miércoles, 5 de enero de 2011

LOS TOROS Y LA LIBERTAD



Francisco Febres Cordero


No fue el mío un alejamiento drástico, como el que exige, por ejemplo, el cigarrillo. En determinado momento y por las más diversas circunstancias, uno toma la decisión y deja de fumar. No va más. Lo que sigue es sudor, tormento, desquiciamiento ante una decisión que resultó impostergable.

Con los toros no me ocurrió así. Mi distanciamiento fue despacioso y por etapas. Un día (que tenía que ser un día de diciembre, necesariamente) decidí no ir a la corrida. ¿Y la entrada? Las entradas nunca se pierden siempre hay alguien a mano que nos salva del trance y, encima, queda muy agradecido. No fui esa vez, pero si fui otra. Tal vez esa misma temporada o tal vez la del año siguiente. Llegué a la plaza unas veces y otras no llegué.

Pero lo cierto es que, cuando llegaba, me sentía cada vez más extraño, más incómodo, más fuera de sitio, para decirlo en términos taurinos. Me molestaban el ambiente, la gente, ese esnobismo que reina en las gradas, el humo de los puros que fuman los puristas, el jerez, el coño (no el coño de nadie en particular, sino el que pronuncian los que después de pronunciar cualquier palabra, pronuncian también ¡coño!).

Fui, pues, desentendiéndome de los toros. Me fui liberando y, como en todo proceso de liberación, hubo una sensación de libertad casi exultante. Pero también un sentimiento de dolor y de nostalgia. Hubo un choque de estados anímicos. A veces, encendía la tele y ¡tac! Pescaba, cerca de la medianoche Tendido Cero, y me quedaba viendo el programa, entendiendo quizá menos de lo que podía haber entendido antes de haberme cortado la coleta de aficionado. Ahora, ya no sabía quién era tal o cual torero pero, al ver cómo toreaba, me emocionaba o me cabreaba. O si no, de pronto, abría un libro y. Bueno, así le otra biografía de Manolete y regresé a la infancia e hice el paseíllo junto a mi hermano Rafael en el patio de nuestra casa de la Floresta y dejé que él, mi hermano, fuera Manolete y yo Islero, a mucha deshonra.

La última vez que me invitaron a ver una corrida, dije que no. Que gracias, pero no. Y después, cuando me invitaron a este mismo restaurante para almorzar, luego de la corrida a la que dije que no, dije que peor; en la Casa de Damián –imaginé- se almorzará con las zetas y ya no estoy en edad de soportar aquello, ¡joder, masho!.

Así pues, he llegado a esta provecta edad en que la salud (mental y física) me ha obligado a romper con dos pasiones que en determinado momento me marcaron: el cigarrillo y los toros. Del cigarrillo, confieso que en alguna noche de trasnoche, he dado algunas pitadas. He pecado, para al día siguiente mostrar mi contrición y, sobre todo, mi propósito de enmienda. Y de los toros, reconozco que a veces, cuando nadie me ve, en oscuras y en solitario, ensayo una verónica. O entro al Internet y pongo en el Google Manolete. A veces, Manolete. Otras, Dominguín. Otras, Paco Camino.

Pero sé, soy consciente que los toros, como los cigarrillos, están ahí. Y yo puedo volver a fumar cuando me dé la gana, así como creo tener el derecho de poder volver a los toros cuando me dé la gana. Lo que no soporto, lo que no puedo imaginar sin estar al borde de la alferecía es que alguien, cualquiera que sea, me prive de la posibilidad de regresar a la plaza algún día, si es que, ¡qué carajo!, me despierto con las ganas de hacerlo y siento que la sangre se me espesa de tensión, de nervios.

No voy porque no quiero. Igual que no fumo, porque no me da la gana. Pero si alguien proscribiera la venta de tabaco, yo me fabricaría a escondidas los míos y, aunque hubiera dicho que no iba a volver a fumar jamás, fumaría con las pitadas más hondas, más profundas, un cigarrillo tras otro, aunque solo fuera por hacer un ejercicio de libertad. Si alguien proscribiera los toros, viajaría de madrugada a algún páramo y citaría a la muerte en una pelea que la sé perdida de antemano, por el solo prurito de ejercer mi libertad a sentir miedo y sentir arte y sentir bravura y sentir –también sentir- el regusto de la gloria.

¡Que no se atrevan! ¡Que no se atrevan esos Torquemadas que nos tratan de meter a todos en la cárcel de lo políticamente correcto, a decir que se cierran las plazas que existen en casi todos los pueblos y ciudades del país y que los toros quedan prohibidos! ¡Que no se atrevan porque ese mismo instante me levantaré de mi sepulcro y volveré a los toros! Y si ya no existen, me los inventaré. Y haré que José María Plaza vuelva a vestirse de corto y con él marcharé a buscar a los Chalupas perdidos para ver cómo él sigue dando esas verónicas de belleza y cadencia insólitas, que yo jalearé desde el tendido como el más necio, viejo, obsesivo aficionado que juro volver a ser si alguien osa quitarme la posibilidad de, alguna vez regresar a ser espectador de una corrida.

lunes, 3 de enero de 2011

Antonio Caballero

Antonio Caballero, uno de los columnistas más críticos del país, reflexiona en este texto sobre la belleza y su manipulación por parte de la medicina, así como sobre la belleza y su relación con la política, el arte y los toros. El presente texto se preparó para la ceremonia solemne del XIV Curso Internacional de Cirugía Estética, evento con el cual se conmemoraron en mayo pasado, en Medellín, las Bodas de Oro de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica, y se publicará en el órgano de esta sociedad, la Revista Colombiana de Cirugía Plástica y Reconstructiva.



