lunes, 24 de noviembre de 2008

Los toros: una fiesta popular


Por Santiago Aguilar

Estamos a siete días del inicio de la Feria Jesús del Gran Poder, en tiempos en que esta manifestación cultural es injustamente cuestionada, vale la pena reflexionar sobre la identidad popular del espectáculo taurino.

El origen de la fiesta de los toros en el Ecuador se remite a épocas coloniales, tiempos en que los conquistadores españoles trasladaron al nuevo mundo los juegos de toros y con ellos marcaron el futuro taurino de varios países iberoamericanos. La Conquista determinó una maravillosa fusión encarnada en el mestizaje y presente en la adopción de una nueva fe y nuevas costumbres que con el paso del tiempo se convirtieron en elementos muy propios del continente americano.

La nueva realidad étnico-cultural, resultado del encuentro de dos civilizaciones, estuvo marcada por las circunstancias dolorosas de la guerra de Conquista y el establecimiento de un importante avance en materia cultural, social y tecnológica. La fiesta de los toros no se mantuvo al margen de la asombrosa simbiosis.

El sincretismo que se produjo entre las fiestas religiosas católicas contenidas en el calendario español y las ancestrales celebraciones indígenas nacidas de la cosmovisión propia de los aborígenes, facilitó que pronto se asumiera a los toros y sus juegos como elementos consustanciales de la cultura popular, adornados por los extraordinarios matices otorgados por la sierra andina y el mestizaje plasmados de manera multicolor por elementos de origen claramente hispánico y otros de raíz indígena y precolombina.

Así las cosas, podemos concluir que la fiesta de los toros ha formado parte de la vasta riqueza cultural de la ciudad durante más de cuatro siglos.

Riqueza inmaterial

En el libro “La Fiesta Popular en el Ecuador” de Oswaldo Encalada Vásquez son permanentes las referencias al toro bravo como el eje de los espectáculos populares que se celebran en prácticamente todas las parroquias y cantones de las provincias de la Sierra ecuatoriana. El autor en la introducción de la obra conviene en la validez del sincretismo social, étnico y cultural, apuntando que “Uno de los primeros componentes más importantes de la cultura no material de los pueblos es aquel que tiene que ver con sus fiestas y celebraciones. En este campo como en muchos otros, nuestro país es extremadamente rico en sus manifestaciones. La convergencia de diversas etnias y hasta las razas ha creado un variado caleidoscopio donde es posible apreciar desde los rituales netamente cristianos hasta las formas autóctonas andinas; desde la concepción occidental de la muerte, hasta las fiestas agrarias de los indígenas.

La convivencia de los diferentes elementos poblacionales ha logrado un mestizaje profundo y vital que forma el verdadero sustento de nuestra identidad”

En otros apartados del estudio se precisa el contenido de las fiestas, su extraordinaria puesta en escena y el exuberante contenido simbólico de las mismas, concluyendo que entre las más importantes manifestaciones populares e indígenas, las corridas de toros son un elemento básico de la riqueza inmaterial del Ecuador.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Las mentiras de los "proteccionistas" o "antitaurinos"/ Raul Gordon Blasini


