Esta es una noticia que nos llena de orgullo. No podemos dejarla pasar, así que la publicamos. ¡Un amigo nuestro, y miembro de El Albero, es noticia en Badajoz!
Se explica por sí sola. ¡Disfrútenla!
De Ecuador al coso pacense ( El Periódico Extremadura - 06/08/2007 )
martes, 7 de agosto de 2007
domingo, 5 de agosto de 2007
5 de agosto
Esteban Ortiz Mena
Si uno lo recordara todo, mil veces el dolor nos impediría seguir adelante. Por ejemplo, si un bebé recordara los golpes que se busca en el intento, no caminaría jamás. Y desde ahí hasta la última borrachera, sobre todo la de algunitos que ya se vuelve recurrente, mil placeres no repetiríamos si recordáramos antes el dolor que puede causarnos.
Por eso los recuerdos que guardamos son los más especiales. Los recuerdos, no sé si les pasa, nos llenan de satisfacción. De recuerdos estamos hechos, los pasamos viviendo, pero siempre nos acordamos lo los que más satisfacciones nos traen. Inclusive, con el paso del tiempo, borramos lo negativo y exageramos lo positivo. Pero de eso se trata, de la satisfacción de haber vivido con intensidad. El recuerdo eriza la piel, ruboriza la cara, genera una expresión de picardía, los ojos se ponen brillantes, descubrimos el por qué de las ojeras profundas… Muchas veces queremos que se repitan, no siempre, por eso nuestras palpitaciones se aceleran, el dolor profundo se convierte en placer, los ojos se humedecen y cambian de parecer, el pecho se hincha, la boca hace un gesto que se llama sonrisa. Cuando recordamos, la vista se nubla… lo vuelves a sentir: la boca se vuelve agua pensando en el sabor que dejó un beso, un muletazo, una verónica. La sensación de estar puesto un vestido de torear. Lo que significa hacer un paseíllo. Ahí es cuando el estómago se vuelve cómplice: aletea. Y las manos, ansiosas, juegan el juego de recordar…
Cierras los ojos y vuelves a vivir lo vivido, como es lógico, con distinta intensidad. Pero el mismo escalofrío te recorre la piel. Una cosa hermosa es una alegría para siempre. Bueno, a veces es angustia, pocas, sonrisas eternas muchas, recuerdos recurrentes. Me lleno de nostalgia, la esperanza de volver a vivir… recordando.
Estoy algo confuso en mis descripciones, quizás como vienen los recuerdos. Hoy, justo hoy me acuerdo de una fecha: cinco de agosto de 1995. Un cartel de verano en la Plaza Quito; la nostalgia de que de eso ya son doce años. Ninguno fue torero, tres debutábamos en esa fecha. Uno del cartel llegó a mediocre matador de toros, el resto de los actuantes, con más sinceridad, lo intentamos. No lo logramos (estoy seguro que en lo más íntimo de cada uno está el haber intentado, jugándose las piernas). Tres debutábamos ese día: Ponce, Guzmán y Ortiz. En ese orden nos parieron, el día de nuestra antigüedad.
Quien sabe. La vida es caprichosa, pero si no hubiera sido así, quien sabe si la historia fuera otra y, para mala suerte de muchos, quizás no estuviera aquí escribiendo, menos siendo compañeros de aventuras taurinas.
Quería compartir el festejo que hacemos todos los años quienes celebramos esta fecha como la más especial de todas. Es una especie de cumpleaños taurino. Porque aunque no lo crean, todos los años (desde esa época) quienes toreamos lo volvemos a vivir.
Seguramente todos tenemos nuestras fechas, nuestros momentos. Por eso, aprovechando esta ocasión, festejemos cada uno su fecha íntima, acordémonos que sin ese momento, no seríamos nosotros. Porque de eso se trata.
Para los que alternamos ese día, un fuerte abrazo. A quienes leen esto, muchas gracias por ser cómplices de algo íntimo… 12 años después.
¡Feliz 5 de agosto! ¡Felices sueños!
Si uno lo recordara todo, mil veces el dolor nos impediría seguir adelante. Por ejemplo, si un bebé recordara los golpes que se busca en el intento, no caminaría jamás. Y desde ahí hasta la última borrachera, sobre todo la de algunitos que ya se vuelve recurrente, mil placeres no repetiríamos si recordáramos antes el dolor que puede causarnos.
Por eso los recuerdos que guardamos son los más especiales. Los recuerdos, no sé si les pasa, nos llenan de satisfacción. De recuerdos estamos hechos, los pasamos viviendo, pero siempre nos acordamos lo los que más satisfacciones nos traen. Inclusive, con el paso del tiempo, borramos lo negativo y exageramos lo positivo. Pero de eso se trata, de la satisfacción de haber vivido con intensidad. El recuerdo eriza la piel, ruboriza la cara, genera una expresión de picardía, los ojos se ponen brillantes, descubrimos el por qué de las ojeras profundas… Muchas veces queremos que se repitan, no siempre, por eso nuestras palpitaciones se aceleran, el dolor profundo se convierte en placer, los ojos se humedecen y cambian de parecer, el pecho se hincha, la boca hace un gesto que se llama sonrisa. Cuando recordamos, la vista se nubla… lo vuelves a sentir: la boca se vuelve agua pensando en el sabor que dejó un beso, un muletazo, una verónica. La sensación de estar puesto un vestido de torear. Lo que significa hacer un paseíllo. Ahí es cuando el estómago se vuelve cómplice: aletea. Y las manos, ansiosas, juegan el juego de recordar…
Cierras los ojos y vuelves a vivir lo vivido, como es lógico, con distinta intensidad. Pero el mismo escalofrío te recorre la piel. Una cosa hermosa es una alegría para siempre. Bueno, a veces es angustia, pocas, sonrisas eternas muchas, recuerdos recurrentes. Me lleno de nostalgia, la esperanza de volver a vivir… recordando.
Estoy algo confuso en mis descripciones, quizás como vienen los recuerdos. Hoy, justo hoy me acuerdo de una fecha: cinco de agosto de 1995. Un cartel de verano en la Plaza Quito; la nostalgia de que de eso ya son doce años. Ninguno fue torero, tres debutábamos en esa fecha. Uno del cartel llegó a mediocre matador de toros, el resto de los actuantes, con más sinceridad, lo intentamos. No lo logramos (estoy seguro que en lo más íntimo de cada uno está el haber intentado, jugándose las piernas). Tres debutábamos ese día: Ponce, Guzmán y Ortiz. En ese orden nos parieron, el día de nuestra antigüedad.
Quien sabe. La vida es caprichosa, pero si no hubiera sido así, quien sabe si la historia fuera otra y, para mala suerte de muchos, quizás no estuviera aquí escribiendo, menos siendo compañeros de aventuras taurinas.
Quería compartir el festejo que hacemos todos los años quienes celebramos esta fecha como la más especial de todas. Es una especie de cumpleaños taurino. Porque aunque no lo crean, todos los años (desde esa época) quienes toreamos lo volvemos a vivir.
Seguramente todos tenemos nuestras fechas, nuestros momentos. Por eso, aprovechando esta ocasión, festejemos cada uno su fecha íntima, acordémonos que sin ese momento, no seríamos nosotros. Porque de eso se trata.
Para los que alternamos ese día, un fuerte abrazo. A quienes leen esto, muchas gracias por ser cómplices de algo íntimo… 12 años después.
¡Feliz 5 de agosto! ¡Felices sueños!
miércoles, 1 de agosto de 2007
Amontonar derechazos
Alfonso Navalón
publicado en Tribuna de Salamanca 06/05/98
Antes los chavales que soñaban con ser toreros tenían espejos donde mirarse. Eran las grandes figuras y los viejos maestros que atesoraban todos los secretos de la torería y las técnicas del buen oficio.
Como las figuras de ahora no tienen torería y practican la profesión a destajo es muy difícil que los chavales aprendan el verdadero sentido del toreo. Curiosamente, de los toreros actuales sólo José Miguel Arroyo tuvo la suerte de estar al lado de un torero viejo que fue su profesor en la Escuela de Madrid.
Era Joselito de la Cal, antiguo novillero y luego formidable peón de brega con largo oficio que cuando ya no se daban más que verónicas, chicuelinas y gaoneras, resucitó toda la gran variedad del toreo de capa, sobre todo con las aportaciones de los mexicanos, desconocidas ya en España por la cantidad de años que no aparecen por nuestros ruedos los toreros aztecas.