Se preguntarán ustedes, como me pregunto yo mismo, qué pinto yo aquí, si no soy cirujano, ni tampoco profesor de estética en una facultad de filosofía. De manera que creo que debo presentarme.

Soy escritor y periodista. Pero no de temas de divulgación científica, como tal vez convendría a quien participa en un acto de estas características; por el contrario, suelo ocuparme de los asuntos menos científicos imaginables: la política; el arte, en particular la pintura, y la fiesta de los toros. Además de una novela, he publicado libros dedicados a esos tres temas que les digo, en los cuales caben todas las extravagancias y todas las arbitrariedades. Sin embargo, me parece que tienen bastante que ver con la almendra central del oficio que todos ustedes practican: con la belleza. Están relacionados los tres con la belleza, y con su manipulación. O, por decirlo de otro modo, con la apariencia y su manipulación.

El primero de los tres, la política, se refiere a la manipulación cruda y desnuda: es decir, el engaño y la trampa. En esta época en que vivimos, dominada por la imagen visual mucho más que por la palabra, ese engaño y esa trampa se ejercen fundamentalmente sobre las apariencias visuales. Decía el expresidente de Francia Valéry Giscard d´Estaing, en un libro incompleto de memorias que publicó hace unos cuantos años, que él había decidido retirarse de la política cuando había descubierto inesperadamente en un espejo que la política lo estaba volviendo feo. No es verdad, claro. Digo: no es verdad que se retirara por eso, y la prueba es que todavía no se ha retirado. Pero sí es verdad que se estaba volviendo notablemente feo. La política, que es el arte de la disimulación y del engaño, afea el rostro, que es (dicen) el espejo del alma (de esto volveré a hablar más tarde). Sólo los muy grandes políticos, quiero decir, los políticos que se entregan a las tareas de la grandeza, conservan su belleza física. Es el caso, por ejemplo, de ese gran hombre que fue presidente de Sudáfrica: Nelson Mandela. Pero observen ustedes en cambio el proceso de feicización que ha sufrido una mujer, originalmente bellísima, como la política paquistaní Benazir Buttho. Y yo no creo que sea un simple azar burocrático-escultórico el hecho de que el emperador romano Augusto, que es el primer político profesional que utilizó de manera masiva su propia imagen como instrumento publicitario, dispusiera que todas sus estatuas, a lo largo del medio siglo de su principado, conservaran la misma cabeza idealizada de muchacho de veinte años con que llegó al poder.

Así que, resumiendo esto, en mi oficio de periodista político yo no trato con la belleza, sino con la fealdad. No me ocupo de los grandes hombres, sino de los pequeños y mezquinos. No sé si pueda afirmarse de manera rotunda que a todos los políticos profesionales les convendría una intervención extrema de cirugía reconstructiva, pero sí quiero recordar una anécdota de otro político francés: François Mitterrand sólo logró ser elegido presidente de Francia en su tercer intento, cuando se hizo limar por su dentista los colmillos, que tenía demasiado visibles y afiliados: de modo que, cuando sonreía en la televisión, adquiría un aspecto inquietante de ogro devorador de niños. A partir de la operación odontológica los franceses no sólo lo eligieron presidente dos veces, sino que lo empezaron a llamar cariñosamente «tonton», o sea «tío».

Otro de mis temas habituales es el arte, y en particular, como ya dije, la pintura. Nunca he hecho profesionalmente crítica de arte, pero sí he escrito y publicado crónicas y comentarios sobre arte que incluso he recopilado en un libro. Arte, me apresuro a precisar, occidental. Como ustedes saben, desde los griegos el arte de Occidente se ha dedicado a celebrar la belleza y se ha esforzado por excluir la fealdad. Ha pretendido ser un estudio de la belleza formal, fundamentado filosóficamente en la equiparación, que viene de Aristóteles, de lo bello como lo verdadero. Una equiparación que muchas veces ha obligado a los artistas (y también a los filósofos) a falsificar lo verdadero para que fuera bello, o lo pareciera.

Ser bello, o parecerlo. El ser, el parecer. Como ven, estamos aquí de lleno en la disciplina científica que practican ustedes.