Por Raul Gordon Blasini

Los llamados proteccionistas de animales o bien llamados "antitaurinos"
Acusan a los componentes del mundo taurino, de Torturar a los toros. Quiero desmentir las acusaciones de dichos grupos citando frase a fraee, y por supuesto respondiéndole razonadamente ante cada observación.
1) "Antes de las corridas al toro lo encierran en un cajón oscuro"
Me imagino que se referirá al chiquero. Precisamente, de mis experiencias en los desencajonamientos y manejos de los toros en las plazas de Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, he sido testigo de esto. El toro, tras el desembarque, pesaje y primer reconocimiento. Con la lógica excitación y furia, solamente entra al chiquero si esta iluminado. Cuando entra, se le apaga la luz precisamente para que se quede tranquilo, y la verdad es que se quedan muy tranquilos. Nada inquietos y cuando levantas la trampilla, para mirar, mueven la cara hacia el agujero de luz casi con indiferencia, sin arrancarse ni hacer gestos violentos ni nada. Es para ellos como si fuera de noche, hora de relajarse y descansar.
2) "Sin agua ni comida para aterrorizarlo, confundirlo y debilitarlo".
Mentira. Nadie quiere aterrorizar o confundir a un toro antes de que salga a la arena. Cuesta un dinero (Los proteccionistas sabran lo que cuesta un toro de lidia?) y se pueden arrancar, cornear las paredes o las puertas, lastimar, matar o perder o romper un pitón (cuernos). Se le echa agua, cebada, pasto, etc. Usualmente el camión que los trae, transporta la comida de los toros. De paso al llegar a los corrales se les da baños de agua para refrescarlos.
3) "Luego le dan con tablas y sacos de arena, en los riñones"
Mentira. Eso era un truco para beneficiar a los toreros antiguamente. En el reglamento de Cádiz de 1848 se prohibía expresamente y en la plaza de Cádiz, en 1914, se acusa de que lo­ había hecho alguien para favorecer al novillero Sánchez Meji­as. Eso era y es un delito. Pero ese fraude era cuando los toros tenían poder y la fiesta estaba menos controlada. Hoy, con el toro tan flojito que hay, con el peto que permite poner puyazos muy serios, y con los adelantos que tenemos, a nadie se le ocurriría una manera tan burda de quitarle la fuerza a un toro. (Bueno parece que los "proteccionistas", se quedaron en el siglo18).
4) "Le introducen una aguja en los genitales, para que se vuelva loco del dolor"
Mentira absurda. Nadie querría ponerse delante de un toro "loco de dolor" cuando ya en condiciones normales es todo un riesgo mortal. Además debe recordar que si el toro recibe el mayor honor del indulto, el ganadero lo quiere intacto, por que su semen refrescara la sangre de su ganadería.
5) "Le echan vaselina en los ojos para recortarle la visión"
Esto lo único que demuestra es la ignorancia de quien lo dice. El toreo, la lidia, se basa en la visión del toro. Los matadores son los primeros que protestan cuando presumen que el toro no ve y hay casos en que se niegan a seguir toreando en esas circunstancias. Hay tres veterinarios para comprobar que vea bien y si no ve, desecharlos. Es una medida basada en la ignorancia del mentiroso acerca de la mecánica del toreo


6) "Le introducen algodón en la nariz y garganta para dificultarle la respiración"
Esta es la cosa más absurda e ignorante que he oído en mi vida. Hoy los toros ventilan tan bien en la lidia que llegan al ultimo tercio con la boca cerrada. a) ¿Si a cualquier "proteccionista", le introducen algodón en la nariz y la garganta para dificultarle la respiración no se asfixiaría? b) ¿Si a estos señores o al toro le introducen algodón en la garganta no lo vomitaría o tendría arcadas?
c) ¿Y como se consigue que un toro trague algodón? Me imagino al presunto manipulador de toros diciendo al toro "Esta cucharadita por el matador, esta otra por el ecologista, esta por mama¡". Sres. proteccionistas, estas acusaciones a los taurinos las han vivido Uds?. Como experiencia propia con sus animales?
7) "Al momento de salir le echan tiner en las patas para que salgan rasgando la arena y crean que es bravo".
Otra muestra de total y absurda ignorancia. Escarbar es un defecto. A ningún ganadero le gusta que sus toros escarben y el público ve eso como un defecto. Para muchos aficionados y toreros escarbar es un símbolo de toro mentiroso, fanfarrón, que amenaza pero que no termina de embestir. El toro bravo se arranca como un tiro. Sin escarbar. ¿A quien le puede interesar que un toro escarbe y parezca manso? Es una mentira claramente inventada por uno que no es aficionado y que no tiene ni idea de las cosas del mundo del toro. Como las otras. Razón tiene un sacerdote que dijo una vez: Todo tocado de Dios es malo y mentiroso!.
Insisto, primero debemos darle importancia a la vida del ser humano, y luego a la de los animales.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

