por sí es compleja, que se mezcla con la crudeza de la actividad que el torero realiza. Esta crudeza (que no es violencia, ya que el toreo no es violento por naturaleza) se une al hecho de entender que la profesión a la que se dedican se relaciona con un sentido trágico en último término. Por supuesto que el torero jamás sale a la plaza pensando en que va a morir. O sino no iría nunca. Pero si piensa en la cornada, en el riesgo, la incertidumbre… y todo eso genera miedo. Pero es maravilloso. Sí, torear es un sentimiento y como todo sentimiento, es completamente subjetivo.
Pero al referirse a la grandeza en la vida, estamos hablando de palabras mayores que hay que empezar a entender y para eso uno ejemplo:
Enrique Ponce tuvo un percance muy fuerte en León, donde una costilla le perforó el pulmón (o algo así) además de una seria cornada que por suerte no tuvo consecuencias. Cuentan los que estaban con él que apenas pudo levantarse de la cama del hospital, algo adolorido, cogió una toalla y empezó a lancear. Conciente de lo que hacía, habiendo estando al borde de la muerte, dijo “el toreo es grandeza”. Se pueden imaginar ustedes, una persona que estuvo a punto de morir por torear, luego de tantos dolores y molestias causadas por esta actividad, que se levante de una cama donde estaba postrado y vuelva a hacer lo que le llevó a ese estado. Es de locos. En eso radica la grandeza.
En superar adversidades, en ser mejores, en persistir… y lo que es peor, jugar (sin ser juego) con una profesión que en cualquier momento puede tener consecuencias gravísimas, pero que sin duda el toreo hace que se sobrepongan a adversidades tan extremas como la muerte para volver a ella, a seguir desafiando.
Esta grandeza solo lo puede comprender quien torea y sobre todo, y lo más importante, cuando lleva una vida de entrega, sin excesos, y se dedica por entero a su profesión. Tenemos que entender que esta es una profesión como cualquier otra. Sacrificada, competitiva, dura… que comulga con un elemento distinto a cualquier otra actividad: el rito y la espiritualidad. Y eso, insisto, es lo que le hace grande.
José Miguel Arroyo “Joselito” estaba consciente de que el éxito sólo se alcanza con una entrega sin límites. Así, en su etapa de novillero le dice a su apoderado Enrique Martín Arranz que quería tomar la alternativa a lo que este asintió. Entonces le preguntó: “¿Qué debo hacer para ser figura del toreo?” Y le respondió una frase, que cuenta, asumió desde que se hizo matador: “Para ser máxima figura del toreo tendrás que cumplir con lo que Winston Churchill ofreció a su pueblo en su histórica frase: “sangre, sudor y lágrimas”.
Hablar del torero es hablar de la persona. Eso es fundamental, y una vez que tenemos identificada a la persona, podemos hablar sobre ¿qué es torear? Antes imposible.
“Yo ya dije un día que lo de la técnica me sonaba al funcionamiento de las lavadoras. Mire usted: el toreo hay que llevarlo en la sangre y en la cal de los huesos, y eso se lleva o no se lleva. Lo de la técnica es un cuento que se han inventado algunos periodistas, pero eso no existe. Existe conocimiento, experiencia y práctica, pero lo demás es cuento. En cambio, lo de arrimarse sí es un término muy torero. Arrimarse, pero con cabeza, con inteligencia. Aquí de mandanga no se puede ir…” (Rafael de Paula)
Por eso, yo ya lo he dicho en varias oportunidades, que a un torero se le puede perdonar todo… menos falta de ambición.
¿Qué es torear? Es ser uno mismo, es ser personas. Es el ser a su máxima expresión: torería como valor supremo.
Torería
“¿Qué es lo que hay entre nosotros que nos une tanto? Torería”. Así se refería Morante de la Puebla de Rafael de Paula
Pues entonces ¿qué es la torería? La torería es un valor de actitud. Pero no todo el que tiene actitud tiene torería. Se trata de una cualidad como la caballerosidad, la caballería de don Quijote, su romanticismo. Dentro de la torería, se engloban nociones como la “lealtad a la palabra dada, cortesía, nobleza, valentía que lleva a realizar proezas, la idea de la fama y la del honor, sobre todo la del honor. Se trata de una mezcla de sentimientos guerreros, aristocráticos y cristianos que cada cual interpreta como puede… corresponde, además, el ideal del amor cortés y una serie de actitudes idealizadas de devoción hacia la mujer…” (Fernando Claramunt)
Don Quijote de la Mancha, sin ser torero y allá por 1505, fue el primero en entender el principio de torería del que tenemos noticia como un principio de actitud. Don Quijote, viejo, sale en busca de aventuras luego de que Cervantes lo enloquece, le da de comer un aguado bacalao y en vez de hacerlo caballero con trompetas y redoblantes (no sé si había redoblantes en esa época, en fin) con el silbato del castrador de puercos. “No tardarán en llegar las pedradas, las borrascas de guijarros, los garrotazos y puñadas” sólo para reivindicar y proclamar la hermosura de su amada Dulcinea del Toboso.