Era Joselito de la Cal un verdadero estudioso del toro de lidia y en su condición de secretario de la Asociación de Ganaderías de Lidia publicó numerosos ensayos, certeramente ilustrados con dibujos. El viejo torero enseñó a Pepito Arroyo una gran variedad de quites. Gracias a él sorprendió a la afición de Madrid rompiendo la monotonía de los capotazos actuales y aunque el tal Arroyo los hace con muchas ventajas y recurre siempre a los más superficiales, ésta ha sido la base de los éxitos de la época en que llegó a figura. Porque ya veis en lo que se ha quedado. Hasta prohíbe que le televisen las corridas que tiene contratadas porque sabe que no está para que lo analice nadie.
El caso es que los jóvenes toreros van a los tentaderos a practicar derechazos y naturales. Y en cuanto la vaca no se presta a esa rutina ya no saben qué hacer con ella. Durante estos días he salido por esas plazas de tientas acompañando a un buen amigo de Zaragoza que traía a un novillero de finas maneras y buen sentido del toreo. Pero con la misma rutina de todos. Cuando se cansaba de dar derechazos empezaba a dar naturales y no había forma de sacarlo de ahí.
Las dos últimas tardes empecé a enfadarme: Mira chaval, el toreo es otra cosa. No es sólo una aburrida repetición del mismo pase porque por muy bien que los des el público acaba cansándose de ver siempre lo mismo. No había forma de sacarlo del paso. Le dije que una vez vi a Antonio Bienvenida en Madrid andarle por la cara a un manso de 'El Pizarral' y le cortó una oreja sin dar ni un natural ni un derechazo. Sencillamente porque el toro sólo tenía media arrancada y no se le podía embarcar en pases largos.
Pero no había forma. Traté de enseñarle los muletazos a dos manos por arriba. Los cambios, los ayudados por abajo y por arriba, las tres clases de molinetes, el natural, el invertido y a dos manos, los kikirikis, las giraldillas. Y así hasta veinte. Como no lo había hecho nunca, cada vez que lo intentaba lo cogía o salía trompicado.
La última tarde y en la última vaca fui mucho más tajante: Haz lo que quieras pero vas a torear sin dar ni un natural ni un derechazo. Y si no, lo dejas. Al cuarto pase ya estaba con la rutina. Lo mandé retirar y dejarle la vaca a otro muchacho. El apoderado no dijo nada pero me imagino que se enfadaría lo mismo que el chaval. A ver si para otra vez le sirve de lección. Aunque lo dudo.
Otro caso me ocurrió hace poco en mi propia ganadería. Un antiguo torero de Salamanca y gran amigo de la infancia me habló con ilusión de un chaval que está ayudando. Lo trajo a 'El Berrocal' y echamos un gran día de campo, asando carne y recordando viejos tiempos. A la hora del tentadero le tenía encerradas tres vacas. Después de verlo con la primera le dije al vaquero que soltara las otras dos.
El chaval se quedó sorprendido. El viejo torero lo entendió cuando le dije: No pierdas el tiempo. Este muchacho no tiene ninguna condición para llegar a nada. Es una pena estropear dos vacas más. Cuando tengas a uno que valga, lo traes. Y Antonio de Jesús me prometió que a pesar de su amistad con el padre del chaval, no perdería más tiempo con él.
publicado en Tribuna de Salamanca 06/05/98
Antes los chavales que soñaban con ser toreros tenían espejos donde mirarse. Eran las grandes figuras y los viejos maestros que atesoraban todos los secretos de la torería y las técnicas del buen oficio.
Como las figuras de ahora no tienen torería y practican la profesión a destajo es muy difícil que los chavales aprendan el verdadero sentido del toreo. Curiosamente, de los toreros actuales sólo José Miguel Arroyo tuvo la suerte de estar al lado de un torero viejo que fue su profesor en la Escuela de Madrid.
Era Joselito de la Cal, antiguo novillero y luego formidable peón de brega con largo oficio que cuando ya no se daban más que verónicas, chicuelinas y gaoneras, resucitó toda la gran variedad del toreo de capa, sobre todo con las aportaciones de los mexicanos, desconocidas ya en España por la cantidad de años que no aparecen por nuestros ruedos los toreros aztecas.
Era Joselito de la Cal un verdadero estudioso del toro de lidia y en su condición de secretario de la Asociación de Ganaderías de Lidia publicó numerosos ensayos, certeramente ilustrados con dibujos. El viejo torero enseñó a Pepito Arroyo una gran variedad de quites. Gracias a él sorprendió a la afición de Madrid rompiendo la monotonía de los capotazos actuales y aunque el tal Arroyo los hace con muchas ventajas y recurre siempre a los más superficiales, ésta ha sido la base de los éxitos de la época en que llegó a figura. Porque ya veis en lo que se ha quedado. Hasta prohíbe que le televisen las corridas que tiene contratadas porque sabe que no está para que lo analice nadie.
El caso es que los jóvenes toreros van a los tentaderos a practicar derechazos y naturales. Y en cuanto la vaca no se presta a esa rutina ya no saben qué hacer con ella. Durante estos días he salido por esas plazas de tientas acompañando a un buen amigo de Zaragoza que traía a un novillero de finas maneras y buen sentido del toreo. Pero con la misma rutina de todos. Cuando se cansaba de dar derechazos empezaba a dar naturales y no había forma de sacarlo de ahí.
Las dos últimas tardes empecé a enfadarme: Mira chaval, el toreo es otra cosa. No es sólo una aburrida repetición del mismo pase porque por muy bien que los des el público acaba cansándose de ver siempre lo mismo. No había forma de sacarlo del paso. Le dije que una vez vi a Antonio Bienvenida en Madrid andarle por la cara a un manso de 'El Pizarral' y le cortó una oreja sin dar ni un natural ni un derechazo. Sencillamente porque el toro sólo tenía media arrancada y no se le podía embarcar en pases largos.
Pero no había forma. Traté de enseñarle los muletazos a dos manos por arriba. Los cambios, los ayudados por abajo y por arriba, las tres clases de molinetes, el natural, el invertido y a dos manos, los kikirikis, las giraldillas. Y así hasta veinte. Como no lo había hecho nunca, cada vez que lo intentaba lo cogía o salía trompicado.
La última tarde y en la última vaca fui mucho más tajante: Haz lo que quieras pero vas a torear sin dar ni un natural ni un derechazo. Y si no, lo dejas. Al cuarto pase ya estaba con la rutina. Lo mandé retirar y dejarle la vaca a otro muchacho. El apoderado no dijo nada pero me imagino que se enfadaría lo mismo que el chaval. A ver si para otra vez le sirve de lección. Aunque lo dudo.
Otro caso me ocurrió hace poco en mi propia ganadería. Un antiguo torero de Salamanca y gran amigo de la infancia me habló con ilusión de un chaval que está ayudando. Lo trajo a 'El Berrocal' y echamos un gran día de campo, asando carne y recordando viejos tiempos. A la hora del tentadero le tenía encerradas tres vacas. Después de verlo con la primera le dije al vaquero que soltara las otras dos.
El chaval se quedó sorprendido. El viejo torero lo entendió cuando le dije: No pierdas el tiempo. Este muchacho no tiene ninguna condición para llegar a nada. Es una pena estropear dos vacas más. Cuando tengas a uno que valga, lo traes. Y Antonio de Jesús me prometió que a pesar de su amistad con el padre del chaval, no perdería más tiempo con él.
jueves, 12 de julio de 2007
Torería/ Zabala de la Serna
Vicente Zabala de la Serna
La torería, esa esencia tan imposible de definir, tan fácil de distinguir y tan difícil de ver. Torería: gallardía, elegancia, naturalidad, gesto, caballerosidad. ¿Torería? ¿Y si la encuadramos por actitudes exentas de ella? ¿Qué no es torería?:
Torería no es hacer el paseíllo sin liarse el capote de paseo.
Torería no es la muleta blanca y la camisa negra.
Torería no es pegarle patadas al capote.
Torería no es limpiarse las manos de sangre en el culo de la taleguilla.
Torería no es golpear al toro con un manotazo en la culata.
Torería no es desprenderse de la montera al romper el desfile como si molestase.
Torería no es calentar en el callejón como un futbolista que calienta en la banda.
Torería no es simular pares de banderillas en el mismo.
Torería no es sonarse con la mano.
Torería no es un vestido de luces como un pijama, sin oro aparentando ser oro.
Torería no es envolverse en un mantón de manila en una vuelta al ruedo.
Torería no es escupir desde la barrera por delante de un compañero.
Torería no es agarrarse al peto de un caballo para acompañarlo hasta el portón de cuadrillas tras el tercio de varas.
Torería no es simular verónicas delante de tu matador cuando va a salir el toro: porque el que las da luego es él, no tú.
Torería no es estar descolocado en la plaza, ausente de la lidia.
Torería no es desentenderse de la faena de un compañero, de cháchara o saludos entrebarreras (menos siendo director de lidia).