POR SI NO LO SABIAN/ Joaquín Sabina


Por Joaquín Sabina


A Francisco de Goya le gustaban los toros,

a Rafael Alberti le gustaban los toros,

a Pablo Picasso le gustaban los toros,

a Agustín Lara le gustaban los toros,

a Ernest Hemingway le gustaban los toros,

a la bella Ava Gardner le gustaban los toros,

al orondo Orson Welles le gustaban los toros,

a José Bergamín le gustaban los toros,

a Gerardo Diego le gustaban los toros,

a María Félix le gustaban los toros,

a Ignacio Zuloaga le gustaban los toros,

a García Lorca le gustaban los toros,

al Miguel Hernández le gustaban los toros,

a Ortega y Gasset le gustaban los toros,a Indalecio Prieto le gustaban los toros

y a mi abuelo también.


A Bryce Echenique le gustan los toros,

a Miquel Barceló le gustan los toros,

a Joan Manuel Serrat le gustan los toros,

a Mario Vargas Llosa le gustan los toros,

a Caballero Bonald le gustan los toros,

a Enrique Morente le gustan los toros,

a Albert Boadella le gustan los toros,

a Almudena Grandes le gustan los toros,

a Felipe Benítez le gustan los toros,

a Francisco Brines le gustan los toros,

a Carlos Marzal le gustan los toros,

a Sánchez Dragó le gustan los toros,

a Luis Eduardo Aute le gustan los toros,

al Gabo García Márquez le gustan los toros,

a Caco Senante le gustan los toros,

a Raúl González le gustan los toros,

a Rosa Aguilar le gustan los toros,

al japonés del siete le gustan los toros,

al defensor del pueblo le gustan los toros

y a mí también.



Poema: Por si no lo sabían

Año: 2008, Interviú

miércoles, 13 de agosto de 2008


Buscarle tres pies al toro/ Antonio Caballero


Por Antonio CaballeroRevista 6toros6, No. 273 de 6 de mayo de 2008




Desde hace algunos años vengo oyendo repetir a menudo un aforismo inventado por algún antitaurino ingenioso, que por lo visto a muchos les parece el colmo irrefutble de la crítica:

-Si el toreo es arte, el canibalismo es gastronomía.

Pues sí. Las dos proposiones son ciertas, y ninguna de las dos es censurable. Otra cosa es que el ingenioso antinturino, que a lo mejor es también antigastrónomo, confunda los valores propios del arte con sus gustos personales. El toreo -para qué voy a entrar en ello ante los lectores de esta revista- es sencillamente el arte de bien torear. Y la gastronomía es sencillamente el arte de bien comer. Independientemente de cuál sea la naturaleza de las cosas que se comen, minerales, animales o vegetales: sal de roca, o almejas que se trgan vivas, o nueces secas y roídas, ya caídas del noga, como las consumen los vegetarianos más estrictas. O personas. El canibalismo, esa práctica cultural que consiste en darle a la carne humana tratamiento de producto alimenticio, pertenece por derecho propio al reino de la gastronomía. Puede gustar o no gustar, por supuesto. Yo, por ejemplo, no soy canibal. Pero tampoco me gusta, pongamos el caso, el brócoli, y no por eso le niego al soufflé de brocoli al queso parmesano su condición de preparación gastronómica que para otros paladares puede resultar exquisita.Ya digo: el ingenioso antitaurino autor del aforismo identifica el arte con sus gustos individuales, y la negación del arte con sus repugnancias íntimas, o inclusive con sus propias convicciones filosóficas o sus propios prejuicios culturles. Pero un arte no es una moral, no hay que juzgar el arte con criterios morales. Para los nazis, por ejemplo, todo el arte abstracto, impresionist, cubista o surrealista de la primera mitad del siglo XX era "arte degenerado". Para los curas doctrineros de la conquista de América el arte de los mayas o de los aztecas no era arte, sino manifestación demoníaca. Sin ir tan lejos, el ingenioso antitaurino me recuerda a lo que se llama en inglés un philistine, un filisteo: alguien estrecho de miras, inculto, indiferente al arte. Una de esas personas que, para decirlo con Machado "desprecian lo que ignoran", y que frente a una instalación de Beuys o un cuadro de Tapies comentan despectivos:

- ¿Esto? Esto lo hará mi hijo que tiene cuatro años con los ojos cerrados.