En el transcurso de los siglos, naturalmente, ha cambiado muchas veces el concepto de lo bello, como ha evolucionado también el de lo verdadero. Y ha habido etapas, épocas, en que lo decididamente feo, quiero decir, lo que en ese mismo momento y bajo esos mismos cánones se ha entendido como feo, sin embargo se ha aceptado y absorbido dentro de lo bello. Podría hablar aquí del barroco, pero es sin duda en todos los «ismos» del arte del siglo XX donde este fenómeno ha sido más notorio. El hecho es que siempre toda crítica o comentario de arte en Occidente ha sido consustancialmente comentario o crítica sobre la belleza y sobre la fealdad.

Mi tercer tema han sido los toros. Las corridas de toros. La belleza de lo sangriento y de lo terrible. Y he podido darme cuenta de que a los cirujanos plásticos les gustan los toros (creo que precisamente por eso fui invitado a esta reunión): un gusto que atribuyo al hecho de que conocen por experiencia propia, por formación o por deformación profesional, la función estética del derramamiento de sangre. Decía el poeta Rainer María Rilke en una de sus elegías que «lo bello es el comienzo de lo terrible. Es aquella parte de lo terrible que todavía podemos soportar».

Resumo: la fealdad física y moral de los políticos y de la vida política la belleza estética y espiritual de las artes plásticas, y el comienzo de lo terrible, que asoma en esa fiesta ritual de sangre que es la corrida de toros. Con estos tres elementos, creo que estoy preparado para decir dos o tres cosas sobre cirugía estética.

Digo estética, y no plástica, porque a los profanos, o sea, a los que estamos de este lado del bisturí, del lado de la punta, lo que nos interesa de lo que hacen ustedes en el quirófano es lo referido a la belleza. No solemos tener en cuenta aspectos que posiblemente para ustedes, como profesionales, sean más importantes. Digamos los de la cirugía reconstructiva para pacientes con deformaciones físicas o para grandes quemados, etcétera. Para el profano, lo que ustedes hacen es una labor de embellecimiento. Más compleja, sin duda, pero en su esencia igual a la que cumple un maquillador o un peluquero. La cirugía estética es, para nosotros, la intervención artificial que se hace sobre un cuerpo humano para acrecentar su belleza natural o para disfrazar sus imperfecciones naturales.

Hablo de embellecimiento. Pero puede ser también una labor de rejuvenecimiento. O de falsificación de la juventud desaparecida: borrar arrugas, quitar papadas, levantar párpados o senos caídos por el paso de los años. Es algo cada día más frecuente. No sólo ya entre las personas que viven de su propia belleza, tales como las actrices o las modelos, sino entre todo el mundo. Leía hace poco en un periódico que en Inglaterra se ha multiplicado prodigiosamente el número de personas de mediana edad que se hacen operaciones de estiramiento facial, no por razones de coquetería sino por necesidad laboral. Las leyes que «flexibilizan» el despido de los trabajadores han tenido, por lo visto, el efecto de que los hombres y las mujeres con arrugas están perdiendo el empleo, porque a los patrones les parecen viejos, aunque no lo sean en realidad. Sin embargo debo decir que, por útiles que puedan ser estas intervenciones de cirugía rejuvenecedora, personalmente no me inspiran mucha simpatía. Me parece más noble, por decirlo así, en el sentido de que es obra de creador artístico y no de zapatero remendón, la cirugía estética que se dirige a la fabricación de la belleza que la que se ocupa de la restauración de la juventud. Porque la belleza que ustedes fabrican con las manos es cierta, aunque sea artificial: es sabido que todo arte es artificio. En cambio la juventud que restauran estirando y cortando es una juventud falsa, y que se nota falsa. Es, en suma, una forma de la fealdad. Aunque me parezca, por supuesto, de utilidad práctica. También tenía una utilidad práctica innegable el oficio de remendadora de virgos que practicaba la Celestina de Fernando de Rojas, que había remendado —«rehecho», se jactaba ella— más de cinco mil. Hay casos especiales, de acuerdo. Pero en líneas generales la madurez y la vejez naturales suelen ser más bellas que la falsa juventud. El pintor Francisco de Goya se negó una vez a restaurar un cuadro envejecido alegando que «el tiempo también pinta». Tenía razón. Como dice el lema publicitario del diseñador Adolfo Domínguez, «la arruga es bella». Aunque se refiere a las arrugas de la ropa, y no a las de la piel.

Pero también la arruga puede ser fea, o ser tenida por fea. ¿Quién decide eso? Porque la noción de belleza cambia con los tiempos, con las necesidades, con las modas. Los cánones de la belleza los imponen a veces los artistas, a veces los modistos, a veces los publicitarios, a veces los médicos. No los cirujanos plásticos, sino los especialistas en dietética. A veces las películas de Hollywood. A veces los triunfos políticos, o militares, o económicos, de los imperios. En este momento, por ejemplo, todavía el canon de belleza más universalmente aceptado es el que corresponde a la raza blanca, que ha sido la que se ha impuesto militar y culturalmente sobre las demás en el curso del último milenio. Incluso más estrechamente hablando: el canon de belleza de la variedad anglosajona de la raza blanca.

