viernes, 17 de agosto de 2007
José Tomás: "Vivir sin torear no es vivir"
El País, 27/05/2007
José quería ser futbolista, pero pasaba mucho tiempo con su abuelo Celestino.
A menudo, los nietos mayores siguen siendo únicos por muchos hermanos que les nazcan después, y lo son para siempre. Esa intimidad profunda y estrecha al mismo tiempo, que no tiene explicación ni la necesita, compensa con creces los mimos que se reservan para los pequeños de cada casa, porque los buenos abuelos, los que saben apreciar cómo cambia de forma y de tamaño la mano que llevan en su mano, no sólo transmiten amor, una clase especial de sabia y vigilante compañía. También saben inspirar fe, seguridad, confianza. Y a veces tienen el don de adivinar el futuro.
¿Quieres torear? Aquel día no había clase, él tenía 10, 11 años, había empezado a sufrir por el Atlético de Madrid y de mayor quería ser futbolista. Lo era ya del equipo de su pueblo, el Galapagar, un club de tercera regional cuyas categorías inferiores “benjamines, alevines, infantiles, juveniles” jalonaron el recorrido de su infancia. Al principio jugaba de delantero centro, después de medio centro, y corría mucho, tanto, que ahora recuerda su velocidad con una sonrisa luminosa, contenida, y un brillo travieso en los ojos.
Corría mucho y progresaba adecuadamente de categoría en categoría, por eso tenía ambiciones, pero aquel día no había clase y su familia decidió pasarlo en el campo, en la finca de su tío Victorino Martín, el ganadero que había logrado que su nombre se hiciera tan famoso, o más, que el de los matadores que se atrevían con sus corridas.
Entonces, alguien que andaba por allí le hizo una pregunta que le cambiaría la vida: "¿Quieres torear?".
No sabe por qué contestó que sí, pero se acuerda de que cuando se enfrentó a su primera vaca ni siquiera sabía armar una muleta. La cogió como si fuera un capote y su abuelo estaba allí, mirándole. Celestino le escondía los balones, se los quitaba, se los pinchaba y le daba una muleta a cambio: "Toma, torea". Él era taxista, pero no uno cualquiera, hasta en su tarjeta de visita lo ponía: Celestino Román, taxista de toreros. No había nada en el mundo que le gustara más que alquilarse para una tournée, o quizá sí. Quizá le gustaba más ir a Las Ventas con su nieto José, iniciarle sin palabras en la liturgia profana y solemne de una fiesta que celebra la vida en el sereno presagio de la muerte, la incomparable emoción de un hilo tenso que vibra en la garganta y se estremece en el corazón, ese mundo pequeño donde cabe de sobra el mundo entero. Quizá eso le gustaba más a él, y le gustaba al niño que le acompañaba, y miraba, y se empapaba de toros en silencio, porque en la plaza se habla poco y nunca de más, porque a la plaza se va a estar callado, a escuchar a los que saben, a aprender a respirar.
Todo eso lo sabía José Tomás aquel día de vacaciones, en el campo, cuando alguien le preguntó si quería torear. Él aspiraba a ser futbolista, ni siquiera sabía armar una muleta, pero dijo que sí, dio un paso al frente, y toreó.
Me encuentro con Tomás en un reservado de Lhardy, y no es una elección casual. Aquí, el 11 de diciembre de 1944, el "todo Madrid" literario, un todo muy pequeño, casi insignificante en comparación con el que habría podido reunirse unos pocos años antes, tributó un homenaje al matador más grande de la época, Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete, el torero al que más admira José Tomás. Los organizadores de aquel banquete no invitaron a ninguna mujer para evitar que el homenajeado acudiera con la suya, Lupe Sino, una belleza espectacular que antes de probar suerte en el cine había intervenido activamente en la resistencia de la capital, y de la que se afirmaba que, en algún momento de la guerra, había llegado a contraer matrimonio civil con un mando del ejército republicano. Hoy, en Lhardy, a solas conmigo y con Joaquín Sabina, el amigo común que nos reunió, José recuerda a Manolete desde el principio, desde antes del principio tal vez, al evocar las fotos que le hicieron cuando se puso por primera vez delante de una vaca. Porque ahí, en esas imágenes del niño que cogió una muleta como si fuera un capote, ya estaba todo lo que vendría después, pases precisos, presentidos, estatuarios y manoletinas infantiles que presagiaban los naturales, la actitud y el estilo que harían al hombre. En aquel momento, José Tomás no sabía nada de él, ni siquiera había oído pronunciar su nombre, y, sin embargo, ahí estaban los dos juntos, a despecho del tiempo y de la historia. "Aquel día fui Manolete antes de Manolete", dice ahora, y que "Manolete es el toreo como una forma de estar en el mundo, no tanto de torear". Por eso, los días 29 de mayo le gusta vestirse de palo rosa y oro en Linares. Los colores de su última corrida, en su última plaza, en el aniversario de su muerte.
