sábado, 19 de enero de 2008

La universalidad cultural de la corrida de toros o de Ginebra a El Puerto de Santa María



Por Araceli Guillaume- Alonso
Profesora de la Universidad de la Sorbona (París)

6toros6/ No. 579/ 2 de agosto de 2005

La corrida de toros ocupa un espacio aparte, tanto en los países taurinos, como en los que no lo son, tanto por la adhesión como por el rechazo que produce. Sí se trata pues de subrayar aquí la universalidad cultural de la corrida de toros de muerte por contraposición a los otros modos y modas taurinas, más o menos locales, regionales u ocasionales. Espectáculo fuertemente ritualizado pero en modo alguno estático, la corrida de toros es el resultante de cinco siglos de depuración de las formas, de afianzamiento del concepto sacrificial del toro –que no estaba inscrito en los orígenes- y de adaptación a los cambios sociales y mentales de su país fundacional que es España. Optar definitivamente por el redondel, dividir el tiempo de la faena en tres tercios fueron fruto de la racionalización del Siglo de las Luces. Dividir el espacio en otros tantos, fijar el número de diestros en tres y el de toros en un múltiplo de tres, depurar el espectáculo de interferencias diversas, requirieron más de un siglo más. Adoptar el peto, en el primer cuarto del siglo XX fue al mismo tiempo adaptarse a una sensibilidad distinta y centrar la faena en el toreo a pie. La revolución belmontina y la evolución posterior confirmaron lo que se venía intuyendo: la preponderancia de los engaños en la nueva faena y en particular de la muleta, que sin bien distorisionaba los tres tercios en su duración, daba mayor peso al más creativo de ellos sin quitarle importancia a la suerte suprema. Y los toros se seleccionaron cada vez más acorde a lo que requería el toreo que el público prefería o exigía.

Hubo otros cambios y evoluciones, unos esenciales como la edad y el peso reglamentarios del toro que condicionaron la mantera de torear, otros más anecdóticos y funcionales como la adopción definitiva del estoque simulado durante la faena de muleta. Pero los más profundos son los que se van produciendo en la manera misma de torear, en la conjunción entre el hombre y el toro hasta el punto de que el tiempo se queda estrecho cuando una faena de muleta nos hace perder justamente el sentido del tiempo. Malditos avisos en algunos casos, cuando lo que está en juego no es la pericia del matador sino el éxtasis de la faena. Porque precisamente en los momentos sublimes el temor al aviso puede coartar la creatividad del torero o la receptividad del espectador reglamentista, que los hay en proporción inversa a la sensibilidad de la plaza. De hecho, lo de la manera de contar el tiempo en los avisos sería lo próximo que debiera cambiar, contando a la americana.

Volviendo a lo nuestro. El concepto de creatividad me parece ser el que mejor define la diferencia esencial entre las corridas de toros y las otras modalidades taurinas, espectaculares o participativas u ambas cosas.

Pongamos un ejemplo concreto: el domingo 24 de julio de 2005, plaza de El Puerto de Santa María, toros de Nuñez del Cuvillo para Enrique Ponce, Morante de la Puebla y José María Manzanarez (hijo) –no especificarlo es impensable para mí-. Tres toreros. tres toreros. Nada, ni en el vestido de torear siquiera, se parecía. Los dos más veteranos estuvieron mejor, también el más joven se llevó el peor lote. Pero no viene al caso aquí, lo extraordinario era la variedad de estilos, de concepto. Y como espectadores excepcionales en una plaza casi repleta, otra terna, tres mujeres jóvenes llegadas de Ginebra, la calvinista y cosmopolita ciudad suiza. Tres amitas nuestras, rayando en los treinta, atractivas, independientes, cultas. Una, Ariane, francesa, abogada afincada en Ginebra donde ejerce desde hace dos años en un bufete internacional ya había visto un par de corridas de toros en El Puerto con nosotros el año pasado. Nada la predisponía a ello. Del norte de Francia, estudió alemán e inglés en el colegio y ha pasado la mayoría de sus vacaciones en Italia, Grecia o la campiña francesa. Su adhesión fue inmediata y el deseo de entender imperativo. Las otras dos, ejecutivas en sendas multinacionales, son suizas de nacimiento, una, María José, de abuelos y padres republicanos de la diáspora de la posguerra y la otra, Alexandra, mitad húngara, mitad italiana vivió algunos años en Venezuela. Ninguna de las dos había visto una corrida de toros en su vida aunque la madre granadina había hablado de toros diciéndole que ella hoy no podría volver como de joven, que su sensibilidad no lo soportaría. Ambas habían intentado enterarse de cómo funcionaba esto de la corrida de toros y asistieron con amplitud de miras y espíritu analítico. Recoger las primeras impresiones de la primera vez de alguien a la salida de los toros es, como dice mi amigo José Miguel Ibernia, algo apasionante. Yo les pedía los dos noveles un adjetivo y ambas respondieron “fascinante”. También añadieron que se temían lo pero desde el punto de vista de su propia sensibilidad frente al animal o la sangre y que en el fondo no les impactó tanto por la fascinación global que les produjo el espectáculo, variado, impresionante.