Torería no es bajar en mitad del ruedo a los picadores de un torero herido pasa subir los tuyos porque te toca apechar con la cuestión.
Torería no es cambiar una corrida a unos compañeros el día antes.
Torería no son esos rótulos de autopropaganda en las furgonetas de cuadrillas.
Torería no es desabrocharse el chaleco.
Torería no es usar los fajines elásticos simulados.
Torería no es un tipo de zapatillas más confortables y cerradas que no es el clásico, porque acabaremos aceptando unas Air Jordan.
Torería es no aparecer a la hora de la corrida porque se da por hecho que se suspende por lluvia y que el presidente te mande un coche de la policía local a por ti.
Torería no es que un toro devuelto no entre en los corrales y te desentiendas siendo tuyo- cuando reiteradamente no obedece a los cabestros (tampoco es profesionalidad).
Torería no es darse azotitos en las nalgas con los banderilleros.
Torería no es celebrar que el toro cae muerto como quien marca un gol.
Torería no es salir y entrar de la cara del toro como se entra y se sale de una cafetería.
Torería no es desanudarse el corbatín porque hace calor.
Torería no es quedarse a la derecha del caballo de picar.
Torería no es correr para brindar un toro al público.
Torería no es tirarle la montera al picador para que levante la vara.
Torería no es colocarse el paquete como un camionero a la luz de todas las miradas.
Torería no es usar varillas en los capotes (si las hubiere).
Torería no es meter un toro sin reseñar no sorteado y engañar al público (o pretenderlo).
Torería no es evitar sortear por la fuerza de ser figura.
Torería no es andar engorilado por la plaza, como un pistolero.
Torería es lindeza, majeza, fragilidad, señorío, sentimiento. Torería es Morante en San Sebastián, lo más torero de las últimas semanas. En el arte y en el desastre, torero.
La torería, esa esencia tan imposible de definir, tan fácil de distinguir y tan difícil de ver. Torería: gallardía, elegancia, naturalidad, gesto, caballerosidad. ¿Torería? ¿Y si la encuadramos por actitudes exentas de ella? ¿Qué no es torería?:
Torería no es hacer el paseíllo sin liarse el capote de paseo.
Torería no es la muleta blanca y la camisa negra.
Torería no es pegarle patadas al capote.
Torería no es limpiarse las manos de sangre en el culo de la taleguilla.
Torería no es golpear al toro con un manotazo en la culata.
Torería no es desprenderse de la montera al romper el desfile como si molestase.
Torería no es calentar en el callejón como un futbolista que calienta en la banda.
Torería no es simular pares de banderillas en el mismo.
Torería no es sonarse con la mano.
Torería no es un vestido de luces como un pijama, sin oro aparentando ser oro.
Torería no es envolverse en un mantón de manila en una vuelta al ruedo.
Torería no es escupir desde la barrera por delante de un compañero.
Torería no es agarrarse al peto de un caballo para acompañarlo hasta el portón de cuadrillas tras el tercio de varas.
Torería no es simular verónicas delante de tu matador cuando va a salir el toro: porque el que las da luego es él, no tú.
Torería no es estar descolocado en la plaza, ausente de la lidia.
Torería no es desentenderse de la faena de un compañero, de cháchara o saludos entrebarreras (menos siendo director de lidia).
Torería no es bajar en mitad del ruedo a los picadores de un torero herido pasa subir los tuyos porque te toca apechar con la cuestión.
Torería no es cambiar una corrida a unos compañeros el día antes.
Torería no son esos rótulos de autopropaganda en las furgonetas de cuadrillas.
Torería no es desabrocharse el chaleco.
Torería no es usar los fajines elásticos simulados.
Torería no es un tipo de zapatillas más confortables y cerradas que no es el clásico, porque acabaremos aceptando unas Air Jordan.
Torería es no aparecer a la hora de la corrida porque se da por hecho que se suspende por lluvia y que el presidente te mande un coche de la policía local a por ti.
Torería no es que un toro devuelto no entre en los corrales y te desentiendas siendo tuyo- cuando reiteradamente no obedece a los cabestros (tampoco es profesionalidad).
Torería no es darse azotitos en las nalgas con los banderilleros.
Torería no es celebrar que el toro cae muerto como quien marca un gol.
Torería no es salir y entrar de la cara del toro como se entra y se sale de una cafetería.
Torería no es desanudarse el corbatín porque hace calor.
Torería no es quedarse a la derecha del caballo de picar.
Torería no es correr para brindar un toro al público.
Torería no es tirarle la montera al picador para que levante la vara.
Torería no es colocarse el paquete como un camionero a la luz de todas las miradas.
Torería no es usar varillas en los capotes (si las hubiere).
Torería no es meter un toro sin reseñar no sorteado y engañar al público (o pretenderlo).
Torería no es evitar sortear por la fuerza de ser figura.
Torería no es andar engorilado por la plaza, como un pistolero.
Torería es lindeza, majeza, fragilidad, señorío, sentimiento. Torería es Morante en San Sebastián, lo más torero de las últimas semanas. En el arte y en el desastre, torero.
viernes, 6 de julio de 2007
LA MARAVILLOSA ALEGRÍA DE LO QUE ES TOREAR
Esteban Ortiz Mena
Hay que partir explicando, como cuando se abre plaza y quedan esas pisadas en la arena como única constancia del inicio de aquel rito, que la óptica de esta charla girará alrededor del entendido. Sí, el entendido como aquel aficionado profesional (en palabras de Mario Solano) que vive intensamente. Es aquel individuo al que le brillan los ojos intensamente cuando comenta y explica una faena de Morante; cuando viaja kilómetros enteros, descubre que La Maestranza no es un sueño y se le llenan los ojos de lágrimas no más comprobarlo; cuando va a un bar, una casa, un rincón y descubre fotos de toreros colgadas en la pared y empieza a explicar, con la voz conmovida, el ángulo que forman la muleta, la pantorrilla y la cabeza del toro, y aunque alguien que pase por ahí no vea nada de extraordinario en todo ello, queda convencido, al escucharle, que el ángulo, sin duda, es algo especial… Exacto, al entendido no hay nada en el mundo que le apasione tanto como los toros.
Además, no es fácil conversar ni sentarse detrás de esta mesa y hablar con entendidos. Estoy convencido de que todavía tengo mucho por aprender: el entendido es un erudito y cuando es bueno, es un referente. Por eso les voy a contar (ya me inventaré cómo) lo que yo siento, que es mejor que intentar dar una charla magistral.
Decía que el entendido es aquel que se preocupa por leer de toros. NO sabe otra cosa más que hablar de toros. El único dinero que logra ahorrar de su trabajo se lo gasta en toros, (y queda endeudado para el resto del año) en comprar el abono, en viajar, en ir de plaza en plaza. Su vida gira alrededor del mundo del toro.
En fin… creo que ya nos hemos ubicado.
Esta charla, sin duda, es desde la perspectiva de la persona: no es desde la perspectiva del aficionado de tendido, sino del entendido en términos generales: aquel torero que siente, el ganadero que cría… en fin.
Iniciemos: La maravillosa alegría, pero ¿qué es lo que lo produce? ¿Por qué nos apasionan tanto los toros? ¿Por qué estamos aquí sentados oyendo hablar de toros? ¿Por qué vamos a una plaza sabiendo a priori que el resultado puede ser malo.
Si bien ya sabemos la respuesta final y personal (la maravillosa alegría), creo que es importante valorarlo y darnos cuenta de los porqués:
· Por qué nos apasionan tanto los toros si es un espectáculo bastante crudo, que denota una fuerte dosis de crueldad. Cruel sin duda. Es un acto en el que emana sangre de verdad, la del toro (no la metafísica cristina del cuerpo y la sangre de Cristo). Puede ser un espectáculo cruento, pero NO ES VIOLENTO. Por ejemplo, el fútbol lo es, pero los toros no. En el fútbol ha habido más muertes que en los toros. Y no estoy exagerando. Hay datos al respecto. El fútbol genera violencia porque la rivalidad genera pasiones y esas pasiones encontrones. Cuando dos hinchas de equipos distintos se encuentran a la salida de un estadio puede ser catastrófico: peleas callejeras, hospitalizados, vandalismo y hasta muertos son el saldo frecuente de enfrentamientos entre equipos de fútbol. ¿En qué campeonato, por más pequeño que sea (el de los estudios jurídicos, el de los compañeros de colegio, etc) no termina en pelea, batalla campal, expulsados y agresiones?