Sin embargo, no creo que Don Quijote haya sido el único. La torería como un atrevimiento osado, con gracia y elegancia frente al peligro, existe desde que el hombre se enfrentó al toro y desde que vive rodeado de sensibilidades.
Es vivir en base a principios. Elevar el concepto del honor a su máxima expresión, vivir con altura y con verdad: esto se traduce en lo que sucede en una plaza de toros cuando el torero se enfrenta con el toro en un rito estético de vida y muerte. Al toro no le decimos mentiras, en ese juego están el toro y el torero. El torero le presenta la muleta de frente, dando el pecho y exponiendo el muslo, ¿qué más se puede pedir? Y lo hace siempre de frente, con hidalguía.
El toreo es elegancia, buen gusto, detalles. Así se crea una persona porque decíamos que para poder ser torero, primero hay que ser persona. Estos valores, que son muy subjetivos sin duda, son parte inherente de esta profesión. Sin lo uno, no existe lo otro. Son principios de vida que cada uno los tiene que asumir para poder llegar a ser personas, luego aficionados y por último toreros.
Maneras de torear
¿Qué es torear? Me parece que es muy limitado decir que torear es burlar con arte y estética las embestidas del toro porque es un concepto que va mucho más allá. Porque como decía antes, el arte es sentimiento. ¿Quién puede describir un sentimiento? Nadie, sólo hay que cerrar los ojos y sentirlo. Esa es la mejor definición.
Belmonte decía: “Se torea como se es” y quizás en estas pocas palabras se encuentra el sentido de torear para el torero. Es categórico: no se puede torear de ninguna otra forma sino como uno es. Por eso cada cual torea distinto, cada cual hace e interpreta a su manera el toreo y lo expresa de la misma forma: su forma. Por eso hay cuantas maneras de torear y de entender tantas como toreros existen.
Sin duda que estas expresiones se unen con la forma como cada quien lleva su profesión y lleva su vida personal. Por eso es tan importante la torería, para poder torear de verdad.
Como dice Antonio Caballero, cuando hablo de maneras de torear no me refiero a estilos ni a escuelas, ni a técnicas; sino más bien a caracteres: a personalidades. Porque lo que de verdad diferencia a los artistas los unos a los otros es la personalidad, más que el talento o el estilo. Y de todas las artes, aquella en la que más cuenta la personalidad y más huella deja la expresión individual de cada artista es en el toreo.
Por eso, cada cual asume a su manera, pero lo debe hacer de verdad y usualmente tiende a una manera de torear. Tomando y citando la clasificación que hace Antonio Caballero, creo que es importante tomar sus siete pilares del toreo para poder explicar aquí, no que existen siete formas de torear (ya lo mencioné, se torea como se es) pero si características en los que en más o en menos, los toreros siempre tienden a encasillarse:
EL TOREO HONDO: El artista, el toreo clásico en palabras de Paula, si mayor exponente actual. Hoy por hoy, en activo, Morante de la Puebla. Es el toreo fugaz por naturaleza, improvisado, sólo puede expresarse cuando se está ahí, delante del toro: el artista no puede esperar a que la inspiración venga a la cita, como sí puede esperar días y noches su llegada caprichosa un poeta. Eso tiene la consecuencia de que en los toros son muy raras las tardes de arte, y aun dentro de las tardes los chispazos de arte. Porque para que surjan se requiere una casi imposible conjunción de elementos: el torero, el toro y el momento. Es un arte instantáneo, y del instante único y exacto.
EL TOREO NATURAL: como el de Manzanares. La clase, que no es lo mismo que el arte. Da lo mismo si es en una plaza de responsabilidad severa, como Madrid, o Bilbao, o Sevilla; o si es en l aalegría sin consecuencias de un festival benéfico; o si es simplemente en un tentadero en su propia casa, sin testigos. En todas partes, en donde sea, José Mari Manzanares torea como quien respira. ¿Respiran ustedes, de manera distinta en un lugar o en otro, digamos en la Maestranza de Sevilla un Domingo de Resurrección o frente al televisor en la sala de su casa? Si; probablemente, sí. Pero usted no es José Mari Manzanares.
Todo arte es artificio, desde luego, y el del toreo no es una excepción. Pero hay modos del arte en los cuales el artificio es natural. No imita a la naturaleza, sino que es ella misma en su vasto respirar cósmico. Es un don recibido del cielo que distingue ciertos músicos, ciertos poetas: Mozart, a Verlaine. En ellos, el arte sale solo, como desprovisto de intervención humana. Quiero decir, de intervención de la voluntad humana. Así es el arte del toreo de José Mari Manzanares. Un arte natural.