Claro que las cinco verónicas de Morante (porque fueron cinco me parece a mí, o sería por lo que duraron) y la inspirada faena de Ponce y el indulto del bravo toro de Núñez del Cuvillo y todo lo demás no es algo que se encuentre todas las tardes, pero justamente, el interés de la corrida de toros es su carácter imprevisible. Y con nuestras tres amigas repasamos cada detalle de la tarde. Y la conclusión siempre es la misma: los toros son cultura en sí, en todos los sentidos de la palabra, como lo es la ópera o el jazz o el flamenco. Como ya dijo Antonio Caballero: está muy bien que Goya o Picasso pintaran toros, es estupendo sobre todo para la historia de la pintura, pero no se necesita a ningún artista de artes plásticas ni a ningún poeta para legitimar la dimensión cultural de la fiesta de los toros. Cultura en todos los sentidos. Si se habla de cultura del vino o cultura del atún en términos antropológicos, es lógico hablar de la cultura del toro. Pero si de lo que hablamos es de la corrida de toros, podemos utilizar el término en ese sentido más restringido que es el de un saber y una creatividad que rebasaban las fronteras originales para alcanzar una dimensión universal. Naturalmente, universalidad no implica facilidad de acceso. No se necesita ser afro-americano para entender jazz ni gitano para saber de flamenco o apreciarlo, ni por el hecho de serlo se tiene la ciencia infusa. Hoy, hay una minoría de extranjeros que sabe más de toros que muchos españoles, aunque hay todavía más españoles que extranjeros que saben de toros y que van a los toros.

Si la corrida de toros es algo tan compleja y tan profunda por el misterio de vida y muerte que encierra, lo es también por los niveles de lectura que propone. Le pasa como al Quijote, libro de entretenimiento y obra maestra universal.

La reaparición del más grande...

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jueves, 17 de enero de 2008

Un patrimonio cultural de la humanidad: la tauromaquia o el arte de esculpir el tiempo/ Francis Zumbiehl

Por Francis Zumbiehl

6toros6/ No. 573/ 21 de junio de 2005

Para determinar en qué medida la fiesta de los toros pertenecen al mundo de la cultura, y no a una realidad simplemente violenta y cruel, arranquemos con una evidencia: la Tauromaquia es una puesta en escena de la muerte, desde luego no con el sadismo que denuncian los antintaurinos, sino en el mero sentido de una representación. Como la tragedia griega, la ópera italiana y la Semana Santa andaluza, la corrida arroja una luz cruda sobre el dolor, la sangre y la muerte para enseguida transfigurarlos por una catarsis artística peculiar. La belleza majestuosa del toreo hace la muerte aceptable, o mejor dicho, hace nacer la ilusión de que la muerte, se deja seducir y amaestrar por el arte. En este sentido, no hay nada menos “realista” que el toreo, porque todas sus expresiones responden a una exigencia absoluta de estética, y porque en sus mejores momentos nos deja pensar que la fatalidad y el miedo han perdido la partida, nos permite saborear un perfume de resurrección.