Fíjense ustedes que en los cuentos de hadas, en los cuentos infantiles, que son los mismos en los países del sur de Europa, en la Europa latina, que en los del norte, en la Europa sajona y escandinava, las heroínas son siempre rubias y tienen los ojos azules. Sólo existe una heroína morena, quiero decir, de pelo oscuro, en toda la literatura infantil de Occidente: es Blancanieves. Y aunque su pelo era negro su piel era, como su nombre lo indica, blanca como la nieve. La blancura de la piel es una condición fundamental de la belleza, y eso es así desde el principio de la civilización occidental. En el «Cantar de los cantares» de la Biblia, la bella Sulamita se tiene que disculpar ante las hijas de Jerusalén diciendo: «Morena soy, porque el sol me miró».

Esa es, en efecto, la única disculpa: el sol. No tanto ahora mismo, cuando florecen tanto las distintas modalidades del cáncer de piel. Pero en los últimos treinta o cuarenta años ha formado parte de la belleza el bronceado de la piel, lo cual, sin embargo, se debe más a que indica que se tiene tiempo y dinero para ir a la playa o a la piscina que al bronceado mismo. Ser moreno sigue siendo cosa de pobres, o de negros: de personas consideradas inferiores por nuestra civilización actual, así los códigos y las leyes digan otra cosa. Por eso podemos ver fenómenos extremos como el del cantante Michael Jackson, un hombre negro que a fuerza de operaciones y de decoloraciones ha conseguido convertirse en un engendro andrógino del color de la tiza y con las facciones de Diana Ross. Quiero decir: de una Diana Ross ya debidamente blanqueada y operada ella misma.

No sucede sólo con los negros. En buena parte del continente asiático, en Indonesia y en la India, en Filipinas, en Taiwán, en el Japón, hasta en la propia China continental, las multinacionales farmacéuticas han podido imponer la moda del blanqueamiento, tanto de las pieles morenas como de las amarillas. Y las cremas blanqueadoras se anuncian —en inglés, por supuesto— proponiendo este dilema: «White or wrong», o sea «blanco o falso», que juega fonéticamente con el dilema de «right or wrong», «cierto o falso»: una especie de parodia monstruosa de la equivalencia aristotélica entre lo bello y lo verdadero.

Pero es de suponer que mañana, quiero decir, dentro de unos pocos años, cuando terminen de cambiar los arquetipos que tan rápidamente están cambiando, el modelo de la belleza humana habrá que ir a buscarlo en la China. Y aparecerán entonces cremas cosméticas amarilladoras, y los cientos de miles de japonesas y de japoneses que se han hecho operar los ojos para tenerlos redondos, como los occidentales, se los volverán a operar al revés para volverlos a tener rasgados. Y el bronceado volverá a ser considerado atractivo, aunque dé cáncer, como cuando servía como símbolo de estatus económico y social porque revelaba que se tenían vacaciones.

Pero no importa quién decide cuál es la belleza, cuál es el modelo de la perfección estética corporal. Los cánones cambian. A veces se imponen modelos de índole biológica, como en esas estatuillas del neolítico que se llaman «venus esteatopigias», y a veces modelos dictados por consideraciones estéticas, como ese que, justamente, se llamó el «canon» por excelencia, la estatua del Diadumeno, del escultor griego Policleto. Y a veces esas consideraciones son puramente mentales, matemáticas, basadas en principios como el de la proporción áurea, y a veces, al revés, copian lo que da naturalmente la naturaleza, si puedo decir eso; como en la anécdota de otro escultor griego, Praxiteles, que diseñó su copa para beber el vino sobre el molde del seno de su amante. imperante de belleza, femenina o masculina, viene de la dieta. Pero digo que no importa de dónde viene, ni quién lo dice: lo importante es cómo se copia ese modelo. Y es ahí donde entran ustedes, los cirujanos plásticos, los cirujanos estéticos.

Porque antes, como dije hace un rato, no existían más opciones de embellecimiento que el maquillaje o la peluquería, o la ropa. Con el desarrollo de la cirugía estética se ha alcanzado, han alcanzado ustedes, un poder que a lo largo de la historia de la humanidad se consideró propio de Dios, o del diablo: el poder de fabricar a voluntad seres humanos hermosos. O que parecen hermosos, o que se creen hermosos. Han alcanzado el poder de manipular a su antojo la belleza.

Podría pensarse que se trata de algo superficial y frívolo: la mera apariencia. Liposucciones, tetas, culos, narices. Pero es justamente lo contrario, lo que tiene más hondas repercusiones vitales y filosóficas: se trata nada menos que de saber quién somos. Mencioné antes el viejo adagio según el cual el rostro es el espejo del alma. Nuestra apariencia física, que es nuestra superficie más inmediata, es lo que tenemos de más profundo. Ese es el tema, que todo el mundo conoce aunque no haya leído el libro, de la novela en apariencia frívola pero profundamente trágica que se titula El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde: la historia de un hombre que, aunque se entrega a todas las pasiones, mantiene incólume ante el paso de los años el rostro de su juventud, de belleza arcangélica. Pero entre tanto, guardado en un desván, va transformándose y convirtiéndose en un monstruo horripilante el retrato al óleo que le había hecho un pintor. Ustedes tienen en su bisturí el pincel del retratista de Dorian Gray.