EL TOERO HERÓICO: El héroe, el mito, el gladiador como César Rincón. El toreo es, por supuesto, un oficio de héroes: de hombres muy valerosos que se juegan la vida. Es el único oficio heroico que queda en un mundo obsesionado por la seguridad, con la posible excpeción del de bombero. Pero los bomberos no se juegan la vida por el arte, sino por la necesidad: alguien tiene que apagar los incendios; y en cambio no es necesario que nadie se enfrente a los toros bravos. Antoñete decía que el toreo heroico es el toreo de siempre. Distancia al toro; técnica porque sin ella es imposible el cite de largo; enganchar al toro en la panza de la muleta y llevárselo atrás; y hacerlo templado, rítmico. Eso es dominio, y cuando todo ocurre así, se manifiesta la belleza y se produce arte. Y eso tiene un enorme mérito porque supone contar con un valor a toda prueba. Parece fácil, pero hay que hacerlo.
EL TOREO ROMÁNTICO: Como el de José Miguel Arroyo, Joselito. El romántico, el de otros tiempo. Ese toreo rancio, sabor antiguo muy personal, muy individual. Callado. Toreo asentado, y a la vez relajado. Sin prisas. Todo se hace despacio en el toreo, para que quede bien hecho. Se entra a la suerte sin prisas, se sale sin prisas de la suerte. Clásico: “yo me fijo mucho en las cosas antiguas e intento ser lo más clásico posible” ha dicho Joselito. Como todos los románticos. Porque los románticos tiene la nostalgia del equilibrio clásico.
EL TOREO PERFECTO: el de Enrique Ponce. El toreo a prueba de equivocaciones, el toreo inteligente y completo como torero.
EL TOREO ALEGRE: siendo valuarte de esta categoría El Cordobés. En la alegría de la fiesta está el origen del toreo, y también está su permanencia. Dejen esto solo en manos de los artistas serios, y a ver qué pasa.
EL TOREO ESPIRITUAL: Belmonte decía que el toreo es una actividad del espíritu. El toreo espiritual es el de José Tomás: dictado desde adentro, desde las potencias del alma; o desde arriba, desde Dios; o desde un principio oscuro de inmanencia, como está el árbol presente en la semilla; o, teológicamente, desde un inexorable deber ser.
Voy a empezar con una frase de Fernando Claramunt López que recoge con mucha claridad las aguas por donde vamos a navegar durante esta conferencia: “Me he puesto, con variada fortuna, delante de las becerras en todos los tentaderos que he podido, desde la niñez hasta una edad más avanzada de lo razonable. He intentado siempre respetar las normas clásicas, al menos desde Paquiro en adelante, a sabiendas de que, sin ser profesional, es inevitable realizar toreo cómico sin querer. No me arrepiento. He vivido con intensidad momentos irrepetibles e inolvidables; me han ayudado a comprender que, por la práctica repetida de una conducta irracional y apasionada, descubre uno mejor la distancia entre los sueños y la realidad”.
Los toros ayudan a vivir. En palabras de Víctor Gómez Pin, “la escuela más sobria de vida”. Eso es torear. Bueno, eso es en realidad lo que representa, pero no hemos definido con claridad ¿qué es torear? Ahora bien, ¿Qué es torear a un toro? Depende… Las definiciones cubren un amplio abanico, aunque en un arte tan subjetivo como este, tampoco sirven mucho los conceptos: todo es subjetivo. El torear puede ser tan amplio como las veces que vemos a un torero en una plaza y gritamos “¡Eso es torear!”. Cuantas veces decimos lo mismo cuando gritamos ¡Ole! en una plaza. Por eso, torear a un toro… depende.
Pero antes de eso, es importante desmenuzar varias ideas que giran alrededor de la pregunta:
Volviendo sobre las palabras iniciales de Claramunt, el toreo tiene mucho de conducta irracional y apasionada que nos llevan a ese lugar donde se encuentra la realidad, muchas veces dura y difícil. Hay dos valores que creo deben marcar la vida de un torero: liberta y pasión. Sobre la libertad no vamos a hablar ya que no corresponde, pero sí sobre la pasión. Cuando existe esta pasión, el torero se arrima, disfruta y se entrega, condiciones básicas para poder torear. Es ahí donde se generar las sensaciones íntimas que sentimos al momento de torear.