· En el toreo no hay rivalidad. Hay conjunción. Cuantas veces hemos salido de una plaza de toros llenos, con el alma repleta de arte, de esas sensaciones que son tan difíciles de describir. Porque en los toros no nos parcializamos por el toro o por el torero. Quizás un gusto particular. Pero jamás salimos a las calles a enfrentarnos entre aficionados. Pero salimos de la plaza, luego de momentos sublimes, abrazados. Otras veces llorando; siempre con el alma conmovida. Aunque no haya pasado nada. Alegres, llenos… porque la experiencia misma de ver toros ya nos enseña. Y claro, el entendido es el eterno esperanzado que vive siempre soñando en la faena que nunca va a ver. Y eso nos llena de alegrías, eso nos llena de felicidad.
· Hay que entender que esas alegrías son personales. Íntimas desde todo punto de vista, porque cada quien lo vive a su manera: yo no creo que existan familias de aficionados que tengan la exclusividad de la fiesta; o incluso entendidos que crean tener el monopolio de la sabiduría y el conocimiento; ni empresas que impongan términos a los aficionados por intereses económicos o de cualquier índole; (o autoridades que por favorecer a sus amigos decidan por el resto de aficionados). Creo que, parafraseando al gobierno, todos somos socios.
· En el mundo del toro TODOS SOMOS SOCIOS. Para ayudarnos, complementarnos y tener muchas alegrías. Si perdemos la perspectiva, el empresario se queda sin empresa porque el público no va a la plaza; y el ganadero no alimentará a los toros porque la empresa no le compra y el torero se quedará sin profesión por no tener un espectador que le aplauda.
· Hay otro factor: LA SENSIBILIDAD. Yo creo que este es uno de los elementos más importantes de todo aficionado. Si no abstraemos este concepto para poder captar tantas sensaciones y tantas alegrías, no estaríamos a nada de diferenciar entre una carnicería y un arte. Porque la delgada línea entre lo uno y lo otro es la sensibilidad para poder apreciar con los sentidos… con el alma, el espectáculo que estamos viendo.
· Bergamín ya lo decía: “sin sensibilidad… no hay entendimiento de ningún arte o juego” (Bergamín, El Arte del Birlibirloque).
· Miren que incongruencia: los antitaurinos se dicen sensibles… yo creo todo lo contrario. Hay que tener una sensibilidad especial para poder ver toros. Esa que abstrae la crudeza del espectáculo (que lo es) y que busca en lo profundo su entendimiento.
· Pero no sólo los antitaurinos. Me acuerdo que Santiago Cano comentaba una conversación que tuvo con aquel gran aficionado Fausto Cano, su padre. Me parece que estaban tomando un café o caminando por la calle, no lo recuerdo bien, y habían estado viendo a la gente pasar. Seguro les ha pasado que se ponen a pensar ¿en qué estará pensando esa persona?; ¿qué hará de su vida?; ¿qué problemas tendrá? En fin. Pero estos dos pedazos de aficionados iban más allá. Pensando lo mismo, llegaban a la conclusión de que les parecía sumamente triste que ellos no sean aficionados. ¡Qué será de la vida de ese pobre diablo!, decían. Pobre, llegar a la casa, ver a la mujer, estar con los hijos… ¡y no tener toros! No tener una pasión que le distraiga de la rutina, que le llene el alma, que le brinde alegrías.
· Bergamín: “El poder conceptuar tan rápidamente lo sensible es propiedad de finísimas sensibilidades: las sensibilidades torpes, rudimentarias, carecen de esta facultad; por eso para ellas el espectáculo es sensacional y repulsivo; porque les es, sencillamente, inconcebible. El toreo es un juego vivo de inteligencia, tan exclusivamente inteligente, que el error más mínimo contra la exactitud en la ejecución de sus suertes le puede costar al lidiador la vida”.
· Por eso es importante hablar de esto. ¡Qué no daría yo para poder compartir con aquel que pasa por la calle tanta felicidad! Si supiera de lo que estoy hablando, seguro sería aficionado.
· La sensación de torear no acepta contemplaciones, ni poses, ni mentiras. Fingir no es una opción. Es tanta la pasión, que yo no he visto que a ningún otro profesional le llamen por lo que es cuando hace bien las cosas. Me explico: el momento de mayor algarabía en una plaza, el público llama al grito de ¡torero!, ¡torero! Yo jamás he visto gritar ¡taxista!, ¡taxista! (a menos que sea para insultar); o ¡arquitecto!, ¡arquitecto!
· Pero veamos qué sensaciones nos produce el ver torear:
¡MORANTE! (VIDEO)
Miren qué alegría produce, que me voy a permitir un extraordinario artículo, lleno de sensibilidad que describe lo que un entendido siente cuando ocurre el milagro. Se refiere a Morante. LA CANONIZACIÓN ¡YA!
· Conchita Cintrón, en su libro ¿Por qué vuelven los toreros? dice algo que es muy cierto: ¿Parar, templar y mandar? El toreo no es eso, el toreo abarca mucho más. El toreo es emoción, sentimiento, pasión, entrega… lógicamente conocimiento, pero no se limita a parar, templar y mandar. Si un torero para, templa y manda… pero no emociona; no le queda más remedio que irse a los tendidos. Y disfrutar de distinta manera.
· Los siete pilares del toreo, como lo describió Antonio Caballero.
Maneras de torear
¿Qué es torear? Me parece que es muy limitado decir que torear es burlar con arte y estética las embestidas del toro porque es un concepto que va mucho más allá. Porque como decía antes, el arte es sentimiento. ¿Quién puede describir un sentimiento? Nadie, sólo hay que cerrar los ojos y sentirlo. Esa es la mejor definición.
Belmonte decía: “Se torea como se es” y quizás en estas pocas palabras se encuentra el sentido de torear para el torero. Es categórico: no se puede torear de ninguna otra forma sino como uno es. Por eso cada cual torea distinto, cada cual hace e interpreta a su manera el toreo y lo expresa de la misma forma: su forma. Por eso hay cuantas maneras de torear y de entender tantas como toreros existen.
Por eso, cada cual asume a su manera. Tomando y citando la clasificación que hace Antonio Caballero, creo que es importante señalar siete formas de interpretar el toreo. Sin duda, no que existen siete formas de torear (ya lo mencioné, se torea como se es) pero si características en los que en más o en menos, los toreros siempre tienden a encasillarse:
EL TOREO HONDO: El artista, el toreo clásico en palabras de Paula, si mayor exponente actual. Hoy por hoy, en activo, Morante de la Puebla. Es el toreo fugaz por naturaleza, improvisado, sólo puede expresarse cuando se está ahí, delante del toro: el artista no puede esperar a que la inspiración venga a la cita, como sí puede esperar días y noches su llegada caprichosa un poeta. Eso tiene la consecuencia de que en los toros son muy raras las tardes de arte, y aun dentro de las tardes los chispazos de arte. Porque para que surjan se requiere una casi imposible conjunción de elementos: el torero, el toro y el momento. Es un arte instantáneo, y del instante único y exacto.
EL TOREO NATURAL: como el de Manzanares. La clase, que no es lo mismo que el arte. Da lo mismo si es en una plaza de responsabilidad severa, como Madrid, o Bilbao, o Sevilla; o si es en la alegría sin consecuencias de un festival benéfico; o si es simplemente en un tentadero en su propia casa, sin testigos. En todas partes, en donde sea, José Mari Manzanares torea como quien respira. ¿Respiran ustedes, de manera distinta en un lugar o en otro, digamos en la Maestranza de Sevilla un Domingo de Resurrección o frente al televisor en la sala de su casa? Si; probablemente, sí. Pero usted no es José Mari Manzanares.
Todo arte es artificio, desde luego, y el del toreo no es una excepción. Pero hay modos del arte en los cuales el artificio es natural. No imita a la naturaleza, sino que es ella misma en su vasto respirar cósmico. Es un don recibido del cielo que distingue ciertos músicos, ciertos poetas: Mozart, a Verlaine. En ellos, el arte sale solo, como desprovisto de intervención humana. Quiero decir, de intervención de la voluntad humana. Así es el arte del toreo de José Mari Manzanares. Un arte natural.
EL TOERO HERÓICO: El héroe, el mito, el gladiador como César Rincón. El toreo es, por supuesto, un oficio de héroes: de hombres muy valerosos que se juegan la vida. Es el único oficio heroico que queda en un mundo obsesionado por la seguridad, con la posible excpeción del de bombero. Pero los bomberos no se juegan la vida por el arte, sino por la necesidad: alguien tiene que apagar los incendios; y en cambio no es necesario que nadie se enfrente a los toros bravos. Antoñete decía que el toreo heroico es el toreo de siempre. Distancia al toro; técnica porque sin ella es imposible el cite de largo; enganchar al toro en la panza de la muleta y llevárselo atrás; y hacerlo templado, rítmico. Eso es dominio, y cuando todo ocurre así, se manifiesta la belleza y se produce arte. Y eso tiene un enorme mérito porque supone contar con un valor a toda prueba. Parece fácil, pero hay que hacerlo.