Esa es una responsabilidad considerable: ustedes pueden hacer de una persona otra distinta: convertirla en alguien que no es. Hace pocos meses fue noticia en el mundo entero el caso del transplante de cara que le hicieron a una francesa a quien un perro le había devorado la suya. Los cirujanos no se la reconstruyeron, sino que le transplantaron ya hecha la de otra mujer, la de una donante supongo que difunta. Se la transplantaron como se transplanta un riñón, o un hígado, pero con la diferencia de que no se trata de un órgano interno, sino del más externo, del más visible de todos los órganos. Todavía es pronto para que se conozcan las consecuencias psicológicas que esa operación haya tenido sobre la paciente. Pero no creo que se hayan limitado simplemente a «mejorar su autoestima», como suele decirse. Porque recuerdo el caso de otro transplantado, hace ya varios años. Un hombre que había perdido accidentalmente la mano, a quien le pusieron la mano de un cadáver. Con el paso del tiempo fue incapaz de soportarlo. No porque el organismo mostrara una reacción de rechazo a la mano ajena, sino precisamente porque era ajena: el paciente empezó a sentir, o a creer, que tenía vida propia: que no obedecía a su voluntad, sino a la voluntad del muerto. Y finalmente se la hizo quitar otra vez: prefirió quedarse manco, pero seguir siendo él mismo.

También pueden ustedes hacer lo contrario: no convertir a una persona en otra, sino convertir a muchas personas en la misma. Lo estamos viendo desde hace ya unos cuantos reinados de belleza de Cartagena, desde que se generalizó la participación de muchachas operadas. Estamos viendo que las candidatas de los distintos departamentos son todas iguales entre sí, como si hubieran sido, literalmente, cortadas por la misma tijera.

No sé si eso sea deseable, aunque estoy convencido de que es inevitable. Pues en mi opinión la cirugía estética no plantea sólo un problema físico, sino ante todo un problema moral: el de parecernos a nosotros mismos. Porque, como decía Cesare Pavese, a partir de los cuarenta años todo hombre es responsable de su propia cara. No es que seamos lo que parecemos, sino que parecemos lo que somos.

martes, 21 de diciembre de 2010

martes, 14 de diciembre de 2010

El arte de jugarse la vida



POR FRANCIS WOLF, CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE PARÍS
Jueves, 28-08-08

SE escucha de vez en cuando a escritores, universitarios y pensadores españoles evocar su infancia vagamente acunada de recuerdos taurinos y expresar su rechazo, a veces violento, de la fiesta de los toros. No comprenden cómo puede hoy (aún y siempre) emocionar, conmover, exaltar las muchedumbres, en las que seguro no ve nada más que una masa de reaccionarios incultos alentada por intelectuales esnobs. En esta revuelta antitaurina, a veces íntima, a veces sonoramente militante, se encuentran a menudo, en amalgama con la memoria de sus propias historias familiares, algunos tópicos datados en los sesenta (toros = turismo, exotismo de españolada, tremendismo del torero descamisado) o más antiguos aún (toros = España negra, vergonzante cara del pasado). Sí, ya sé: sé que para muchos españoles los toros despiertan espontáneamente ese mismo sentimiento confuso, un poco nostálgico, vagamente vergonzoso, de tener que vérselas con algo que sobrevive de manera inconveniente pero a punto de caducar definitivamente gracias a la ascensión social, la educación del pueblo, la evolución de las costumbres, el sano desarrollo de las sensibilidades, Europa, la democracia, etc. Sí, ya sé: sé que para muchos jóvenes españoles la palabra «tauromaquia» evoca carteles de otra época, un rito anticuado, una especie de juego arcaico o incluso un espectáculo cruel del que deben defenderse cuando, gracias a un programa Erasmus, se dan cuenta que, para el resto del mundo, se mantiene asociado al nombre de España, es decir, a una de las naciones más avanzadas de Europa de la que por lo demás uno puede sentirse orgulloso. A todos esos españoles, jóvenes o menos jóvenes, les quiero decir lo que sigue: los toros no son ya sólo la Fiesta Nacional de España. Con eso han perdido un poco y ganado mucho. Se han convertido en parte integrante de la cultura de la Europa meridional e incluso del patrimonio mundial.

¿Se imaginan ustedes que hace apenas algunas semana (el 2 de junio exactamente), en un teatro del centro de París atestado, cientos de personas de las que la mayoría no habían puesto nunca sus pies en España, e ignoraban absolutamente todo de la «fama negra» de los toros, habían pagado cara su entrada por el único placer de homenajear la heroica carrera de un torero... colombiano (César Rincón)? Claro que para todos esos turistas que visitan España a toque de pito, entre la torre de Pisa y el Big Ben, y que creen que Francia es Pigalle, los toros son el «exotismo» español barato, y el torero es algo así como «Manolete-ElCordobés-del brazo de su bailaora con castañuelas», o (para los más cultivados ¡ay!) es la imagen odiosa y desgastada del maletilla hambriento que, para salir de su miserable condición, no tiene otro remedio que tentar al diablo y arrojarse entre sus cuernos. Ignoran evidentemente, como quizás muchos españoles, que uno de los más grandes toreros de la historia está vivo y toreando y en modo alguno debe su valor extraordinario a esa deprimente leyenda, o que uno de los mejores toreros de la primera década del siglo XXI es francés, o que fue prácticamente imposible conseguir entradas (siendo tan caras como las de la ópera) para las diez corridas que conformaron la reciente feria de Nîmes (95.980 espectadores).