Y les niegan la condicion de música a las composiciones electrónicas de Stockhausen, por complicadas, o las marchas militares por elementales.

Y si menciono las marchas es porque el aforismo antitaurino que vengo citando me recuerda la célebre frase ingenios de Georges Clemenceau sobre los militares:

-La justicia militar es la justicia lo que la música militar es a la música.

A lo mejor Clemenceau sabía mucho de música; pero, siendo como era un político profesional, no creo que entendiera mucho de justicia.De manera que nada de comparaciones, por ingeniosas que resulten. A quien no le gustan los toros es porque no le gustan. Está en todo su derecho. Pero que no le busque tres pies al gato. Que no se ponga a buscarles a sus disgustos o repugnancias personales y viscerales motivos éticos o estéticos, porque on vienen a cuento.

¿Y entonces nosotros qué, a quienes sí nos gustan? Pues exactamente igual. Nos gustan porque sí: porque nos gustan. Las consideraciones éticas, estéticas, etcétera, no son nin justificación ni disculpa: vienen por añadidura.
*La foto es de Manon: manonfotoblog.blogspot.com

lunes, 4 de agosto de 2008

Como perro sarnoso/ Esteban Ortiz Mena


Esteban Ortiz Mena

La intolerancia y la estupidez han ganado espacio en nuestro medio.

Rafael Lugo, en un artículo publicado en la revista Soho edición 66, escribe que “a la postre, para la mayoría la idea obligada es amar a Dios sobre todas las cosas y odiar a quien piense diferente, porque se nota que el hombre ha entendido que prójimo solo es aquel que piensa igual, y el que no cree lo mismo es infiel, impío, hereje, perro sarnoso, humanoide descartable, cualquier cosa, pero prójimo jamás”.

Es un hecho: asesinos, retrógrados, violentos, masoquistas, perversos, putrefactos, arcaicos. Así es como califican los antitaurinos, entre los epítetos más decentes, a todo aquel que guste de la fiesta brava.

Si ser taurino es así de grave, con el perdón de los perros y los antitaurinos (que me parece tienen alguna similitud), este rato me declaro perro sarnoso.

¡Qué orgullo sentirme taurino! No hay nada más profundo que las sensaciones que alguien puede sentir toreando. La pasión no es un sentimiento exclusivo del taurino, pero los toros son una razón más para vivir intensamente.

La intolerancia es el recurso más fácil del débil de espíritu y el limitado de razón. La riqueza de la humanidad radica en su diversidad, en la capacidad de contradicción que tenemos y que ejercemos a diario, en saber crecer; y no en oponerse ni en intentar cambiar de hábitos a quien piensa distinto.

Por supuesto que este tipo de gustos son muy personales, pero no por pensar distinto o tener un gusto legítimo este carece de sentido. Hay que entender que no queremos convencer a nadie de que le gusten las corridas de toros, pero a desaparecerlas hay un abismo. No es que las corridas de toros no sean crueles y es legítimo que haya gente que a más de no gustarle prefiera su desaparición. Eso depende de cada quien. Pero el problema de la oposición a una práctica tradicional es que esta puede trasladarse a otras que forman la esencia de identidad y afirmación cultural de diversas colectividades, como dice Pancho Aguirre. No existe diferencia conceptual, como práctica cultural, entre oponerse a la ópera que a una corrida de toros. Por eso es tan absurda una oposición al tema, sobre todo cuando es producto de la intolerancia y la ignorancia.