Tal vez, la naturaleza de este homenaje íntimo, sobrio y exacto bastaría para definir a un torero único en su especie, un torero artista, un torero valiente, el torero total, que es de esta época, pero parece de otra distinta. Al menos, ésa es la impresión que yo he tenido cuando he estado cerca de él, lejos del ruedo. Serio, concentrado, curioso, José Tomás mira de frente, con los ojos muy abiertos, y habla poco, lo justo, porque le gusta escuchar a los demás. Por eso nunca dice tonterías, nunca se adorna con la gracia fácil y superflua, insoportable, de los taurinos profesionales, ni se esfuerza por convertirse en el protagonista de las reuniones. Sentado a una mesa, o en el salón de la casa de un amigo, es tan inteligente como en la plaza. Por eso, y por el sincero interés que le inspiran los mundos que no son el suyo, me ha parecido siempre una encarnación feliz y anacrónica de otra estirpe, el heredero de una raza de toreros clásicos, legendarios, hombres como Juan Belmonte o Ignacio Sánchez Mejías.
Yo soy, claro está, tomista, es decir, formo parte de esa escuela, abundante en intelectuales y artistas, cuya denominación compartimos los seguidores de José Tomás y los de santo Tomás de Aquino. Le veo, le sigo, le miro, le admiro, y él lo sabe, pero eso tampoco le impresiona. "A mí la gente me dice: 'Voy a ir a verte, para apoyarte', y yo les digo siempre lo mismo: 'No te necesito, ven si te apetece, pero no me hace falta que me apoyes, el que tiene que hacerlo soy yo, yo solo?". Así habla el torero que ha conseguido poner de acuerdo a Madrid y a Sevilla, a los aficionados del 7 y a los del 9, a la izquierda y a la derecha de este país.
"Lo hago yo, y lo tengo que hacer solo". Parece soberbia y tal vez lo sea, pero es también, por encima de todo, eso que se llama vergüenza torera, una condición que hoy no abunda en los ruedos y se echa mucho de menos fuera de ellos. En una época en la que los matadores de toros se hacen famosos por los apellidos de sus parejas, por sus escándalos sexuales o financieros, por sus exclusivas o por la imagen que prestan a firmas de alta costura, José Tomás, que se marchó cuando ocupaba el número uno del escalafón y a ese lugar vuelve ahora, permanece rigurosamente ausente de todos los circos. Inédito en el universo del papel cuché, huye de los medios y logra despistar a las cámaras sin trabajo aparente porque, en sus propias palabras, vive como un monje. En un país enfermizo de notoriedad, como es por desgracia el nuestro, eso sólo significa que le gusta estar en su casa y guardar su intimidad para sí mismo. Vivir, en otras palabras, de acuerdo con su destino, respetando siempre el hilo delgado, luminoso y terrible que separa el arte de la muerte.
"Hay que contar con la posibilidad de morir, hay que estar dispuesto a eso. Y hay que tener miedo, aprender a superarlo, a gestionarlo, porque no se puede ignorar, es una locura renunciar a él. Las grandes tardes llegan en esos días en los que uno tiene miedo antes de salir a la plaza, porque hay que salir con el riesgo asumido, aceptarlo antes de que se produzca?".
Mientras le escucho, con un gesto que seguramente transparenta mi admiración por la serenidad de su acento, recuerdo unas declaraciones de Luis Francisco Esplá. "¿Qué es el valor?", le preguntaron una vez, hace ya tiempo. "El valor es el sitio donde se pone José Tomás", contestó. Se lo recuerdo ahora y sonríe. No añade nada más, pero los dos sabemos, él mucho mejor que yo, cuál es la contrapartida del valor, la clase de amenaza que brota de unos ojos oscuros.
Le gusta mirar a los toros, verlos en el campo, estudiar su expresión cuando son novillos y después, al encontrárselos en el ruedo. Al citar, siempre mira a los ojos del toro, y se esfuerza por ponerse en su lugar, por pensar que el animal también le está mirando. Entonces adivina sin esfuerzo sus intenciones, y sabe bien lo que le dice. "Como te equivoques, te cojo". Porque las cogidas son siempre errores del torero. "Es lo que tú le das", resume. "Si te pones delante, y quieres, y mandas, no te coge".
Al escucharle parece fácil. "Hay que correr siempre para adelante, nunca para atrás", añade, y lo afirma con una contundencia útil para el toreo, pero también para la vida. "Y si en un pase, el toro se te cuela, en el siguiente hay que cruzarse más, irse más para adelante?". Parece fácil, pero no lo es. Yo lo sé porque he visto mirar a los toros. Lo sé porque he estado en plazas sombrías, silenciosas, en muchas tardes difíciles de ganado manso y malo, peligroso. Lo sé, y sé lo que es un toro con sentido, esa embestida turbia que codicia el cuerpo del torero, que pretende engañar a quien le engaña, y enganchar, y herir, y rasgar en cada pase. Y sé que hasta los buenos, los que tienen nobleza, bravura, casta, pesan seiscientos kilos y tienen dos pitones duros y afilados que terminan en punta, que pueden matar, y la potencia, la furia, la velocidad de una locomotora de sangre caliente. Y sabiendo todo eso, y lo mucho que le han pegado los toros, miro a los ojos grandes y dulces de este hombre joven, guapo, rico, y le pregunto por qué vuelve. Él tarda un instante en contestarme. Se mira las manos, mira hacia delante, asiente para sí mismo, me devuelve la mirada por fin. "Es que vivir sin torear no es descansar, no es estar relajado, ni disfrutar de lo bueno de la vida, eso que dice la gente? Vivir sin torear no es vivir".
