Mostrando entradas con la etiqueta navalon. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta navalon. Mostrar todas las entradas

martes, 12 de enero de 2010

El pésimo gusto de los vestidos funerarios /Alfonso Navalón



Por Alfonso Navalón



El buen gusto y la prestancia han predominado en los toreros. Cada uno vestía con arreglo a su personalidad. Salvo la rareza de Palomo Linares que nunca se puso el oro de los matadores, casi todos han cuidado llevar una ropa entonada a cada tarde y cada plaza. Hubo innovadores de exquisito gusto, como Rafael Albaicín, con bordados antiguos diseñados por su padre y padrino, el gran pintor Ignacio Zuloaga. Luis Miguel trajo la extravagancia de los trajes ligeritos de adornos o la excentricidad de colocarse una media de seda como corbata. Camino tenía la manía de no ponerse faja porque decía que lo hacía más bajito. En contadas ocasiones se permitían el capricho de usar la plata o el azabache propios de los peones, pero muy enriquecidos. Hay una foto preciosa de Cagancho vestido de negro y plata y un cuadro de Antonio Bienvenida vestido de grana y azabache. Los grandes maestros han usado con cierta frecuencia los ternos de azabache pero con la seda muy atrevida como el grana, el azul purísima o el blanco. Joselito (el de verdad) fue el primero que vistió de negro total, como luto por su madre la ‘Señá’ Gabriela. Ahora proliferan los vestidos funerarios, absorbiendo los brillos del azabache con la seda negra o morado intenso. En las últimas ferias daba pena ver a Finito en San Sebastián y Abellán en Bilbao con esos trajes funerarios que hacían daño a la vista. Si a ciertos toreros, tristes de por sí, les da por vestirse de entierro, resulta doblemente doloroso soportarlos en la plaza.