EL TOREO ROMÁNTICO: Como el de José Miguel Arroyo, Joselito. El romántico, el de otros tiempo. Ese toreo rancio, sabor antiguo muy personal, muy individual. Callado. Toreo asentado, y a la vez relajado. Sin prisas. Todo se hace despacio en el toreo, para que quede bien hecho. Se entra a la suerte sin prisas, se sale sin prisas de la suerte. Clásico: “yo me fijo mucho en las cosas antiguas e intento ser lo más clásico posible” ha dicho Joselito. Como todos los románticos. Porque los románticos tiene la nostalgia del equilibrio clásico.
EL TOREO PERFECTO: el de Enrique Ponce. El toreo a prueba de equivocaciones, el toreo inteligente y completo como torero.
EL TOREO ALEGRE: siendo valuarte de esta categoría El Cordobés. En la alegría de la fiesta está el origen del toreo, y también está su permanencia. Dejen esto solo en manos de los artistas serios, y a ver qué pasa.
EL TOREO ESPIRITUAL: Belmonte decía que el toreo es una actividad del espíritu. El toreo espiritual es el de José Tomás: dictado desde adentro, desde las potencias del alma; o desde arriba, desde Dios; o desde un principio oscuro de inmanencia, como está el árbol presente en la semilla; o, teológicamente, desde un inexorable deber ser.
6 de julio de 2007
Hay que partir explicando, como cuando se abre plaza y quedan esas pisadas en la arena como única constancia del inicio de aquel rito, que la óptica de esta charla girará alrededor del entendido. Sí, el entendido como aquel aficionado profesional (en palabras de Mario Solano) que vive intensamente. Es aquel individuo al que le brillan los ojos intensamente cuando comenta y explica una faena de Morante; cuando viaja kilómetros enteros, descubre que La Maestranza no es un sueño y se le llenan los ojos de lágrimas no más comprobarlo; cuando va a un bar, una casa, un rincón y descubre fotos de toreros colgadas en la pared y empieza a explicar, con la voz conmovida, el ángulo que forman la muleta, la pantorrilla y la cabeza del toro, y aunque alguien que pase por ahí no vea nada de extraordinario en todo ello, queda convencido, al escucharle, que el ángulo, sin duda, es algo especial… Exacto, al entendido no hay nada en el mundo que le apasione tanto como los toros.
Además, no es fácil conversar ni sentarse detrás de esta mesa y hablar con entendidos. Estoy convencido de que todavía tengo mucho por aprender: el entendido es un erudito y cuando es bueno, es un referente. Por eso les voy a contar (ya me inventaré cómo) lo que yo siento, que es mejor que intentar dar una charla magistral.
Decía que el entendido es aquel que se preocupa por leer de toros. NO sabe otra cosa más que hablar de toros. El único dinero que logra ahorrar de su trabajo se lo gasta en toros, (y queda endeudado para el resto del año) en comprar el abono, en viajar, en ir de plaza en plaza. Su vida gira alrededor del mundo del toro.
En fin… creo que ya nos hemos ubicado.
Esta charla, sin duda, es desde la perspectiva de la persona: no es desde la perspectiva del aficionado de tendido, sino del entendido en términos generales: aquel torero que siente, el ganadero que cría… en fin.
Iniciemos: La maravillosa alegría, pero ¿qué es lo que lo produce? ¿Por qué nos apasionan tanto los toros? ¿Por qué estamos aquí sentados oyendo hablar de toros? ¿Por qué vamos a una plaza sabiendo a priori que el resultado puede ser malo.
Si bien ya sabemos la respuesta final y personal (la maravillosa alegría), creo que es importante valorarlo y darnos cuenta de los porqués:
· Por qué nos apasionan tanto los toros si es un espectáculo bastante crudo, que denota una fuerte dosis de crueldad. Cruel sin duda. Es un acto en el que emana sangre de verdad, la del toro (no la metafísica cristina del cuerpo y la sangre de Cristo). Puede ser un espectáculo cruento, pero NO ES VIOLENTO. Por ejemplo, el fútbol lo es, pero los toros no. En el fútbol ha habido más muertes que en los toros. Y no estoy exagerando. Hay datos al respecto. El fútbol genera violencia porque la rivalidad genera pasiones y esas pasiones encontrones. Cuando dos hinchas de equipos distintos se encuentran a la salida de un estadio puede ser catastrófico: peleas callejeras, hospitalizados, vandalismo y hasta muertos son el saldo frecuente de enfrentamientos entre equipos de fútbol. ¿En qué campeonato, por más pequeño que sea (el de los estudios jurídicos, el de los compañeros de colegio, etc) no termina en pelea, batalla campal, expulsados y agresiones?
· En el toreo no hay rivalidad. Hay conjunción. Cuantas veces hemos salido de una plaza de toros llenos, con el alma repleta de arte, de esas sensaciones que son tan difíciles de describir. Porque en los toros no nos parcializamos por el toro o por el torero. Quizás un gusto particular. Pero jamás salimos a las calles a enfrentarnos entre aficionados. Pero salimos de la plaza, luego de momentos sublimes, abrazados. Otras veces llorando; siempre con el alma conmovida. Aunque no haya pasado nada. Alegres, llenos… porque la experiencia misma de ver toros ya nos enseña. Y claro, el entendido es el eterno esperanzado que vive siempre soñando en la faena que nunca va a ver. Y eso nos llena de alegrías, eso nos llena de felicidad.
· Hay que entender que esas alegrías son personales. Íntimas desde todo punto de vista, porque cada quien lo vive a su manera: yo no creo que existan familias de aficionados que tengan la exclusividad de la fiesta; o incluso entendidos que crean tener el monopolio de la sabiduría y el conocimiento; ni empresas que impongan términos a los aficionados por intereses económicos o de cualquier índole; (o autoridades que por favorecer a sus amigos decidan por el resto de aficionados). Creo que, parafraseando al gobierno, todos somos socios.
· En el mundo del toro TODOS SOMOS SOCIOS. Para ayudarnos, complementarnos y tener muchas alegrías. Si perdemos la perspectiva, el empresario se queda sin empresa porque el público no va a la plaza; y el ganadero no alimentará a los toros porque la empresa no le compra y el torero se quedará sin profesión por no tener un espectador que le aplauda.
· Hay otro factor: LA SENSIBILIDAD. Yo creo que este es uno de los elementos más importantes de todo aficionado. Si no abstraemos este concepto para poder captar tantas sensaciones y tantas alegrías, no estaríamos a nada de diferenciar entre una carnicería y un arte. Porque la delgada línea entre lo uno y lo otro es la sensibilidad para poder apreciar con los sentidos… con el alma, el espectáculo que estamos viendo.
· Bergamín ya lo decía: “sin sensibilidad… no hay entendimiento de ningún arte o juego” (Bergamín, El Arte del Birlibirloque).
· Miren que incongruencia: los antitaurinos se dicen sensibles… yo creo todo lo contrario. Hay que tener una sensibilidad especial para poder ver toros. Esa que abstrae la crudeza del espectáculo (que lo es) y que busca en lo profundo su entendimiento.
· Pero no sólo los antitaurinos. Me acuerdo que Santiago Cano comentaba una conversación que tuvo con aquel gran aficionado Fausto Cano, su padre. Me parece que estaban tomando un café o caminando por la calle, no lo recuerdo bien, y habían estado viendo a la gente pasar. Seguro les ha pasado que se ponen a pensar ¿en qué estará pensando esa persona?; ¿qué hará de su vida?; ¿qué problemas tendrá? En fin. Pero estos dos pedazos de aficionados iban más allá. Pensando lo mismo, llegaban a la conclusión de que les parecía sumamente triste que ellos no sean aficionados. ¡Qué será de la vida de ese pobre diablo!, decían. Pobre, llegar a la casa, ver a la mujer, estar con los hijos… ¡y no tener toros! No tener una pasión que le distraiga de la rutina, que le llene el alma, que le brinde alegrías.
· Bergamín: “El poder conceptuar tan rápidamente lo sensible es propiedad de finísimas sensibilidades: las sensibilidades torpes, rudimentarias, carecen de esta facultad; por eso para ellas el espectáculo es sensacional y repulsivo; porque les es, sencillamente, inconcebible. El toreo es un juego vivo de inteligencia, tan exclusivamente inteligente, que el error más mínimo contra la exactitud en la ejecución de sus suertes le puede costar al lidiador la vida”.
· Por eso es importante hablar de esto. ¡Qué no daría yo para poder compartir con aquel que pasa por la calle tanta felicidad! Si supiera de lo que estoy hablando, seguro sería aficionado.