Es posible que con el tiempo desaparezcan las corridas de toros, la cultura siempre cambia, es posible que en un futuro próximo nuestra alimentación principal sea a base de insectos. Pero esas serán prácticas culturales y sociológicas que se irán desarrollando, en el caso de ocurrir.


No se puede criticar (sobre todo frente al grave argumento de la desaparición de una tradición cultural apasionante) sin conocer. Pensemos en lo que sucede entre dos grupos de personas que se encuentran dentro y fuera de una catedral, y que intentan comunicarse lo que ven. Al mirar las vidrieras, los de adentro contemplan los colores brillantes, flores, animales, personajes. Los del exterior sólo ven la superficie opaca y gris de los cristales. Cuando unos describen su experiencia, los otros piensan que son enfermos o malintencionados. Sin embargo, los dos grupos tienen razón: están contando lo que realmente perciben, parafraseando a José Antonio Marina. “El equívoco sólo puede desaparecer si se consuma un cambio de perspectivas. Si los de adentro salen, y los de fuera entran.”

Pero cuando no hay voluntad, no hay voluntad…

Por eso, hasta tanto, yo coincido con Andrés Sánchez Magro: “reivindicamos la locura, la bendita locura de los raros, de los otros, de los toreros, de los que buscamos un sueño que nadie nos puede acabar de contar. Los que nos apegamos a la excepción cultural, que es, y nunca podrá dejar de ser, el toreo... Si hay que ser excepcionales, seámoslo” (6toros6 No. 571, junio de 2005).

Por eso, hoy me declaro taurino, loco, excepcional… y sarnoso, a mucha honra.

jueves, 10 de julio de 2008

viernes, 4 de abril de 2008

Cuando el valor vale más que el precio/ Esteban Ortiz Mena

Por Esteban Ortiz Mena

Cogí un libro. Era de mañana y recién me había despertado. Me volví a acostar porque tenía frío y sobre todo porque quería alargar la sensación que produce una cobija. Son esos días en los que nos despertamos con una sobre carga de sueños, como si existiera un mundo paralelo del cual no quisiéramos salir.

Al repasara las primeras hojas encontré un dialogo del personaje del libro (un estudiante en París que pasa las penurias de vivir lejos y en condiciones precarias, pero dignas) con el cual me identifiqué: “El abono trimestral de la piscina había sido una importante inversión de mi parte, pues costaba 120 francos, pero una ducha caliente cada día era lo único que podía devolverme a la vida”.

El valor de una ducha caliente, dice Santiago Gamboa en El síndrome de Ulises, va más allá del precio o del chorro de agua que cae y se convierte en la sensación placentera que da sentido a la vida.

Aunque nos cueste una fortuna, o no, el personaje del libro justifica el pago que hacía, a cambio del valor de las sensaciones que le producía una simple ducha.

Pues los toros son eso.

Los días de toros, una corrida, un día de campo, son esa ducha caliente que es, también, ese algo que nos devuelve a la vida. Es el aliciente que tiene el aficionado para poder disfrutar de lo que más le gusta.

El agua caliente (léase, los toros) limpian y hacen olvidar cualquier problema que podamos tener y nos transporta a ese lugar íntimo, cercano a los sentidos y apegado a los sentimientos que sólo nosotros lo podemos apreciar.

Aunque nos cueste.

Por eso, ir a una plaza de toros es darnos una tregua a nosotros mismos. Pero no cualquiera: es como la que le da Mario Benedetti al personaje principal de la novela del mismo nombre: “Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más”, dice. Los toros son esa felicidad momentánea, pasajera, que dura lo que dura la corrida… bueno, quizás un poco más, pero los recuerdos son nuestros y únicos y sólo nosotros le damos el valor y el tiempo que estos quieran tener. Por eso, durarán el tiempo que logremos hacer que permanezcan en nuestras sensaciones.

El valor de los toros no tiene precio. Es tener algo por qué vivir, el delirio de tener algo por qué despertarse y buscar, con ilusión, aquellas gotas calientes que dan sentido a la vida.

Una tregua, que nos llena de felicidad…