A los taurinos les falta personalidad/ Alfonso Navalón


Por Alfonso Navalón

Antes daba gloria porque la gente daba juego. Bastaba con saber elegir estratégicamente a los protagonistas. O dejar que ellos te eligieran a ti. Pero el filón se acaba y cada vez que buceo en el panorama taurino en busca de un personaje para una historia que pueda interesar al lector, no encuentro más que mediocridades. Antes las figuras del toreo despertaban el interés del público porque tenían claroscuros en su vida para escribir en un sentido o en otro. Desde Luis Miguel hasta El Cordobés, pasando por Ordóñez, cada vida era una película. Ahora los toreros no tienen gancho en la calle. Son seres uniformados, más bien formalitos, más bien funcionarios que van a lo suyo. Al gran público le suenan más los romances de Rafi Camino que la vida sensata de Enrique Ponce. Le interesa más saber quién fue la última actriz americana que quiso tirarse a Óscar Higares que la trayectoria artística de José Tomás. Y Rivera Ordóñez le debe más a la fama por su casorio con Jeñita Alba (¡Hay que tener valor!) que por sus pasos en el ruedo. Hace poco la televisión rosa ha dedicado amplios espacios a un 'homenaje' de la gente frívola a Finito de Córdoba, sin que se tenga noticia que guarde alguna relación con sus poco afortunadas actuaciones con el traje de luces. Y así todo. Te ves negro para encontrar algún torero, apoderado o ganadero que tenga algo para contar. Y cuando te entra la vena sarcástica tienes que tirar de mediocridades como Martín Arranz, oscuro individuo que intriga en la sombra y que ahora está representando el papel del maquiavélico Camará, aquel intrigante cordobés que dominó el negocio taurino y no dudó en sacrificar para su provecho a hombres tan importantes como Manolete, que siendo una figura de época a la hora de la verdad sólo era un pelele en sus manos. Cosas de Antonio Antes, sin salir de Salamanca tenías un filón variopinto, como el zorro de Antonio Pérez, que decía de sí mismo: "Como ganadero soy uno más pero como tratante soy el mejor de España". Antonio Pérez representaba con la misma naturalidad su papel de gran señor con habitación fija en el hotel Palace de Madrid que gitaneaba engañando a sus propios compañeros. En el Palace tenía desde un smoking hasta las clásicas polainas repujadas del traje corto. Desde ternos de alpaca veraniegos hasta los más costosos gabanes de piel de camello, zapatos italianos y sombreros de fieltro inglés. Y a la hora de ronear eran famosas sus noches madrileñas con hembras de fuste y renombre. Pero en el gitaneo no tenía rival. Una vez convocó en Madrid una junta extraordinaria de ganaderos para jurar solemnemente que nadie vendería una corrida por menos de cien mil pesetas. Y todos se hicieron los fuertes. Nada más salir de la reunión Antonio Pérez tenía vendidas todas sus corridas a dos mil duros más baratas de lo convenido. Otra vez venían unos empresarios de un pueblo murciano para comprarle una corrida que tenían comprometida con los Hermanos Rodríguez Pacheco. Y los esperaban a mesa puesta en su casa de Gallegos de Argañán. Como era de rigor entraron por San Fernando a saludar a don Antonio. Al poco rato ya les había vendido la corrida y los hombres estaban avergonzados por su falta de palabra con los Pacheco. Don Antonio que se dio cuenta de la situación llamó inmediatamente a los dos hermanos: "Le he vendido la corrida a estos amigos vuestros. Como sólo tenéis una os será fácil darle salida. Pero poneos en mi caso, que tengo que vender más de cien toros cada temporada". Y a los Pacheco no les pareció mal. ¡Cosas de don Antonio! La tremenda rivalidad entre ganaderos andaluces y salmantinos la resolvió haciéndose íntimo amigo de Eduardo Miura y empadronándose como criador ¡en la zona de Sevilla! No se perdía una feria de Abril y además chanelaba de flamenco. Para acabarlo de arreglar decía: "Yo he nacido en Salamanca ¡pero mi novia es Sevilla!", y no le parecía mal ni a los de allí ni a los de aquí. Cuando al final de su vida, sus hijos empezaron a jugar a hacerle la contra los reprendió seriamente: "No os vayáis a equivocar que tiene más fuerza de la que pensáis". El difunto Juan Mari no se podía imaginar que después de tantos años sin faltar su ganadería a San Isidro, una tarde el público de Madrid gritara a coro: "¡Juan Mari que no vuelva!" y estuvo cinco años sin poder lidiar en aquella plaza a pesar de exigirlo las figuras. En la última feria de Salamanca que vivió don Antonio se encontró un día en el Gran Hotel a Camará y Atanasio que estaban estudiando la estrategia para quitarme de enmedio. "Como sigáis atacándolo os va a dar muchos disgustos". Y como estaban poniéndome a parir don Antonio sentenció: "Navalón no es malo porque sabe lo que dice. ¡Lo peor va a ser la escuela que va a dejar!". Se refería a mis imitadores. Y como siempre, acertó. El ferroviario Ya digo que aquellos personajes eran muy lucidos para bien o para mal. Todavía me asombro del partido que les saqué a las crónicas de Atanasio cuando presumía de amigo pero creía que tenía mucho poder y en su condición de diputado de las Cortes franquistas fue a ver al director de 'El Ruedo' para que me expulsara inmediatamente "porque el hijo de un rojo no podía escribir en la Prensa del Movimiento". El director lo echó del despacho y Atanasio se vino a Salamanca con el rabo entre las patas. Yo, que ignoraba el incidente, seguía poniéndole las corridas bastante bien, hasta que pasado un año el director me contó "la clase de paisano que tiene usted". Por aquel entonces Atanasio presumía de gran señor y rico de toda la vida, pero yo sabía su verdadera historia como humilde ayudante de factor en la estación de Espino de la Orbada. Luego pegó el braguetazo con doña Nati Cobaleda que por su carácter difícil no encontraba pretendientes para arriesgarse al matrimonio. Y Atanasio mejoró de fortuna. Cuando más confiado estaba un año después de su 'hazaña', conté la historia del ferroviario. Y sus toros se conocían desde entonces como 'los del ferroviario'. A Atanasio se le revolvían las tripas cada vez que alguien le recordaba su pasado en el ferrocarril y cuando echó una corrida bastante buena en Madrid todo el mundo esperaba que se la pusiera mal. Se llevaron un chasco porque resalté las cosas buenas de los toros. Pero al ganadero lo dejé escurriendo. Decía más o menos: "Esta vez no se ha cumplido el viejo refrán ganadero de que los toros se parecen al amo. ¡Esta vez los toros salieron buenos!"