· La sensación de torear no acepta contemplaciones, ni poses, ni mentiras. Fingir no es una opción. Es tanta la pasión, que yo no he visto que a ningún otro profesional le llamen por lo que es cuando hace bien las cosas. Me explico: el momento de mayor algarabía en una plaza, el público llama al grito de ¡torero!, ¡torero! Yo jamás he visto gritar ¡taxista!, ¡taxista! (a menos que sea para insultar); o ¡arquitecto!, ¡arquitecto!
· Pero veamos qué sensaciones nos produce el ver torear:
¡MORANTE! (VIDEO)
Miren qué alegría produce, que me voy a permitir un extraordinario artículo, lleno de sensibilidad que describe lo que un entendido siente cuando ocurre el milagro. Se refiere a Morante. LA CANONIZACIÓN ¡YA!
· Conchita Cintrón, en su libro ¿Por qué vuelven los toreros? dice algo que es muy cierto: ¿Parar, templar y mandar? El toreo no es eso, el toreo abarca mucho más. El toreo es emoción, sentimiento, pasión, entrega… lógicamente conocimiento, pero no se limita a parar, templar y mandar. Si un torero para, templa y manda… pero no emociona; no le queda más remedio que irse a los tendidos. Y disfrutar de distinta manera.
· Los siete pilares del toreo, como lo describió Antonio Caballero.
Maneras de torear
¿Qué es torear? Me parece que es muy limitado decir que torear es burlar con arte y estética las embestidas del toro porque es un concepto que va mucho más allá. Porque como decía antes, el arte es sentimiento. ¿Quién puede describir un sentimiento? Nadie, sólo hay que cerrar los ojos y sentirlo. Esa es la mejor definición.
Belmonte decía: “Se torea como se es” y quizás en estas pocas palabras se encuentra el sentido de torear para el torero. Es categórico: no se puede torear de ninguna otra forma sino como uno es. Por eso cada cual torea distinto, cada cual hace e interpreta a su manera el toreo y lo expresa de la misma forma: su forma. Por eso hay cuantas maneras de torear y de entender tantas como toreros existen.
Por eso, cada cual asume a su manera. Tomando y citando la clasificación que hace Antonio Caballero, creo que es importante señalar siete formas de interpretar el toreo. Sin duda, no que existen siete formas de torear (ya lo mencioné, se torea como se es) pero si características en los que en más o en menos, los toreros siempre tienden a encasillarse:
EL TOREO HONDO: El artista, el toreo clásico en palabras de Paula, si mayor exponente actual. Hoy por hoy, en activo, Morante de la Puebla. Es el toreo fugaz por naturaleza, improvisado, sólo puede expresarse cuando se está ahí, delante del toro: el artista no puede esperar a que la inspiración venga a la cita, como sí puede esperar días y noches su llegada caprichosa un poeta. Eso tiene la consecuencia de que en los toros son muy raras las tardes de arte, y aun dentro de las tardes los chispazos de arte. Porque para que surjan se requiere una casi imposible conjunción de elementos: el torero, el toro y el momento. Es un arte instantáneo, y del instante único y exacto.
EL TOREO NATURAL: como el de Manzanares. La clase, que no es lo mismo que el arte. Da lo mismo si es en una plaza de responsabilidad severa, como Madrid, o Bilbao, o Sevilla; o si es en la alegría sin consecuencias de un festival benéfico; o si es simplemente en un tentadero en su propia casa, sin testigos. En todas partes, en donde sea, José Mari Manzanares torea como quien respira. ¿Respiran ustedes, de manera distinta en un lugar o en otro, digamos en la Maestranza de Sevilla un Domingo de Resurrección o frente al televisor en la sala de su casa? Si; probablemente, sí. Pero usted no es José Mari Manzanares.
Todo arte es artificio, desde luego, y el del toreo no es una excepción. Pero hay modos del arte en los cuales el artificio es natural. No imita a la naturaleza, sino que es ella misma en su vasto respirar cósmico. Es un don recibido del cielo que distingue ciertos músicos, ciertos poetas: Mozart, a Verlaine. En ellos, el arte sale solo, como desprovisto de intervención humana. Quiero decir, de intervención de la voluntad humana. Así es el arte del toreo de José Mari Manzanares. Un arte natural.
EL TOERO HERÓICO: El héroe, el mito, el gladiador como César Rincón. El toreo es, por supuesto, un oficio de héroes: de hombres muy valerosos que se juegan la vida. Es el único oficio heroico que queda en un mundo obsesionado por la seguridad, con la posible excpeción del de bombero. Pero los bomberos no se juegan la vida por el arte, sino por la necesidad: alguien tiene que apagar los incendios; y en cambio no es necesario que nadie se enfrente a los toros bravos. Antoñete decía que el toreo heroico es el toreo de siempre. Distancia al toro; técnica porque sin ella es imposible el cite de largo; enganchar al toro en la panza de la muleta y llevárselo atrás; y hacerlo templado, rítmico. Eso es dominio, y cuando todo ocurre así, se manifiesta la belleza y se produce arte. Y eso tiene un enorme mérito porque supone contar con un valor a toda prueba. Parece fácil, pero hay que hacerlo.
EL TOREO ROMÁNTICO: Como el de José Miguel Arroyo, Joselito. El romántico, el de otros tiempo. Ese toreo rancio, sabor antiguo muy personal, muy individual. Callado. Toreo asentado, y a la vez relajado. Sin prisas. Todo se hace despacio en el toreo, para que quede bien hecho. Se entra a la suerte sin prisas, se sale sin prisas de la suerte. Clásico: “yo me fijo mucho en las cosas antiguas e intento ser lo más clásico posible” ha dicho Joselito. Como todos los románticos. Porque los románticos tiene la nostalgia del equilibrio clásico.
EL TOREO PERFECTO: el de Enrique Ponce. El toreo a prueba de equivocaciones, el toreo inteligente y completo como torero.
EL TOREO ALEGRE: siendo valuarte de esta categoría El Cordobés. En la alegría de la fiesta está el origen del toreo, y también está su permanencia. Dejen esto solo en manos de los artistas serios, y a ver qué pasa.
EL TOREO ESPIRITUAL: Belmonte decía que el toreo es una actividad del espíritu. El toreo espiritual es el de José Tomás: dictado desde adentro, desde las potencias del alma; o desde arriba, desde Dios; o desde un principio oscuro de inmanencia, como está el árbol presente en la semilla; o, teológicamente, desde un inexorable deber ser.