Por eso, tienen que entender que torear, sin lugar a duda, es lo más grande. Pero también es lo más duro. La irracionalidad viene acompañada de la realidad, que ya de por sí es compleja, que se mezcla con la crudeza de la actividad que el torero realiza. Esta crudeza (que no es violencia, ya que el toreo no es violento por naturaleza) se une al hecho de entender que la profesión a la que se dedican se relaciona con un sentido trágico en último término. Por supuesto que el torero jamás sale a la plaza pensando en que va a morir. O sino no iría nunca. Pero si piensa en la cornada, en el riesgo, la incertidumbre… y todo eso genera miedo. Pero es maravilloso. Sí, torear es un sentimiento y como todo sentimiento, es completamente subjetivo.
Pero al referirse a la grandeza en la vida, estamos hablando de palabras mayores que hay que empezar a entender y para eso uno ejemplo:
Enrique Ponce tuvo un percance muy fuerte en León, donde una costilla le perforó el pulmón (o algo así) además de una seria cornada que por suerte no tuvo consecuencias. Cuentan los que estaban con él que apenas pudo levantarse de la cama del hospital, algo adolorido, cogió una toalla y empezó a lancear. Conciente de lo que hacía, habiendo estando al borde de la muerte, dijo “el toreo es grandeza”. Se pueden imaginar ustedes, una persona que estuvo a punto de morir por torear, luego de tantos dolores y molestias causadas por esta actividad, que se levante de una cama donde estaba postrado y vuelva a hacer lo que le llevó a ese estado. Es de locos. En eso radica la grandeza.
En superar adversidades, en ser mejores, en persistir… y lo que es peor, jugar (sin ser juego) con una profesión que en cualquier momento puede tener consecuencias gravísimas, pero que sin duda el toreo hace que se sobrepongan a adversidades tan extremas como la muerte para volver a ella, a seguir desafiando.
Esta grandeza solo lo puede comprender quien torea y sobre todo, y lo más importante, cuando lleva una vida de entrega, sin excesos, y se dedica por entero a su profesión. Tenemos que entender que esta es una profesión como cualquier otra. Sacrificada, competitiva, dura… que comulga con un elemento distinto a cualquier otra actividad: el rito y la espiritualidad. Y eso, insisto, es lo que le hace grande.
José Miguel Arroyo “Joselito” estaba consciente de que el éxito sólo se alcanza con una entrega sin límites. Así, en su etapa de novillero le dice a su apoderado Enrique Martín Arranz que quería tomar la alternativa a lo que este asintió. Entonces le preguntó: “¿Qué debo hacer para ser figura del toreo?” Y le respondió una frase, que cuenta, asumió desde que se hizo matador: “Para ser máxima figura del toreo tendrás que cumplir con lo que Winston Churchill ofreció a su pueblo en su histórica frase: “sangre, sudor y lágrimas”.
Hablar del torero es hablar de la persona. Eso es fundamental, y una vez que tenemos identificada a la persona, podemos hablar sobre ¿qué es torear? Antes imposible.
“Yo ya dije un día que lo de la técnica me sonaba al funcionamiento de las lavadoras. Mire usted: el toreo hay que llevarlo en la sangre y en la cal de los huesos, y eso se lleva o no se lleva. Lo de la técnica es un cuento que se han inventado algunos periodistas, pero eso no existe. Existe conocimiento, experiencia y práctica, pero lo demás es cuento. En cambio, lo de arrimarse sí es un término muy torero. Arrimarse, pero con cabeza, con inteligencia. Aquí de mandanga no se puede ir…” (Rafael de Paula)
Por eso, yo ya lo he dicho en varias oportunidades, que a un torero se le puede perdonar todo… menos falta de ambición.
¿Qué es torear? Es ser uno mismo, es ser personas. Es el ser a su máxima expresión: torería como valor supremo.
Torería
“¿Qué es lo que hay entre nosotros que nos une tanto? Torería”. Así se refería Morante de la Puebla de Rafael de Paula
Pues entonces ¿qué es la torería? La torería es un valor de actitud. Pero no todo el que tiene actitud tiene torería. Se trata de una cualidad como la caballerosidad, la caballería de don Quijote, su romanticismo. Dentro de la torería, se engloban nociones como la “lealtad a la palabra dada, cortesía, nobleza, valentía que lleva a realizar proezas, la idea de la fama y la del honor, sobre todo la del honor. Se trata de una mezcla de sentimientos guerreros, aristocráticos y cristianos que cada cual interpreta como puede… corresponde, además, el ideal del amor cortés y una serie de actitudes idealizadas de devoción hacia la mujer…” (Fernando Claramunt)
Don Quijote de la Mancha, sin ser torero y allá por 1505, fue el primero en entender el principio de torería del que tenemos noticia como un principio de actitud. Don Quijote, viejo, sale en busca de aventuras luego de que Cervantes lo enloquece, le da de comer un aguado bacalao y en vez de hacerlo caballero con trompetas y redoblantes (no sé si había redoblantes en esa época, en fin) con el silbato del castrador de puercos. “No tardarán en llegar las pedradas, las borrascas de guijarros, los garrotazos y puñadas” sólo para reivindicar y proclamar la hermosura de su amada Dulcinea del Toboso.