... Y a continuación contaba cuando unos contrabandistas portugueses vinieron a matarlo a Ciudad Rodrigo porque los había engañado. Atanasio tuvo que esconderse debajo de las faldillas de una camilla que tenía Pepe el de 'El Porvenir' en la cocina y de allí lo sacó protegido la Guardia Civil mientras los Monteiros esperaban en la calle enarbolando las garrotas. Estuvo cuatro meses sin poder aparecer los martes en Ciudad Rodrigo como tenía por costumbre. También conté su tertulia con Jesús Arjona y Rafael 'El rico de Espeja' porque siendo los tres millonarios, cuando se juntaban en 'El Lampi' cada uno pagaba su café y no se tiene noticia que ninguno invitara a los otros ni una sola vez. Total, que habiéndole jaleado la corrida como se merecía, se le atragantó el triunfo porque con estas historias el personal supo que "los toros no salieron al amo"... Y seguro que Atanasio se acordaría más de una vez de don Antonio: "Te has confundido Ata, con éste te va a salir un grano"... Lo bueno del ferroviario es que dejó como sucesor a 'Caraliebre' que también ha sido un personaje al que se le puede sacar mucho partido. Un buen hombre Otro hombre que dio juego fue Florentino Díaz Flores cuando estaba en la cumbre del poder como apoderado de 'El Viti'. Siempre me llevé bien con él porque era simpático y buena persona. Pasamos muchos ratos buenos juntos y además teníamos la afinidad de sentir el mismo 'aprecio' por Atanasio. Pero una vez surgió un malentendido y para fastidiarlo lo llamé el 'hombrecillo de la varita' y le gasté una gracia por su forma de vestir. Y como Florentino era muy sentido se llevó un berrinche de órdago. Yo sabía que la enemistad iba a durar muy poco, pero le daba largas recreándome en la suerte. Hasta que al acabar la temporada me pilló en la final de acoso y derribo en Alba de Tormes. Y se vino por derecho. Nos dimos un abrazo y desde entonces, ni un ruido. Cuando hace cinco años eché una corrida en Benidorm, donde pasaba largas temporadas, Florentino estuvo más preocupado con la corrida que si fuera suya. Me defendió un toro que blandeaba algo y los veterinarios lo querían rechazar. Luego como hablaba en la emisora local y los críticos no tenían mucha ley me puso los toros por las nubes y pasamos juntos unos días muy agradables. Naturalmente hablamos de la varita... de la buena suerte. Después el tono de las polémicas ha bajado bastante por falta de material y de personajes que se presten al lucimiento. Cuando hace poco tuve que ocuparme de una carta que escribió un nuevo rico al director después de regalar un morucho en el Festival de las Hermanitas, me di cuenta de lo difícil que resulta escribir del mundillo taurino en los tiempos que corremos. Es lamentable que una pluma de mi categoría tenga que descender a ocuparse de un individuo que además se llama Sánchez Benito. ¡Si es que con ese nombre es imposible sacarle partido! El ingenio de Juan Mari Hasta en la época en que los grandes ganaderos salmantinos empezaron a perder cartel, te surgía de pronto un habilidoso simpático como Juan Mari (¡ya están los de 'La Gaceta' en guardia a ver qué escribo!) que jugaba a la alta política de las dos caras. Me llamaba 'prenda' y mantenía un tono cordial. Pero al revés que estos mierdecillas, cuando tiraba a dar apuntaba alto. Y en vez de escribir cartas que son el hazmerreir del personal, convocaba en su casa una reunión con personajes tan antagónicos como el alcohólico bandujón de Ignacio Aguirre, con toda su fuerza política de semiministro de la UCD y el fatuo de Enrique Múgica cuando más preponderancia tenía entre los sociatas. O sea, que enfrentarse a Juan Mari tenía su mérito porque era un hombre representativo, carismático e influyente. Y aquello resultaba apasionante. Ahora lamento que, como respuesta al mentado contubernio, le amargué unas ferias cuando le salió muy bueno un toro colorao. Se me fue la mano en los escarnios y lo tuve recluido en 'Linejos' porque la crónica era como un carro de leña. Por esa puta soberbia y esta cabezonería no llegamos a hacer las paces. Que en el fondo era lo que estábamos deseando los dos. Porque disfrutábamos puteándonos y además tenía ingenio y sabía soltar un gato a tiempo para darle emoción a la tertulia, como aquella noche de Bilbao. Estábamos atravesando uno de los baches de tiranteces. Pero de buen tono porque Juan Mari acudía a mis coloquios y confesaba que se divertía mucho. Al verlo en la sala lo invité a salir. Y aceptó. El público sabía cómo andábamos y había una gran tensión. Pero los dos sabíamos que ninguno iba a perder los papeles. Para mayor temeridad hablamos del afeitado y aquello se puso al rojo vivo. Cuando la entrevista estaba ya madura le pregunté a bocajarro: "¿Es verdad que tú afeitas mucho?", y él replicó en el acto: "¡Yo no he afeitado un toro en mi vida!". "Tienes razón: para eso está el personal especializado"... Al terminar el coloquio tomamos una copa, hicimos risas y estuvimos una temporada larga de amigos. Aunque tuviéramos el burro a la linde. Aquéllos eran contrincantes de altura y no estos cantamañanas de medio pelo. Mira que a estas alturas tener que andar perdiendo el tiempo con el Sánchez Benito ése... Bien mirado tendría que subvencionarme por hacerlo casi famoso. Aunque con éste no creo que se repita el caso de Victorino. Aquello fue fácil porque el cateto se aprendió muy bien el papel.