6 de julio de 2007
martes, 22 de mayo de 2007
Toreo y filosofía
Por Antonio Caballero
Decía aquí hace ocho días que el castellano es la lengua natural del toreo.¿ La lengua de Dios, como sostenía Carlos V, gran alanceador de toros en elcampo ? No lo sé. Pero sí, sin duda, la lengua del toreo; o, lo que es lomismo, la lengua de la filosofía.Esta afirmación puede sorprender, dado que en castellano no ha habido ningúnfilósofo digno de ese nombre. Pero la razón es obvia: es que no senecesitan. La propia lengua tiene resueltos ya, por sí misma, todos losproblemas filosóficos que quepa plantear . Y los tiene resueltos por elsencillo procedimiento de distinguir (caso único entre todas las lenguas) elverbo ser del verbo estar. Así allí donde Descartes, por ejemplo, seenredaba inextricablemente con su “cogito, ergo sum” (que significa “pienso,luego soy”, o, quizás, “pienso, luego estoy), cualquier crítico taurinodefine sin vacilar:- Joselito es, desde luego; pero esta temporada desde luego que no está.Y la cosa queda perfectamente clara hasta para un niño.O pongamos el caso de Heidegger. Al cabo de largos años de rigurosameditación solitaria en una cabaña de la Selva Negra llegó a una conclusión que ha sido tenida por revolucionaria en el campo del pensamientoespeculativo: “Seind und Zeit”, dijo. (O sea: “Ser y tiempo”). Se hubieraahorrado muchas neuronas simplemente echándole un vistazo a una revista detoros que anunciara: “Curro Romero toreará cuatro corridas en su trigésimacuarta Feria de Sevilla”.Porque hubiera entendido así, de un solo golpe, que estar es ser en eltiempo, feria tras feria, indefinidamente; y que el ser es la suma o lacondensación de los infinitos modos del estar: “estar bien”, “estar mal”,“estar en Curro”, etc.Y en vez de seguir filosofando en su cabaña, aburridísimo, se hubiera ido alos toros a ver a Curro. Si le hubiera tocado una mala tarde hubieracomentado con los amigos, ante un whisky, en el bar:- Curro estuvo, sí, pero sin llegar a estar como debe ser. A ver si eldomingo que viene está mejor.Y de esa decepción dubitativa hubiera tocado todo el existencialismosartriano de “L’Étre et le Néant” (El Ser y la Nada”); con La Náuseaincluida, en caso de que Curro hubiera matado de un horroroso bajonazo. Perosi en cambio le hubiera tocado una tarde buena (la del domingo siguiente,sin ir más lejos), hubiera salido de la plaza exclamando exultante:- ¡ Cómo estuvo ese tío con el capote ! ¡ Pero cómo estuvo ! ¡ Es unfenómeno !Y de ahí, como simple y obligado corolario, se hubiera desarrollado con lanaturalidad de una larga serpentina en zigzag la totalidad del pensamientofenomenológico de Husserl. Aunque Romero, que no es un hombre jactancioso,le hubiera quitado hierro al entusiasmo del pensador alemán citando consencillez ese aforismo de concisión digna de Heráclito en el que JuanBelmonte comprendió a Aristóteles y a Nietzsche: - Hombre, es que se torea como se es.¿Qué más ejemplos quieren? ¿Es escueto “suerte, y al toro”, con el que losaficionados cabales resumen toda la filosofía patrística de Occidente, desdela “gracia” de San Agustín hasta la “justificación” de Kierkegaard, pasandopor Santo Tomás y por Calvino? Si prefieren algo en Castellano les puedocitar el caso de José Ortega y Gasset, considerado entre los filósofos de sutiempo como “el primero de España y el quinto de Alemania”. Ortega se crió alos pechos de la lengua filosófica o taurina por excelencia, el castellano;pero a pesar de eso su inclinación germanófila le impidió entender nuncanada del toreo ni de filosofía: tenía que traducir al alemán para entenderlo que pensaba. De ahí que elaborara el complicado circunloquio “yo soy y micircunstancia” para decir lo que un aficionado normal suelta con claridadática:- Si hay toro, no hay torero. Si hay torero, no hay toro.O bien, si se prefiere el orteguiano pronombre de primera persona, lo quedice cualquier novillero sin caballos:- Si el toro me embiste, yo armo el lío.Fue de Ortega y Gasset, precisamente, de quien le dijeron a Rafael “ElGallo” que era un “filósofo”. Y el torero, tras darle dos chupadasreflexivas al puro, comentó con magnanimidad:- Hay gente pa tó. (Tomado de la revista 6 Toros 6, 14 de julio de 1998)
Decía aquí hace ocho días que el castellano es la lengua natural del toreo.¿ La lengua de Dios, como sostenía Carlos V, gran alanceador de toros en elcampo ? No lo sé. Pero sí, sin duda, la lengua del toreo; o, lo que es lomismo, la lengua de la filosofía.Esta afirmación puede sorprender, dado que en castellano no ha habido ningúnfilósofo digno de ese nombre. Pero la razón es obvia: es que no senecesitan. La propia lengua tiene resueltos ya, por sí misma, todos losproblemas filosóficos que quepa plantear . Y los tiene resueltos por elsencillo procedimiento de distinguir (caso único entre todas las lenguas) elverbo ser del verbo estar. Así allí donde Descartes, por ejemplo, seenredaba inextricablemente con su “cogito, ergo sum” (que significa “pienso,luego soy”, o, quizás, “pienso, luego estoy), cualquier crítico taurinodefine sin vacilar:- Joselito es, desde luego; pero esta temporada desde luego que no está.Y la cosa queda perfectamente clara hasta para un niño.O pongamos el caso de Heidegger. Al cabo de largos años de rigurosameditación solitaria en una cabaña de la Selva Negra llegó a una conclusión que ha sido tenida por revolucionaria en el campo del pensamientoespeculativo: “Seind und Zeit”, dijo. (O sea: “Ser y tiempo”). Se hubieraahorrado muchas neuronas simplemente echándole un vistazo a una revista detoros que anunciara: “Curro Romero toreará cuatro corridas en su trigésimacuarta Feria de Sevilla”.Porque hubiera entendido así, de un solo golpe, que estar es ser en eltiempo, feria tras feria, indefinidamente; y que el ser es la suma o lacondensación de los infinitos modos del estar: “estar bien”, “estar mal”,“estar en Curro”, etc.Y en vez de seguir filosofando en su cabaña, aburridísimo, se hubiera ido alos toros a ver a Curro. Si le hubiera tocado una mala tarde hubieracomentado con los amigos, ante un whisky, en el bar:- Curro estuvo, sí, pero sin llegar a estar como debe ser. A ver si eldomingo que viene está mejor.Y de esa decepción dubitativa hubiera tocado todo el existencialismosartriano de “L’Étre et le Néant” (El Ser y la Nada”); con La Náuseaincluida, en caso de que Curro hubiera matado de un horroroso bajonazo. Perosi en cambio le hubiera tocado una tarde buena (la del domingo siguiente,sin ir más lejos), hubiera salido de la plaza exclamando exultante:- ¡ Cómo estuvo ese tío con el capote ! ¡ Pero cómo estuvo ! ¡ Es unfenómeno !Y de ahí, como simple y obligado corolario, se hubiera desarrollado con lanaturalidad de una larga serpentina en zigzag la totalidad del pensamientofenomenológico de Husserl. Aunque Romero, que no es un hombre jactancioso,le hubiera quitado hierro al entusiasmo del pensador alemán citando consencillez ese aforismo de concisión digna de Heráclito en el que JuanBelmonte comprendió a Aristóteles y a Nietzsche: - Hombre, es que se torea como se es.¿Qué más ejemplos quieren? ¿Es escueto “suerte, y al toro”, con el que losaficionados cabales resumen toda la filosofía patrística de Occidente, desdela “gracia” de San Agustín hasta la “justificación” de Kierkegaard, pasandopor Santo Tomás y por Calvino? Si prefieren algo en Castellano les puedocitar el caso de José Ortega y Gasset, considerado entre los filósofos de sutiempo como “el primero de España y el quinto de Alemania”. Ortega se crió alos pechos de la lengua filosófica o taurina por excelencia, el castellano;pero a pesar de eso su inclinación germanófila le impidió entender nuncanada del toreo ni de filosofía: tenía que traducir al alemán para entenderlo que pensaba. De ahí que elaborara el complicado circunloquio “yo soy y micircunstancia” para decir lo que un aficionado normal suelta con claridadática:- Si hay toro, no hay torero. Si hay torero, no hay toro.O bien, si se prefiere el orteguiano pronombre de primera persona, lo quedice cualquier novillero sin caballos:- Si el toro me embiste, yo armo el lío.Fue de Ortega y Gasset, precisamente, de quien le dijeron a Rafael “ElGallo” que era un “filósofo”. Y el torero, tras darle dos chupadasreflexivas al puro, comentó con magnanimidad:- Hay gente pa tó. (Tomado de la revista 6 Toros 6, 14 de julio de 1998)
martes, 8 de mayo de 2007
INSTRUCCIONES PARA LLORAR
Esteban Ortiz Mena
Estaba jugando al toro con mi sobrino de cinco años y en un arranque de entusiasmo, el toro (que era yo) se coló por el pitón izquierdo provocando una seria voltereta al pequeño torero. En vez de ir a la enfermería como hubiera correspondido, Ignacio José (así se llama el torero) se puso de pie y con un gruñido salió corriendo donde su mamá: se puso a llorar. Además del susto que me llevé (y el odio por ser un toro “tonto” y “malo, ya no quiero jugar contigo”) me acordé de que en el mundo también existe la posibilidad de llorar.
Es probable que lo que más extrañe de mi infancia sea esa capacidad de llanto y alarido. Ir corriendo libremente donde mi madre, con lágrimas en los ojos gritando sin que me importe nada más que mi lamento (y los motivos que lo producen) es algo que asombrosamente olvidamos con el pasar de los años.
Las lágrimas vienen cuando existen sentimientos y sensaciones, es lo que siempre lo produce, generando sensibilidad. Aunque quizás no se genera algo, se lo expresa. Por que no es malo llorar, sino que muchas veces lo evitamos para esconder nuestros sentimientos por que creemos que eso nos vuelve vulnerables. Pero la vulnerabilidad no viene acompañada de lágrimas, sino de comportamientos, por eso se vuelve necesario llorar.
El llanto completo, luego de los motivos que lo generan, tiene la característica de venir acompañado de una contracción del rostro, lágrimas en los ojos y mocos. Pero los mocos vienen al final, pues el llanto se acaba el momento en que uno se suena enérgicamente. En el caso de los niños, esto viene acompañado con manga de saco directo a la nariz y usualmente en el rincón del cuarto.