Sin embargo, no creo que Don Quijote haya sido el único. La torería como un atrevimiento osado, con gracia y elegancia frente al peligro, existe desde que el hombre se enfrentó al toro y desde que vive rodeado de sensibilidades.
Es vivir en base a principios. Elevar el concepto del honor a su máxima expresión, vivir con altura y con verdad: esto se traduce en lo que sucede en una plaza de toros cuando el torero se enfrenta con el toro en un rito estético de vida y muerte. Al toro no le decimos mentiras, en ese juego están el toro y el torero. El torero le presenta la muleta de frente, dando el pecho y exponiendo el muslo, ¿qué más se puede pedir? Y lo hace siempre de frente, con hidalguía.
El toreo es elegancia, buen gusto, detalles. Así se crea una persona porque decíamos que para poder ser torero, primero hay que ser persona. Estos valores, que son muy subjetivos sin duda, son parte inherente de esta profesión. Sin lo uno, no existe lo otro. Son principios de vida que cada uno los tiene que asumir para poder llegar a ser personas, luego aficionados y por último toreros.
Maneras de torear
¿Qué es torear? Me parece que es muy limitado decir que torear es burlar con arte y estética las embestidas del toro porque es un concepto que va mucho más allá. Porque como decía antes, el arte es sentimiento. ¿Quién puede describir un sentimiento? Nadie, sólo hay que cerrar los ojos y sentirlo. Esa es la mejor definición.
Belmonte decía: “Se torea como se es” y quizás en estas pocas palabras se encuentra el sentido de torear para el torero. Es categórico: no se puede torear de ninguna otra forma sino como uno es. Por eso cada cual torea distinto, cada cual hace e interpreta a su manera el toreo y lo expresa de la misma forma: su forma. Por eso hay cuantas maneras de torear y de entender tantas como toreros existen.
Sin duda que estas expresiones se unen con la forma como cada quien lleva su profesión y lleva su vida personal. Por eso es tan importante la torería, para poder torear de verdad.
Como dice Antonio Caballero, cuando hablo de maneras de torear no me refiero a estilos ni a escuelas, ni a técnicas; sino más bien a caracteres: a personalidades. Porque lo que de verdad diferencia a los artistas los unos a los otros es la personalidad, más que el talento o el estilo. Y de todas las artes, aquella en la que más cuenta la personalidad y más huella deja la expresión individual de cada artista es en el toreo.
Por eso, cada cual asume a su manera, pero lo debe hacer de verdad y usualmente tiende a una manera de torear. Tomando y citando la clasificación que hace Antonio Caballero, creo que es importante tomar sus siete pilares del toreo para poder explicar aquí, no que existen siete formas de torear (ya lo mencioné, se torea como se es) pero si características en los que en más o en menos, los toreros siempre tienden a encasillarse:
EL TOREO HONDO: El artista, el toreo clásico en palabras de Paula, si mayor exponente actual. Hoy por hoy, en activo, Morante de la Puebla. Es el toreo fugaz por naturaleza, improvisado, sólo puede expresarse cuando se está ahí, delante del toro: el artista no puede esperar a que la inspiración venga a la cita, como sí puede esperar días y noches su llegada caprichosa un poeta. Eso tiene la consecuencia de que en los toros son muy raras las tardes de arte, y aun dentro de las tardes los chispazos de arte. Porque para que surjan se requiere una casi imposible conjunción de elementos: el torero, el toro y el momento. Es un arte instantáneo, y del instante único y exacto.
EL TOREO NATURAL: como el de Manzanares. La clase, que no es lo mismo que el arte. Da lo mismo si es en una plaza de responsabilidad severa, como Madrid, o Bilbao, o Sevilla; o si es en l aalegría sin consecuencias de un festival benéfico; o si es simplemente en un tentadero en su propia casa, sin testigos. En todas partes, en donde sea, José Mari Manzanares torea como quien respira. ¿Respiran ustedes, de manera distinta en un lugar o en otro, digamos en la Maestranza de Sevilla un Domingo de Resurrección o frente al televisor en la sala de su casa? Si; probablemente, sí. Pero usted no es José Mari Manzanares.
Todo arte es artificio, desde luego, y el del toreo no es una excepción. Pero hay modos del arte en los cuales el artificio es natural. No imita a la naturaleza, sino que es ella misma en su vasto respirar cósmico. Es un don recibido del cielo que distingue ciertos músicos, ciertos poetas: Mozart, a Verlaine. En ellos, el arte sale solo, como desprovisto de intervención humana. Quiero decir, de intervención de la voluntad humana. Así es el arte del toreo de José Mari Manzanares. Un arte natural.