jueves, 7 de febrero de 2008

Las muertes que vas dejando/ Alfonso Navalón


Por Alfonso Navalón
www.alfonsonavalon.com

Los grandes sentimientos son difíciles de explicar. Y de contar. La vida está llena de renuncias o de ausencias que no valoras hasta que pasa el tiempo. Cuando menos lo piensas acaba de pasarte algo irreparable. Por eso son tan tristes las despedidas. Lo malo es cuando te das cuenta que has perdido algo, después de pasar mucho tiempo. Se me encogía el alma cuando vivía enamorado de la ganadería y llegaba el camión para llevarse a los toros que habías criado amorosamente durante cinco largas primaveras. Un camión de toros es como aquellas furgonetas donde cargaban a los presos para fusilarlos en medio del campo. Un día sentí tal congoja que me puse a llorar cuando rodaba de una estocada aquel toro ‘Caminero’ al que tantas veces admiré en la quietud de los valles. Rompí a llorar en la plaza de Haro cuando le daban la vuelta al ruedo. Luego te vas insensibilizando y acabas por verlos partir al sacrificio sin más preocupación que cobrar la corrida y tener la suerte de que salgan buenos para que te compren más. Otro día sentí una larga congoja cuando encontré muerto aquel canario dorado que nos alegraba con la fantasía de sus trinos. Cuanto más vives, más cosas vas perdiendo. Más muertos vas dejando atrás. O será que tú mismo te vas muriendo un poco en cada despedida. Antes lloraban los mozos cuando se iban a la mili. Al ver llorar a sus madres. Desde la literatura clásica la marcha del soldado es un vivero de melancolías. «Pasó un día y otro día / Un mes y otro mes pasó / Y de Flandes no volvía / Diego que a Flandes partió». Su novia se quedó triste en lo alto del otero desde donde lo vio marchar por la última curva del camino. Y todas las tardes volvía al mismo sitio con la esperanza de verlo volver. Es desgarradora esa escena del cadáver del soldado llevando la última carta de la novia en el bolsillo del corazón. En los grandes amores nunca se sabe si sufre más quien se queda o quien se va. Cuando se rompe el cariño, alguien queda en casa y alguien se marcha con la maleta sabe Dios dónde. La casa se llena de vacíos y de recuerdos. Cada día que pasa la soledad es más densa. El que se marcha echa de menos todo lo que ha dejado. Incluso cuando la convivencia ya es imposible, cuando no hay más solución que andar cada uno su camino. En medio de los rencores de la pareja rota, siempre queda una nostalgia íntima, incluso cuando pasa ese año y medio en que se curan las heridas de los amores eternos. El dolor dura ese año largo. Después sólo queda la rabia, el despecho o la dulce melancolía cuando se mueven los rescoldos de la felicidad perdida. Luego te acomodas como los pájaros que cambian de nido o los jabalíes que hacen la cama en la espesura de un monte nuevo. Cuando vuelves de tu último viaje a América sientes la desazón de no disfrutar jamás de los viejos amigos, o de aquel atardecer entre la caricia del trópico. Y piensas con quién se habrá casado la última novia trigueña que se quedó llorando cuando subías al último avión. Cada mañana te despides de tu propia vida cuando dejas ese mechoncito de pelos entre las púas del peine. Ese pelo que sabía tanto de tu caminar por el mundo y que se pierde para siempre en el sumidero de la cloaca.