Para eso vuelve José Tomás, para volver a vivir. Para eso ha vuelto, porque hace meses que se encierra con toros de cinco años. "¿Y toreando a puerta cerrada te alivias?", le pregunto, usando una expresión taurina de difícil traducción, porque "aliviarse" significa no arrimarse, excederse en las precauciones, hacer trampas incluso para esquivar el riesgo, pero también y sobre todo reservarse, no dar todo lo que se puede dar, lo que se lleva dentro. Cuando me escucha, se echa a reír. "Pues no, no me alivio", responde. "¿Por qué, para qué? No tendría sentido"? Y sin embargo, sólo se ha vestido de luces tres veces desde septiembre de 2002, cuando se retiró en la plaza de Murcia, porque vestirse de luces no es un acto trivial, un juego caprichoso, nada que se pueda hacer sin consecuencias. Por eso, sólo se ha encargado tres vestidos nuevos para la reaparición. Y la primera vez que vio uno extendido sobre una cama después de cuatro años, se puso serio, miró a su hermano y le hizo una pregunta: "¿Nos vamos a acordar?". Se acordaron.
El 17 de junio, José Tomás volverá a vestirse de luces en la plaza de Barcelona, en cuyas ventanillas cuelga un cartel ?"No hay billetes"? que nadie había vuelto a ver por allí desde que logró colocarlo Manuel Benítez, El Cordobés, hace más de 30 años. Tomás, un torero de Madrid que, por encima de todas las leyendas, triunfó en Sevilla, y un triunfador de Sevilla al que, más allá de cualquier leyenda inversa, siguió adorando sin condiciones, y como a un patrimonio propio, el tendido 7 de Las Ventas, donde se sienta el público más difícil, más exigente del mundo, vuelve a la tercera plaza de sus grandes éxitos en un momento crítico para la fiesta en Cataluña. No es sólo un gesto, y la mejor manera de solidarizarse con la Plataforma Taurina de Barcelona, sino la elección consciente de un lugar que él quiere y que le quiere, de un público con el que se siente identificado. Pero hay algo más, y no encuentro el modo de plantearlo. Le doy vueltas y más vueltas, alguna vuelta más, y al final embisto por derecho, aunque con cierta cautela. Reaparecer en la segunda mitad de junio, digo en voz alta, como para mí misma, cuando ha pasado la Feria de Abril, cuando ya ha terminado San Isidro? Otro tendría ya una respuesta preparada, cualquier explicación alambicada y confusa sobre los plazos, las empresas, todos esos factores imponderables que resultan útiles para fabricar una excusa. Él no. Él reconoce que tiene que probarse, ver cómo está, cómo se siente, escoger los compromisos con cuidado. De momento, este año sólo va a torear 15 corridas. Su novia no piensa ir a ninguna.
En los últimos días de su vida, Rafael Gómez, El Gallo, se atrevió a definir el arte de torear con una sentencia hermosa y honda, poética casi. "Maestro, ¿cuándo diría usted que un torero es artista, y que torea con arte?", le preguntó alguien. "Cuando tiene un misterio que decir, y lo dice", respondió él.
Si El Gallo viviera hoy, quizá estaría de acuerdo conmigo en que esa definición encaja como un guante con la figura y el estilo, con la personalidad y la actitud de José Tomás, un torero profundo, misterioso, que guarda en sí mismo todas las esencias del arte clásico, el de antes de los toros afeitados y el rabo de Palomo, y no sólo en la plaza, sino además, volviendo siempre a Manolete, en su propia vida. El toreo es una forma de estar en el mundo, pero casi nadie parece recordarlo ya a estas alturas. También por eso, Tomás es un hombre misterioso, un torero raro. Lo sabe, y no le importa. Yo diría que hasta le gusta.
"Una vez, en un festival, en Ronda, le brindé un toro a Antonio Ordóñez. Y en la plaza estaba la madre del Rey, y me criticaron mucho por eso, pero estando Ordóñez en la plaza, yo no podía brindarle el toro a nadie más, ¿comprendes?, no podía, porque ahí estaba Antonio Ordóñez y no había nadie más importante para mí?". Luego, en otra ocasión, estando el Rey en el palco de Las Ventas, toreó dos toros y no brindó ninguno. Las críticas fueron proporcionales y hasta hubo quien empezó a hablar del "torero republicano". "Es que yo brindo muy poco", me dice cuando se lo recuerdo, "porque eso es algo que tampoco se puede hacer alegremente; yo no, por lo menos. Yo brindo en ocasiones muy especiales, cuando me sale de dentro; no puedo hacerlo por obligación, sólo porque sé que los demás están esperando que lo haga. Y a veces brindo sólo con la mirada, al entrar a matar?". Sí, interviene entonces Joaquín Sabina, más emocionado que si acabara de recoger una tonelada de discos de oro, y me cuenta que así le brindó a él una tarde como si no pudiera contárselo yo a él, tantas y tantas veces lo he escuchado.
Pero ésta no es su única rareza. Con las excepciones de José Tomás a las reglas más rancias de la tauromaquia se podría cimentar toda una leyenda, tan moderna como las más antiguas, sobria y laica. Porque él nunca entra en la capilla de ninguna plaza antes de una corrida, y espera fuera, en la puerta, a que terminen de rezar los hombres de su cuadrilla. Y no monta altares, no colecciona estampas, no enciende velas ni lleva una medalla de la Virgen entre la ropa. Tampoco duerme la siesta antes de vestirse. Y no alterna con toreros, no fomenta los halagos de los aficionados, no acepta regalos, ni asiste a las fiestas. "Lo de Fernando Ochoa es distinto", dice, marcando él mismo las distancias, "porque Fernando [un torero mexicano de su edad] es amigo mío, y los amigos son otra cosa?". José Tomás no alterna con toreros y, sin embargo, y esto es una rareza más, nunca le he escuchado hablar mal de ninguno.