Un poco de pudor y muchos escrúpulos me impiden evocar mi infancia que está en las antípodas de las de los intelectuales españoles antitaurinos. Bastará decir que esa infancia en el cinturón de París, con mis padres judíos alemanes que escaparon por milagro de los campos de la muerte, en modo alguno me preparaba para recibir el choque que fue el descubrimiento accidental de los toros, a la edad de 18 años, al azar de una escapada estudiantil en la región de Provence. Para muchos españoles de mi generación, los toros son familiares, formaron parte de la vida cotidiana de su infancia, se los vivía con indiferencia, aceptación o rechazo de una «cultura» vagamente patrimonial que es como una segunda naturaleza de la que hay a veces que desprenderse para poder existir por sí mismo. Para mí la corrida de toros es una amiga que he elegido tan próxima como la música y sin la cual podría difícilmente vivir. Digo que la he elegido pero tengo más bien la impresión que ella me ha elegido a mí; el encuentro fue fortuito pero, como dice Flaubert de la primera cita amorosa: «Fue como una revelación». No, los toros ya no son sólo la Fiesta Nacional. Han perdido un poco de sus particularidades (algunas fiestas votivas, capeas salvajes, un público cautivo, un pueblo entero movilizado tras un torero muerto), han ganado mucho en universalidad -geográfica y sobre todo cultural-. Ahora, en el presente, los que torean y los que van a los toros lo han elegido, y si no saben del todo, ni unos ni otros, lo que van a buscar «allí» (¿sabemos bien lo que es el amor?), saben que hoy se va a la plaza en lugar de ir al estadio, al concierto o al teatro.

Sin duda, la corrida de toros no es moderna, pero no porque no sea de nuestro tiempo, es -al contrario- porque nuestro tiempo no está ya en la «modernidad». La modernidad en el sentido estricto se acabó hacia el final de los años ochenta del siglo pasado, con el derrumbamiento de las ideologías, el fin del sueño en el progreso y el agotamiento de los discursos dogmáticos de las vanguardias artísticas (formalmente revolucionarias, políticamente redentoras). Lo que algunos han dado en llamar la «posmodernidad» o lo contemporáneo se opone punto por punto a la modernidad. Puede ser que la corrida de toros no sea ni haya sido nunca «moderna», pero es seguro que se acuerda perfectamente a lo «contemporáneo». Lo moderno está ligado al progreso, a la «velocidad», a la industrialización sistemática (comprendida la de la ganadería de carne); lo contemporáneo y la corrida están ligados a la biodiversidad, a la ganadería extensiva de bravo, a los equilibrios de los ecosistemas. La modernidad sólo veía la salvación a través de la comunidad y la sociedad, en el «todo es política», lo contemporáneo y la corrida renuevan con los valores del héroe solitario (pensemos en el culto contemporáneo hacia los éxitos singulares y aventureros de cualquier tipo), con una ética de las virtudes individuales, el valor, la lealtad, el don de sí mismo. La modernidad quería esconder la muerte (simple «no vida» igual que se dice invidencia en vez de ceguera), reducirla al silencio del frío vacío de las salas mortuorias o a la mecánica funcional de los mataderos; lo contemporáneo y la corrida de toros reconocen que la ceremonia de la muerte puede contribuir a dar sentido a la vida mostrándola conquistada a cada instante sobre la posibilidad misma de su negación. Era -se decía- el fin de los ritos en los que lo único que se veía eran prejuicios arbitrarios e irracionales, pero lo contemporáneo y la corrida de toros redescubren las virtudes de los ritos, no necesariamente vinculados a capillas y estampitas. Lo moderno declaraba el final de la figuración en pintura, del relato en literatura, del drama en el cine; lo contemporáneo inventa una nueva figuración, el cine de Almodóvar, genio de la posmodernidad, reinventa la linealidad del relato y las estructuras complejas del melodrama, como la corrida de toros que mezcla lo festivo y lo trágico, los colores chillones y la emoción más pura. El arte moderno glorificaba la vanguardia social y declaraba el final de la «representación», el posmoderno mezcla lo popular y lo erudito -como la corrida de toros, la más sabia de las artes populares- mezcla la transfiguración de lo real y su presentación en bruto (el happening, el body-art, el ready-made, la instalación, la intervención, el artista mismo) como la corrida de toros, alianza de representación clásica de la belleza y de presentación en bruto del cuerpo, de la herida, de la muerte, como el torero, artista contemporáneo, que hace de su gesto una obra estilizando su existencia. La posmodernidad, lejos de oponer el hombre al animal como en los tiempos modernos, presiente que no hay humanidad sin una parte de animalidad, sin un otro al que -a quien- medirse, como si el hombre -hoy más aún que ayer- sólo pudiera probar su humanidad a condición de saber vencer, en él y fuera de él, la animalidad en su forma más alta, más bella, más poderosa, por ejemplo la del toro salvaje: vencerla, es decir, repelerla o domarla, pero sobre todo oponer la fuerza de la astucia, la gratuidad del juego, la ligereza de la diversión, la gravedad de la entrega de sí mismo, la fuerza de la voluntad, el poder del arte, la conciencia de la muerte -en definitiva todo lo que hace la humanidad del hombre-.