Por otra parte, la tauromaquia es un ritual con una escenografía rigurosa: los tres tercios equivalentes a los actos de una tragedia, la división del espacio (medios, tercio y tablas) y el repertorio de las suertes –de alguna manera unas figuras obligadas- sin olvidar los “cánones”: parar, templar y mandar. Sin embargo, este marco un tanto rígido no tiene otro objeto que el de escenificar la fragilidad, lo imprevisible, que constituyen el trasfondo de la función. El público está llamado a juzgar en el acto los logros y fracasos de los protagonistas. Como en la ópera, lo hace utilizando toda la escala de las manifestaciones, incluyendo los pitos y la bronca. Del mismo modo que el coro en la tragedia griega, el público en los toros no es un protagonista –ni debe serlo-, pero con sus reacciones subraya el color de ese momento único e irrepetible que se acaba de producir. Y hablo de coro porque la emoción compartida despierta una auténtica comunión que cuaja en el famoso “¡olé!” que miles de voces, sin haberse consultado, pronuncian en el mismo segundo ante la evidencia de algo bello o valioso. Es la unanimidad del entusiasmo que jamás se equivoca.

Arquitectura en movimiento

La reminiscencia platónica juega un papel central en la valoración de una tarde de toros. En efecto, hoy en día, más que nunca, la belleza del toreo exige la ligazón. El impacto emocional de un pase es aún mayor cuando se apoya en el recuerdo del pase anterior con el cual viene encadenado. La arquitectura en movimiento, edificándose de forma instantánea sobre la arena, da la impresión de que quiere elevarse gradualmente hacia una cumbre modélica que es como la coronación del conjunto, pero que se sitúa siempre más allá del presente, en un pasado mítico o en un porvenir hipotético. De ahí los dos sentimientos más constantes en un público de toros: la esperanza y la desilusión. Para evitar esta última, “antes que la faena marchite” –según la expresión acertada de Michel Leiris- el torero debe demostrar su agudo sentido de la medida, rematando a tiempo la serie. De lo contrario caería en el pecado mortal de “pasarse de faena”. En ese remate es la firma (como sabemos existe un pase del mismo nombre) que corresponde a la expresión tan genuinamente taurina: “¡Ahí queda eso!”, haciendo entrar la belleza recién acabada en la realidad sublimada del recuerdo.

La estética de un pase aislado se aprecia también por referencia a todos los pases de la misma índole embellecidos por la memoria. La memoria, en efecto, es tan fundamental en el mundo de los toros que sin ella no se pueden entender los ritos sociales que son como la antesala o el epílogo de la Fiesta. Me refiero a las innumerables charlas y tertulias que se celebran en peñas y bares. Detrás de las superficialidad aparente de estos coloquios se esconde el afán desesperado de luchar contra el olvido. Cada aficionado compara sus recuerdos con los del vecino para forjarse su propio tesauro de momentos cumbres y evitar que con el tiempo, como granitos de arena, escapen de los dedos de su conciencia.

Como se ha dicho de sobra, la corrida española es la expresión viva del mito de Teseo y del Minotauro, pero en su significado más hondo, la bajada a los infiernos. En la tauromaquia postbelmontina, la esencia del gesto torero consiste en hundirse en el reino de las sombras, de la animalidad y del mayor peligro. Hoy en día se torea bajando lo mano en lo posible, y acompañando al toro en la bajada, aunque sea con la mirada y con el movimiento de la cabeza si el cuerpo se mantiene erguido. Con la ligazón y con el temple, una tanda de muletazos se convierte en una larga travesía durante la cual el hombre va unido a la bestia, estando casi tanto en su poder como ella en el suyo, antes de emerger a la luz en el último momento con el pase de pecho o cualquier remate de filigrana. Esa luz cobra una intensidad especial por el hecho de haber atravesado la oscuridad. El torero triunfa plenamente en la medida en que ha sabido hundirse en los pases, asomarse al balcón en las banderillas, cruzarse con el toro en la muleta y dejarse ver en la suerte suprema.

Hemos dicho al principio que el arte del toreo despierta la ilusión de que la muerte se deja convencer, sino vencer del todo. Aquí no se viene a ver morir a un animal individual, lo que desde luego sería un acto de crueldad y de puro vouyerismo; se viene a ver una ceremonia en la cual la muerte del toro tiene un papel central (sin olvidar que ella representa también la nuestra, la de todos los mortales), pero cuyo fundamento al fin y al cabo es la comunión entre la vida y la muerte, la celebración de esta pareja esencial que abarca toda existencia. Ahora bien, todo es vital y mortal al mismo tiempo en la corrida, empezando por el toreo. La conciencia que tienen el torero y el aficionado de este arte singular está centrada en la evidencia de su realidad frágil y efímera, en el momento mismo en que intenta crear la ilusión de una eternidad no permanente. Ahí la clave es el temple, cuyo fin es alargar y lentificar un pase: en otras palabras, diferir la muerte inapelable de su belleza. El torero esculpe el tiempo como si pudiera adueñarse de él, pero sabiendo que es imposible pararlo. Cada segundo templado de toreo está envuelto por “esa muerte perezosa y larga”, tan bella como una nota musical en suspenso, última vibración del cante antes del definitivo silencio.