EL TOERO HERÓICO: El héroe, el mito, el gladiador como César Rincón. El toreo es, por supuesto, un oficio de héroes: de hombres muy valerosos que se juegan la vida. Es el único oficio heroico que queda en un mundo obsesionado por la seguridad, con la posible excpeción del de bombero. Pero los bomberos no se juegan la vida por el arte, sino por la necesidad: alguien tiene que apagar los incendios; y en cambio no es necesario que nadie se enfrente a los toros bravos. Antoñete decía que el toreo heroico es el toreo de siempre. Distancia al toro; técnica porque sin ella es imposible el cite de largo; enganchar al toro en la panza de la muleta y llevárselo atrás; y hacerlo templado, rítmico. Eso es dominio, y cuando todo ocurre así, se manifiesta la belleza y se produce arte. Y eso tiene un enorme mérito porque supone contar con un valor a toda prueba. Parece fácil, pero hay que hacerlo.
EL TOREO ROMÁNTICO: Como el de José Miguel Arroyo, Joselito. El romántico, el de otros tiempo. Ese toreo rancio, sabor antiguo muy personal, muy individual. Callado. Toreo asentado, y a la vez relajado. Sin prisas. Todo se hace despacio en el toreo, para que quede bien hecho. Se entra a la suerte sin prisas, se sale sin prisas de la suerte. Clásico: “yo me fijo mucho en las cosas antiguas e intento ser lo más clásico posible” ha dicho Joselito. Como todos los románticos. Porque los románticos tiene la nostalgia del equilibrio clásico.
EL TOREO PERFECTO: el de Enrique Ponce. El toreo a prueba de equivocaciones, el toreo inteligente y completo como torero.
EL TOREO ALEGRE: siendo valuarte de esta categoría El Cordobés. En la alegría de la fiesta está el origen del toreo, y también está su permanencia. Dejen esto solo en manos de los artistas serios, y a ver qué pasa.
EL TOREO ESPIRITUAL: Belmonte decía que el toreo es una actividad del espíritu. El toreo espiritual es el de José Tomás: dictado desde adentro, desde las potencias del alma; o desde arriba, desde Dios; o desde un principio oscuro de inmanencia, como está el árbol presente en la semilla; o, teológicamente, desde un inexorable deber ser.
lunes, 12 de febrero de 2007
CONCLUSIONES DE LA FERIA DE QUITO 2006
FERIA DE QUITO 2006: ANÁLISIS DE UNA FERIA HISTÓRICA
Las personas somos complejas por definición, pero lo apabullante no es que lo seamos, sino que estemos conscientes de que lo somos. En eso radica la diferencia entre pasar por la vida y vivirla. ¿De qué te serviría que alguien venga y te diga que eres taurino si a final de cuentas no eres consciente de ello? Ya te pueden decir lo que quieras, que te dará igual. Eso es precisamente lo maravilloso de esta vida: vivir (con sus alegrías, faenas, experiencias, tristezas, etc.) es una labor estrictamente personal e intransferible.
Esa complejidad es la que hace que los taurinos seamos una especie distinta, cada uno con sus complejidades, aficiones y temas; pero con algo en común: el toro. Ilusionados con la posibilidad de tomar la vida para vivirla y emocionarnos.
Ortega y Gasset decía que “la misión de todo aficionado no es hablar de toros seriamente, sino apasionadamente. De no hacerlo así faltarían a su cometido y quedaría amputado todo un hemisferio de la fiesta taurina consistente en la resonancia inacabable de lo que acontece dentro de las plazas…”. Esa trascendencia es la que llevó a El Albero Peña Taurina a organizar su coloquio sobre la Feria de Quito 2006 con el fin de poder conversar y sacar positivas conclusiones para la Fiesta en Ecuador:
EL TORO
“Huagrahuasi (y Triana), el infalible hierro de José Luis Cobo, el mejor ganadero de Ecuador, que ha echado una feria completísima –dos indultos y dos vueltas al ruedo-…” en palabras de Paco Aguado (6toros6, No. 650 de 12 de diciembre de 2006). Le embistió todo, resaltando así el gran momento por el que atraviesa esta casa ganadera. La cabaña brava ecuatoriana ha tenido un repunte importantísimo: hay que destacar a las ganaderías de Santa Coloma, Campo Bravo y Carlos Manuel Cobo.
LOS TOREROS
Sin duda uno de los hitos que han convertido en histórica a la Feria de Quito, además del juego de los toros, ha sido la solvencia y pundonor con la que han resuelto sus presentaciones los toreros contratados. En especial, la ya mítica corrida de la lluvia y dos faenas perfectas, profundas y de gran calado a cargo de El Juli y Miguel Ángel Perera.
La confección de los carteles suponemos fue hecha tomando en cuenta la rivalidad. Sin embargo, la presencia de figuras como Enrique Ponce, artistas como Morante o toreros finos como Manzanares, no debe dejar de tomarse en cuenta.