Cuando Ignacio José lloraba me acordé que hace poco me pasó lo mismo. Quizás me sentí identificado. Ya no tengo cuarto y menos rincón con esquina; pero si tengo plaza de toros. Claro que no siempre lloro en una plaza, otras veces me enojo y de vez en cuando me aburro (cosa que no debería pasar nunca, pero pasa). Pero cuando se apagan las luces en una plaza, como por ejemplo la coqueta Belmonte para dar paso a la torería y a Morante; cuando sale un toro y se le hace una faena sólida, por ejemplo en la Plaza Quito; cuando salta al ruedo un bravo toro y le dan la vuelta al ruedo como ocurrió en esta Feria 2006; o sino simplemente cuando sale un toro con trapío; o cuando sale un toro al que se le perdona la vida (¡imagínense lo que ocurre cuando son dos!), y si todo esto pasa casi al mismo tiempo… ahí lloro. El toreo es tan grande que desborda lo que sentimos, nos llena tanto el alma que logra humedecer nuestros ojos con mucha facilidad.
Y cuando todo esto está ligado a un mismo actor, tiene más mérito aún: José Luis Cobo.
El Albero Peña Taurina ha instituido desde hace algunos años su trofeo “a la torería” en la Feria de Quito y lo venimos entregando anualmente. Luego de lo que vivimos, hasta podríamos renombrarlo. Porque apelamos a lo que nos hace sentir; y en definitiva, a vivir la vida como un sueño. Tomando prestadas unas palabras de Fernando Claramunt, los toros “me han ayudado a comprender que, por la práctica repetida de una conducta irracional y apasionada, descubre uno mejor la distancia entre los sueños y la realidad”, haciendo que podamos vivir con “intensidad momentos irrepetibles e inolvidables”. (Claramunt, Fernando; Aroma de Torería, ed Tutor, Madrid 2001, p9.)
Cómo no acordarse de aquella noche en la Belmonte, con sus luces apagadas. Con la garganta desgarrada de tanto corear ¡olés! a Morante; el alma exaltada y los ojos lagunosos. Por supuesto: primer llanto, lágrimas y torrentes de agua en una noche mágica. Faltó poco para el emperro, porque no queríamos que se acabe.
El toreo es un ejercicio espiritual y por lo tanto, carece de sonidos cuando brotan los sentimientos.
Lo disfrutábamos, en nuestra soledad (a pesar de que la plaza estaba llena) aquellos momentos con intensidad. Es que los toros están hechos de momentos y a más intensidad, más profundos se vuelven; más calan en nuestros sentidos. Ahí aprendí que en eso radica el arte: en revolver los sentimientos y llorar. “Los sentimientos son pensamientos en conmoción” decía Unamuno… pues en eso también, porque el pensar es un sentir y “la emoción del toreo, para el que lo hace como para el que lo ve, nace de ese pensamiento conmovido” (Bergamín José, La música callada del toreo, ed. Tuner, Madrid 1994, p8.)
Luego fue Huagrahuasi: vueltas al ruedo y el primer indulto. ¡Qué vergüenza ni que comentario de vecino! ¡Y qué importa llorar de emoción!
Hasta que ya de plano, el agua empezó a caer por todos lados: todos lloraban, incluido el cielo. La famosa “corrida de la lluvia” no hubiera sido histórica si un toro de Triana no hubiera bebido agua del centro del ruedo… Llorar, como la torería, es un complemento del pensamiento conmovido que cuando brota en una plaza, nadie que así lo sienta, lo puede contener.
¡Qué poco se necesita para volver a ser niño!
Creo que esta vez sobran los motivos y las explicaciones: El Albero a la torería 2007 a José Luis Cobo. Gracias por ser el cómplice de hacernos llorar. ¡Enhorabuena!
Estaba jugando al toro con mi sobrino de cinco años y en un arranque de entusiasmo, el toro (que era yo) se coló por el pitón izquierdo provocando una seria voltereta al pequeño torero. En vez de ir a la enfermería como hubiera correspondido, Ignacio José (así se llama el torero) se puso de pie y con un gruñido salió corriendo donde su mamá: se puso a llorar. Además del susto que me llevé (y el odio por ser un toro “tonto” y “malo, ya no quiero jugar contigo”) me acordé de que en el mundo también existe la posibilidad de llorar.
Es probable que lo que más extrañe de mi infancia sea esa capacidad de llanto y alarido. Ir corriendo libremente donde mi madre, con lágrimas en los ojos gritando sin que me importe nada más que mi lamento (y los motivos que lo producen) es algo que asombrosamente olvidamos con el pasar de los años.
Las lágrimas vienen cuando existen sentimientos y sensaciones, es lo que siempre lo produce, generando sensibilidad. Aunque quizás no se genera algo, se lo expresa. Por que no es malo llorar, sino que muchas veces lo evitamos para esconder nuestros sentimientos por que creemos que eso nos vuelve vulnerables. Pero la vulnerabilidad no viene acompañada de lágrimas, sino de comportamientos, por eso se vuelve necesario llorar.
El llanto completo, luego de los motivos que lo generan, tiene la característica de venir acompañado de una contracción del rostro, lágrimas en los ojos y mocos. Pero los mocos vienen al final, pues el llanto se acaba el momento en que uno se suena enérgicamente. En el caso de los niños, esto viene acompañado con manga de saco directo a la nariz y usualmente en el rincón del cuarto.
Cuando Ignacio José lloraba me acordé que hace poco me pasó lo mismo. Quizás me sentí identificado. Ya no tengo cuarto y menos rincón con esquina; pero si tengo plaza de toros. Claro que no siempre lloro en una plaza, otras veces me enojo y de vez en cuando me aburro (cosa que no debería pasar nunca, pero pasa). Pero cuando se apagan las luces en una plaza, como por ejemplo la coqueta Belmonte para dar paso a la torería y a Morante; cuando sale un toro y se le hace una faena sólida, por ejemplo en la Plaza Quito; cuando salta al ruedo un bravo toro y le dan la vuelta al ruedo como ocurrió en esta Feria 2006; o sino simplemente cuando sale un toro con trapío; o cuando sale un toro al que se le perdona la vida (¡imagínense lo que ocurre cuando son dos!), y si todo esto pasa casi al mismo tiempo… ahí lloro. El toreo es tan grande que desborda lo que sentimos, nos llena tanto el alma que logra humedecer nuestros ojos con mucha facilidad.
Y cuando todo esto está ligado a un mismo actor, tiene más mérito aún: José Luis Cobo.
El Albero Peña Taurina ha instituido desde hace algunos años su trofeo “a la torería” en la Feria de Quito y lo venimos entregando anualmente. Luego de lo que vivimos, hasta podríamos renombrarlo. Porque apelamos a lo que nos hace sentir; y en definitiva, a vivir la vida como un sueño. Tomando prestadas unas palabras de Fernando Claramunt, los toros “me han ayudado a comprender que, por la práctica repetida de una conducta irracional y apasionada, descubre uno mejor la distancia entre los sueños y la realidad”, haciendo que podamos vivir con “intensidad momentos irrepetibles e inolvidables”. (Claramunt, Fernando; Aroma de Torería, ed Tutor, Madrid 2001, p9.)
Cómo no acordarse de aquella noche en la Belmonte, con sus luces apagadas. Con la garganta desgarrada de tanto corear ¡olés! a Morante; el alma exaltada y los ojos lagunosos. Por supuesto: primer llanto, lágrimas y torrentes de agua en una noche mágica. Faltó poco para el emperro, porque no queríamos que se acabe.
El toreo es un ejercicio espiritual y por lo tanto, carece de sonidos cuando brotan los sentimientos.
Lo disfrutábamos, en nuestra soledad (a pesar de que la plaza estaba llena) aquellos momentos con intensidad. Es que los toros están hechos de momentos y a más intensidad, más profundos se vuelven; más calan en nuestros sentidos. Ahí aprendí que en eso radica el arte: en revolver los sentimientos y llorar. “Los sentimientos son pensamientos en conmoción” decía Unamuno… pues en eso también, porque el pensar es un sentir y “la emoción del toreo, para el que lo hace como para el que lo ve, nace de ese pensamiento conmovido” (Bergamín José, La música callada del toreo, ed. Tuner, Madrid 1994, p8.)
Luego fue Huagrahuasi: vueltas al ruedo y el primer indulto. ¡Qué vergüenza ni que comentario de vecino! ¡Y qué importa llorar de emoción!
Hasta que ya de plano, el agua empezó a caer por todos lados: todos lloraban, incluido el cielo. La famosa “corrida de la lluvia” no hubiera sido histórica si un toro de Triana no hubiera bebido agua del centro del ruedo… Llorar, como la torería, es un complemento del pensamiento conmovido que cuando brota en una plaza, nadie que así lo sienta, lo puede contener.
¡Qué poco se necesita para volver a ser niño!
Creo que esta vez sobran los motivos y las explicaciones: El Albero a la torería 2007 a José Luis Cobo. Gracias por ser el cómplice de hacernos llorar. ¡Enhorabuena!
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