¿Y vamos a dejar que una de las expresiones más genuinas de la cultura y de la sensibilidad latinas, que comparten pueblos que se sitúan en las dos riberas del Atlántico, que forma parte, sin lugar a dudas, de lo que la UNESCO considera como patrimonio inmaterial, desaparezca de nuestro mapa y de nuestra conciencia?

miércoles, 9 de enero de 2008

La música callada del toreo (y II)/ Jose Bergamin


II


En su Tauromaquia o Principios fundamentales del toreo, pide Pepe Hillo a los espectadores de la corrida que guarden silencio para no distraer al toro ni al torero, entorpeciendo la ejecución de las suertes. Suponemos que ese silencio que pedía Pepe Hillo no debió de guardarse enteramente nunca. Pero sí sabemos que el ruido de voces y griterío, que interrumpe constantemente el espectáculo taurino, no era tanto, ni muchísimo menos, antes como ahora.


Más de medio siglo llevo viendo corridas de toros y recuerdo mejor ahora es que la intervención de los espectadores con improperios y denuestos si no les gustaba lo que veían o con oles y palmas si les entusiasmaba, era mucho más oportuna y adecuada su causa.
Otra cosa que también recuerdo es que nunca en las plazas principales –en Madrid, jamás- pedía y obtenía el público que se acompañase la faena de muleta con música. Los alegres o tristes sones de los pasodobles toreros acompañaban únicamente el paseíllo o los intermedios y el arrastre del toro por las mulillas.

Y es que el espectáculo del toreo tienen su música propia, su música callada, su música para los ojos. Los que mejor han comprendido esto han sido los toreros gitanos. Recuerdo a los Gallo, a Gitanillo, a Cagancho… Porque el ritmo de su toreo personalísimo tolera menos cualquier otro ritmo musical que lo desvíe o el ruido que lo distraiga. Claro es que cuando el torero, sin ser gitano, llega a esa profundidad y transparencia al hacer y al decir el toreo con tan puro estilo, tiene, como el gitano, esa sensibilidad extremada que le exige su arte. Me basta recordar a Antonio Fuentes y a Juan Belmonte.

Dos veces he visto torear en la pequeña plaza de Vista Alegre de Carabanchel –antes pueblerina, ahora la verdaderamente madrileña frente a la desproporcionada y de tan feísima arquitectura de la de Ventas- al que es, para mi gusto, extraordinario torero gitanísimo Rafael de Paula. En las dos le he visto hacer y decir el toreo admirablemente, con una finura y profundidad de estilo incomparables. En las dos tardes pidió el torero que no toase la banda de música mientras él toreaba. Recuerdo que en aquella primera tarde en que le vi torear tan bien que aún perdura en mi memoria la imagen vivísima de su faena de muleta, creo que a su segundo toro, fue la melancólica tarde otoñal en que se despidió del toreo en los ruedos para siempre Antonio Bienvenida; quien hizo el paseíllo con el capotillo negro de José sobre el granate y oro de su traje luminosísimo. Le llamé por teléfono aquella noche para felicitarle por su retirada, y apenas me dejó hablar, interrumpiéndome para decirme con entusiasmo: “¿Has viso qué faena la del gitano?”. Vi aquélla y he visto éstas de la otra tarde en Vista Alegre. Y aún diré que las sigo viendo, porque las sigo oyendo, que es verlas por mirarlas en esa música callada e imborrable que es el toreo mismo. El “ahí queda eso” del toreo, como del baile y cante flamencos, gitanos o no, cuando alcanza por los ojos para los oídos, y viceversa, a quedarse quietos, extasiados, inmortalizados en su efímera aparición imperecedera. Pienso en la guitarra de Diego del Gastor, y tantos otros; en la voz de Pasotra y Manuel Torre, y tantos más; en el baile de la Borrul, la Durán, Escudero, la Mercé, la Imperio… etc., etc. “Ahí quedó eso” ¿Pues en dónde quedó sino en nuestro recuerdo vivo, que es personal e intransferible? Todo lo demás fue ruido.