A pocas semanas de su reaparición, le encuentro bien, sereno y seguro de sí mismo, como si los aficionados, y sobre todo sus seguidores, estuviéramos mucho más nerviosos que él ante la perspectiva de lo que se avecina. Para ponerle en suerte, le pregunto cómo es el toro soñado, y me responde que ese toro no existe. ¿Y la faena soñada? "Ésa tampoco existe", sonríe. Y sin embargo, me concede que en 2004, dos años después de retirarse, sintió algo que estaba muy cerca de lo que él podría soñar al torear a una vaca, en el campo, y ese día ni siquiera estaba preparado. Tal vez en aquel momento empezó a pensar en volver, tal vez entonces comprendió que lo que estaba viviendo no era la vida del todo.
El valor es el sitio donde se pone José Tomás, y José Tomás ha vuelto para ponerse en el mismo sitio. El arte es llevar dentro un misterio y poder, saber decirlo. Ése es el único compromiso que respeta, el único desafío que le importa. No va a cambiar, no viene a aliviarse, sigue siendo él y sólo aspira a ser mejor que él mismo. Me lo dice y yo lo creo, y más que creerlo, lo sé. Porque sé que para él, torear es una forma de estar en el mundo.Arte y misterio, hondura y valor, querer y poder, vergüenza torera y el cartel de "No hay billetes". Aleluya, aquí está otra vez José Tomás, aquí se acaban cinco años de orfandad y desconcierto. Si Manolete pudiera verle, estaría tan orgulloso de él como su abuelo Celestino.
miércoles, 15 de agosto de 2007
Un trabajo que empieza a las cinco
Alfonso Navalón (15 diciembre 1964. El Ruedo)
Convertir una afición en profesión no deja de ser un servilismo doloroso, porque cuando el arte que llena el espíritu acaba siendo un medio de vida, necesariamente tiene que perder sinceridad.
Siempre me ha parecido más bonito lo que hace un aficionado que la perfección de un profesional. Porque el aficionado, despojado de egoísmos materiales, busca el placer estético donde los otros encuentran una solución de sus necesidades humanas.
El aficionado consciente de su condición, jamás hará concesiones a los demás, ni caerá en la monotonía de convertir el arte en oficio. Al revés: Cuando más sólo esté más orgulloso se siente y con más profundidad vive lo que hace.
Tienen vibración sentimental los tres naturales de esos que llamamos "señoritos del toreo" que la faena completísima de cualquier figura. Aunque aquellos lo hagan delante de una becerra y éstos tengan la responsabilidad del toro, del público y de la vida en juego. La gran faena de un gran torero es un eslabón más de la dilatada cadena de aciertos. Y los aplausos son el lógico premio del trabajo bien hecho.
Pero esos tres naturales de la becerra pueden ser el principio y fin de un hermoso sueño. Y aunque el sueño tenga segundas partes, los tres naturales quedarán clavados en el alma del recuerdo con su fondo de gente y de paisaje, con precisión de fecha, de hora y de matices.
Cuando pasen los años y la gente, cuando se muera la becerra, y cuando el protagonista no tenga más horizonte que un despacho o una vida cercada por ataques de reuma, en su alma seguirán teniendo ritmo aquellos tres naturales, aquella tarde y aquella encina que a él le parecía asomada a la placita para verlo torear.
Cuando el toreo deje sus miedos en la naftalina de unos trajes con el oro envejecido, volverá a ser aficionado y se perderá también por los senderos de la evocación, deteniéndose un poco en cada una de aquellas 30 o 40 faenas que tuvieron importancia. El torero, igualado en canas con el señor del despacho y del reuma, tratará de soñar con lo que fue y lo que pudo ser. Pero aquella faena perdida entre otras cuarenta hermanas gemelas, será una sensación imprecisa, traducida al presente. Será el camino grato de 40 pases convertidos junto a otros 6.000 en un cortijo y un batín de seda. O será el remordimiento de verse "sin tabaco" y volver la vista con pena hacia las tardes de gloria que no fue capaz de cuajar en un bienestar por culpa e la "mala administración".
No es lo mismo la obligación que la devoción. No es lo mismo torear por vocación que vivir de torear. Convertir en deber algo que nos gusta es uno de los mayores sacrificios del hombre.
Imaginaos la lucha de algunos toreros cuando llegan las cinco en punto de la tarde y no tienen más remedio que salir a matar dos toros. Y tiene que ser forzosamente a las cinco en punto de esa tarde calurosa. No cabe esperar a la inspiración. No cabe dejar el ensayo para mañana como hacen los cómicos cuando están de mal humor. O escribir el artículo por la noche. Tampoco sirve cambiar de tema o elegir el que más convine: tienen que ser los dos toros de todas las tardes que saldrán como a ellos les dé la gana sin que el hombre tenga más salida que explicar ante ellos una ciencia, al mismo tiempo que a los tendidos debe llegar un conjunto de armonías y emociones.
A esta constante preocupación le faltan todavía esos cientos de kilómetros que separan un plaza de otra, ese dormir sin dormir, mecidos por los baches de la carretera; y por si falta algo, puede un hombre pasar así tres o cuatro años y acabar debiéndole 20.000 duros al apoderado.