Quizá se podrá afirmar: ¿pero el espectáculo del sufrimiento animal, dada la evolución de las costumbres, no es ya tolerable, hoy menos que ayer? A esto hay que responder que no es una cuestión de historia (moderna o no) ni de geografía (España negra o no). Yo no he sufrido nunca, personalmente, con el espectáculo del pez atrapado en el anzuelo del inocente pescador de río -es una cuestión de sensibilidad-. Ésta permite a algunos ver al toro como víctima, la mía sólo ve en él un animal combatiente. Autoriza a algunos a pensar que el torero martiriza una bestia, yo veo en él un héroe contemporáneo que tiene la audacia de desafiar y enfrentarse a una fiera jugándose la vida -sin más, por la belleza del gesto, por pura libertad, para afirmar su propio desapego en relación con las vicisitudes de la existencia y su victoria sobre lo imprevisible-. ¡Es cierto que el toro no quiere combatir, pero no por porque sea contrario a su naturaleza el combatir sino porque es contrario a su naturaleza el querer! Esto es al menos lo que mi sensibilidad me dicta, comparable en eso a la de cientos de miles de otros hombres en todo el mundo, y no la creo menos movilizada ni sublevada que ninguna otra ante el sufrimiento de los hombres -o incluso de los animales- ni menos consciente de lo que hace falta de poder creador para volver a dar hoy un sentido, en arte, a esa palabra mancillada que es la belleza.

FRANCIS WOLFF
Catedrático de Filosofía de la Universidad de París

La montera de un académico de Bellas Artes de Sevilla, del Toreo como Bella Arte, ante la Academia sueca


ANTONIO BURGOS
Día 08/12/2010
«CUANDO uno de mis amigos aficionados a los toros supo que me habían invitado a dar el pregón de la Feria de Sevilla, exclamó: “¡Pero eso es más importante que ganar el Premio Nobel!”». Así se abría de capa Mario Vargas Llosa en el tercio de sombra del teatro Lope de Vega, cuando el 23 de abril del año 2000 comenzaba el XVIII Pregón Taurino de Sevilla. Me imagino que ese mismo amigo aficionado, no sé si de la limeña plaza del Acho o de la sevillana del Arenal, cuando supo que le habían dado el Nobel, exclamó: «¡Pero eso es casi tan importante como el pregón taurino!».
Importancia por importancia, del mismo modo que Vargas Llosa llevó el Nobel al pregón sevillano, ha llevado la verdad del toreo a su discurso ante la Academia Sueca. El discurso de la belleza de las cosas. ¿No se habla tanto de los silencios de la plaza de Sevilla? Pues cuando Mario Vargas Llosa se abrió de capa en el tercio de sombra de Estocolmo, se escuchaba ese silencio. Vargas, que tiene paladar como aficionado antiguo, desde que su abuelo Pedro lo llevaba a la plaza de Cochabamba, quiso que su discurso del Nobel se escuchara el silencio de Sevilla. Y se llevó a la Academia Sueca el silencio torero en forma de montera: la montera de Curro Romero. ¿Cuántos silencios de Sevilla ha escuchado la montera de Curro en la esperanza del paseíllo, en las muñecas bajas de una verónica, o luego en el callejón, tras pedir la venia al usía, amorosamente guardada por Gonzalito el mozo de espadas, cuando su muleta detenía el tiempo? Vargas Llosa se llevó a Estocolmo los silencios flamencos de la montera de Curro: «¡Vamos a escuchar!». La montera de las moritas. Una montera con historia. Con coplas. Es la montera del que fue su suegro, Antonio Márquez. Aquel Belmonte Rubio por cuyo amor llevó Concha Piquer anillo sin fecha por dentro. Como Vargas ayer, yo he tenido en mis manos esa montera, y he palpado que en sus rizos como de testuz del toro de Gerión se ha depositado a lo largo de los años mucho arte, mucho tiempo detenido por las muñecas de un capote, mucho aroma de una ramita de romero. Mucha armonía. La armonía del Arte de la Tauromaquia.
La montera de Curro tenía que haber estado en el atril del Nobel cuando Vargas hacía el paseíllo en su alternativa con la eternidad de la Literatura. Vargas, ¡qué nombre más torero! Vargas, como Salomón Vargas, aquella escultura gitana de Martínez Montañés de la que Curro aprendió la perfección del capote. Vargas, como aquel Ramón Soto Vargas cuya sangre llenó de muerte la plaza de los silencios, un día de agosto. Vargas, como la Venta de La Isla donde cantaba Camarón mientras le hacían compás los grillos de los esteros. Este Vargas tan torero cumplió el sueño de la peña taurina Los Suecos de Estocolmo, la de Lars Swärd, el compadre de Curro. La montera que Curro nunca le emprestó a su compadre para que se la enseñara a los socios de la peña mientras veían una vez más el vídeo de lo de Antequera, o lo de Almería, o lo de Sevilla, la plantó Vargas Llosa en la Academia Sueca. La montera de un excelentísimo señor académico de Bellas Artes de Sevilla, del Toreo como Bella Arte, ante la Academia sueca. Y como el Nobel y el pregón, total, vienen a ser lo mismo, la montera estaba repitiendo con su silencio las palabras que dijo Vargas cuando el Nobel, digo, cuando el pregón: «Entre todas las artes, acaso la más difícil de explicar racionalmente sean las corridas de toros, una fiesta que conquista las emociones y sensaciones, esa facultad de percibir lo inefable, lo innominado, que fraguan la sensibilidad y la intuición, exactamente como ocurre con la poesía o la música».