Yo diría que el sentimiento del toreo (sin el cual el toreo no es nada, ni para el que lo hace ni para el que lo ve; cosa que tan bien supieron y dijeron Rafael el Gallo, Joselito y Belmonte) sin ese sentimiento que decimos, sobre el que toda explicación es vana, como lo es para todo arte vivo o creador (poético en definitiva), no veríamos en el toreo esa callada música, que es su alma propia, su definición y su estilo. Por eso otras veces encontrábamos en los grandes toreros que vimos adecuada comparación con grandes poetas y nombrábamos a Rafael el Gallo y a José y a Belmonte, poniéndoles al lado, para compararlos, a Góngora, a Lope, a Calderón o Quevedo o Cervantes. Y llamábamos a Rafael el Gallo, Góngora del toreo; y a Joselito, Lope; y a Juan Belmonte, Caldrón o Quevedo y hasta Cervantes. También, y para entenderlos mejor (o sea, sentir su toreo mejor), solíamos decir que, en la mayoría de los casos, Joselito toreaba en verso, o que su maravilloso toreo era lírico, o que su maravilloso toreo era lírico; y que Belmonte toreaba era lírico; y que Belmonte toreaba en prosa (siempre poesía) y, por eso, dramático.
Todo esto diréis que son figuraciones mías, imaginaciones irreales. Pues ¿qué hay en el toreo, cuando es arte, que no lo sea? En el mundo imaginario, irreal, ilusorio, del toreo, como en el de todo arte vivo, creador (poético); como en el baile y el cante que también lo son. Si esto no fuera así, el arte y juego y fiesta del toreo no sería más que una bárbara y ritual matanza: como para muchos, muchísimos que quieren entender o comprender sin sentirlo, lo es. Y algunos se complacen con ello como si lo fuera.

Esta callada música del toreo puede, a veces, tener apoyo y estímulo en los oles y las palmas. Y así lo veíamos en el gitano Rafael de Paula que se apoyaba y se crecía en su toreo finísimo y profundo al oír el palmoteo de los suyos, que no era de otra música que le estorbase, sino de la de su toreo mismo, a tono con él. “Música es cuanto hace consonancia”, nos dijo Calderón. La callada música de su torear consonaba con aquellas palmas, afianzándose mas con ellas.
No vimos, ¡ay!, torear a Curro Romero en esta feria sevillana (“yo no lo vi, pero me lo figuro”). Me figuro que allí quedó también para siempre, para quienes lo vieron, la música callada de su toreo admirabilísimo. Esa música que “en el aire se aposenta”, como diría Lope. Y en la luz.

La música callada del toreo (I)/ Jose Bergamin

I

El arte mágico y prodigioso de torear tiene también su música (por dentro y por fuera) y es lo mejor que tiene. Música para los ojos del alma y para el oído del corazón: que es el tercer oído del que nos habló Nietzsche: el que escucha las armonías superiores.

Con el tercer oído (que decimos del corazón) es con el que escuchaba Carlyle su propio pensamiento cuando decía que “el pensamiento más profundo canta”. Nos parece que es esa música, ese canto, el que oímos cuando escuchamos atentamente el toreo para verlo mejor. “Oír con los ojos, ver con los oídos”, nos aconseja la Santa Escritura. Ver cómo se queda, se aposenta la música en el aire, cómo se oye su luz en el corazón.

Creo que ha sido el toreo de Rafael de Paula el primero que le ha llamado en lenguaje taurino al sentimiento del toreo, pensamiento; y pensamiento tan profundo que es canto y cante; que es musical. Música que “en el aire se aposenta”, nos dice Lope (“la música en el aire se aposenta”, reza en su verso el torerísimo poeta). Música callada, sonora soledad.