No es fácil ser torro. No es tan bonito como piensan algunos tener poco oficio algo que antes ha sido sólo un ideal poético.
Si a los que son figuras del toreo los dejaran volver a empezar (sin el fantasma de los millones por medio) se conformarían con ser aficionados. Con torear de tarde en tarde, con muchas vísperas delante de cada faena y muchos días después para recordarlas pase a pase, como se recuerda la primera tarde de amor o el primer día que nos fugamos del colegio para fumar el primer cigarro.
Por eso hay tanta diferencia entre el aficionado y el profesional. Entre el poeta que sueña y recuerda y el hombre sin nervios que ha convertido el arte en oficio. Porque, para muchos, torear no es más que eso: un trabajo que empieza a las cinco en punto.
domingo, 12 de agosto de 2007
La pesca recreativa y las corridas de toros
de la Real Academia Española
Diario "La Razón" 28-11-2004
Mi buen amigo Daniel J. Santos ha regresado exultante de Suiza. Tiene cuarenta años, bigote aznarizado, cejas de acento circunflejo a lo Zapatero, entradas que anticipan la calvicie total y una curva de la felicidad que le atormenta. Es alto, fuerte, suele disfrazarse de joven y habla con palabras deshuesadas y vivos ademanes de sus manos desdeñosas. Se fue a un río suizo que se estanca a pescar el lucio y consiguió la picada y captura de un pez de 129 centímetros, su récord personal. Utilizó caña Carpmaster Excel, con la que se especializó en ciprínidos en los territorios carperos. Pero asegura que le funcionó muy bien en su última aventura.
-De madrugada -me dijo- saltó la alarma. Salí como una exhalación de mi saco de dormir. El carrete chirriaba en la caña y el trípode apenas resistía los botes. Tomé el mando y ajusté el freno. El pez huía desgarrado por la potera, el anzuelo triple, como sabes, bien sujeto por una empatadura, anudada a base de kevlar. Me di cuenta enseguida de que la lucha iba a ser larga y dura.
Daniel Santos había cebado el agua con boilies. La mosca empleada en su caña era de cabeza metálica dorada, la seda de color oliva, la pata, riñonada de pardo aconchado y la brinca, de tinsel fino también dorado. Prescindió de la cucharilla giratoria. Usó como cebo tencas vivas. Se había pertrechado de esmerillones, mosquetones y quitavueltas para evitarse complicaciones.
-La lucha fue heroica -siguió contándome Daniel, entusiasmado consigo mismo-. Durante no menos de media hora el tira y afloja continuó. En un remolino de las aguas pude ver la cabeza del pez. Era un lucio, sin duda de gran tamaño y grueso perímetro. La emoción me los puso de corbata.
Prendido bárbaramente del anzuelo de acero, el pez sufría hasta la angustia, herido por tres lugares simultáneamente. El lucio no es un animal bravo que vuelve al castigo y se crece con él. Por el contrario, se trata sólo de un pez aterrorizado, claro está, por el punzante de acero del que no puede desprenderse. El dolor que el anzuelo triple produce en zona tan sensible como el paladar resulta indescriptible. Basta imaginarse a un toro vivo colgado de la boca por un enganche de hierro en una grúa de la construcción. El lucio, en fin, huía despavorido hasta que la sabia mano de Daniel, tras darle caña, tiraba con decisión y reducía la fuga, con atroces desgarros. Y así una y otra vez mientras los minutos transcurrían entre dolores terribles para el pez y euforia deportiva para el pescador.
-Por fin -se extasía Daniel- levanté al lucio. Era enorme. Apenas podía sujetarlo en el aire mientras coleaba. Pero yo había levantado la malla de la sacadora, para que el lucio no pudiera escapar.
La terrible agonía del pez entre coletazos y espasmos en el aire se acentuó con la asfixia. Los coletazos se fueron haciendo más débiles, los espasmos menos frecuentes. Los ojos saltones y atónitos se le vidriaban poco a poco. El desgarro en la boca era cada vez más estremecedor.
-Alargué el brazo -concluyó Daniel- Se había consumado mi gran victoria. Deposité al animal todavía agonizante sobre la moqueta de desenganche y me apresuré a desanzuelarlo, lo que resultó complicado porque la lucha había clavado fuertemente el metal en los labios y el paladar. Gracias al desembuchador pude al fin realizar la operación.
-Bueno -añadió eufórico-. Y aquí me tienes en esta fotografía con el lucio, que es mi máximo trofeo después de tantos años de pesca. Estoy que no me lo puedo creer.
Son muchos millones los pescadores que en los países más cultos de Europa, Suiza, Suecia, Noruega, Dinamarca, Francia, Italia, Holanda, Alemania, Inglaterra... dedican sus fines de semana a la pasión, un poco cruel, la verdad, de la pesca recreativa. Se comprende la captura masiva de peces para la alimentación general. Y serán muchos los que acepten, aunque con reparos, la belleza de la pesca deportiva o la recreativa. Pero, tras la conversación con Daniel y el relato de su hazaña, cada vez que un suizo, un sueco, un noruego, un danés critiquen las corridas de toros, espectáculo de arte y valor, de profundas raíces religiosas y populares y en muchos aspectos expresión cultural trascendente, contestaré:
-Mire usted, mi querido amigo, cuando prohíban en su país la pesca recreativa empezaremos a hablar de las corridas de toros que ustedes quieren que el Parlamento europeo condene.