En cuanto al capítulo nacional, lamentamos concluir que existe un déficit que tiene que superarse. Al parecer, la ausencia de Guillermo Albán fue determinante para que este año el saldo arroje números rojos. Salvando el matador Juan Francisco Hinojosa y los novilleros Martín Campuzano y Álvaro Samper (en ese orden), el paso de los coletas ecuatorianos fue intrascendente. Sin duda la falta de oportunidades para torear en una profesión en la que la experiencia es fundamental, es determinante para el resultado técnico; sin embargo, la falta de oficio se ha convertido en la excusa perfecta “para justificar una injustificable falta de ambición” en palabras del propio Paco Aguado.
OTROS
El despliegue de los medios de comunicación fue masivo. Cada vez hay más radios con programas taurinos, los periódicos dedican más espacios, los medios televisivos sacan al aire programas taurinos. De todos modos, no es suficiente. Lo ideal debería ser que el despliegue informativo sea constante a lo largo del año. Es importante retomar los espacios perdidos.
La labor de la Autoridad de Plaza ha sido muy bien solventada. Es importante que la autoridad no descuide el cumplimiento de la Ordenanza Taurina, en especial lo referente al despuntado. Confiamos en que estamos en buenas manos.
No sólo hay que resaltar el ámbito taurino. El éxito económico alcanzado se ha visto reflejado en gran medida en la entrada que se pudo apreciar durante toda la Feria. Llenazos impresionantes que dan cuenta del buen estado de salud que goza la Fiesta en Quito.
Creemos que los réditos económicos que la actividad taurina produce a la Empresa y al Municipio a través de impuestos deberían reinvertirse de alguna manera en la misma Fiesta a través de proyectos de peñas taurinas, escuelas e incluso festejos menores. Esperamos también que los carteles no se abaraten y las contrataciones sigan siendo de primer nivel; única manera de mantener el bien logrado mote de “la mejor Feria de América”.
Quizás lo único reprochable fue el hecho de que las peñas taurinas no cuenten con su espacio dentro de la Plaza de Toros. Fue queja común el hecho de que se prohibió que las peñas, como tradicionalmente ocurre en plazas a nivel mundial, exhiban sus pancartas. La explicación de la empresa fue que esos espacios requieren de autorización y tienen un costo. Incluso, las peñas taurinas mantienen actividades a lo largo del año y eso, de alguna manera, repercute en los ingresos de la misma Empresa. Son detalles taurinos que no se deben de dejar pasar.
Ha sido una gran Feria, donde el sabor de tardes históricas y el recuerdo de grandes faenas quedarán en nuestra conciencia. Tantas tardes, tantas alegrías. Fue una Feria que se fue en el tiempo, pero se quedó en la historia. Ver ahora a la Plaza Quito es pensar en esa clínica de sueños e ilusiones.
Empapado esa última tarde, caminaba errante lleno de lágrimas y gotas. Mi alma estaba llena. Pensaba en muchas cosas, en la grandeza del toreo. Se me vino a la mente una frase que había leído en algún lado: "La gratitud es la memoria del corazón". Así que opté por pensar que seguramente esa es la razón de que en algunos momentos sienta que me pesa tanto el hecho de que la Feria haya concluido... no debe ser tristeza, sino que excedí el límite legal de memorias acumuladas. Es gratitud, aunque sea tan fácil confundirla con la tristeza. Esa tristeza llena de ilusión (y gratitud) de que tendré que esperar un año más, para volver a tener mi Feria.
El Albero Peña Taurina/ febrero de 2007
Las personas somos complejas por definición, pero lo apabullante no es que lo seamos, sino que estemos conscientes de que lo somos. En eso radica la diferencia entre pasar por la vida y vivirla. ¿De qué te serviría que alguien venga y te diga que eres taurino si a final de cuentas no eres consciente de ello? Ya te pueden decir lo que quieras, que te dará igual. Eso es precisamente lo maravilloso de esta vida: vivir (con sus alegrías, faenas, experiencias, tristezas, etc.) es una labor estrictamente personal e intransferible.
Esa complejidad es la que hace que los taurinos seamos una especie distinta, cada uno con sus complejidades, aficiones y temas; pero con algo en común: el toro. Ilusionados con la posibilidad de tomar la vida para vivirla y emocionarnos.