Para el vasco Unamuno, el pensamiento es el que crea el sentimiento: y no al revés, como pensaba Goethe. “Los sentimientos son pensamientos en conmoción”. El dolorido sentir de Gracilazo, ¿qué otra cosa puede ser sino pensamiento conmovido? El toreo lo es. Pero no siempre necesariamente dolorido. Aunque siempre nos conmueva por serlo. Pienso ahora, evoco, recuerdo, el toreo de Rafael el Gallo, el de su hermano Joselito, el de Belmonte… que nos hablaron de su “sentimiento del toreo”, dolorido y gozoso a la vez. Y la música callada de aquel toreo suyo nos renace a los ojos del alma y al oído del corazón como si la estuviéramos mirando y escuchando de nuevo cuando la evocamos. Como si se hubiera aposentado y quedado en el alma, en el aire, en el tiempo, para siempre. La vemos, la oímos todavía. Y es porque la sentimos aún al evocarla porque nos conmueve su pensamiento; porque nos sigue conmoviendo el pensarlo.

Muchas veces, cuando vemos torear por vez primera a un torero que con su toreo nos conmueve, como otros que vimos antes, porque llega a esas alturas sublimes de su arte que aquéllos alcanzaron, pensamos en aquellos otros. Y no porque se les parezcan o asemejen, no, sino porque han llegado a esas cumbres del arte mágico y prodigioso de torear. Porque son originales y no novedosos, como dijo Machado de los escritores, de los poetas. Y en todas las artes de la belleza es así (la música, la pintura, la poesía, la arquitectura y escultura). Como en el cante y en el baile flamencos, acompañantes invisibles, inaudibles, inseparables del arte mágico de torear.

La primera vez que vi torear, hace muchos años, en Madrid, a Curro Romero, pensé en Antonio Fuentes; con el que no tiene parecido ni semejanza alguna tal vez (o tal vez sí). Y es que Antonio Fuentes fue el primer torero cuyo toreo me conmovió por primer vez; se me reveló mágicamente con esa música callada y soledad sonora; con esa emoción conmovedora de pensamiento “que suspende y arrebata el ánimo con su maravillosa violencia”, como dijo el divino poeta sevillano. Con esa armoniosa musicalidad superior, quieta, sosegada, aposentada, que llamó Cervantes “un maravilloso silencio”. Y de este mismo modo, cuando vi torear por primera vez a Rafael de Paula, pensé en Rafael el Gallo; y tampoco por parecido o semejanza; sino por coincidencia con su profundo pensamiento musical: por la revelación maravillosa de una belleza viva, que es la del arte de torear mismo. Su “espíritu sin nombre”, su “indefinible esencia”, diría Bécquer.

Llegando a ese nivel, “alto y profundo”, de las artes de la belleza, no hay en la del toreo como no la hay en las otras de la poesía, la música, la pintura… ni un más ni menos, ni un mejor ni pero. No lo hay entre artistas a ese nivel (Velásquez, Murillo, el Greco, Goya… como Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, Garcián, Calderón…) si sólo de españoles hablamos. No la hay entre toreros como Fuentes, los Gallos Rafael y José, Belmonte, Gaona, Cagancho, Pepe Luis Vásquez, Bienvenida, Ordóñez, Curro Romero y Rafael de Paula… y hablo solo de los que yo he visto y oído torear.

domingo, 6 de enero de 2008

Plegaria taurina / Mons. Luis Alberto Luna Tobar


Mons. Luis Alberto Luna Tobar

Señor, Providencia de toda hora y arte de siempre, el maletilla y el maestro, espontáneo y el lidiado, quisieron dibujar en la arena, entre la necesidad y el coraje, una faena de lidia que le dé pan y les abra esperanzas de gloria.

No dejes que la arena se humedezca de sangre estéril.

No dejes que en los pitones se vaya ni un hilo de seda ni un torrente de vida.

No dejes que el grito frenético de los espectadores obnubile la mirada, entibie la ardentía del coraje íntimo, debilite el pulso que mantiene la mano que quiere bordar en los cielos un nombre valiente.

Señor, Providencia de toda hora, lanza tu capote sobre las astas o al vuelo de la arrancada insegura, para que el hombre domine a la bestia y el arte se ennoblezca sobre el instinto.

Señor, Arte de siempre, hazle un quite a la vanidad, al orgullo y enséñanos a recibir la vida a cuerpo limpio y sortear el destino con lidia natural.