Contemplé, en fin, a Daniel todavía emocionado tras su relato, héroe por cierto sin riesgo personal tan diferente al del torero en la plaza que, con sólo un trapo, se enfrenta a las dos furias astadas del toro bravo, y le dije:
-Me alegro de tu éxito, Daniel. Por cierto, tengo entradas para ver esta tarde en las Ventas al Juli. Es un torero de época. Te invito a que vengas conmigo.
-¿A los toros? -me contestó- ¿Cómo puede ir a los toros un hombre culto y sensible como tú? La corrida de toros es una salvajada.
miércoles, 8 de agosto de 2007
Vargas Llosa y la defensa de la Fiesta
Plataforma para la defensa de la Fiesta Brava
Los enemigos de la Tauromaquia se equivocan creyendo que la fiesta de los toros es un puro ejercicio de maldad en el que unas masas irracionales vuelcan un odio atávico contra la bestia. En verdad, detrás de la Fiesta, hay un culto amoroso y dedicado en el que el toro es el rey, el ganado de lidia existe porque existen las corridas y no al revés, si la fiesta desaparece, inevitablemente desaparecerán con ella todas las ganaderías de toros bravos, y estos en vez de llevar en adelante la bonancible vida vegetativa, deglutiendo yerbas en las dehesas y apartando a las moscas con el rabo que les desean los abolicionistas, pasarán a la simple inexistencia; y me atrevo a suponer que si se les dejara de elección entre ser un toro de lidia o no ser, es muy posible que los espléndidos cuadrúpedos, emblema de la energía vital desde la civilización cretense, elegirían ser lo que son ahora en vez de ser nada.
Si los abolicionistas visitaran una finca de ganado de lidia, se quedarían impresionados al ver los infinitos cuidados, el esmero, y el desmedido esfuerzo, para no hablar del coste material que significa criar a un toro bravo desde que está en el vientre de su madre hasta que sale a la plaza y de la libertad y privilegios que goza. Por eso, aunque a algunos les parezca paradójico, solo en los países taurinos, como España, Francia, México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Portugal, se ama los toros con pasión, por eso existen estas ganaderías que con matices que tienen que ver con la tradición y las costumbres locales, constituyen toda un cultura que ha creado y cultiva con inmensa dedicación y acendrado amor una variedad de animales sin cuya existencia, una muy significativa parte de la obra de un García Lorca, un Hemingway, un Goya, un Picasso, para citar solo a cuatro de la larguísima estirpe de artistas de todos los géneros para los que la fiesta ha sido fuente de inspiración de creaciones maestras, quedaría bastante empobrecida.
¿Es más grave en términos morales la violencia que puede derivar de razones estéticas y artísticas que la que dimana del placer ventral?, me lo pregunto después de leer un impresionante artículo de Albert Boadella (ABC 18-4-04) acusando de fariseos a quienes horrorizados por las crueldades taurinas piden que se cierren las plazas, y que no tienen empacho sin embargo en atragantarse de sabrosas butifarras catalanas. ¿Que requiere la elaboración de la cualidad de esta exquisita delicatessen mediterránea?, que dos millones de cerdos vivan toda su vida en apenas dos metros cuadrados, mientras intentan encumbrar constantemente su patas sobre unas rejas por las que fluyen sus excrementos, su único movimiento posible, se reduce a inclinar ligeramente la cabeza para comer pienso, ya que el transporte al matadero se efectúa en idénticas condiciones.
No solo los cerdos son brutalmente torturados para satisfacer el caprichoso paladar de los humanos, prácticamente no hay animal comestible que a fin de aumentar el apetito y el goce del comensal, no sea sometido sin que a nadie parezca importarle mucho, a una barroca diversidad de suplicios y atrocidades, desde el hígado artificialmente hinchado de las aves para producir el sedoso paté, hasta las langostas y los camarones que son echados vivos al agua hirviendo porque al parecer, el espasmo agónico final que experimentan achicharrándose condimenta su carne con un plus especial, y los cangrejos a los que se amputa una pata al nacer para que la otra se deforme y agigante y ofrezca más alimento al refinado degustador.
Qué decir de la caza y de la pesca, deportes tan extendidos como prestigiosos en los cinco continentes; es verdad que en los países anglosajones, hay periódicas campañas contra la caza del zorro, animal que es despanzurrado por millares en cada estación apenas se levanta la veda por el puro placer del cazador de matar a balazos un animal cuya carne no se va a comer y con cuya piel no se va a abrigar, pero también se cierto que si su reproducción no fuera de algún modo contenida dentro de ciertos límites, terminaría provocando verdaderas catástrofes ecológicas. Y en cuanto a la pesca, actividad que hasta ahora que yo sepa, con la sola excepción de la caza de ballenas, no ha movilizado en su contra a los militantes del frente de defensa animal ni a los pacifistas a ultranza. Recomiendo a los amantes de literatura sádica y sobre todo a los practicantes del sadismo, leer un artículo donde Luis María Ansón ("La pesca recreativa y las corridas de toros", "La Razón" 28-11-2004 ) describe los pormenores de la pesca del lucio en un río que caracolea entre las montañas suizas. Aunque es diferente, no corre la sangre, la operación es de un refinamiento en el ejercicio de la crueldad que pone los pelos de punta, sobre todo al final de la larga agonía cuando el pez, con el paladar ya destrozado por el anzuelo de triple punta, va muriendo asfixiado con los ojos saltados y atónitos entre coletazos que se apagan en cámara lenta.