El Albero a la torería‏


El premio El Albero a la torería, que otorga El Albero Peña Taurina de Quito al hecho más destacado y torero durante la celebración de la Feria de Quito ha recaído este año en el torero Enrique Ponce por su magistral faena premiada con el corte de dos orejas y rabo, hecho repetido luego de 30 años en esta Plaza. Además de lo ocurrido en el ruedo, el Maestro valenciano dejó a su paso por Quito un inconfundible aroma a torería al compartir sus misterios en sendas conferencias e intervenciones; al no dejar pasar visitar a su compañero herido y torear de salón con él y con tantos diestros que se encontraban en el Hospital para enseñar, con paciencia y amor por su profesión, los misterios de esta maravilloso arte. Por todo, El Albero a la torería para Enrique Ponce

domingo, 28 de noviembre de 2010

Toros y libertad/ Pablo Lucio Paredes

Pablo Lucio Paredes

Los Gobiernos fueron creados para hacer lo que nosotros no podemos hacer personalmente o mediante nuestras organizaciones cercanas. Por ejemplo, la defensa nacional o las relaciones internacionales, no para administrar nuestras conciencias. Ese es el espacio de las personas y familias, fundamento de la libertad que solo puede ser invadido en casos muy extremos y que no generen duda, en particular cuando los menores de edad deben ser protegidos de abusos claros por parte de sus progenitores. El Defensor del Pueblo pretende que eso son las corridas de toros: los padres irresponsables e insensatos (¿debemos agradecerle por querer educarnos?) exponemos a nuestros hijos a un acto violento que está claramente orientado a la muerte del animal.

Es un abuso inaceptable. Las corridas de toros para los que las apreciamos, son un espectáculo cultural, tienen un enfoque artístico y ciertamente constituyen un duelo noble entre un hombre y un animal, siendo sin duda más violentas que el ballet. El Defensor del Pueblo no tiene por qué compartir esa opinión, pero se la debe guardar para su esfera personal: con no llevar a sus hijos a las corridas está cumpliendo con su conciencia, no tiene ningún derecho a convertir sus criterios en normas para los demás. Es correcto que nos informe sobre sus impresiones, advertirnos sobre los riesgos que él percibe, incluso obligar a que los menores de edad deban estar acompañados de sus padres, nada más. No puede pasar esa barrera que le convierte en censor de las decisiones familiares.

¿Entran las corridas en esa esfera en que los padres “irresponsables” ponemos en riesgo a nuestros hijos? Nunca. ¿O acaso el Defensor tiene pruebas debidamente sustentadas, demostrando que los niños expuestos a estos espectáculos son más violentos y peligrosos para la sociedad? Hay gente que nunca ha ido a los toros y que estoy seguro es más peligrosa que los taurinos (incluyendo muchos políticos). Si tiene pruebas debería compartirlas para convertirse en un referente de nuestras decisiones. Mañana, bajo ese criterio, podría prohibirnos ver cuadros de Goya, porque contienen un alto grado de violencia, o leer sobre los campos de concentración cuya atrocidad es inigualable. Y si usted cree que este tema se asemeja a la censura municipal que establece edades en el cine, pues déjeme decirle que pienso exactamente lo mismo: deben servir de orientación pero nunca de obligación para menores acompañados de sus padres. Las percepciones de unas personas no pueden ser reglas para todos.

Esto gira alrededor del problema de saber hasta qué punto la colectividad puede tomar decisiones sobre el individuo. Y el poder moderno (más aún en el Ecuador actual) evidentemente rebasa esos límites: nos quieren imponer un estilo de vida y una forma de pensar, y de ninguna manera la democracia puede justificarlo. No porque alguien recibió votos de una mayoría o fue nombrado por la autoridad a un cierto cargo, puede entrar en la zona de nuestras conciencias. Incluso una votación mayoritaria no puede orientar nuestra cultura en aspectos como las corridas taurinas. Esa libertad aún es nuestra.