Ortega y Gasset decía que “la misión de todo aficionado no es hablar de toros seriamente, sino apasionadamente. De no hacerlo así faltarían a su cometido y quedaría amputado todo un hemisferio de la fiesta taurina consistente en la resonancia inacabable de lo que acontece dentro de las plazas…”. Esa trascendencia es la que llevó a El Albero Peña Taurina a organizar su coloquio sobre la Feria de Quito 2006 con el fin de poder conversar y sacar positivas conclusiones para la Fiesta en Ecuador:
EL TORO
“Huagrahuasi (y Triana), el infalible hierro de José Luis Cobo, el mejor ganadero de Ecuador, que ha echado una feria completísima –dos indultos y dos vueltas al ruedo-…” en palabras de Paco Aguado (6toros6, No. 650 de 12 de diciembre de 2006). Le embistió todo, resaltando así el gran momento por el que atraviesa esta casa ganadera. La cabaña brava ecuatoriana ha tenido un repunte importantísimo: hay que destacar a las ganaderías de Santa Coloma, Campo Bravo y Carlos Manuel Cobo.
LOS TOREROS
Sin duda uno de los hitos que han convertido en histórica a la Feria de Quito, además del juego de los toros, ha sido la solvencia y pundonor con la que han resuelto sus presentaciones los toreros contratados. En especial, la ya mítica corrida de la lluvia y dos faenas perfectas, profundas y de gran calado a cargo de El Juli y Miguel Ángel Perera.
La confección de los carteles suponemos fue hecha tomando en cuenta la rivalidad. Sin embargo, la presencia de figuras como Enrique Ponce, artistas como Morante o toreros finos como Manzanares, no debe dejar de tomarse en cuenta.
En cuanto al capítulo nacional, lamentamos concluir que existe un déficit que tiene que superarse. Al parecer, la ausencia de Guillermo Albán fue determinante para que este año el saldo arroje números rojos. Salvando el matador Juan Francisco Hinojosa y los novilleros Martín Campuzano y Álvaro Samper (en ese orden), el paso de los coletas ecuatorianos fue intrascendente. Sin duda la falta de oportunidades para torear en una profesión en la que la experiencia es fundamental, es determinante para el resultado técnico; sin embargo, la falta de oficio se ha convertido en la excusa perfecta “para justificar una injustificable falta de ambición” en palabras del propio Paco Aguado.
OTROS
El despliegue de los medios de comunicación fue masivo. Cada vez hay más radios con programas taurinos, los periódicos dedican más espacios, los medios televisivos sacan al aire programas taurinos. De todos modos, no es suficiente. Lo ideal debería ser que el despliegue informativo sea constante a lo largo del año. Es importante retomar los espacios perdidos.
La labor de la Autoridad de Plaza ha sido muy bien solventada. Es importante que la autoridad no descuide el cumplimiento de la Ordenanza Taurina, en especial lo referente al despuntado. Confiamos en que estamos en buenas manos.
No sólo hay que resaltar el ámbito taurino. El éxito económico alcanzado se ha visto reflejado en gran medida en la entrada que se pudo apreciar durante toda la Feria. Llenazos impresionantes que dan cuenta del buen estado de salud que goza la Fiesta en Quito.
Creemos que los réditos económicos que la actividad taurina produce a la Empresa y al Municipio a través de impuestos deberían reinvertirse de alguna manera en la misma Fiesta a través de proyectos de peñas taurinas, escuelas e incluso festejos menores. Esperamos también que los carteles no se abaraten y las contrataciones sigan siendo de primer nivel; única manera de mantener el bien logrado mote de “la mejor Feria de América”.
Quizás lo único reprochable fue el hecho de que las peñas taurinas no cuenten con su espacio dentro de la Plaza de Toros. Fue queja común el hecho de que se prohibió que las peñas, como tradicionalmente ocurre en plazas a nivel mundial, exhiban sus pancartas. La explicación de la empresa fue que esos espacios requieren de autorización y tienen un costo. Incluso, las peñas taurinas mantienen actividades a lo largo del año y eso, de alguna manera, repercute en los ingresos de la misma Empresa. Son detalles taurinos que no se deben de dejar pasar.
Ha sido una gran Feria, donde el sabor de tardes históricas y el recuerdo de grandes faenas quedarán en nuestra conciencia. Tantas tardes, tantas alegrías. Fue una Feria que se fue en el tiempo, pero se quedó en la historia. Ver ahora a la Plaza Quito es pensar en esa clínica de sueños e ilusiones.
Empapado esa última tarde, caminaba errante lleno de lágrimas y gotas. Mi alma estaba llena. Pensaba en muchas cosas, en la grandeza del toreo. Se me vino a la mente una frase que había leído en algún lado: "La gratitud es la memoria del corazón". Así que opté por pensar que seguramente esa es la razón de que en algunos momentos sienta que me pesa tanto el hecho de que la Feria haya concluido... no debe ser tristeza, sino que excedí el límite legal de memorias acumuladas. Es gratitud, aunque sea tan fácil confundirla con la tristeza. Esa tristeza llena de ilusión (y gratitud) de que tendré que esperar un año más, para volver a tener mi Feria.
El Albero Peña Taurina/ febrero de 2007
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