Mal de muchos consuelo de tontos, no estoy tratando de demostrar nada con estos ejemplos que se podrían alargar hasta el infinito, sino diciendo que si se trata de poner un punto final a la violencia que los seres humanos infringen al mundo animal para alimentarse, vestirse, divertirse y gozar, ideal perfectamente legítimo, sin duda sano y generoso, ofrece tremebundas consecuencias, habrá que hacerlo de manera definitiva e integral, sin excepciones y a la vez sacrificando al mismo tiempo los toros y los zoológicos y por supuesto los placeres gastronómicos especialmente los carnívoros y las pieles, y todas las prendas de vestir y utensilios, objetos de cuero, piel y pelambreras y hasta las campañas de erradicación de ciertas especies, de insectos y alimañas. ¿Qué culpa puede tener el anopheles hembra de transmitir el paludismo, la rata la peste bubónica y el murciélago la rabia?, ¿se extermina acaso a los humanos portadores del sida, la sífilis o del contagioso catarro?, mejor que el mundo alcance esa utópica perfección en la que hombres y animales gozaran de los mismos derechos y privilegios, aunque claro está no de los mismos deberes, porque nadie hará entender a un tigre hambriento o a una serpiente malhumorada que se ha prohibido por la moral y por las leyes madrugarse a un bípedo o fulminarlo de un picotazo. Mientras no se materialice está utopía, seguiré defendiendo las corridas de toros por lo bellas y emocionantes que pueden ser, sin por supuesto, tratar de arrastrar a ellas a nadie que las rechace porque se aburre, o porque la violencia y la sangre que en ellas corre le repugna.
A mi me repugnan también pues soy una persona más bien pacífica, y creo que le ocurre a la inmensa mayoría de los aficionados, lo que nos conmueve y embeleza en una buena corrida, es justamente que la fascinante combinación de gracia y sabiduría, arrojo e inspiración de un torero y la bravura, nobleza y elegancia de un toro bravo, consiguen en una buena faena, en esa misteriosa complicidad que los encadena, eclipsar todo el dolor y el riesgo invertidos en ella, creando unas imágenes que participan al mismo tiempo de la integridad de la música y del movimiento de la danza, la plasticidad pictórica del arte y la profundidad efímera de un espectáculo teatral. Algo que tiene de rito e improvisación, y que se carga en un momento dado de religiosidad, de mito y de un simbolismo que representa la condición humana, ese misterio de que está hecha esta vida nuestra, que existe solo gracias a su contrapartida que es la muerte.
Las corridas de toros nos recuerdan dentro del hechizo en que nos sumen las buenas tardes, lo precaria que es la existencia y como gracias a esta frágil y perecedera naturaleza que es la suya, puede ser incomparablemente maravillosa.
martes, 7 de agosto de 2007
...y es de El Albero.
Se explica por sí sola. ¡Disfrútenla!
De Ecuador al coso pacense ( El Periódico Extremadura - 06/08/2007 )
domingo, 5 de agosto de 2007
5 de agosto
Si uno lo recordara todo, mil veces el dolor nos impediría seguir adelante. Por ejemplo, si un bebé recordara los golpes que se busca en el intento, no caminaría jamás. Y desde ahí hasta la última borrachera, sobre todo la de algunitos que ya se vuelve recurrente, mil placeres no repetiríamos si recordáramos antes el dolor que puede causarnos.
Por eso los recuerdos que guardamos son los más especiales. Los recuerdos, no sé si les pasa, nos llenan de satisfacción. De recuerdos estamos hechos, los pasamos viviendo, pero siempre nos acordamos lo los que más satisfacciones nos traen. Inclusive, con el paso del tiempo, borramos lo negativo y exageramos lo positivo. Pero de eso se trata, de la satisfacción de haber vivido con intensidad. El recuerdo eriza la piel, ruboriza la cara, genera una expresión de picardía, los ojos se ponen brillantes, descubrimos el por qué de las ojeras profundas… Muchas veces queremos que se repitan, no siempre, por eso nuestras palpitaciones se aceleran, el dolor profundo se convierte en placer, los ojos se humedecen y cambian de parecer, el pecho se hincha, la boca hace un gesto que se llama sonrisa. Cuando recordamos, la vista se nubla… lo vuelves a sentir: la boca se vuelve agua pensando en el sabor que dejó un beso, un muletazo, una verónica. La sensación de estar puesto un vestido de torear. Lo que significa hacer un paseíllo. Ahí es cuando el estómago se vuelve cómplice: aletea. Y las manos, ansiosas, juegan el juego de recordar…
Cierras los ojos y vuelves a vivir lo vivido, como es lógico, con distinta intensidad. Pero el mismo escalofrío te recorre la piel. Una cosa hermosa es una alegría para siempre. Bueno, a veces es angustia, pocas, sonrisas eternas muchas, recuerdos recurrentes. Me lleno de nostalgia, la esperanza de volver a vivir… recordando.
Estoy algo confuso en mis descripciones, quizás como vienen los recuerdos. Hoy, justo hoy me acuerdo de una fecha: cinco de agosto de 1995. Un cartel de verano en la Plaza Quito; la nostalgia de que de eso ya son doce años. Ninguno fue torero, tres debutábamos en esa fecha. Uno del cartel llegó a mediocre matador de toros, el resto de los actuantes, con más sinceridad, lo intentamos. No lo logramos (estoy seguro que en lo más íntimo de cada uno está el haber intentado, jugándose las piernas). Tres debutábamos ese día: Ponce, Guzmán y Ortiz. En ese orden nos parieron, el día de nuestra antigüedad.