Así sea.

jueves, 3 de enero de 2008

NOTAS DEL TENTADERO/ Antonio Caballero


Por Antonio Caballero (6toros6)

La gente, ingenuamente, da por hecho que quienes nos atrevemos a opinar sobre algo sabemos algo sobre ese algo. En este caso, sobre toros. Eso nos halaga, pero a la vez nos preocupa. Nos pasa como a la mujer de Joan Miró, una astuta payesa mallorquina que se inquietaba al ver cómo su marido triunfaba estruendosamente en el mundo de la pintura:

-Ay Joan… - le decía- :¿Y si se enteran?

No se han enterado.

En lo que a mí respecta, y en esto de los toros, muchas veces he intentado dejar las cosas claras: no tengo ni idea. Pero nadie me cree. A lo sumo me responden con amabilidad que sí, que en esto siempre se aprende y nunca se acaba de saber. De acuerdo: pero es que yo nunca he aprendido y ni siquiera he empezado a saber. No me hacen caso. Piensan que lo digo por coquetería, por pescar elogios. Así que he acabado por resignarme al malentendido. Ya ni me ruborizo. Hasta firmo libros. Porque a la vez he descubierto que también es cierto aquello de que nadie sabe de toros, ni las vacas, que le atribuyen a Joselito “El Gallo”. Voy a cometer una infidencia. Una tarde me tocó en los toros una localidad justo detrás del director de esta revista, en una plaza de estrechísimos graderíos, la de Aranjuez. Vi que tomaba notas en una libretita. Yo hago lo mismo, pero las mías son garabatos incomprensibles, para que parezcan notas y a la vez quien las lea por encima de mi hombro no se dé cuenta de que lo que pasa es que no sé. El curioso me preguntaba entonces: “¿Y las entiendes luego?” Y yo digo: “Pschéee… Son sólo notas: la corrida está aquí” (y me doy una palmada en la frente). En fin. El caso es que espié por encima del hombro de nuestro director para ser sus notas, y copiarlas, y así lucirme luego y que dijeran “Jo, lo que sabe este tío…!” Y vi que ponía, en letra pero clara: “Cielo nublado”. Miré al cielo. Sí, estaba nublado. Pero hasta yo, que no sé nada de toros, hubiera podido darme cuenta de eso sin la ayuda de un crítico. Copie sin embargo la nota, por sí acaso, y luego la transcribí en un artículo sin cambiar ni una coma. Y me dijeron “¡Jo, tío…! Tú no es sólo que sepas un huevo, sino que además eres un poeta”. Creo que casi todos los poetas son así.

Eso, en la plaza, basta. Finge uno que toma notas, y ya. Pero ¿y en un tentadero en el campo? Ahí hay que opinar algo ¿no? Hay que arrimarse. No el ganadero, que no permite que nadie vea sus notas y por eso las toma oculto en un burladero excavado en el muro de la placita de tientas. (Luego, en la plaza de verdad, sale el toro descastado y manso y flojo, como todos, y el ganadero finge extrañeza: “Pero si la madre tuvo muy buena nota…” ¿Qué nota? “¿Cielo nublado?”) No el ganadero, digo, sino uno, que va de invitado al palco y tiene que opinar. Hay otros invitados, ganaderos, buenos aficionados, gente que sabe, algún apoderado, el picador en su caballote de crines rubias, un matador que tienta, y roquedales, y acebuchales, y el esquilón lejano de un buey. ¿Qué va a comentar uno, si no sabe? ¿Cielo nublado? Por eso dice, sabiamente, un gran aficionado que conozco:

-A mí esto de los tentaderos no...

¿No qué? No nada. Simplemente “no”, y unos puntos suspensivos. Ahí está el secreto de la sabiduría. En esos puntos suspensivos. Sale la vaquita, va, viene, corretea, se estrella contra el peto, hay gritos y carreras, se alzan remolinos de polvo. Dice entonces uno:

-Pues creo yo que esta vaca…

Y calla.

Más carreras, más gritos, más torbellinos bajo el cielo nublado. Y uno comenta:

-Pues no sé yo si…

O bien, cruzando los brazos:

-Vamos a ver si ahora…

Y le hace al vecino, con el dedo, ademán de guardar silencio y esperar.

Sale otra vaca, gritos, carreras, etcétera. Y aprovecha uno para dejar caer una afirmación rotunda:

-Claro: es que esta es otra vaca.

Y oye uno que en torno cuchichean:

-¡Jo, lo que sabe este tío…!