Quien sabe. La vida es caprichosa, pero si no hubiera sido así, quien sabe si la historia fuera otra y, para mala suerte de muchos, quizás no estuviera aquí escribiendo, menos siendo compañeros de aventuras taurinas.
Quería compartir el festejo que hacemos todos los años quienes celebramos esta fecha como la más especial de todas. Es una especie de cumpleaños taurino. Porque aunque no lo crean, todos los años (desde esa época) quienes toreamos lo volvemos a vivir.
Seguramente todos tenemos nuestras fechas, nuestros momentos. Por eso, aprovechando esta ocasión, festejemos cada uno su fecha íntima, acordémonos que sin ese momento, no seríamos nosotros. Porque de eso se trata.
Para los que alternamos ese día, un fuerte abrazo. A quienes leen esto, muchas gracias por ser cómplices de algo íntimo… 12 años después.
¡Feliz 5 de agosto! ¡Felices sueños!
miércoles, 1 de agosto de 2007
Amontonar derechazos
publicado en Tribuna de Salamanca 06/05/98
Antes los chavales que soñaban con ser toreros tenían espejos donde mirarse. Eran las grandes figuras y los viejos maestros que atesoraban todos los secretos de la torería y las técnicas del buen oficio.
Como las figuras de ahora no tienen torería y practican la profesión a destajo es muy difícil que los chavales aprendan el verdadero sentido del toreo. Curiosamente, de los toreros actuales sólo José Miguel Arroyo tuvo la suerte de estar al lado de un torero viejo que fue su profesor en la Escuela de Madrid.
Era Joselito de la Cal, antiguo novillero y luego formidable peón de brega con largo oficio que cuando ya no se daban más que verónicas, chicuelinas y gaoneras, resucitó toda la gran variedad del toreo de capa, sobre todo con las aportaciones de los mexicanos, desconocidas ya en España por la cantidad de años que no aparecen por nuestros ruedos los toreros aztecas.
Era Joselito de la Cal un verdadero estudioso del toro de lidia y en su condición de secretario de la Asociación de Ganaderías de Lidia publicó numerosos ensayos, certeramente ilustrados con dibujos. El viejo torero enseñó a Pepito Arroyo una gran variedad de quites. Gracias a él sorprendió a la afición de Madrid rompiendo la monotonía de los capotazos actuales y aunque el tal Arroyo los hace con muchas ventajas y recurre siempre a los más superficiales, ésta ha sido la base de los éxitos de la época en que llegó a figura. Porque ya veis en lo que se ha quedado. Hasta prohíbe que le televisen las corridas que tiene contratadas porque sabe que no está para que lo analice nadie.
El caso es que los jóvenes toreros van a los tentaderos a practicar derechazos y naturales. Y en cuanto la vaca no se presta a esa rutina ya no saben qué hacer con ella. Durante estos días he salido por esas plazas de tientas acompañando a un buen amigo de Zaragoza que traía a un novillero de finas maneras y buen sentido del toreo. Pero con la misma rutina de todos. Cuando se cansaba de dar derechazos empezaba a dar naturales y no había forma de sacarlo de ahí.
Las dos últimas tardes empecé a enfadarme: Mira chaval, el toreo es otra cosa. No es sólo una aburrida repetición del mismo pase porque por muy bien que los des el público acaba cansándose de ver siempre lo mismo. No había forma de sacarlo del paso. Le dije que una vez vi a Antonio Bienvenida en Madrid andarle por la cara a un manso de 'El Pizarral' y le cortó una oreja sin dar ni un natural ni un derechazo. Sencillamente porque el toro sólo tenía media arrancada y no se le podía embarcar en pases largos.
Pero no había forma. Traté de enseñarle los muletazos a dos manos por arriba. Los cambios, los ayudados por abajo y por arriba, las tres clases de molinetes, el natural, el invertido y a dos manos, los kikirikis, las giraldillas. Y así hasta veinte. Como no lo había hecho nunca, cada vez que lo intentaba lo cogía o salía trompicado.
La última tarde y en la última vaca fui mucho más tajante: Haz lo que quieras pero vas a torear sin dar ni un natural ni un derechazo. Y si no, lo dejas. Al cuarto pase ya estaba con la rutina. Lo mandé retirar y dejarle la vaca a otro muchacho. El apoderado no dijo nada pero me imagino que se enfadaría lo mismo que el chaval. A ver si para otra vez le sirve de lección. Aunque lo dudo.
Otro caso me ocurrió hace poco en mi propia ganadería. Un antiguo torero de Salamanca y gran amigo de la infancia me habló con ilusión de un chaval que está ayudando. Lo trajo a 'El Berrocal' y echamos un gran día de campo, asando carne y recordando viejos tiempos. A la hora del tentadero le tenía encerradas tres vacas. Después de verlo con la primera le dije al vaquero que soltara las otras dos.
El chaval se quedó sorprendido. El viejo torero lo entendió cuando le dije: No pierdas el tiempo. Este muchacho no tiene ninguna condición para llegar a nada. Es una pena estropear dos vacas más. Cuando tengas a uno que valga, lo traes. Y Antonio de Jesús me prometió que a pesar de su amistad con el padre del chaval, no perdería más tiempo con él.